sábado, 7 de junio de 2008

LA PANTOJA MORBO O ADMIRACIÓN

 

LA PANTOJA Y SUS CIRCUNSTANCIAS- ¿MORBO O ADMIRACIÓN? VALLADOLID-12-MAYO-2007

 ( Original de 12-MAYO-2007  Publicada 07-06-2008)

Por la exagerada difusión en todas las cadenas de televisión, supongo que a nadie ha dejado indiferente el concierto que Isabel Pantoja ha ofrecido  el sábado 12 de Mayo en la plaza mayor de Valladolid.

Me pregunto si ese concierto hubiera tenido el mismo éxito y coste de no haberse dado la circunstancia de la reciente detención de la cantante acusada de tener imán en las manos a las que se le han pegado –presuntamente- los desmanes de su actual pareja. Aunque ella no sabía nada de tales “desmanes”. Se ve que –presuntamente- firmaba documentos a su nombre y nadaba en la abundancia porque el dinero en su casa aparece por arte de magia… o algo así. ¡Pobre! En este caso sólo podría acusársele de ingenua ¿no? Y eso no es delito, ni la ingenuidad ni el enamoramiento, porque delito, podría ser haberse enamorado –presuntamente-  de un señor de porte tan apuesto y gentil que no suda nunca y seguramente tampoco ronca.

Bromas aparte; siempre he defendido que los famosos lo son en los trabajos que les hayan llevado a serlo, pero una vez despojados de sus aderezos, lo que queda es un ser humano con vida privada, defectos y virtudes que sólo le atañen a él.

En este caso, cuando la Pantoja se quita la bata de cola; la conducta de la señora Isabel parece que no es tan intachable.

Esto no debe influir en el deseo de sus admiradores de verla actuar sobre un escenario. Lo que ya no me parece correcto es que su caché haya ascendido notablemente debido precisamente a esa circunstancia y que ese caché, -presuntamente- salga en buena parte de los impuestos que pagamos la gente honrada de Valladolid –en este caso-.

También en este caso, -presuntamente- además del caché, han salido  de mis impuestos los sueldos extra de los policías “extras” que velaron por la seguridad de la cantante… y de los asistentes.

¿Alguien ha calculado que esa misma policía la necesitamos a diario? ¿Desde cuándo el morbo merece más medidas de seguridad que cualquier otro evento ciudadano? o incluso de la seguridad diaria en las ciudades.

No nos engañemos. De no haber sido por su reciente ingreso en prisión para declarar por presunto apropiamiento de los muchos dineros ajenos, la cantante Isabel Pantoja –presuntamente- no habría cobrado tanto, ni su actuación hubiera levantado “tantas pasiones”.

No quiero decir que no tenga admiradores, pero estoy segura que la mayoría de las personas que se acercaron a la plaza mayor durante el día y muchas de las que se quedaron a ver el concierto, lo hicieron más por curiosidad y por salir en algunos de los muchos medios que  en cantidad desmedida, se encontraban en mi ciudad, que por admiración a la artista.

Sentí vergüenza ajena al ver a todas esas personas; en su mayoría mujeres, como poseídas de algún espíritu tonto que les hacía parecer idiotas en la pantalla jaleando sin sentido. Dando su opinión sin saber realmente lo que decían, pendientes tan sólo de haber logrado su minuto de gloria.

Pantoja supo aprovechar la circunstancia, ofreciendo una de sus mejores actuaciones; y no me refiero solamente a sus canciones.

Con el mismo desparpajo que decía: “dientes, dientes, que es lo que más les jode”, Isabel Pantoja hace ahora gala de sus dotes de actriz y llora para provocar –presuntamente-lástima y llenos en los conciertos, acallando las voces de sus detractores.

Me gustaría saber si esos mismos que le gritaban tan vehementemente  ¡Te queremos! ¡Te queremos! Lo habrían hecho con el mismo ímpetu de no haber estado presente la tele, y si se lo seguirían diciendo si fueran ellos los damnificados por los presuntos desmanes.

