
Nunca creas lo que dicen que otro dice que le han dicho. Sólo cree y asevera lo que al punto escucharan tus oídos. Las "buenas fuentes" para el agua potable.
viernes, 31 de julio de 2009
jueves, 16 de julio de 2009
NOTICIAS IMPORTANTES DE ESTE DÍA-15-julio-2009
Entre otras muchas noticias del día, puede que hoy el mundo esté pendiente de que: “¡Pobre de mí, ya se han acabao las fiestas de San Fermín!”, y que al hacer balance de los encierros de este 2009, además de multitud de contusionados de mayor o menor gravedad, han dejado un fallecido: Daniel Jimeno Romero, cuya muerte hemos visto hasta la saciedad y para el que ahora sus amigos y familiares piden en su pueblo una calle a su nombre para perpetuar el recuerdo de este experimentado corredor de encierros, elevando al muchacho a la categoría casi de héroe por estar disfrutando en el lugar que deseaba, y tuvo la mala suerte de tropezar con un pitón que le segó el cuello y la vida y con ella las ilusiones de su novia y allegados y las de sus padres; personas de arraigada tradición pamplonica y “encierrera”, que proclaman ante las cámaras de televisión con envidiable entereza, ¡que siga la fiesta! Mientras las principales cadenas españolas se jactan de conseguir en exclusiva las declaraciones en directo, o por vía telefónica, del padre, la novia y algún que otro amigo.
Desde aquí deseo pronta mejoría a los heridos; que sus lesiones no les dejen secuelas importantes para que ellos también puedan gritar ¡que siga la fiesta! Y yo levantarme a las 7 de la mañana del 7 al 14 de julio para disfrutar de ella sin pringarme la ropa, destrozarme el cuerpo y romperme la crisma delante de un toro.
Es posible que el mundo hoy esté conmocionado por el error humano de una enfermera profesional y cualificada que administró a un bebé prematuro la comida por vía intravenosa en lugar de hacerlo por la sonda nasogástrica, provocando el fallecimiento de Rayan, nacido in extremis horas antes de la expiración de su joven mamá, a consecuencia de la antes denominada “gripe porcina”, luego gripe “A” y ahora gripe “AH1N1”; la primera victima mortal en España (que no española), circunstancia que hizo famosa la muerte de la madre y el nacimiento y posterior óbito de su bebé, y circunstancia por tanto que debido a esa “popularidad”, hace ahora que el luctuoso y lamentable suceso, adquiera mayor relevancia, si cabe, que cualquiera de los miles de errores médicos tan imperdonables como este, que cuestan la vida y la salud de ciudadanos anónimos, que por serlo, no merecen la pública rueda de prensa del director del centro admitiendo responsabilidades, ni merecen que ningún rey del país de origen del damnificado, ofrezca un avión para repatriar el cadáver, ni que el padre del finado roto de dolor y casi sin darse cuenta de lo que dice, aproveche tanta relevancia para exigir unas responsabilidades que de antemano le han sido ofrecidas.
Es posible que el mundo hoy esté conmocionado por el error humano de una enfermera profesional y cualificada que administró a un bebé prematuro la comida por vía intravenosa en lugar de hacerlo por la sonda nasogástrica, provocando el fallecimiento de Rayan, nacido in extremis horas antes de la expiración de su joven mamá, a consecuencia de la antes denominada “gripe porcina”, luego gripe “A” y ahora gripe “AH1N1”; la primera victima mortal en España (que no española), circunstancia que hizo famosa la muerte de la madre y el nacimiento y posterior óbito de su bebé, y circunstancia por tanto que debido a esa “popularidad”, hace ahora que el luctuoso y lamentable suceso, adquiera mayor relevancia, si cabe, que cualquiera de los miles de errores médicos tan imperdonables como este, que cuestan la vida y la salud de ciudadanos anónimos, que por serlo, no merecen la pública rueda de prensa del director del centro admitiendo responsabilidades, ni merecen que ningún rey del país de origen del damnificado, ofrezca un avión para repatriar el cadáver, ni que el padre del finado roto de dolor y casi sin darse cuenta de lo que dice, aproveche tanta relevancia para exigir unas responsabilidades que de antemano le han sido ofrecidas.
Ojala esa responsabilidad recaiga sobre los verdaderos culpables porque a nadie beneficia que corten cabezas de turco si no se ponen soluciones para que jamás pasen cosas similares.
También hoy el mundo está pendiente de la muerte de Carmen Bousada, famosa en 2006 por embarazarse siendo ya una mujer sexagenaria, que viajó a Los Ángeles para ser sometida a un tratamiento de fertilidad y que posteriormente reconoció haber mentido al decir su edad, -cosa que no siempre es delito- pero en este caso lo fue, ya que el límite legal para este tipo de tratamientos es de 55 años y ella, que tenía la menopausia más añeja que el tocino del jamón de la cerdita Peggy, contaba 67 en el momento de concebir a sus gemelos, Pau y Christian, nacidos de la ilusión y quizás de la inconsciencia, puesto que aunque nadie tenemos la seguridad de vivir lo suficiente para ver crecer a nuestros hijos cuando decidimos tenerlos, lo cierto es que ella tenía muchas papeletas de dejar a sus pequeñines huérfanos de anciana madre soltera, ya que Carmen no pudo, a una edad lógica, hacer realidad su anhelo de ser madre, inmersa en el cuidado de la propia que muriera cumplidos los 101 años y quizás Carmen –digo- contaba con llegar a la misma edad de su longeva progenitora y le quedarían al menos 40 años para cuidar y educar a sus vástagos, de los que tan sólo ha podido disfrutar poco más de dos años.
También hoy el mundo está pendiente de la muerte de Carmen Bousada, famosa en 2006 por embarazarse siendo ya una mujer sexagenaria, que viajó a Los Ángeles para ser sometida a un tratamiento de fertilidad y que posteriormente reconoció haber mentido al decir su edad, -cosa que no siempre es delito- pero en este caso lo fue, ya que el límite legal para este tipo de tratamientos es de 55 años y ella, que tenía la menopausia más añeja que el tocino del jamón de la cerdita Peggy, contaba 67 en el momento de concebir a sus gemelos, Pau y Christian, nacidos de la ilusión y quizás de la inconsciencia, puesto que aunque nadie tenemos la seguridad de vivir lo suficiente para ver crecer a nuestros hijos cuando decidimos tenerlos, lo cierto es que ella tenía muchas papeletas de dejar a sus pequeñines huérfanos de anciana madre soltera, ya que Carmen no pudo, a una edad lógica, hacer realidad su anhelo de ser madre, inmersa en el cuidado de la propia que muriera cumplidos los 101 años y quizás Carmen –digo- contaba con llegar a la misma edad de su longeva progenitora y le quedarían al menos 40 años para cuidar y educar a sus vástagos, de los que tan sólo ha podido disfrutar poco más de dos años.
Cuando los ecos de la noticia se apaguen, los mellizos seguirán creciendo anónimamente. Les deseo una vida plena y feliz, que reciban mucho amor; todo el que su madre quiso y no pudo darles.
Noticia era el hallazgo del cadáver de una joven que salió a alta mar a divertirse con sus amigos en una moto acuática, sufriendo un desafortunado accidente que acabó con su diversión, con su vida y la felicidad de amigos y familiares que van a llorarla eternamente, y quien sabe si también pedirán una calle a su nombre para inmortalizar su recuerdo, porque al igual que Daniel, ha muerto haciendo algo que seguramente la apasionaba.
Noticia era el hallazgo del cadáver de una joven que salió a alta mar a divertirse con sus amigos en una moto acuática, sufriendo un desafortunado accidente que acabó con su diversión, con su vida y la felicidad de amigos y familiares que van a llorarla eternamente, y quien sabe si también pedirán una calle a su nombre para inmortalizar su recuerdo, porque al igual que Daniel, ha muerto haciendo algo que seguramente la apasionaba.
Descanse en Paz.
Tampoco ha dejado de ser hoy noticia, de la que llevan nutriéndose los programas desde hace varias jornadas, la desaparición –aun no se sabe si por asesinato, negligencia o accidente- del rey del Pop Michael Jackson, al que ni muerto dejan descansar porque con su muerte nació la leyenda y para alimentar esa leyenda, han corrido y seguirán corriendo ríos de espesa tinta que engordarán el morbo creado alrededor del artista que en vida fue admirado por su arte y por la forma única y muy imitada –no siempre con acierto- de bailar y cantar de este personaje vilipendiado y masacrado hasta el punto de acusarle de abominables hechos que una vez muerto han afirmado que jamas ocurrieron, para poder ensalzarlo sin pudor y adorarlo como un mito, justo cuando él, no podía ya alcanzar la felicidad que buscó durante toda su vida de sentirse querido como persona.
Tampoco ha dejado de ser hoy noticia, de la que llevan nutriéndose los programas desde hace varias jornadas, la desaparición –aun no se sabe si por asesinato, negligencia o accidente- del rey del Pop Michael Jackson, al que ni muerto dejan descansar porque con su muerte nació la leyenda y para alimentar esa leyenda, han corrido y seguirán corriendo ríos de espesa tinta que engordarán el morbo creado alrededor del artista que en vida fue admirado por su arte y por la forma única y muy imitada –no siempre con acierto- de bailar y cantar de este personaje vilipendiado y masacrado hasta el punto de acusarle de abominables hechos que una vez muerto han afirmado que jamas ocurrieron, para poder ensalzarlo sin pudor y adorarlo como un mito, justo cuando él, no podía ya alcanzar la felicidad que buscó durante toda su vida de sentirse querido como persona.
Se llevó sus secretos y amarguras a la tumba. Ahora de todo lo que se publique sobre su vida y muerte, sacarán tajada los carroñeros, del legado musical de este ¡pobre niño rico! Podremos sacar tajada los que deseemos escucharlo.
A pesar de tantas informaciones luctuosas, sobre las que evidentemente tengo mi propia opinión, y no la daré porque no me apetece engordar aun más esta crónica, lo que verdaderamente me ha impactado porque me afecta personalmente, ha sido la noticia encontrada en el periódico local “El Norte de Castilla”, en una de cuyas páginas aparece reseña del deterioro gravísimo de la torre y el interior de la iglesia de Santa María de mi amado Alaejos.
Hace unos días fueron algunos cascotes los que cayeron al paso precisamente de mi padre cuando acudía al centro médico, y que milagrosamente no sufrió ni un rasguño, pero podríamos estar lamentando -además de daños irreparables en los viandantes-, daños no sólo en la torre, o el interior de la iglesia, también en las valiosísimas imágenes, tallas, pinturas y retablos que en ella se encierran e incluso también daños en los fieles que diariamente acuden a Santa María, para cumplir con los preceptos de escuchar misa, el Rosario, la novena, los oficios, comuniones, bodas, bautizos y sobre todo los masificados entierros, funerales, cabos de año y cuanto acto religioso se celebre en ella, por ser la única que actualmente abre sus puertas al culto, puesto que nuestra otra joya,: “San Pedro”, -tan maravillosa como la mencionada Santa María-, se encuentra en obra de restauración y acondicionamiento tras el arreglo de su tejado hace ya algunos meses, para que luzca tan espléndida como siempre debieron lucir las dos.
Si estas iglesias en lugar de estar situadas en un pueblecito y ser las herederas millonarias del legado de Teresa Villanueva, que otorgó sus bienes, para remediar sus males; fueran las vecinas pobres de lugar más afortunado, seguirían tan bien conservadas como cuando fueron levantadas entre los siglos XVI y XVII.
De todas estas noticias que he mencionado, lo próximo será ir cumpliendo aniversarios y de ello se hablará en caso de ocurrir sucesos similares que volverán a la actualidad las informaciones de hoy para ponerlas como ejemplo.
