MI CRÓNICA DE LA SIEGA
-7-JULIO-2001
Tras
muchos días esperando, llegó por fin la ansiada “Fiesta de la siega”. Me
pareció precioso.
Me
hizo revivir, tiempos demasiado pasados y sin embargo tan presentes en nuestra
memoria… la única cosa que tenemos intacta por mucho que la utilicemos a
menudo.
No
pude recordar el sonido de las campanas a tan temprana hora, porque nunca lo
hice antaño -dormía plácidamente- pero me alegró escucharlo hoy. Siempre es
grato oír el sonido de nuestras potentes campanas; aunque también tendríamos
que pensar en hacer LA
FIESTA DE LAS CAMPANAS para volver a verlas
voltear a brazo y a tiro de cuerda e invitar a todo el mundo a escuchar el
verdadero sonido recio que pone los pelos de punta recordar. Ahora sólo son la
sombra de su tañer.
Me
gustó mucho escuchar el ruido de las ruedas del carro rodando sobre las piedras
de la plaza, sentí envidia de no poder subir y sentarme al borde para mecerme
con el "traquiteo", como hacía cuando iba con mi padre en el carro
de mi abuela Casimira.
Era
precioso, realmente bonito, ver la cara de la gente que en ambiente festivo
subía madrugadora a realizar el pesado trabajo del campo.
Igual
fue bonito ver los trajes que desempolvados de los "sobraus", tan
orgullosos lucían mis paisanos y paisanas.
Siempre
es bueno guardar y no solo en la memoria, pues de ésta, no salen las ropas,
utensilios y aperos, que salen de los baúles revueltos de vez en cuando.
Ninguno
de mis abuelos fue labrador, quizás por eso me quedaba más lejano ver la siega,
pero sí viví en mi pueblo cuando las gentes vestían de la misma manera que vi
el sábado.
Añoré
ese día ver a mi padre en su "bigornia" punteando rejas. Oír
el sonido del macho repicando sobre el yunque en una melodía inconfundible de
fuerza, fuego y hierro al rojo, moldeado por él con maestría y después el olor
del agua que enfriaba el hierro ya dado forma. Eso si lo vi hacer mil veces.
También se podría hacer un día de los oficios artesanos que siempre hubo en
Alaejos.
Cantareros,
zapatero remendón, herreros... y por supuesto el mondongo, quizás sería buena
idea.
Pero
este día, no faltaba un detalle, cada uno en su papel. Parecía que no hubiera
pasado el tiempo.
El
chocolate del señor "Raimundo" -a prueba de dientes
y encías- el pan con "rescaños" o el chorizo y "torresno"
comido entre dedo y pan a corte de navaja.
La
vieja y mugrosa bota de las tres Z Z Z, que dicen hace buen vino. (Yo no lo
"cato", de niña me dijeron que se me pondría "el
tete" azul si bebía vino, y siempre he sido una "niña"
muy obediente).
No
faltó la manta del campo que tanto servía para tapar al burro, igual que al amo
y como socorrido mantel para el “hato”. La "botija" de barro de
mi pueblo. Nunca bebí agua tan en su punto: ni caliente, ni helada que te pasa
los dientes, como ahora la tomamos recién sacada del frigorífico; artilugio
impensable en aquella época.
Los
hombres iban tocados con boina o con sombrero de paja, resguardados del
sofocante sol y con el traje de pana, (tela fresca donde las haya), camisa a
rayas y chaleco con bolsillos y ojales para prender la cadena del reloj en uno
y en el otro, los libritos para "liar un buen caldo" y el "mechero",
que, a golpe de callo, hacía girar la rueda que prendía la mecha.
En
el bolsillo trasero del pantalón, el pañuelo de "yerbas" donde
enjugar el sudor de la frente, o tan socorrido para la inoportuna "moca"
y luego para limpiar la navaja antes de guardarla higiénicamente de nuevo en el
bolso derecho del pantalón lleno de piezas en la mayoría de los casos.
Llevaban
la cintura bien sujeta por la faja “envolvente” con flecos colgando. La
mejor para resguardar la “riñonada”: parte del cuerpo que más
sufría por el duro trabajo de segador. Sujetas a la faja, colgaban las imprescindibles
lías,
en el caso de los atadores.