Supongo que a la tonadillera le fue fácil decir entre lágrimas ¡Gracias! Y ¡Viva Valladolid! A quienes le vitorearon. ¿Le será igual de sencillo pedir perdón y gritar  ¡Viva Marbella!, si finalmente se prueba su culpabilidad?

Esto que ha visto la Pantoja en Valladolid, no ha sido tanto admiración por su arte como curiosidad y morbo por ver si la lapidaban a tomatazos y huevos o ganas de salir en la tele. Aunque no creo que sea tan ingenua como para no adivinarlo.

Aun así he de agradecer la cordura y educación de mis paisanos para que no se produjera el tiro al blanco que algunos vaticinaban que se efectuaría contra la cantante.

Al menos, ya que Valladolid nunca sale en la tele por nada cultural o agradable, y algunos pucelanos demostraron ser idiotas, también Valladolid demostró que puede ser educada y diferenciar entre ver a su ídolo cantando y no castigar a la persona que cuando baja del escenario es “persona” con sus defectos, sus virtudes y sus ambiciones desmedidas que presuntamente le hace meter la mano donde no debe con tal de vivir en la abundante riqueza sin demasiado esfuerzo.

La señora Isabel Pantoja Martín sabrá lo que hace y por qué lo hace y pagará lo que presuntamente tenga que pagar en cuerpo, alma y desvergüenza, que Isabel Pantoja mientras siga en libertad, seguirá subiendo a un escenario y será aplaudida por su forma de actuar o trabajar, aunque seguramente con mucha más moderación y sosiego.

No estoy en desacuerdo con que se den conciertos gratuitos a un precio razonable acosta de mis impuestos, sólo espero que esos impuestos también sirvan  para cosas más duraderas y efectivas para mi ciudad y quien desee ver a sus ídolos por morbo, que pague la entrada.

INAUGURACIÓN DE UN NUEVO "MERCADONA"

(Original 8 Noviembre de 2006 )
Mercadona es una cadena de supermercados que desde hace algunos años ha comenzado a regar Valladolid de tiendas que ofertan precios bajos y excelente calidad en los productos y el trato al cliente. Así, cada vez que abre un nuevo establecimiento, invita a sus convecinos a conocer las instalaciones y los productos ofreciendo un aperitivo…gratis.

Hoy he asistido a una de esas inauguraciones y no he podido por menos de avergonzarme de pertenecer a la raza humana.
La nueva tienda exhibía sus estantes repletos de mercancía perfectamente ordenada y los pasillos repletos de personas perfectamente atropellándose para ser los primeros en acercarse a algunas de las mesas donde se ofrecían las degustaciones de café, pastas, embutidos y refrescos varios.
Dichas personas; que en su inmensa mayoría peinaban muchas canas; teñidas y acicaladas para la ocasión, se agolpaban dando codazos al diestro y siniestro que se cruzara en su camino.
A “puñaus” cogían, sobre todo el jamón y el lomo, que después con descaro y mal logrado disimulo introducían en sus bolsos o engullían sin hacer trabajar en demasía a sus prótesis dentales.

Los trabajadores de Mercadona con los brazos lo más alto que podían para no manchar a ningún visitante con las bandejas de comida, (y para que la dicha comida pudiera llegar a destino) a duras penas se abrían paso entre la maraña de “tragansales” y no daban abasto para reponer las mesas.
Algunos, con la boca llena, pedían que las bajaran para poder coger “una pastita” y cuando amablemente les contestaban que lo cogiera de la mesa, se quejaban diciendo que en las mesas no había nada. ¡¡Naturalmente, con cuatro como ella, de las mesas pronto no quedaron ni los manteles!! Literalmente fue así, en poco más de treinta minutos habían arrasado con las amplias previsiones que tenían para una recepción de dos horas.
Otra señora caníbal, que seguramente presumirá de “civilizada”, tenía tanta ansia, que incluso llegó a morder en un dedo a una de las empleadas que llevaba varios platos.
La ansiosa glotona, no pudo esperar a coger con sus deditos un pedazo de jamón, acercó su boca al plato y mordió la mano de la muchacha que alucinaba sin poder “agradecer” el detalle como la mujer merecía.
Aunque parezca increíble, así sucedió; doy fe.
Ni los supervivientes de “la tragedia en los Andes” actuaron así después de permanecer diez semanas perdidos en la cordillera sin alimentos.