A pesar de tantas informaciones luctuosas, sobre las que evidentemente tengo mi propia opinión, y no la daré porque no me apetece engordar aun más esta crónica, lo que verdaderamente me ha impactado porque me afecta personalmente, ha sido la noticia encontrada en el periódico local “El Norte de Castilla”, en una de cuyas páginas aparece reseña del deterioro gravísimo de la torre y el interior de la iglesia de Santa María de mi amado Alaejos.
Hace unos días fueron algunos cascotes los que cayeron al paso precisamente de mi padre cuando acudía al centro médico, y que milagrosamente no sufrió ni un rasguño, pero podríamos estar lamentando -además de daños irreparables en los viandantes-, daños no sólo en la torre, o el interior de la iglesia, también en las valiosísimas imágenes, tallas, pinturas y retablos que en ella se encierran e incluso también daños en los fieles que diariamente acuden a Santa María, para cumplir con los preceptos de escuchar misa, el Rosario, la novena, los oficios, comuniones, bodas, bautizos y sobre todo los masificados entierros, funerales, cabos de año y cuanto acto religioso se celebre en ella, por ser la única que actualmente abre sus puertas al culto, puesto que nuestra otra joya,: “San Pedro”, -tan maravillosa como la mencionada Santa María-, se encuentra en obra de restauración y acondicionamiento tras el arreglo de su tejado hace ya algunos meses, para que luzca tan espléndida como siempre debieron lucir las dos.
Si estas iglesias en lugar de estar situadas en un pueblecito y ser las herederas millonarias del legado de Teresa Villanueva, que otorgó sus bienes, para remediar sus males; fueran las vecinas pobres de lugar más afortunado, seguirían tan bien conservadas como cuando fueron levantadas entre los siglos XVI y XVII.
De todas estas noticias que he mencionado, lo próximo será ir cumpliendo aniversarios y de ello se hablará en caso de ocurrir sucesos similares que volverán a la actualidad las informaciones de hoy para ponerlas como ejemplo.
Lo que no quisiera es que el derrumbe de la torre y con ella el resto de la iglesia de Santa María, cubra interminables minutos de información y escarnio quedando después como simple anécdota para el resto del mundo, mientras que para los alaejanos nos quede para siempre un solar vacío donde desde siglos estuvo nuestro orgullo de poseer una joya arquitectónica monumento nacional de inconmensurable valor que heredamos de nuestros antepasados y quisiéramos legar a nuestros descendientes.
Después nos lamentaremos, cuando lo aconsejable sería que quienes tengan en sus manos el poder de arreglarlas, no olviden firmar el papel que lo autorice y lo hagan ahora con urgencia, antes de tener que lamentar incluso, desgracias personales.
No busquemos después culpables, ni ahora polémica, pero sí entre todos hagamos fuerza para evitar la destrucción de lo único materialmente valioso que tenemos en nuestro adorado terruño. Porque rezar, se puede hacer a solas, sin que interrumpa nuestro silencio un sermón o la retórica de los actos religiosos.
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lunes, 6 de julio de 2009
HOY MI PADRE HA CUMPLIDO 80 AÑOS
Desde hace días le habíamos preparado un par de sorpresas: la primera es que al coincidir en domingo podíamos acompañarle toda la familia.
Este año, durante las fiestas de septiembre van a entregarle una placa conmemorativa a todos los nacidos en Alaejos en el año 1929, y él está muy ilusionado, pero como será día laborable y no podremos ir todos a ver la entrega de dicha placa, para que ese día no nos eche de menos, nuestra segunda sorpresa consistía en entregarle hoy una de toda su familia.
Dicho así parece que “toda” fuéramos un batallón, pero no, mis padres sólo tuvieron dos hijos y junto con la mujer de mi hermano, mi marido, mis hijas y mis yernos, formamos una familia de 11 personas. Las mismas que hoy nos sentamos a la mesa en alegría y felicidad para darle a mi padre el gusto de vernos a todos juntos, pues por su delicada salud, quien sabe cuantas veces más podrá vernos así, como hoy, juntos, unidos y felices.
Mi padre pensaba que alguno no podría asistir a la comida, por eso fue emotivo mirar su cara cuando vio a sus nietas y nietos. Irene, por ser la más pequeña de la familia, fue la encargada de entregarle la placa que recibió emocionado.
Quizá la abundante comida servida por la camarera mas desagradable que he visto en mi vida, fuera la nota discordante, pero con no volver a ese restaurante, lo tenemos hecho.
Felicidades padre. Afortunado tú que has podido vernos así en el día de tu 80 cumpleaños.
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domingo, 10 de mayo de 2009
MANOLO GARCÍA EN VALLADOLID
Ellas son “culpables” de que también me guste la música de Manolo García, aún así no había ido a verlo en directo y como nunca es tarde para experimentar cosas nuevas –y si son agradables mejor que mejor- cuando se anunció que el 8 de Mayo comenzaba la segunda parte de su gira “Saldremos a la lluvia”, precisamente en este Valladolid donde tantísimos seguidores tiene Manolo; mis tres hijas no dudaron en que fueran cuatro las entradas a reservar.
Irene nerviosa e ilusionada se fue pronto para “hacer cola” a las puertas del polideportivo “Huerta del Rey”, para ser de las primeras en entrar a “pillar” buen sitio en las gradas.
Laura y yo, junto con otras dos amigas, llegamos una hora antes de que abrieran esas puertas, y Cecilia se reuniría con nosotras al salir de trabajar.
Dado el título y como no podía ser de otra manera, cuando aun estábamos en la calle, poco antes de las nueve de la noche, “salimos a la lluvia” o mejor: la lluvia quiso estar presente, calando a los que esperábamos en las largas filas ya formadas, aun así, pasaban las 9,15 cuando al fin abrieron las puertas.
Sin prisa ni pausa, nos sentamos en la primera fila de gradas, en lugar privilegiado muy cerca del escenario y desde allí me dispuse a disfrutar con los cinco sentidos – y alguno más- todo lo que ocurriera a mí alrededor.
El primero, La vista:
Como si de una grabadora se tratara, “filtré” con mi retina las imágenes, para almacenar en el cerebro todo lo que veía, recordando a quienes hubieran deseado estar allí y por una u otra circunstancia les fue imposible. Por eso les presté mis ojos para que a través de ellos pudieran ver lo que yo privilegiadamente miraba.
Sabiendo de sobra la respuesta, puesto que las entradas para el concierto llevaban varios días agotadas, les dije a mis hijas: “parece mentira que todo esto vaya a llenarse en tan poco tiempo”… y así fue. En pocos minutos la gente entró como en riada y tanto los asientos como el “parqué” se llenaron de bulliciosos Manoleros, que esperaron el comienzo en alborotado respeto.
Tras veinte minutos de riguroso retraso, por fin daba comienzo el recital.
No me queda muy claro si la organización solamente “estima peligroso” acceder con botellas de agua de "a seis por 1 Euro", porque nada pone en la entrada sobre la “prohibición” de comprar en el bar del local, botellas de agua, una a 1 Euro de idéntico plástico y misma capacidad; y mucho menos prohíbe el acceso con vasos de litro conteniendo cerveza o refrescos con o sin aderezos que proliferaron en demasía, -dado el peligro de derramarlo entre tanto gentío dando botes y palmas- y mucho menos recordaba la prohibición de fumar cualquier clase de cigarrillos en recinto cerrado, como era el caso, ya que en pocos minutos se sobrecargó el ambiente, sobre todo de humo.
Desde los primeros acordes, uno se da cuenta de que Manolo se mete y a lo largo de todo el concierto no deja de meterse, al público en el bolsillo; en el bolsillo y supongo que en el corazón, porque debe ser muy estimulante para su espíritu ver como toda esa gente corea su nombre y se desgañita cantando las letras que compuso en la soledad… de donde él componga.
Al cantante se le veía feliz, pletórico, fundido con cada uno de sus admiradores como si de una sola persona se tratase.
También hice uso de otros de mis sentidos, el tacto: Palpar la felicidad de mis hijas al ver a su “ídolo”, pendientes en todo momento de cómo me encontraba, y qué me estaba pareciendo el espectáculo, recibiendo como respuesta lo mucho que estaba disfrutando, y por tanto utilizando al tiempo mi sentido del gusto: porque me gustó acariciar el maravilloso ambiente de camaradería que me rodeaba.
No tanto disfruté el ambiente “humístico” (no místico, ni humorístico) pues al utilizar mí desarrollado sentido del olfato: pude diferenciar perfectamente unos humos de otros y eso sí lo hubiera eliminado sin dudar. Afortunadamente a las gradas no llegaba el “olor a humanidad” que mucho más que presuntamente se respiraba a pie de escenario.
Mi quinto sentido, el oído: En un concierto de música, se supone que uno de los sentidos más importantes, y así debería haber sido de no haberlo impedido la pésima acústica del recinto.
Por más que intenté desligar el ruido de la música, no fui capaz y no me enteré más que de frases sueltas, tanto en las canciones, como en las “apostillas” sabias de Manolo García, involucrado con el medio ambiente, el paro, la crisis…al punto que el auditorio en pleno coreó “¡¡Manolo presidente, Manolo presidente!!”.
En dos ocasiones el artista abandonó el escenario para continuar cantando entre su público, incluso accediendo a las gradas, siempre acompañado por sus guardaespaldas que no impedían que sus admiradores pudieran llevarse como trofeo, unas gotas del copioso sudor de Manolo, o el instante que tocándolo, permanecieron a su lado.
Todo estaba resultando como lo esperaba, pero ni yo, ni mis hijas, ni las personas que teníamos alrededor, entendimos a ton de qué, durante la interpretación de “Morder el polvo” apareció por primera vez sobre el escenario una figura menuda, no sabría si hombre con aspecto femenino o mujer de aspecto hombruno, que se movía como un robot bruto, pretendiendo baile o coreografía que a su madre orgullosa de haberlo parido, seguramente le hubiera gustado ver. ¡Qué a gusto debió quedarse el coreógrafo!
Si alguna vez este alcaraván ensayó esos movimientos absurdos, ¡Lástimas de pérdida de tiempo!
Poco después envuelta/o en un traje de periódico plastificado, un nuevo intento fallido de bailar bonito o ejecutar una agradable ¿danza?
Era evidente que ni echando mano del mejor sentido del ritmo ni con el más desarrollado sentido del ridículo hubiéramos entendido la presencia en escena del saltimbanqui aspaventoso.
Manolo llena de tal forma el escenario, que aquella patética “mosca cojonera” sobraba del primer al ultimo momento, mucho más cuando tras la ranchera que interpretó Manolo en ultimo lugar, este ser humano al borde del “éxtasis”, agarró el micrófono y dio un grito más desatinado si cabe, que el revoloteo por el que seguramente habrá cobrado.
Durante las más de dos horas que duró el espectáculo, Manolo García logró lo que pretendió: fusionarse literalmente con su público para que todos los presentes nos divirtiéramos con su actuación y logró lo que estoy segura no tiene ni idea: Que de entre todos, mis tres hijas disfrutaran segundo a segundo toda la actuación de quien tanto admiran; especialmente Laura con “Levedad”, Irene con “Pájaros de barro”; y logró que Cecilia se olvidara de su maltrecha rodilla, sobre todo cuando –como si Manolo lo intuyera- casi al final interpretó “Rosa de Alejandría”.
Magnífica experiencia la que acababa de vivir y que espero repetir en cuanto me sea posible y mientras mis hijas así lo deseen.

