Querida nieta Irene: la más chiquitina de esta familia. Ya diste un pasito más en tu camino hacia hacerte mayor.
Hemos vivido contigo la ilusión de tu inocencia, la felicidad de tu alegría y el ver que, aunque no siempre recibías todo lo que pedías en tus cartas, jamás te enfadaste o cogiste un berrinche si no estaba aquello que con entusiasmo pedías, convencida de que te llegaría de forma mágica.
Ahora te diste cuenta que la magia no venía de Oriente en tres camellos, ni de Laponia en renos voladores, ni era un ratón o un hada quien se llevaba tus dientes, dejándote regalos a cambio y mucho menos había un elfo travieso que hacía trastadas mientras dormías.
Ya sabes que los auténticos Reyes Magos existen y los tienes en esta familia que te adora, pero, sobre todo, los tienes cada día en tu casa procurando que nada te falte, no sólo en regalos navideños. Los tienes también en el día a día; ellos tres son los verdaderos y auténticos reyes. Los auténticos magos.
A partir de ahora pueden cambiar las formas de recibir tus regalos, pero eso no significa que se vaya a perder la magia para ti, ni para los que contigo compartiremos esos momentos maravillosos de locura al ir abriendo paquetes.
Tú nunca sabrás lo que contienen los tuyos, de la misma forma que ninguno de nosotros sabemos los nuestros, hasta no romper el papel que los envuelve.
Desde que Lucía supo el mismo secreto que hoy sabes, nos ayudó a mantener tu fantasía. También en esto ha ejercido como la gran hermana mayor que es.
Lo que has vivido hasta ahora, no han sido engaños, no han sido mentiras: has vivido una tradición que todos nosotros vivimos cuando éramos pequeños.
Eso debes continuar haciéndolo tú, mi niña, con todos los niños con los que convives y convivirás a lo largo de tu vida.
La diferencia es que ahora podrás acompañarnos a las compras siempre y cuando ese día no haya que comprar nada para ti.
Nunca se debe de romper la ilusión de un pequeño que cree en la magia en la que todos creímos.
Es de ser mala persona y poco corazón menospreciar a un niño que aún no descubrió la verdad que ahora sabes, haciendo mofa de sus ilusiones, y bien sabes que con algunos ya te has topado, aunque tu fantasía estaba tan arraigada, que nunca les hiciste caso. Defendías tu verdad: la única verdad era la que era, porque es la que es. Venciste tú, siendo feliz con lo que tenías.
Por eso tú, como hizo Lucía, mantendrás la ilusión de niño a niño, hasta que le llegue el momento de mantener la importante conversación que le desvele que sí, que la magia existe, mientras exista la ilusión y el amor que nos tienen nuestras familias.
Cuando yo era pequeña, no conocíamos a Papá Noé. Sólo venían Los Reyes Magos, y aunque mi familia no era “pobre”, tampoco tenían mucho dinero para comprar los pocos juguetes que existían entonces.
Como ya te he contado más veces, siempre quise tener una muñeca de pelo largo y un cochecito de capota para pasearla.
En esa época, no había tele, tampoco tenía tanto donde elegir como tenéis ahora que os atiborran de publicidad en la tele, revistas o incluso en cartelones luminosos por las calles, para que os volváis locos pidiendo.
De pequeña vivía en Alaejos y allí había una juguetería. Cada vez que pasaba por ella, me tiraba rato y rato con la nariz pegada al cristal del escaparte, mirando la muñeca y el cochecito de mis sueños.
Estaba convencida que me los traerían Los Reyes. Pero cuando llegaban, sólo me dejaban -como mucho- un estuche de pinturas, una cartera para la escuela, caramelos, algún cuento y una muñeca de cartón con los brazos más tiesos que un Playmobil y el pelo corto y pintado. Ni rastro de lo que soñaba recibir, aunque como tú, me conformaba.
Aquella muñeca de cartón, no podía ser más fea e inexpresiva. Parecía Chucky, casi daba miedo mirarla, pero a mí me parecía preciosa; no porque de niña tuviera mal gusto. Me gustaba porque era lo que tenía y no podía contrariar a los Reyes Magos por no traerme lo que pedí, no fueran a enfadarse y al año siguiente no me trajeran ni eso…
En la mañana de Reyes, todos los niños salíamos a la calle y llevábamos algunos de nuestros regalos. Entonces veía jugar a otras niñas con la muñeca y el “cochecapota” que tanto miré y remiré. Ese que yo pedía en mi carta y nunca llegó… Ni tampoco estaba en el escaparate para poder seguir mirándolo y soñando que algún día me lo traerían.
Me iba a una tienda y pedía una caja vacía de calcetines y le fabricaba una cunita. Luego iba a la modista y le pedía trocitos de tela para hacerle las sabanitas e incluso sus vestiditos… Me gustaba cuidarlas para que no se me rompieran, aunque te confieso, que tampoco me duraban mucho. Las muñecas, eran muy frágiles, y como se me cayeran al suelo y se hicieran un desconchón en la pintura, por ahí metía mis deditos para ver lo que tenían dentro y las pobres quedaban para hacerles un funeral… o ser pasto de la lumbre, porque el cartón del que estaban hechas, ardía más fácil que mis sueños.
Aún sin recibir mis precisados juguetes, seguí creyendo en esos tres seres mágicos, hasta que una brutísima y sin corazón, hermana de mi padre, me contó la verdad de la forma más cruel, cuando sólo tenía 6 añitos… Pues aun así seguí creyendo en la magia y manteniendo la ilusión para transmitírsela con todo mi amor, a mis hijas y nietas -cuando las tuviera-.
Como bien sabes, mis primeras muñecas de pelo largo, me las regalasteis Lucía y tú y las conservo con mucho amor. Mi primer cochecito de capota ¿sabes el que fue? Pues ni más ni menos que el que compré para pasear a mis muñecas de carne y hueso… sí, acertaste: fue el cochecito donde paseaba a tus tías y tu mamá de recién nacidas.
Ahora, como Lucía, si tú quieres, podrás comprar regalitos que esconderás y mantendrás guardados hasta el momento de ser tú misma, quien lo ponga junto a todos los demás regalos de la familia. Ya verás que, guardar así el secreto, también será divertido y mágico.
Recuerda amor mío… Siempre seré tu Reina maga. Tenemos una familia maravillosa para continuar cumpliendo nuestros sueños.
Te adora tu abuela:
Marisa

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