Otros al ver que los aperitivos se habían acabado, pretendían abrir las cajas de pastas y pasteles que reposaban incrédulas en las estanterías para ser vendidas al día siguiente.

En pocos minutos el suelo del establecimiento quedó convertido en un barrizal de migas y envolturas de bollo y pedazos de pan que los empleados no podían limpiar ocupados en sonreír intentando informar sobre los productos de sus respectivas secciones y retirar los vasos de plástico que los invitados dejaban encima de cualquier estantería en vez de depositarlos en los cubos que al lado de cada mesa habían dispuesto.

Me pareció increíble el espectáculo que ofrecían aquellas ¿personas?, a punto de finalizar el año 2006.
Naturalmente entre tantísimas personas; había varias que se dedicaban a observar la nueva tienda, comparando precios y supongo que tan incrédulos como yo al ver tamaños “desmanes” en nuestros “congéneres”.
Le deseo mucha suerte a este nuevo establecimiento de Mercadona, que para eso era aquella… “fiesta”.

"CUATRO CORAZONES CON FRENO Y MARCHA ATRÁS" ALAEJOS


(Original de 18-MAYO-2006)


Es posible que mi opinión no cuente como crítica, pero quiero darla por cariño y reconocimiento a las personas que se subieron a un escenario con el sólo objetivo de colaborar en la cultura de su pueblo y la satisfacción personal de hacerlo lo mejor que saben… y es mucho.Tras meses de preparación e ilusiones ayer fue el ensayo general de la obra “Cuatro corazones con freno y marcha atrás” que hoy; 18 de mayo de 2006 por fin representaron para sus convecinos.Al ver la obra, olvidé que con algunos de ellos me unen lazos de sangre, con otros de profunda amistad o simplemente les conozco “de toda la vida”. Sobre el escenario vi actores y actrices enfundados en sus personajes y cargados de ilusión por representar lo que con esfuerzo habían ensayado.No es una obra fácil. Son tres actos cargados de humor y complicados diálogos salpicados de palabras y expresiones típicamente alaejanas que enriquecían aun más los textos que escribiera Enrique Jardiel Poncela en 1936.Se movían por el escenario con tanta maestría que parecía que lo hubieran hecho más por profesión durante años que por afición desde hace muy poco tiempo.Entre todos los actores y actrices habían ambientado con esmero el escenario con los distintos decorados que requería cada escena para representar los diferentes actos con que cuenta la obra. Cada uno buscó y arregló los trajes que lucieron a lo largo de la representación con el mismo cuidado e ilusión con que preparan todas y cada una de las actuaciones en que colaboran para engrandecer el futuro y presente del pueblo en el que viven; por eso lo hicieron tan bien. Puedo decir que me sorprendí muy gratamente, pues aunque ya les había visto actuar en alguna pequeña representación, no imaginé que una obra de tal magnitud pudieran llevarla a cabo tan magistralmente.Ellos, me consta, no buscan laureles ni trofeos, tan sólo eso; que se les reconozca el esfuerzo con un aplauso o un simple “gracias” que no siempre llega. Más bien al contrario, todo son piedras en el zapato que les impide en muchos casos seguir caminando en su buen hacer, en su bien sentir y en sus deseos de continuar colaborando y esforzándose sin recompensa.Una de esas grandes piedras fue sin duda tener que ensayar en el teatro con temperaturas bajo cero y sin una calefacción que llevarse a los huesos.Hay que tener mucha fuerza de voluntad para reunirse a las 8 de la tarde del crudo invierno, después del duro trabajo diario; continuar trabajando para aprender los guiones, armados de gorros y bufandas intentando que las palabras pudieran brotar medianamente inteligibles.Finalmente tras tantos sacrificios, había llegado el día del estreno. Poco a poco la sala del teatro se fue llenando de público hasta cubrir por completo el aforo.Jesús, el profesor, al hacer la presentación de la obra, dio las gracias a cuantas personas habían colaborado con el grupo. A la asociación de mujeres de alaejos que han confeccionado las cortinas que Dámaso instaló para hacer de imprescindible telón para sucesivos –y precedentes- eventos. Amén de otras muchas tareas que ha desempeñado sin queja el bueno de Dámaso.También agradeció al público su asistencia, puesto que sin público -dijo- no existiría el teatro.Cierto que el público es importante, pero también es lo más fácil.Acudir -en este caso- al teatro, acomodarnos y disfrutar del trabajo de todos ellos es bonito, pero nunca podrá ser tan gratificante aplaudir como recibir el aplauso en reconocimiento a su trabajo.En este caso el público asistió atento y respetuoso, aplaudiendo incluso hasta en dos ocasiones en mitad de las actuaciones; sin esperar a los entreactos para hacerlo. Así de exitosa fue la representación.Los actores supieron solventar con maestría los pequeños lapsus que fruto de la tensión pudieron tener. Fueron creciéndose en sus actuaciones hasta representar un espectáculo digno de los mejores comediantes.Ánimo amigos. No cejéis en el empeño de hacer las cosas por y para este pueblo. Somos muchos los que agradecemos vuestro esfuerzo y tesón.