Manolo llena de tal forma el escenario, que aquella patética “mosca cojonera” sobraba del primer al ultimo momento, mucho más cuando tras la ranchera que interpretó Manolo en ultimo lugar, este ser humano al borde del “éxtasis”, agarró el micrófono y dio un grito más desatinado si cabe, que el revoloteo por el que seguramente habrá cobrado.
Durante las más de dos horas que duró el espectáculo, Manolo García logró lo que pretendió: fusionarse literalmente con su público para que todos los presentes nos divirtiéramos con su actuación y logró lo que estoy segura no tiene ni idea: Que de entre todos, mis tres hijas disfrutaran segundo a segundo toda la actuación de quien tanto admiran; especialmente Laura con “Levedad”, Irene con “Pájaros de barro”; y logró que Cecilia se olvidara de su maltrecha rodilla, sobre todo cuando –como si Manolo lo intuyera- casi al final interpretó “Rosa de Alejandría”.
Magnífica experiencia la que acababa de vivir y que espero repetir en cuanto me sea posible y mientras mis hijas así lo deseen.

viernes, 8 de mayo de 2009
BOTAFUMEIRO EN COMPOSTELA
El pasado viernes 24 de abril, visité la impresionante catedral de Santiago de Compostela.Es la segunda vez que mi marido y yo vamos a esa ciudad, y las dos veces nos regaló copiosa lluvia en la plaza del Obradoiro. Estoy comenzando a pensar si no será lluvia artificial para darle el aspecto verdoso y húmedo, característico a sus piedras.
En esta catedral, no se cual es más popular, si la misa de peregrinos o ver volar el botafumeiro, que al parecer, no es habitual que se haga en cada celebración religiosa.
Curiosamente las dos veces que –como dije- visitamos Santiago, coincidió por pura casualidad que lo botaran; o como denominen al hecho de hacer balancear el incensario de metal revestido de plata cuyo peso sobrepasa los 40 kilos; más manejable que el de plata auténtica, que al parecer se conserva en el museo y que fue regalado por un grupo de alférez en tiempos de Franco.
Cuando comenzamos nuestra visita fuimos advertidos de que en breve no podrían dispararse fotografías porque iba a comenzar la misa y el ruido perturbaría el recogimiento. Absolutamente entendible.
Hicimos la tradicional visita (abrazo incluido) al santo, y segundos antes de que comenzara la celebración religiosa abandonamos el templo la mayoría de los grupos turísticos, permaneciendo en sus asientos, los devotos, peregrinos, o personas que no querían ni mojarse, ni ir de tiendas, o incluso los que deseaban escucharla.
Conforme se acercaba la hora del final de la misa y por tanto de disfrutar el espectáculo, nuevamente en respetuoso silencio fuimos llenando hasta “atestar” el templo. De ahí mi pregunta del principio sobre si es más “popular” escuchar misa o ver a los ocho “Tiraboleiros” en su función de hacer que el botafumeiro balancee de un lado a otro durante cinco minutos acompañado de la interpretación del himno del apóstol con el órgano, mientras va derramando el perfume a incienso que antaño servía para quitar el mal olor que dejaban los peregrinos en la catedral tras el largo camino y que ahora, este icono de la catedral de Santiago, representa para unos un acto de glorificación a Dios incensando el altar y para otros un curioso espectáculo, que al no ser habitual verlo en funcionamiento, si la visita coincide con su lance, es otra cosa más a contar al regreso a casa, y a juzgar por la cantidad de cámaras que rápidamente aparecieron, una foto más para guardar como recuerdo.
Tras ver volar el Botafumeiro y sentir el aroma a incienso que difunde, volvimos a salir a la incesante y fina lluvia.Un último vistazo a la hermosa plaza del Obradoiro en el que descubrí un par de figuras humanas estáticas, representado en propia piel, uno a “El mago de la suerte” y otro imagino que por el lugar donde estábamos pretendía ser el apóstol, aunque más parecía un San Pancracio con barba.
Aun llevaba mi cámara de fotos fuera de su funda y me pareció una bonita imagen que añadir a la tarjeta de memoria.
Jose –mi marido- amablemente me protegía de la lluvia con el paraguas.
Para ahorrar tiempo, le dije que fuera sacando el monedero para echarles unas monedas a los dichos humanos estáticos, mientras yo disparaba sendas fotografías.
“San Pancracio” bajo su barba abandonó el semblante “angelical” para señalarme el recipiente donde depositar la moneda. Como Jose ya rebuscaba dinero para echarle, omití el gesto adusto del actor y me dispuse a fotografiar a “O mago da sorte”, que así rezaba el cartel.
Dicho mago al verme cámara en ristre, me señaló el recipiente aun con más descaro, mientras con una mano se cubría el rostro y con la que le quedaba libre me hacía señas negativas e indicativas.
Todo esto, al tiempo que mi marido luchaba con el paraguas y el monedero buscando unas piezas. Entonces le dije: “Deja cariño, vámonos que nos perdemos del grupo”.
Mi sana intención era “pagar” con unas monedas a las dos personas que se ganan dignamente la vida de aquella manera.
La pintura de sus rostros, no les dejaba ciegos, por tanto verían que mi marido se apresuraba en sacar dinero, guarecerme de la lluvia (cosa nada fácil por mi continuo movimiento para hacer rápidamente las dos fotos procurando que no se mojara la cámara). Se veía claramente la intención de colaborar con su “causa”, pero nunca un mal gesto merece recompensa, por eso, aquellas dos figuras humanas, se quedaron sin nuestras monedas.
Sonreír cuesta mucho menos que pintarse la cara, ponerse barbas postizas, vestirse de lo que se desea representar y plantarse frente a un montón de turistas para ser fotografiados o simplemente admirados a cambio de un pequeño dinero.
Sonreír quizás no llama tanto la atención como sus vestimentas, pero un mal gesto puede hacer que no obtengas lo que pretendías.

miércoles, 29 de abril de 2009
NO ES LA GRIPE PORCINA

Pues no, no es la gripe porcina la que me aqueja, pero me siento igual que si me hubiera pasado "porcima" un camión cargado de cerdos griposos.
Espereremos que no se extienda demasiado esa gripe mexicana y que pronto todos los afectados mejoren.
Yo me voy a "sudarla", que ya es la cuarta que me pillo este año y me aburre estar así de averiada.
domingo, 5 de abril de 2009
AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS DE ADOLESCENTE CAPITULO... Y OCTAVO
Pues se acabó, este es el último capitulo; mejor dicho, la ultima fracción de un sólo capítulo que con "El olor de los recuerdos" os traje de "Aquellos maravillosos años de adolescente".Retomando el instituto; ésta otra situación que grabé en el disco duro de mi cabeza, la protagoniza Angelita, mi querida amiga de la que olvidé sus apellidos hasta que al hacer ejercicio de memoria para escribir este capitulo, acudieron raudos para con ellos poder encontrarla.
Bien, pues Angelita una tarde tuvo algún problema de “amores” tomó algo más que una decisión y al no tener costumbre de beber, se “pipó” un poco.
Choni se encontró conmigo y me lo dijo muy asustada.
No había forma de que Angelita quisiera volver a casa y en “semejante estado”, no podíamos dejar que la vieran sus padres.
Ni corta ni perezosa me acerqué a la calle Portillo de Balboa donde había una antigua tapia de adobes medio derruida y allí estaba Angelita rodeada de chicas angustiadas por la situación.
Angelita parecía estar fuera de si y para hacerla reaccionar comencé a darle bofetones y agitarla por los hombros. Cuanto más lloraba ella, más bofetones le daba yo para conseguir que se calmara.
La “borrachera” le había dado llorona y además no nos conocía.
Mi amiga no terminaba de “espabilarse” y como se hacía la hora de regresar, tuve que marcharme nerviosa y preocupada a casa.
Al llegar, le expliqué a mi madre el motivo de mi tardanza y como si la que bebió hubiera sido yo, me dio un tortazo... ¡A mi! que ni siquiera había estado mientras Angelita bebía. ¡A mi que tan sólo le había dado tremendos bofetones para que espabilara! ¡Qué injusticia!... Aunque eso sería otro tema demasiado largo y merece capítulos especiales.
Al día siguiente en el instituto, Angelita con la cara un poco hinchada ya estaba recuperada de su “bebercio”.
Le pregunté si se acordaba de algo de la tarde anterior y dijo que se acordaba de todo.
Lo único que le pasaba era que lloraba porque yo le pegaba, no por la “vinosis” que no era tan grande como para no conocernos.
¡¡En fin!! Que tratando de “espabilar” la curda de mi amiga, para que al llegar a casa su madre no la pegara, lo hice yo... con la mejor intención; sin lugar a duda, aunque quizás con más intensidad que lo hubiera hecho su familia.
Cuando a los 13 años dejé el instituto sin terminar segundo de bachillerato para comenzar a trabajar, perdí el contacto con Maribel, Choni y Angelita. De eso hace ya más de 35 años.
A Chus durante años seguí viéndola de vez en cuando hasta que ya casada se marchó a vivir a Madrid sin dejarme dirección.
En uno de esos ataques de “nostalgia”, decidí buscarla y a través de algunos amigos comunes pude ponerme en comunicación con ella en la Navidad de 1997. Desde entonces Chus y yo quedamos a tomar un cafecito por las mismas fechas.
El reencuentro tras tanto tiempo fue muy bonito. No paramos de hablar poniéndonos al día de nuestras vidas para recuperar largos años de dejadez, que no de olvido.
Ella había perdido el contacto con casi todas. Esa misma tarde desde mi casa, telefoneamos a los padres de Maribel. Ellos nos proporcionaron su número de teléfono y le llamamos.
Me quedé triste, no me recordaba. Para que pudiera hacerlo le escribí una extensa carta con fotos de antaño y nuevas para que conociera a mis hijas, pero nunca contestó.
A Chus siempre le pregunté cómo estaba Choni, pues ellas seguían contactando.
Este año (2005) también nos hemos visto y por fin me decidí a pedir el número de teléfono de Choni con intención de saludarla, aun sabiendo que también se había olvidado de mí... y de Toño, mi hermano, con quien le unió una bonita amistad desde que asistieron juntos a las clases particulares de doña Isabel. (Quienes habéis tenido la paciencia de ir leyendo, os acordaréis que anteriormente me referí a esta profesora)
Bien, pues Angelita una tarde tuvo algún problema de “amores” tomó algo más que una decisión y al no tener costumbre de beber, se “pipó” un poco.
Choni se encontró conmigo y me lo dijo muy asustada.
No había forma de que Angelita quisiera volver a casa y en “semejante estado”, no podíamos dejar que la vieran sus padres.
Ni corta ni perezosa me acerqué a la calle Portillo de Balboa donde había una antigua tapia de adobes medio derruida y allí estaba Angelita rodeada de chicas angustiadas por la situación.
Angelita parecía estar fuera de si y para hacerla reaccionar comencé a darle bofetones y agitarla por los hombros. Cuanto más lloraba ella, más bofetones le daba yo para conseguir que se calmara.
La “borrachera” le había dado llorona y además no nos conocía.
Mi amiga no terminaba de “espabilarse” y como se hacía la hora de regresar, tuve que marcharme nerviosa y preocupada a casa.
Al llegar, le expliqué a mi madre el motivo de mi tardanza y como si la que bebió hubiera sido yo, me dio un tortazo... ¡A mi! que ni siquiera había estado mientras Angelita bebía. ¡A mi que tan sólo le había dado tremendos bofetones para que espabilara! ¡Qué injusticia!... Aunque eso sería otro tema demasiado largo y merece capítulos especiales.
Al día siguiente en el instituto, Angelita con la cara un poco hinchada ya estaba recuperada de su “bebercio”.