Calzaban
"albarcas", las cómodas y favorecedoras albarcas, y por
calcetines, trozos de costal, "liaus" a las pantorrillas con “lías”
de esparto. ¡¡No había "pique" que se resistiera, ni
"amores" que se clavaran!!
Al
hombro las alforjas de gruesa lona de rayas raída y con muchos remiendos,
insustituible para guardar en uno de los bolsos la bota con el “rebojo”
de pan y cebolla y en el otro la hoz (hocín) o la horquilla y los dediles.
Las
mujeres vestían falda larga y amplio mandil, camisa blanca y manguitos para
proteger los antebrazos. (Era feo tenerlos morenos porque indicaba claramente
que se dedicaban al campo y no eran “señoritas”).
Ellas
tocadas con pañuelo bien atado al cuello y sombrero también de paja. (Tampoco
era bonito el moreno en la cara, porque también les hacía parecer campesinas y
la mujer quería estar blanquita).
Medias
gruesas y bien oscuras, "¡lo mejor pa la calor!" Y
zapatillas que hubieran sido con suela de cáñamo.
No
vi en ninguna, quizás porque no me fijé; bajo el mandil, la "faltriquera"
de pana mugrosa para guardar aquellos céntimos que volverán a nuestras vidas, y
tanto nos van a hacer sudar de nuevo.
Repito,
no faltaba detalle en sus atuendos ni alegría en sus corazones... ni
seguramente ampollas en los pies a causa de las albarcas.
Algunos
-entre los que me cuento- no lucimos tan distinguido atuendo, ¡una pena! Hubiera
sido precioso ver a todo el mundo bien ataviado, pero no todos tenemos un
"sobrau" repleto de "antiguallas".
Lo
que bien pudimos hacer y algunos (quizás demasiados), no respetaron, -entre los
que no
me incluyo- fue lo de subir con vehículos a motor hasta la misma tierra.
Rompían un poco los esquemas. No digo yo que no hubieran subido algunos con
personas que por su edad querían disfrutar de la siega, y por esa misma edad,
no podían subir andando. Pero algo más alejados del “escenario”, sí podrían
haberse quedado. Un poco de caminar, no le puede hacer mal a nadie.
Por
supuesto, de la época no eran las docenas de cámaras de vídeo con las que
llenamos la sementera, pero de no ser por ellas, este invierno, tedioso y
aburrido no podrían decir muchos... ¿Te acuerdas que bien lo pasamos en la
siega? ¡¡Pon la cinta anda!! Y con ella pasar un buen rato.
También
me hubiera gustado, que la gente de "paisano", en vez de estar en
medio de la labor, hubiera respetado el terreno, quedándose también en
las lindes
para ver como los "segadores", trabajaban, aunque
desde luego, a la hora del almuerzo en el "hato", disfrutarlo
todos juntos, que para eso todos habíamos madrugado igual y habíamos subido
andando del mismo modo que los vestidos como ya cité, para disfrutar entre
amigos de ese precioso día de fiesta y recuerdos, vestidos como vistiéramos.
Me
emocionó también, ver cargar el carro con la mies en haces clavados a los “estacones”
con el "ramo" en lo alto y el regreso al pueblo cantando tras la dura
jornada ese "alegresón", que se lo había oído cantar muchas veces a mi
tío Bernardo Muñoz. Lo extrañé, sentí de veras no verle allí, lo habría
disfrutado mucho.
El
cocido ¡¡qué cocido!! ¡¡Qué olor despedía ese cocido!! Probé del plato
de sopa de pan que estaba tomando mi prima y recordé los que tantas veces comí
cocinado por mi abuela Felisa.
Yo
había elegido el de fideos, estaba buenísimo, pero... no estaban los fideos
tostados y tantas veces quemados en demasía por mi pobre abuela que, con tanto
quehacer, se olvidaba que estaban los fideos tostándose a la lumbre.