OTRA VEZ ESPERANDO EN LA SALA DE URGENCIAS

(Original de 21-3-2006)

No suelen ser habituales mis visitas a las urgencias de los hospitales, pero sólo pasaron un mes y 16 días desde la última, cuando un leve incidente me llevó de nuevo al hospital clínico y a su inhóspita sala de espera.

No es mi costumbre rezar rogando imposibles; mucho menos iba a hacerlo para pedir a un hipotético “concededor” que la dicha sala estuviera poco menos que desierta y esperándonos a mi pequeña y a mí con los bancos abiertos. ¡Nada más lejos de la cruda realidad!

Tras bajar del autobús -no sin antes comentar lo descaradamente que nos miraba la aburrida pasajera que no teniendo otra cosa mejor que hacer se dedicó a escudriñar nuestra presencia- subimos la empinada a la par que incómoda rampa de acceso al hospital que pronto dejará de existir como tal.

Al llegar arriba, vimos como de una lujosa, nueva y gran furgoneta se apeaba una familia de no menos de 20 miembros gritones y con prisa por ser los primeros en ser atendidos.
Maldijimos nuestra suerte y continuamos camino.
Como no terminaban de bajar todos, nos dio tiempo de llegar a la ventanilla de admisión poco antes que ellos.

Mientras nos tomaban los datos, la numerosa y ruidosa familia hizo acto de presencia en la abarrotadísima sala, de forma tan devastadora como lo hubiera hecho la marabunta.
Todo eran risas, griterío, alboroto…

Tras cumplir el tramite de la recepción de datos, y al girarme buscando asiento, me encontré a un palmo de la nariz con la incipiente coronilla y pelo sin brillo de un ex personaje que acompañando a su muy preñada pareja también acababa de llegar.

Dudamos si sentarnos o esperar de pie, pero viendo aquella maraña humana, sospechamos que el tiempo de espera sería más del que podríamos aguantar erguidas.

Nos sentamos en uno de los destartalados asientos y a nuestra espalda lo hizo la ruidosa y abundantísima familia.

No es quejarse de vicio ni de más; simplemente es recapacitar sobre si era necesaria la presencia en aquella sala cuajada de enfermos, de veinte personas; diez niños de entre 5 y 2 años y diez “abultos” de edades tan variadas como sin importancia para este caso.

¿Qué hacían en un lugar plagado de virus con gorro diez criaturitas inocentes a la par que molestos?

Una de las “abultas” llevaba un bebé en brazos. Imaginé que ese sería el enfermito; quizás el pobre infante estaba aquejado de “un moco” y no encontraron mejor lugar para quitárselo que aquel donde estábamos.

Entre las muchas personas que, como decía; abarrotaban la sala, se encontraba una pareja a poco de entrar en la tercera edad y de aspecto absolutamente corriente, degustando un bocadillo y una botella de agua que intercambiaban entre si con sumo cuidado, de que las migas cayeran al suelo para no manchar sus ropas.