Le pregunté si se acordaba de algo de la tarde anterior y dijo que se acordaba de todo.
Lo único que le pasaba era que lloraba porque yo le pegaba, no por la “vinosis” que no era tan grande como para no conocernos.
¡¡En fin!! Que tratando de “espabilar” la curda de mi amiga, para que al llegar a casa su madre no la pegara, lo hice yo... con la mejor intención; sin lugar a duda, aunque quizás con más intensidad que lo hubiera hecho su familia.
Cuando a los 13 años dejé el instituto sin terminar segundo de bachillerato para comenzar a trabajar, perdí el contacto con Maribel, Choni y Angelita. De eso hace ya más de 35 años.
A Chus durante años seguí viéndola de vez en cuando hasta que ya casada se marchó a vivir a Madrid sin dejarme dirección.
En uno de esos ataques de “nostalgia”, decidí buscarla y a través de algunos amigos comunes pude ponerme en comunicación con ella en la Navidad de 1997. Desde entonces Chus y yo quedamos a tomar un cafecito por las mismas fechas.
El reencuentro tras tanto tiempo fue muy bonito. No paramos de hablar poniéndonos al día de nuestras vidas para recuperar largos años de dejadez, que no de olvido.
Ella había perdido el contacto con casi todas. Esa misma tarde desde mi casa, telefoneamos a los padres de Maribel. Ellos nos proporcionaron su número de teléfono y le llamamos.
Me quedé triste, no me recordaba. Para que pudiera hacerlo le escribí una extensa carta con fotos de antaño y nuevas para que conociera a mis hijas, pero nunca contestó.
A Chus siempre le pregunté cómo estaba Choni, pues ellas seguían contactando.
Este año (2005) también nos hemos visto y por fin me decidí a pedir el número de teléfono de Choni con intención de saludarla, aun sabiendo que también se había olvidado de mí... y de Toño, mi hermano, con quien le unió una bonita amistad desde que asistieron juntos a las clases particulares de doña Isabel. (Quienes habéis tenido la paciencia de ir leyendo, os acordaréis que anteriormente me referí a esta profesora)
El día 2 de Enero para comenzar bien el año 2005, Lo hice y... ¡¡bendito momento!! Puede que no me recordara, pero estamos recuperando el tiempo perdido con muchísima ilusión.También vencí el “miedo” al olvido de Maribel y al cabo de unos días la telefoneé. Fui feliz al comprobar que ya estaba recuperada de su “amnesia Marisil”. Se alegró muchísimo al escucharme y prometió hacer lo posible para venir a vernos.
De pronto recordé los apellidos de Angelita y por si “sonaba la flauta” busqué en Internet en la página de telefónica... Ella no estaba registrada, pero si su hermana Candelas, que me proporcionó su número actual.
Nerviosa, marqué el número de Angelita. Cuando descolgó el auricular y le dije quien era, tardó un rato en “ubicarme”, pero enseguida estaba tan contenta como el resto de nosotras de este “volver la vista atrás”.
Entre todas planeamos muy ilusionadas un encuentro para poder intercambiar recuerdos de esa adolescencia que hemos recuperado a pedazos cuando estábamos metidas ya en la cincuentena…
Seríamos las cinco: Chus, Choni, Maribel, Angelita, yo misma y Toño, que desde que supo que nos reuniríamos, se apuntó, con gran contento por parte de todas.
Tras varias llamadas a Maribel, en las que nos indicaba que pese a vivir en Coruña vendría a Valladolid para la reunión, finalmente no lo hizo y tampoco dio explicación convincente de por qué nos daba “plantón”.
Posteriormente volvimos a hablar con ella y ya nos dio la impresión de que quizás tiene algo que no quiere mostrar… está gorda o puede que demasiado delgada, es pobre o alomejor demasiado rica, lo cierto es que nunca más supimos de ella, imagino que ni falta que nos hizo, porque fue ella quien se lo perdió.
Para los que nos reunimos aquel 23 de agosto de 2005, fue un bonito día, cargado de recuerdos y risas.
A primera hora quedamos Chus, Choni y yo, que tras tomar un café alborotadas como crías, fuimos en autobús hasta nuestro antiguo instituto, que aunque ahora no está destinado a la docencia, por fuera el edificio está como antaño.
Sentimos no haber podido entrar a recorrer las aulas (o lo que quede de ellas), pero estaba cerrado al público.
Toño y Angelita se reunieron con nosotras ya en el restaurante donde disfrutamos de una amena comida bien parlada.
Quizás hubiera sido bonito buscar a alguna más de las “muchachas” con las que compartimos pupitre y acné, pero quizás hubiera sido un “relleno”, porque la amistad era con quienes nos reunimos, las otras, algunas vivirán en nuestro recuerdo por haber sido nuestras compañeras en “Aquellos maravillosos años de adolescente”.
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EL OLOR DE LOS RECUERDOS
AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS DE ADOLESCENTE CAPITULO SEPTIMO
Ya casi en la recta final, aquí llega el capítulo séptimo de estos recuerdos que me estáis dejando compartir con vosotros.
Cuando el tiempo y mi madre me permitían salir a jugar con mis amigas, algunas veces íbamos al paseo del cementerio a patinar.
Yo, poco avispada en el arte del patinaje y miedosa desde pequeña de llegar a casa con un “siete” en la ropa o en las rodillas, jamás aprendí a patinar.
Si me decidía a ponerme los dos patines tenían que agarrarme entre dos y aun así más de una vez íbamos todas al suelo.
A mi me gustaba patinar con un solo pie y el otro apoyarlo firmemente en el suelo, pero a las dueñas de los patines no les hacía gracia esa idea porque podía estropearlos pero aun así algún ratillo me lo permitían.
No me quedaba otra que quedarme sentaba en el banco cuidando los abrigos mientras ellas patinaban.
Una tarde que no teníamos clase, habíamos quedado de acuerdo para decir en casa que sí la teníamos y así poder salir sin pedir permiso, es decir, quedamos para hacer “pellas” de casa, en vez de hacerlas de clase.
Dijimos que teníamos clase de ni se qué, pero que los profesores habían dicho que fuéramos sin uniforme.
Me arreglé con un pantalón gris y una americana heredada de mi hermano, azul marino cruzada, que me quedaba ancha de hombros y más bien adefésica, pero que yo me veía “tan mona”.
Cogí un libro y salí de casa confiada de haber logrado que me creyeran.
A los pocos minutos estuve a punto de volver a casa porque había olvidado mis anillos encima del lavabo, pero no lo hice.
Parece que mi padre sospechó de mi excesivo “aliño” para ir al instituto y decidió seguirme sin ser visto.
Siempre me arrepentí de no haber vuelto a por los anillos, porque seguro que al girarme habría visto a mi padre detrás de mí.
Éramos una buena “camarilla” jugando en un descampado que había por el poblado de ENDASA.
Naturalmente no puedo saber por qué, comenzamos una discusión Maribel y yo, tan fuerte, que nos dimos de bofetones y nos enganchamos del pelo.
Mi sorpresa fue grande cuando quien me separó de Maribel fue mi padre, que aun recuerda el episodio y sigue sin creer que lo que hacíamos era ir a clase sin tenerla.
El hombre ha mantenido toda su vida que me pilló “haciendo novillos”.
Aparte de muchos momentos vividos a su lado, de Chus y Maribel conservo el ultimo regalo que recibí de ellas en 1971 cuando cumplí 14 años. Un pequeño “diario” con tapas de piel y filo de oro guardado en la propia cajita en que me fue entregado junto con un álbum de fotos rojo pequeño para llevar siempre en el bolso las fotografías, a las que soy muy aficionada desde siempre.
Por el mucho uso, aquel álbum desapareció, pero no su recuerdo, ni las fotos que portaba de –sobre todo- las fiestas de Alaejos, de mi peña y mis amigos.
Aquel álbum era mi pequeño tesoro y lo llevaba a todas partes. Mis fotos siempre iban conmigo.
Yo, poco avispada en el arte del patinaje y miedosa desde pequeña de llegar a casa con un “siete” en la ropa o en las rodillas, jamás aprendí a patinar.
Si me decidía a ponerme los dos patines tenían que agarrarme entre dos y aun así más de una vez íbamos todas al suelo.
A mi me gustaba patinar con un solo pie y el otro apoyarlo firmemente en el suelo, pero a las dueñas de los patines no les hacía gracia esa idea porque podía estropearlos pero aun así algún ratillo me lo permitían.
No me quedaba otra que quedarme sentaba en el banco cuidando los abrigos mientras ellas patinaban.
Una tarde que no teníamos clase, habíamos quedado de acuerdo para decir en casa que sí la teníamos y así poder salir sin pedir permiso, es decir, quedamos para hacer “pellas” de casa, en vez de hacerlas de clase.
Dijimos que teníamos clase de ni se qué, pero que los profesores habían dicho que fuéramos sin uniforme.
Me arreglé con un pantalón gris y una americana heredada de mi hermano, azul marino cruzada, que me quedaba ancha de hombros y más bien adefésica, pero que yo me veía “tan mona”.
Cogí un libro y salí de casa confiada de haber logrado que me creyeran.
A los pocos minutos estuve a punto de volver a casa porque había olvidado mis anillos encima del lavabo, pero no lo hice.
Parece que mi padre sospechó de mi excesivo “aliño” para ir al instituto y decidió seguirme sin ser visto.
Siempre me arrepentí de no haber vuelto a por los anillos, porque seguro que al girarme habría visto a mi padre detrás de mí.
Éramos una buena “camarilla” jugando en un descampado que había por el poblado de ENDASA.
Naturalmente no puedo saber por qué, comenzamos una discusión Maribel y yo, tan fuerte, que nos dimos de bofetones y nos enganchamos del pelo.
Mi sorpresa fue grande cuando quien me separó de Maribel fue mi padre, que aun recuerda el episodio y sigue sin creer que lo que hacíamos era ir a clase sin tenerla.
El hombre ha mantenido toda su vida que me pilló “haciendo novillos”.
Aparte de muchos momentos vividos a su lado, de Chus y Maribel conservo el ultimo regalo que recibí de ellas en 1971 cuando cumplí 14 años. Un pequeño “diario” con tapas de piel y filo de oro guardado en la propia cajita en que me fue entregado junto con un álbum de fotos rojo pequeño para llevar siempre en el bolso las fotografías, a las que soy muy aficionada desde siempre.
Por el mucho uso, aquel álbum desapareció, pero no su recuerdo, ni las fotos que portaba de –sobre todo- las fiestas de Alaejos, de mi peña y mis amigos.
Aquel álbum era mi pequeño tesoro y lo llevaba a todas partes. Mis fotos siempre iban conmigo.
Con sólo 12 años, en 1969, mis padres consintieron en dejarme pertenecer a la peña de chicos y chicas que se formaba para las fiestas de “Nstra Señora de La Casita”, patrona de Alaejos.Seguramente mis padres me dieron permiso porque mi único hermano; Toño, pertenecía a ella y me tendría siempre bien “vigilada”. Por mucho que nos contrariara a los dos. A él por tener que ser mi lazarillo y a mi por sentir siempre sus ojos en mi cogote, aun sabiendo que yo nunca haría nada malo ¡¡buena era yo!!
En aquella “Casita” de 1969, la peña se llamaba “El Capote” porque para adornarla, habían colgado un pequeño capote de torero propiedad de Rafa. Ese mismo año, después de las fiestas, Rafa –con escasos 15 años- murió en accidente de tráfico. Un recuerdo para ti Rafita.
Desde 1971 y hasta la actualidad, esta peña –a la que desde que conocí a mi marido no pertenezco- pasó a denominarse “Los Viudos”.