Luego
el plato de garbanzos con berza. ¡¡Tan cocheros!! Me tocó un garbanzo
"bonito", me hizo ilusión después de muchos años sin ver
uno. Bonito, así llamábamos mi hermano y yo a los garbanzos negros. Siempre nos
peleábamos por ver a quien le tocaba.
Aquí,
voy a hacer otro inciso, para decir, que lo único a lo que se le puede poner
"pega”, fue a la espera de la cola varias veces para ir a por
los distintos platos. ¿Puedo hacer una sugerencia? Pero que nadie se moleste porque
todo estaba perfecto y esto es una “tontería”.
Yo
hubiera dicho que cada uno subiera con su bandejita, y un par o tres de tazones
(de los del todo a cien, mismamente), para que nos sirvieran toda la comida a
un tiempo, sin necesidad de guardar la interminable cola varias veces, ni
agravar el presupuesto municipal regalando tres platos para cada comensal como
los que regalaron.
También
quiero hacer otro inciso, para decir: ¡¡ole y ole! Por las señoras que "se
quemaron el hocico", preparando la comida para tantísima gente.
Todo estaba verdaderamente en su punto.
Después
de comer, algunos decidieron echarse una reparadora y merecida siesta. Daba
gusto ver a los segadores tumbados sobre la fresca hierba tapados con sus
mantas zurcidas -en el mejor de los casos- y agujereadas de polilla y uso en
otros.
Después
del descanso: la trilla. Recuerdo que siempre me quedé con ganas de subir al
trillo y dar vueltas, esa era la mejor atracción de feria que conocíamos,
aunque... al igual que el vino, me estaba prohibido subir al trillo, era muy peligroso...
para mi "mandilete" y yo debía regresar a casa, tan "inmaculada",
como había salido. Si llevaba alguna mancha, me esperaba una buena "panadera",
así que por lo "niña obediente" que ya dije soy,
esta vez tampoco fui a la era a "montarme" en el trillo.
Sin
embargo, vi con qué maestría era “conducido” incluso por algunas
mujeres. Así como pude ver lo bien conservada que estaba la máquina “aventadora”,
gracias a ello pudimos comprobar la “facilidad” en el trabajo que se
conseguía con la “moderna” maquinaría de entonces.
Al
llegar a la plaza, me busqué entre las niñas jugando al "tarol"
o saltando a la "soga". Tampoco encontré a las
"carameleras" sentadas al lado de sus carritos de madera,
repletos de ricas golosinas que miraba con "ansia" y pocas veces
podía comprar alguna.
Tampoco
encontré, por más que buscaba, el carrito de los helados del señor
Nino tapando el “mantecao” y el chocolate con los
cucuruchos de latón abollado en forma de copete de helado.
De
pronto volví a la realidad, todo parecía igual que antes, era como si el tiempo
no hubiera pasado, pero... realmente no era así… Ha pasado llevándose
irremediablemente tantas cosas materiales y tanta gente importante y que sólo
viven en nuestro recuerdo.
Como
fin de fiesta, por la noche estuvieron preciosas las actuaciones del grupo de
baile en la plaza.
En
"aquella época", lo que se llevaba era ir a "los
títeres" cada uno con su sillita, para luego bajar juntos a casa
comentando "lo bien que había estado la función", entre bostezos de
aburrimiento y sueño.
Gracias,
a quien tuvo el acierto de preparar tan bonita fiesta. Me da igual su
ideología, quien con ilusión hace las cosas para que el pueblo las disfrute,
merece el perdón por los posibles pequeños fallos que hubieran podido surgir en
esta fiesta de añoranzas. Nadie es perfecto, aunque a este día se le pueda
calificar de serlo… Para mí lo fue.
Mi
enhorabuena a quien lo preparó y mi "pésame" a quien no supo
celebrarlo, quizás rabioso por no haber sido suya la idea.
Gracias
por regalarnos este día, que por unas horas nos hizo retroceder en el tiempo.
Espero que se repita muchos años más con esta unión vivida hoy entre todos (o
muchos de) mis paisanos.
PUBLICADA 03-07-2008
https://marisa-alaejosysuscosas.blogspot.com/2008/07/mi-crnica-de-la-siega.html