En 1970, invité a Chus a casa de mis abuelos para disfrutar juntas de las fiestas del pueblo, que se celebraron en Alaejos los días 7al 10 de Septiembre.
Aquellas fiestas fueron unas de las mejores que recuerdo. Quizás porque al año siguiente ya estaba trabajando y nunca –hasta que me casé- coincidieron mis vacaciones con “La Casita” o puede que las recuerde con tanto cariño porque después de tanto hablarle de ellas, Chus al fin iba a poder estar conmigo. Toño tuvo aquel año “doble ración de vigía”.
La verdad, nunca hizo falta el guarda, éramos unas niñas muy poco “libertinas” y sabíamos cuidar perfectamente de nuestra integridad física y lo de beber a lo bestia, estonces no era lo primordial como parece ser ahora, que en las peñas hay tal surtido de bebidas que parece el mas completo hipermercado, y no sólo en las peñas de adultos o de mayores, también en las de criaturas de la edad que yo tenía entonces.
En nuestra peña tan sólo se bebía limonada, tradicional por entonces en todas las peñas del pueblo y nosotras no éramos muy dadas al “deporte” de “empinar” el codo, que más bien lo utilizábamos para otra cosa… que nadie piense mal.
Los días antes de las fiestas los chicos se encargaban primero de buscar y alquilar una casa vieja para hacer la peña.
Se encargaban ilusionados de acarrear ramera para tapar el techo y las paredes más estropeadas.
Llevaban vigas y con ladrillos como “patas” formaban los bancos donde poder sentarse a descansar del bailoteo y los inocentes juegos tradicionales de entonces.
También cargaban con palos, plásticos y lo que podían, para formar un pequeño mostrador donde servir la limonada a miembros y visitantes. Luego para darle “intimidad” a la estancia y aspecto de “guateque”, pintaban las bombillas de verde para dar un carácter más “intimo” o más “cómplice”, para poder “meter mano”, que era lo único que metían –y poco-, aunque contaran mentiras más grandes que la torre, al referir sus “conquistas”.
Bien es verdad que algunas ya por entonces destacaban por su “ligereza de cascos” y bebían sin sed, pero eran las menos y las más… las menos habituales y las más frescas.
Nosotras por ser tan “recatadas” y “formalitas”, a lo más que llegamos era a bailar con los codos –ahora si- entre nuestro cuerpo y el del muchachito de nuestros amores.
Aun así, cada vez que alguien llamaba a la puerta, nos separábamos más si cabe, por si el que llegaba era Toño, que no pudiera dar de nosotras ningún parte de “mala conducta”.
La ramera no sólo adornaba la peña, además daba un peculiar perfume a la vieja y destartalada casa. Ocultaba el techo medio derruido que solían tener los locales; casas generalmente muy viejas y asequibles a los bolsillos de los chicos –las chicas entonces no pagábamos ninguna cuota- .
Ellos invitaban a las muchachas con la “sana intención” de ver que podían “pillar” además de para pasar tan buenos ratos jugando al “tío Maragato”, que con muchas variantes, sigue siendo tradición muy arraigada en mi querido pueblo.
¡¡Qué tiempos!! ¡¡Qué canciones y cantantes!!
Por entonces bailábamos con la música de “Palito Ortega” con su “La felicidad”, “los Diablos” con “Un rayo de sol”, también grupos como “Los Módulos” con su “Siento que ya llega la hora”, “Los Pasos”, “Los Brincos”... “El baúl de los Recuerdos” de “Karina” o el mítico “Formula V” y su “Cuéntame” tan popular actualmente por la serie del mismo titulo que tantos recuerdos evoca a “los niños” de mi generación.
La peña ¡¡¡que mayores éramos ya!!!
El próximo será el último, y ahora CONTINUARÁ...
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COSAS DE ALAEJOS,
EL OLOR DE LOS RECUERDOS
sábado, 4 de abril de 2009
AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS DE ADOLESCENTE CAPITULO SEXTO
Aquí continúa uno de los últimos capítulos... ¡¡Vale!!, No lloréis que aun falta un poquito.Tan clara como la anécdota del capítulo anterior, guardo otra que siempre que la referimos nos hace reír.
Era un domingo primaveral por la mañana. Habíamos salido a dar un paseo, también las tres. Yo llevaba un vestido “mini”, aunque no demasiado, nunca fui extremada en modas.
Lo había comprado en una tienda moderna y recién inaugurada... “Simago”, el primer “gran almacén” de Valladolid.
Era blanco, de manga corta con el cuello y “boca mangas” en rojo y rayas del mismo color que formaban cuadros grandes.
Siempre me abrochaba hasta el último botón del cuello. Podía más el “recato” de mis pardillos 12 años que el asfixiante botón pegado al gaznate.
Aquella mañana por adorno me puse un collar de cadena dorada, largo, con cinco bolitas nacaradas que me había traído mi prima Chus de Barcelona.
Paseábamos por el museo de escultura policromada donde había un jardincito y en la acera de enfrente unos chavales imberbes y tan acnéicos como nosotras, no dejaban de molestarnos con sus “piropos” para intentar ligarnos, pero ni ellos sabían, ni nosotras queríamos.
Yo poco dada a esa forma de acercamiento que los chicos de entonces tenían con las muchachas, y este carácter impetuoso que me "adorna", les increpaba para que nos dejaran en paz. No calculé bien la distancia entre mis piernas y la valla blanca de protección del jardín, perdí pie y me caí de espaldas con las piernas hacia arriba... “patas arriba” sería la expresión adecuada.
Mi collar voló por los aires tanto como mi sentido del ridículo. Supongo que en unos segundos estaba en pie, pero las que estaban por los suelos eran Chus y Maribel que casi se asfixian de la risa.
La verdad yo misma no podía tenerme de tanto reír y los chicos testigos del culazo tampoco podían con su guasa.
Cada vez que recordamos esta caída, no podemos por menos de volver a reír como crías imaginando lo “mona” que estaba con mi mini vestido que debió subírseme hasta las axilas en la caída enseñando al viento las blancas bragas.
Afortunadamente aquellos chicos no volvieron a cruzarse en nuestro camino, y del hecho, sólo queda nuestro recuerdo. Evidentemente no existen imagenes, porque no había como grabarlas. Por increíble que ahora nos parezca, para vivir no nos hacían falta los móviles -aparatos impensables ni para el superagente 86-. Podíamos vivir muy tranquilos sin el Youtube ni los videos de primera... ni muchas más cosas.
Otra tarde de domingo, los padres de Maribel se habían ido a Toro -su pueblo natal- y teníamos la casa para nosotras solas. Juntamos las propinas y bajamos al quiosco a comprar montones de chucherías -ni por asomo tan variadas como actualmente- y una cajetilla de cigarrillos “Ducados”.Estábamos empeñadas en aprender a fumar, -sobre todo mis dos amigas, que llegaron a ser empedernidas consumidoras de tabacarro- yo tengo que decir que jamás lo conseguí, tan sólo quemé algún que otro cigarro en mi vida, pero nunca tragué el humo, por tanto considero que no aprendí, de lo cual me alegro infinito.
Bien, pues aquella tarde, fuma que fuma hasta que terminamos todo el paquete entre las tres. Abrimos todas las ventanas y puertas para que se fuera el humo y no dejar rastro, pero... a Maribel no se le ocurrió otra cosa para que no las vieran sus padres en la basura, que tirar las colillas por el water.
Naturalmente al flotar no colaron por el inodoro y los padres de mi amiga vieron la "huella del crimen".
La bronca fue monumental para las tres, porque los padres de Maribel se lo dijeron a los míos y a Lucia; madre de Chus.
De todas nosotras la única que tenía teléfono era Chus y en muchas ocasiones gastamos algunas inocentes y estúpidas bromas, tales como marcar un número al azar y preguntar por el primer nombre que se nos ocurría, o decir: ¿Es casa Consuelo?, evidentemente nuestro interlocutor contestaba “NO”, ¿pues entonces donde pisa?... ¡¡En esa época no era un chiste tan "viejo"!!
Nunca hicimos nada que molestara demasiado, pero que nos hacía reír como criaturas que éramos.
De todas nosotras la única que tenía teléfono era Chus y en muchas ocasiones gastamos algunas inocentes y estúpidas bromas, tales como marcar un número al azar y preguntar por el primer nombre que se nos ocurría, o decir: ¿Es casa Consuelo?, evidentemente nuestro interlocutor contestaba “NO”, ¿pues entonces donde pisa?... ¡¡En esa época no era un chiste tan "viejo"!!
Nunca hicimos nada que molestara demasiado, pero que nos hacía reír como criaturas que éramos.
¡¡Que sí!!, ¡¡Que queda poco pero continuará!! ...
miércoles, 25 de marzo de 2009
AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS DE ADOLESCENTE CAPITULO QUINTO
Continúa el relato y en esta ocasión la foto es del costurero que mi abuela Felisa bordó de niña cuando era alumna de la escuela de Alaejos.
Otra compañera de clase era “La enchufada” o “empollona” Conchita Martínez de envidiables notas e inteligencia, con cara llena de lunares muy gruesos.
Mª Teresa Pérez, una muchachita no demasiado alta con complejo de gordita que vivía en el barrio San Pedro Regalado.
Yolanda Pérez Merino, que después resultó ser la hija de Goyo, escaparatista de la tienda donde trabajé desde mis 14 hasta los 20 años.
Mariluz, una niña no demasiado alta que vivía en “los torreones” de 25 años de Paz.
Mª Victoria Arias de la que tan sólo recuerdo el nombre.
Fátima Yagüe, que se relacionaba muy poco con el resto de la clase quizás por timidez, que vivía en el barrio España y que junto con su hermano contrajeron las “Fiebres tifoideas” que les mantuvo varios meses fuera de las clases en reposo hasta su total recuperación.
Mª Luisa Pérez Rodríguez, que también vivía en el barrio muy cerca del instituto. Por entonces tuvo la desgracia de perder a su madre en un accidente de automóvil.
Olga Mena Capellán, nacida en mi pueblo –nieta de la “señá” Adelaida; la del “buen vidriau”-.
Vivía también en la Calle de Las Moradas, justo enfrente de Chus.
Tenía una larguísima melena negra como el azabache y reía a borbotones cualquier ocurrencia que tuviéramos.
Aunque Olga estaba en un curso superior al nuestro, por ser paisanas de pueblo y de barrio siempre hacíamos el camino juntas. Ella también tomaba clases particulares con Doña Isabel.
Otra muchacha de la que creí haber olvidado el nombre, pero no la anécdota que conté mil veces, era Cándida Losada, que tuvo un monumental despiste en un examen de la asignatura hoy erradicada –gracias a la extinción del régimen- “Formación del Espíritu Nacional” que “familiarmente” denominábamos “política”. No recuerdo que hubiera libro para esta asignatura que consistía básicamente en la enseñanza y aprendizaje de la vida de José Antonio Primo de Rivera y de Francisco Franco Bahamonde y sus “Gloriosas” hazañas.
Por supuesto había que aprender datos tan “importantes” como su fecha de nacimiento, el comienzo y fin de la guerra civil, de lo estupendo de la vida tras la guerra gracias a Franco... en fin, “verdades como puños” que aprendimos sin saber que bajo ellas existía una cruel dictadura que aun duró mucho tiempo.
La pregunta en aquel examen era –mas o menos- ¿Cuándo nació Franco? y la respuesta... “El 4 de Diciembre del mes de Mayo”.
La profesora cuyo nombre y mote olvidé -Angelita recuerda que se llama Merche- era una mujer mayor, delgada, con el pelo casi blanco y a la que en los casi 3 años que asistí a clases jamás vi sonreír ni una sola vez seguramente por tener la misma vida sexual que “La Cabezas” es decir; nula.
La sargento frustrado hizo levantar a Cándida y leyó en voz alta la respuesta ridiculizando a la tímida muchacha delante del resto de las alumnas que aquel día ocupábamos el aula.
Esta “amable” profesora a la que sólo faltaba un látigo para parecer aun más siniestra, además de “Política”, impartía también gimnasia.
El ridículo uniforme que nos obligaban a vestir, para hacer gimnasia lo cambiábamos por unas playeras blancas y pantalón azul marino de espuma que tenía una goma en los bajos para que se nos sujetara al pie. La parte de arriba era la misma blusa blanca y chaqueta azul.
La profesora no debía tener obligación de vestir ropa deportiva, ella enseñaba las piernas de panza de conejo y las horribles y huesudas rodillas bajo su falda. Los zapatos planos y tan poco femeninos como su cara y el resto de su cuerpo.
Me gustaría recordar el mote de aquel ser, supongo que humano, que nos enseñaba “política” y gimnasia con gesto huraño y malhumorado.
Los ejercicios físicos consistían en hacer el pino –que nunca logré- hacer volteretas sobre una colchoneta y aguantar 10 segundos con la punta de los dedos de las manos, tocando el suelo delante de los dedos de nuestros pies.
Esta especie de mujer, tenía un método para calcular los 10 segundos. Consistía en repetir monótona y lentamente... uno uno, dos dos, tres tres, cuatro cuatro, cinco cinco.
Así, una por una todas las niñas debíamos pasar ante ella y repetir el ejercicio.
Cuando el tiempo lo permitía, salíamos a una cancha en la parte trasera del gimnasio y puestas en fila, intentábamos encestar. Jamás colé un solo balón dentro del aro de baloncesto pero siempre aprobé las dos asignaturas.
La profesora de Geografía e historia, se llamaba Isabel Iglesias. Era joven pero su pelo muy corto estaba ya repleto de canas.
Llevaba gafas casi siempre a la mitad de la nariz.
Tampoco aprobé “Geo”, tan solo el ultimo año, cuando ya estaba trabajando, esta profesora me hizo el favor de hacerme el examen en su casa en vez de en el instituto. Por tal favor le regalé una cajita de bombones y me aprobó con un 5. ¡¡Benditos bombones!!... demasiado tardíos.
Algún día Chus me dirá en que forma se rompió una pierna. Durante unos días tuvo que guardar reposo antes de que pudieran escayolársela.
Maribel y yo pasábamos todo el tiempo que podíamos acompañándola en el “lecho del dolor”.
Recuerdo una tarde de domingo que la pasamos jugando en su cuarto mientras ella permanecía en cama. Más de una vez nos olvidamos que ella tenía mal su pie y caímos sobre el provocando un grito en la pobre enferma.
Otra cosa que no olvido de aquella tarde es que me la pasé peinando la alfombras de “dacha” rosa que reposaba a los pies de la cama.
Cuando al fin pudieron escayolar aquella pierna, Chus corría más que nosotras y hacía los mismos ejercicios que antes de tener el incidente.
Una mañana al terminar las clases, Maribel, ella y yo gastamos más tiempo que de costumbre en recoger nuestras cosas para salir del instituto y cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos encerradas. Nadie se percató de nuestra presencia cuando cerraron las puertas del centro.
Lejos de atemorizarnos, nos dio por reír, pero había que salir de allí o se enterarían en casa y no estábamos dispuestas a recibir ninguna bronca.
Mirando qué hacer decidimos saltar por la ventana de los aseos. Gracias que estaban en el piso bajo, aunque para evitar –supongo- ladrones, no estaba demasiado cerca del suelo.
Aun me parece que estoy viendo a Chus con la pierna escayolada encaramándose a la ventana y saltando a la calle con su abrigo semi-largo de espiga gris y negro con un pliegue y abertura atrás. Milagro que no se rompió la escayola o la otra pierna.
Menos mal que nadie responsable del instituto se enteró nunca que la ventana abierta la dejamos las tres “prófugas”.
Mª Teresa Pérez, una muchachita no demasiado alta con complejo de gordita que vivía en el barrio San Pedro Regalado.
Yolanda Pérez Merino, que después resultó ser la hija de Goyo, escaparatista de la tienda donde trabajé desde mis 14 hasta los 20 años.
Mariluz, una niña no demasiado alta que vivía en “los torreones” de 25 años de Paz.
Mª Victoria Arias de la que tan sólo recuerdo el nombre.
Fátima Yagüe, que se relacionaba muy poco con el resto de la clase quizás por timidez, que vivía en el barrio España y que junto con su hermano contrajeron las “Fiebres tifoideas” que les mantuvo varios meses fuera de las clases en reposo hasta su total recuperación.
Mª Luisa Pérez Rodríguez, que también vivía en el barrio muy cerca del instituto. Por entonces tuvo la desgracia de perder a su madre en un accidente de automóvil.
Olga Mena Capellán, nacida en mi pueblo –nieta de la “señá” Adelaida; la del “buen vidriau”-.
Vivía también en la Calle de Las Moradas, justo enfrente de Chus.
Tenía una larguísima melena negra como el azabache y reía a borbotones cualquier ocurrencia que tuviéramos.
Aunque Olga estaba en un curso superior al nuestro, por ser paisanas de pueblo y de barrio siempre hacíamos el camino juntas. Ella también tomaba clases particulares con Doña Isabel.
Otra muchacha de la que creí haber olvidado el nombre, pero no la anécdota que conté mil veces, era Cándida Losada, que tuvo un monumental despiste en un examen de la asignatura hoy erradicada –gracias a la extinción del régimen- “Formación del Espíritu Nacional” que “familiarmente” denominábamos “política”. No recuerdo que hubiera libro para esta asignatura que consistía básicamente en la enseñanza y aprendizaje de la vida de José Antonio Primo de Rivera y de Francisco Franco Bahamonde y sus “Gloriosas” hazañas.
Por supuesto había que aprender datos tan “importantes” como su fecha de nacimiento, el comienzo y fin de la guerra civil, de lo estupendo de la vida tras la guerra gracias a Franco... en fin, “verdades como puños” que aprendimos sin saber que bajo ellas existía una cruel dictadura que aun duró mucho tiempo.
La pregunta en aquel examen era –mas o menos- ¿Cuándo nació Franco? y la respuesta... “El 4 de Diciembre del mes de Mayo”.
La profesora cuyo nombre y mote olvidé -Angelita recuerda que se llama Merche- era una mujer mayor, delgada, con el pelo casi blanco y a la que en los casi 3 años que asistí a clases jamás vi sonreír ni una sola vez seguramente por tener la misma vida sexual que “La Cabezas” es decir; nula.
La sargento frustrado hizo levantar a Cándida y leyó en voz alta la respuesta ridiculizando a la tímida muchacha delante del resto de las alumnas que aquel día ocupábamos el aula.
Esta “amable” profesora a la que sólo faltaba un látigo para parecer aun más siniestra, además de “Política”, impartía también gimnasia.
El ridículo uniforme que nos obligaban a vestir, para hacer gimnasia lo cambiábamos por unas playeras blancas y pantalón azul marino de espuma que tenía una goma en los bajos para que se nos sujetara al pie. La parte de arriba era la misma blusa blanca y chaqueta azul.
La profesora no debía tener obligación de vestir ropa deportiva, ella enseñaba las piernas de panza de conejo y las horribles y huesudas rodillas bajo su falda. Los zapatos planos y tan poco femeninos como su cara y el resto de su cuerpo.
Me gustaría recordar el mote de aquel ser, supongo que humano, que nos enseñaba “política” y gimnasia con gesto huraño y malhumorado.
Los ejercicios físicos consistían en hacer el pino –que nunca logré- hacer volteretas sobre una colchoneta y aguantar 10 segundos con la punta de los dedos de las manos, tocando el suelo delante de los dedos de nuestros pies.
Esta especie de mujer, tenía un método para calcular los 10 segundos. Consistía en repetir monótona y lentamente... uno uno, dos dos, tres tres, cuatro cuatro, cinco cinco.
Así, una por una todas las niñas debíamos pasar ante ella y repetir el ejercicio.
Cuando el tiempo lo permitía, salíamos a una cancha en la parte trasera del gimnasio y puestas en fila, intentábamos encestar. Jamás colé un solo balón dentro del aro de baloncesto pero siempre aprobé las dos asignaturas.
La profesora de Geografía e historia, se llamaba Isabel Iglesias. Era joven pero su pelo muy corto estaba ya repleto de canas.
Llevaba gafas casi siempre a la mitad de la nariz.
Tampoco aprobé “Geo”, tan solo el ultimo año, cuando ya estaba trabajando, esta profesora me hizo el favor de hacerme el examen en su casa en vez de en el instituto. Por tal favor le regalé una cajita de bombones y me aprobó con un 5. ¡¡Benditos bombones!!... demasiado tardíos.
Algún día Chus me dirá en que forma se rompió una pierna. Durante unos días tuvo que guardar reposo antes de que pudieran escayolársela.
Maribel y yo pasábamos todo el tiempo que podíamos acompañándola en el “lecho del dolor”.
Recuerdo una tarde de domingo que la pasamos jugando en su cuarto mientras ella permanecía en cama. Más de una vez nos olvidamos que ella tenía mal su pie y caímos sobre el provocando un grito en la pobre enferma.
Otra cosa que no olvido de aquella tarde es que me la pasé peinando la alfombras de “dacha” rosa que reposaba a los pies de la cama.
Cuando al fin pudieron escayolar aquella pierna, Chus corría más que nosotras y hacía los mismos ejercicios que antes de tener el incidente.
Una mañana al terminar las clases, Maribel, ella y yo gastamos más tiempo que de costumbre en recoger nuestras cosas para salir del instituto y cuando nos quisimos dar cuenta, estábamos encerradas. Nadie se percató de nuestra presencia cuando cerraron las puertas del centro.
Lejos de atemorizarnos, nos dio por reír, pero había que salir de allí o se enterarían en casa y no estábamos dispuestas a recibir ninguna bronca.
Mirando qué hacer decidimos saltar por la ventana de los aseos. Gracias que estaban en el piso bajo, aunque para evitar –supongo- ladrones, no estaba demasiado cerca del suelo.
Aun me parece que estoy viendo a Chus con la pierna escayolada encaramándose a la ventana y saltando a la calle con su abrigo semi-largo de espiga gris y negro con un pliegue y abertura atrás. Milagro que no se rompió la escayola o la otra pierna.
Menos mal que nadie responsable del instituto se enteró nunca que la ventana abierta la dejamos las tres “prófugas”.
YA QUEDA MENOS PERO CONTINUARÁ...
martes, 17 de marzo de 2009
AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS DE ADOLESCENTE CAPITULO CUARTO
Hoy el capítulo empieza aquí.También teníamos una profesora de música cuyo nombre no podría recordar porque siempre la llamamos “La Fusa”. ¡¡¡Como nos burlábamos de ella!!!
Además de la escala del DO RE Mi FA SOL LA Si DO, nos enseñó varias canciones. Una de ellas era la de: “Ojos verdes son traidores. Ojos verdes son traidores, azules son mentireiros, los negros y acastañados son firmes y verdadeiros. Los negros y acastañados son firmes y verdadeiros.
Naviera, Naviera, Naviera Do Mar, había una barquiña pra ir a navegar, pra ir a navegar, pra ir a navegar, Naviera, Naviera, Naviera Do Mar”.
Años después la popularizó el grupo “Mocedades”.
La profesora de Lengua Española, Elena Bulls (o algo así), una antipática cincuentona a la que nunca le caí bien; ni ella a mi tampoco ¡¡faltaría más!!
Siempre me preguntaba cuando no tenía ni idea de la respuesta. No se cómo siempre acertaba la tía estúpida.
Si yo sabía la respuesta ponía cara de despistada para ver si al quererme “pillar”, la sorprendía sabiéndolo. No me preguntaba.
Si por el contrario, no sabía la lección y estaba atenta a sus explicaciones, me preguntaba y cero al canto.
De las tres profesoras que aparecen en la foto, la de gafas es la directora del Instituto. La del centro no tengo ni idea por más que miro, podría ser “La Cabezas” pero no me atrevo a asegurarlo. La otra es la de Lengua casi sin lugar a dudas.
De las chicas, tan sólo reconozco a Chus al lado de la directora. Es posible que la agachada debajo de las profesoras sea Conchita Martínez y quizás la segunda por la izquierda con jersey blanco y pelo recogido en coleta, podría ser Mari Carmen, otra muchacha de la pandilla de “instituteras”.
De esta chica –si lo fuera- siempre recuerdo algo que ocurrió durante unos ejercicios espirituales que realizamos en el colegio “El Apostolado”, sito en el Camino Viejo de Simancas.
Aunque nuestro Instituto no era laico, cada año en primavera, quizás por Semana Santa, nos obligaban a hacer esos ejercicios espirituales, que nosotras nos tomábamos como un adelanto de las vacaciones.
Para llegar a dicho colegio nos llevaron en autocar. Al llegar a la “Residencia Onesimo Redondo” –Hoy “Hospital Pío del Río Ortega”-, el vehículo se llenó de algarabía al ver a “La Fusa”, saludándonos como loca agitando los brazos con las piernas flexionadas... ¡¡ridícula la pobre mujer!!, mientras nosotras la saludábamos, también agitando los brazos y gritando –porque no podía oírnos- ¡¡Fusa, Fusa!!
Al llegar al colegio de nuestro destino, dejamos las bolsas con nuestra comida, la colocamos bajo los árboles y comenzamos a jugar seguramente a la goma o a “puntos”.
Enseguida nos llamaron a formar una fila y entrar a la capilla para oír un aburridísimo sermón y confesarnos.
No se cómo, pero nosotras no entramos a la capilla, nos “perdimos” por los largos pasillos del colegio o en los baños o... vete a saber.
Seguimos jugando tan tranquilas hasta la hora de comer aquel rico bocadillo seguramente de tortilla de patata que mi madre me pondría.
Durante la comida, Mari Carmen, no paró de “alardear” de lo rica que la iba a saber la merienda.
Unos familiares le habían traído de Suiza una tableta de chocolate muy rico y su madre le puso unas porciones para merendar.
Ella de vez en cuando desenvolvía el chocolate, lo olía profundamente y decía; ¡¡¡ mmmm que rico mi choco-choco!!!
Así varias veces durante la comida y la tarde. ¡Nos tenía hartitas!
Poco antes de la hora de la merienda para no tener que entrar de nuevo a la capilla, Mari Carmen se fue a visitar a una tía que vivía cerca de allí. Aprovechamos su ausencia para “probar” un pedacito del “choco-choco” de nuestros tormentos, riéndonos al imaginar la cara que pondría al ver que habíamos comido un pedazo.
No teníamos buena conciencia, ¡¡pobre Mari Carmen!!
Dudamos mucho, pero al final para que no notara que faltaba un trozo... nos comimos todo el chocolate.
Dejamos su cartera bajo le mismo árbol medio abierta, con el papel que envolvía el “choco-choco” fuera de ella.
Cuando llegó la muchacha relamiéndose, había un perro merodeando cerca de la cartera olisqueando el papel.
Corrió agitando los brazos para espantar al animal que salió huyendo asustado sin saber que había sido nuestra mejor coartada para ocultar “el crimen del choco-choco”.
Además de la escala del DO RE Mi FA SOL LA Si DO, nos enseñó varias canciones. Una de ellas era la de: “Ojos verdes son traidores. Ojos verdes son traidores, azules son mentireiros, los negros y acastañados son firmes y verdadeiros. Los negros y acastañados son firmes y verdadeiros.
Naviera, Naviera, Naviera Do Mar, había una barquiña pra ir a navegar, pra ir a navegar, pra ir a navegar, Naviera, Naviera, Naviera Do Mar”.
Años después la popularizó el grupo “Mocedades”.
La profesora de Lengua Española, Elena Bulls (o algo así), una antipática cincuentona a la que nunca le caí bien; ni ella a mi tampoco ¡¡faltaría más!!
Siempre me preguntaba cuando no tenía ni idea de la respuesta. No se cómo siempre acertaba la tía estúpida.
Si yo sabía la respuesta ponía cara de despistada para ver si al quererme “pillar”, la sorprendía sabiéndolo. No me preguntaba.
Si por el contrario, no sabía la lección y estaba atenta a sus explicaciones, me preguntaba y cero al canto.
De las tres profesoras que aparecen en la foto, la de gafas es la directora del Instituto. La del centro no tengo ni idea por más que miro, podría ser “La Cabezas” pero no me atrevo a asegurarlo. La otra es la de Lengua casi sin lugar a dudas.
De las chicas, tan sólo reconozco a Chus al lado de la directora. Es posible que la agachada debajo de las profesoras sea Conchita Martínez y quizás la segunda por la izquierda con jersey blanco y pelo recogido en coleta, podría ser Mari Carmen, otra muchacha de la pandilla de “instituteras”.
De esta chica –si lo fuera- siempre recuerdo algo que ocurrió durante unos ejercicios espirituales que realizamos en el colegio “El Apostolado”, sito en el Camino Viejo de Simancas.
Aunque nuestro Instituto no era laico, cada año en primavera, quizás por Semana Santa, nos obligaban a hacer esos ejercicios espirituales, que nosotras nos tomábamos como un adelanto de las vacaciones.
Para llegar a dicho colegio nos llevaron en autocar. Al llegar a la “Residencia Onesimo Redondo” –Hoy “Hospital Pío del Río Ortega”-, el vehículo se llenó de algarabía al ver a “La Fusa”, saludándonos como loca agitando los brazos con las piernas flexionadas... ¡¡ridícula la pobre mujer!!, mientras nosotras la saludábamos, también agitando los brazos y gritando –porque no podía oírnos- ¡¡Fusa, Fusa!!
Al llegar al colegio de nuestro destino, dejamos las bolsas con nuestra comida, la colocamos bajo los árboles y comenzamos a jugar seguramente a la goma o a “puntos”.
Enseguida nos llamaron a formar una fila y entrar a la capilla para oír un aburridísimo sermón y confesarnos.
No se cómo, pero nosotras no entramos a la capilla, nos “perdimos” por los largos pasillos del colegio o en los baños o... vete a saber.
Seguimos jugando tan tranquilas hasta la hora de comer aquel rico bocadillo seguramente de tortilla de patata que mi madre me pondría.
Durante la comida, Mari Carmen, no paró de “alardear” de lo rica que la iba a saber la merienda.
Unos familiares le habían traído de Suiza una tableta de chocolate muy rico y su madre le puso unas porciones para merendar.
Ella de vez en cuando desenvolvía el chocolate, lo olía profundamente y decía; ¡¡¡ mmmm que rico mi choco-choco!!!
Así varias veces durante la comida y la tarde. ¡Nos tenía hartitas!
Poco antes de la hora de la merienda para no tener que entrar de nuevo a la capilla, Mari Carmen se fue a visitar a una tía que vivía cerca de allí. Aprovechamos su ausencia para “probar” un pedacito del “choco-choco” de nuestros tormentos, riéndonos al imaginar la cara que pondría al ver que habíamos comido un pedazo.
No teníamos buena conciencia, ¡¡pobre Mari Carmen!!
Dudamos mucho, pero al final para que no notara que faltaba un trozo... nos comimos todo el chocolate.
Dejamos su cartera bajo le mismo árbol medio abierta, con el papel que envolvía el “choco-choco” fuera de ella.
Cuando llegó la muchacha relamiéndose, había un perro merodeando cerca de la cartera olisqueando el papel.
Corrió agitando los brazos para espantar al animal que salió huyendo asustado sin saber que había sido nuestra mejor coartada para ocultar “el crimen del choco-choco”.

La asignatura que más me gustaba –además de Ciencias- era la de “Educación del hogar” también llamada “labores” que la impartía una profesora joven y no demasiado estricta.
Siempre me gustó coser y bordar. Recuerdo que para mantenerme ocupada durante todo el verano, mi madre me compró panamá e hilos de bordar, en la gama de marrones con la sana intención de que me hiciera una mantelería... y la hice de punto yugoslavo. Bordé mi primera mantelería a los 13 años, pero mi madre no cumplió su objetivo de “mantenerme ocupada” durante tanto tiempo, puesto que en 15 días la terminé.
Jamás estrené aquella mantelería, pero hace muy pocos años les bordé una a cada una de mis hijas en distintos modelos y colores para que las guarden como recuerdo de su madre.
A lo que iba, que me pierdo en explicaciones.
Durante la hora de “labores” que solía ser por la tarde, mientras el resto nos afanábamos en aprender a hacer callos, vainicas y costuras –que aún conservo-, una niña leía para mantener el silencio de las demás.
Había una chica; Amparito de risa muy fácil, que leyendo uno de los libros de la colección “Celia”, cada vez que leía alguna de las trastadas que la protagonista le propinaba a su hermanito “Cuchifritín” o a la cigüeña “Culiculá”, no paraba de reír y nos contagiaba a todas.
También guardo un muestrario que bordamos en arpillera y el cuadro de un osito de fieltro que a modo de rompecabezas, colocamos y pegamos sobre la arpillera (roja en mi caso).
Ese cuadro estuvo colgado en mi cuarto durante años.
La profesora de inglés, una señora de mentón torcido, pero de buen corazón aunque no excelente profesora, tuvo un incidente gracioso para quien lo ve aunque imagino que horrible para quien lo sufre.
Una mañana a la salida de las clases, vio que en la parada estaba a punto de salir el autobús y corrió para no perderlo, con tan mala suerte que se le debió soltar la cremallera de la falda que rodó por sus piernas hasta el suelo dejando la descubierto su “faja pantalón” -muy de moda en la época- con el consiguiente alboroto de los crios que llenaban ya el autobús y supongo que el “tierra trágame” de la profesora.
NATURALMENTE, CONTINUARÁ...
AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS DE ADOLESCENTE CAPITULO TERCERO
En la foto Chus y Maribel... mi falda nunca fue tan corta. Continuando el capitulo:
Recordaré los nombres de algunas de mis compañeras de clase o los de algunos de los profesores que “amargaron” nuestra adolescencia.
Entre las alumnas con las que compartí pupitre y “picias” –además de Choni, Chus, Angelita y Maribel, estaba una gordita loca como una cabra que se reía de todo y de todos; Mª Jesús Garcillán, que vivía –como Angelita- en el barrio “Leones de Castilla” y que traía locos a los profesores, con su –en multitud de ocasiones- dudoso sentido del humor, sobre todo a don Manuel el gruñón profesor de dibujo. ¡Pobre! ¡Cuánto nos reíamos de él!
Este pobre señor tenía las uñas largas, gruesas y resecas impregnadas de tiza. Al llegar a clase pasaba lista y si alguna de nosotras no había llegado, otra contestaba en su nombre para que no le pusiera falta. Ni se enteraba el hombre.
Nos mandaba sacar el cuaderno de dibujo; un blok “discóbolo” con margen, los lapiceros Staedtler Noris 120 del Nº 1 y del Nº 2, la escuadra, el cartabón y la botellita de tinta china “pelikan”.
Él se daba la vuelta y comenzaba a dibujar en el encerado haciendo chirriar sus uñas por la negra -o verde- pizarra con la consiguiente dentera colectiva de las pocas chicas que para entonces quedaban en el aula, porque apenas el profesor comenzaba a explicar el trabajo, las chicas iban desapareciendo de los pupitres sigilosas como gatos.
Raro era el día que quedaban, como mucho, menos de la mitad de alumnas y raro el que don Manuel –“el Manolo”- no expulsaba a otras tantas al grito de... Mª Luisa –es decir, yo-, recoja los bártulos y márchese.
Este profesor tenía especial “fila” a una alumna bajita, con la cara renegrida bastante feita y muy ignorantona con un nombre y apellidos poco comunes que dieron siempre lugar a la mofa. Era el patito feo de la clase.
"Manuela Rábano Ovejero", a la que don Manuel llamaba “Rabanillo”. La muchacha se ofendía muchísimo, pero en el instituto siguió siendo “La Rabanillo” para siempre.
Tengo entendido que “La Rabanillo” supo ganarse muy bien la vida y a muchas de nosotras nos podría dar "sopas con onda".
Entre las alumnas con las que compartí pupitre y “picias” –además de Choni, Chus, Angelita y Maribel, estaba una gordita loca como una cabra que se reía de todo y de todos; Mª Jesús Garcillán, que vivía –como Angelita- en el barrio “Leones de Castilla” y que traía locos a los profesores, con su –en multitud de ocasiones- dudoso sentido del humor, sobre todo a don Manuel el gruñón profesor de dibujo. ¡Pobre! ¡Cuánto nos reíamos de él!
Este pobre señor tenía las uñas largas, gruesas y resecas impregnadas de tiza. Al llegar a clase pasaba lista y si alguna de nosotras no había llegado, otra contestaba en su nombre para que no le pusiera falta. Ni se enteraba el hombre.
Nos mandaba sacar el cuaderno de dibujo; un blok “discóbolo” con margen, los lapiceros Staedtler Noris 120 del Nº 1 y del Nº 2, la escuadra, el cartabón y la botellita de tinta china “pelikan”.
Él se daba la vuelta y comenzaba a dibujar en el encerado haciendo chirriar sus uñas por la negra -o verde- pizarra con la consiguiente dentera colectiva de las pocas chicas que para entonces quedaban en el aula, porque apenas el profesor comenzaba a explicar el trabajo, las chicas iban desapareciendo de los pupitres sigilosas como gatos.
Raro era el día que quedaban, como mucho, menos de la mitad de alumnas y raro el que don Manuel –“el Manolo”- no expulsaba a otras tantas al grito de... Mª Luisa –es decir, yo-, recoja los bártulos y márchese.
Este profesor tenía especial “fila” a una alumna bajita, con la cara renegrida bastante feita y muy ignorantona con un nombre y apellidos poco comunes que dieron siempre lugar a la mofa. Era el patito feo de la clase.
"Manuela Rábano Ovejero", a la que don Manuel llamaba “Rabanillo”. La muchacha se ofendía muchísimo, pero en el instituto siguió siendo “La Rabanillo” para siempre.
Tengo entendido que “La Rabanillo” supo ganarse muy bien la vida y a muchas de nosotras nos podría dar "sopas con onda".
Ignoro qué habrá sido del bueno de don Manuel o de doña Isabel Iglesias, la oronda profesora de Ciencias; además de directora del centro. Siempre lucía un repeinado y “enlacado” cabello castaño claro. Nunca suspendí su asignatura, al contrario, siempre obtenía excelentes calificaciones.
Tampoco suspendí nunca religión impartida el primer año por don Jaime Díez, un curita joven simpático y bonachón que oficiaba la misa en la iglesia de San Pedro Regalado –creo- y el segundo por don Antonio, otro sacerdote serio, mayor, con sotana y tanta prepotencia como suele “adornar” a las personas que ejercen la “profesión” religiosa.
De Matemáticas tuvimos dos profesoras bien distintas: el primer año Mª Carmen Lequerica, una joven y menuda mujer que enseñaba muy bien su materia, aunque yo no lo aprovechara.
Nos tocó la horrenda etapa de los Conjuntos. Nunca pude entender por qué se inventaron que A + B = C. Yo me empeñaba en que de donde lo habían sacado, puesto que A + B siempre ha sido (AB, como suena).
¿Para qué me van a servir a mi los conjuntos en la vida? –Pensaba yo terca como mula- . ¿A que tienda voy a ir a comprar conjuntos? ¡¡Que me enseñen bien a sumar, restar, multiplicar y dividir y se dejen de idioteces!!
Con esas ideas, a nadie le extrañará si digo que jamás aprobé Matemáticas... no es cierto, las aprobé en Septiembre el año que repetí primero ¡¡toda una lumbreras!!
Ese año de mi repetición las matemáticas las impartía otra profesora, doña Mª Carmen Cabezas –“La Cabezas”-. Una mujer medio monja, fea y con la cara llena de verrugas; aspecto de no haberse “comido una rosca” en su vida y alta como un andamio, aunque quizás no tan alta pero la perspectiva de mi recuerdo con respecto a la altura de las personas o lugares ha variado en ocasiones.
No se quien la pondría en aquel aprieto de nombrarla profesora, porque la pobre de matemáticas sabía menos que yo... ¡¡¡y ya es decir!!!
Esta prof... mujer no se por qué, me tenía simpatía, una especie de “enchufe” inexplicable, porque yo seguía siendo incompatible con la asignatura.
Recuerdo una tarde que harta de la monjil “profesora”, escuché “atenta” su torpe explicación sin dejar de mirarla muy seria a la cara con todo el descaro que fui capaz y su consiguiente nerviosismo.
Cuando ordenó sacar los cuadernos y poner en práctica con unos ejercicios lo aprendido, yo obedecí, saqué mi cuaderno, me crucé de brazos y con idéntico descaro seguí mirando desafiante a la profesora, hasta que nerviosa pidió que me acercara a su mesa y le enseñara mi cuaderno.
Así lo hice; me levanté, tomé el cuaderno, me acerqué a la mesa de la horrorosa y con gesto despectivo tiré sobre la mesa desde lo alto el cuaderno con las hojas, tan no escritas, como la vida sexual de la “enseñante”.
- Por qué no has escrito nada –preguntó.
- Porque no he entendido nada –contesté altiva.
- ¿Cómo que no has entendido nada? vete a la mesa y haz los ejercicios.
- Los haré cuando sepa usted enseñarme a hacerlos.
Me quedé tan ancha, pero ella mandó que fuera mi madre a hablar con ella para darle la queja.
Entonces las madres no iban para ver como llevaban sus hijos el curso. Tan sólo iban si eran requeridas y solía ser para recibir información de alguna mala acción de los muchachos.
Mi madre sintió una terrible vergüenza al ser recibida en el corredor. Parece que la estoy viendo de pie frente a “La Cabezas” al lado de la garita de la “portera” o Bedel, Tina.
Mi madre escuchaba la explicación del andamio con verrugas mirando “de soslayo” hacia las escaleras que era donde me dijeron que me quedara yo hasta ser requerida por la “profesora”.
- Es que su hija me tiró el cuaderno a la cara –dijo la tipa.
- No se lo tiré a la cara, se lo tiré encima de la mesa -me defendí orgullosa.
- Es que no pones atención.
- Pongo atención, pero como usted no sabe enseñar, yo no puedo aprender, por eso no lo hago.
Naturalmente la conversación no es con palabras exactas, pero recuerdo muy bien que mis contestaciones si fueron muy parecidas a lo descrito.
Tampoco suspendí nunca religión impartida el primer año por don Jaime Díez, un curita joven simpático y bonachón que oficiaba la misa en la iglesia de San Pedro Regalado –creo- y el segundo por don Antonio, otro sacerdote serio, mayor, con sotana y tanta prepotencia como suele “adornar” a las personas que ejercen la “profesión” religiosa.
De Matemáticas tuvimos dos profesoras bien distintas: el primer año Mª Carmen Lequerica, una joven y menuda mujer que enseñaba muy bien su materia, aunque yo no lo aprovechara.
Nos tocó la horrenda etapa de los Conjuntos. Nunca pude entender por qué se inventaron que A + B = C. Yo me empeñaba en que de donde lo habían sacado, puesto que A + B siempre ha sido (AB, como suena).
¿Para qué me van a servir a mi los conjuntos en la vida? –Pensaba yo terca como mula- . ¿A que tienda voy a ir a comprar conjuntos? ¡¡Que me enseñen bien a sumar, restar, multiplicar y dividir y se dejen de idioteces!!
Con esas ideas, a nadie le extrañará si digo que jamás aprobé Matemáticas... no es cierto, las aprobé en Septiembre el año que repetí primero ¡¡toda una lumbreras!!
Ese año de mi repetición las matemáticas las impartía otra profesora, doña Mª Carmen Cabezas –“La Cabezas”-. Una mujer medio monja, fea y con la cara llena de verrugas; aspecto de no haberse “comido una rosca” en su vida y alta como un andamio, aunque quizás no tan alta pero la perspectiva de mi recuerdo con respecto a la altura de las personas o lugares ha variado en ocasiones.
No se quien la pondría en aquel aprieto de nombrarla profesora, porque la pobre de matemáticas sabía menos que yo... ¡¡¡y ya es decir!!!
Esta prof... mujer no se por qué, me tenía simpatía, una especie de “enchufe” inexplicable, porque yo seguía siendo incompatible con la asignatura.
Recuerdo una tarde que harta de la monjil “profesora”, escuché “atenta” su torpe explicación sin dejar de mirarla muy seria a la cara con todo el descaro que fui capaz y su consiguiente nerviosismo.
Cuando ordenó sacar los cuadernos y poner en práctica con unos ejercicios lo aprendido, yo obedecí, saqué mi cuaderno, me crucé de brazos y con idéntico descaro seguí mirando desafiante a la profesora, hasta que nerviosa pidió que me acercara a su mesa y le enseñara mi cuaderno.
Así lo hice; me levanté, tomé el cuaderno, me acerqué a la mesa de la horrorosa y con gesto despectivo tiré sobre la mesa desde lo alto el cuaderno con las hojas, tan no escritas, como la vida sexual de la “enseñante”.
- Por qué no has escrito nada –preguntó.
- Porque no he entendido nada –contesté altiva.
- ¿Cómo que no has entendido nada? vete a la mesa y haz los ejercicios.
- Los haré cuando sepa usted enseñarme a hacerlos.
Me quedé tan ancha, pero ella mandó que fuera mi madre a hablar con ella para darle la queja.
Entonces las madres no iban para ver como llevaban sus hijos el curso. Tan sólo iban si eran requeridas y solía ser para recibir información de alguna mala acción de los muchachos.
Mi madre sintió una terrible vergüenza al ser recibida en el corredor. Parece que la estoy viendo de pie frente a “La Cabezas” al lado de la garita de la “portera” o Bedel, Tina.
Mi madre escuchaba la explicación del andamio con verrugas mirando “de soslayo” hacia las escaleras que era donde me dijeron que me quedara yo hasta ser requerida por la “profesora”.
- Es que su hija me tiró el cuaderno a la cara –dijo la tipa.
- No se lo tiré a la cara, se lo tiré encima de la mesa -me defendí orgullosa.
- Es que no pones atención.
- Pongo atención, pero como usted no sabe enseñar, yo no puedo aprender, por eso no lo hago.
Naturalmente la conversación no es con palabras exactas, pero recuerdo muy bien que mis contestaciones si fueron muy parecidas a lo descrito.
CONTINUARÁ
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