No me explico como alguien “normal” puede comer tranquilamente con apetito en aquel lugar, máxime viendo la persona que dormitaba en el asiento contiguo.
El aspecto del mendigo era igual al del conde de Montecristo cuando escapó de la prisión.

Frente a nosotras se aposentó el ex personaje que no paraba de mirarnos, quizás esperando un saludo que nunca llegaría.

Los diez niños no paraban en sus asientos, entraban y salían, corrían y gritaban como si estuvieran divirtiéndose en un parque de atracciones.

De pronto, sin saber cómo ni por donde, los mayores se volatilizaron y allí quedaron los engendritos –hijos engendrados por ellos- ¡sin animo de ofender! que los niños no tiene culpa de no haber visto una pastilla de jabón ni un peine en sus cortas y “desfavorecidas” vidas.
No eran horas de visita; las puertas de acceso al resto de los servicios hospitalarios se encontraban cerradas. Sólo podían haber salido a la calle ¡que no!, o entrado a las salas de urgencias pero… ¿todos? A los demás solamente nos dejan pasar –como mucho- un acompañante por enfermo – ¡lógico! En muchos casos no hace falta más.

Aunque en este caso volví a preguntarme -y no me contesté- como es posible que teniendo semejante furgoneta, no puedan comprar una pastilla de jabón.
Lo suyo no es pobreza; es marranería o quizás intención de dar más lástima para poder vivir del cuento utilizando impunemente para su mendicidad a cándidas criaturas.

Si nos ceñimos al refrán: “el buey suelto bien se lame”, no os quiero ni contar lo agusto que estaban los diez “cabestritos” –por lo de buey suelto- a sus anchas y largas sin nadie que vigilara sus cada vez más abundantes travesuras.
Cierto es que tampoco les estaban poniendo freno antes de desaparecer, pero así, solitos… ¡tan llenitos de mugre! Al mirarlos ¡inocentes! parecía talmente estar viendo uno de esos anuncios que suelen poner durante la navidad para que se nos atragante la “boyantez” de nuestras vidas. Esos anuncios plagados de niños tercermundistas con los que nos chantajean cada cinco minutos para que apadrinemos. ¡Ellos, pobres! llenitos de moscas alrededor de los mocos y el pelo estropajoso. ¡Esos niños! que cada año son los mismos, como si en el mundo no hubiera otros pobres a los que plasmar.
Los que finalmente recibirán esos dineros, no se molestan ni en cuidar la puesta en escena para hacer más creíble su… “buena voluntad”.

Los que estaban en aquella sala mugrientos, aburridos y aburriendo, eran perfectos para uno de esos “chantajeanuncios”.

Debajo de la mugre, tenían unas caras preciosas. Uno de no más de 3 añitos, era un calco en miniatura de Bisbal; vivaracho, movidito, harapiento igual que los otros nueve, pero a diferencia de ellos; los ojillos de “Bisbalito”, miraban constantemente la punta de su nariz sin poder evitarlo. Yo me hice nuevamente otra pregunta ¿podrá ver bien lo que le rodea? ¡Quizás es el que más suerte tiene de todos ellos y sólo ve esa pequeña parcela de su cara!

Por si fueran pocos los diez “tercermundismitos”, apareció en escena un balón con el que jugaban a lanzárselo unos a otros o a darle otro a uno tales golpes en la cabeza, que con sólo verlos me produjo migraña.

El pequeño Bisbal, era una preciosidad, aunque no quita que una de las veces se le escapó la pelota y para buscarla gateó por el suelo a mi izquierda y me asusté creyendo que era un caniche saliendo debajo de mí asiento.

Otra niñita también preciosa bajo sus harapos, comenzó a brincar de pie en el asiento tras el que yo me encontraba haciendo que el mío se moviera a punto de descoyuntarse.
Lo siento, no me considero racista, soy realista y me limito a relatar todo lo que viví tal y como sucedió, aderezado, eso si, con la fina ironía que caracteriza mis críticas.

Por no hacer un feo, continuamos en el mismo asiento expuestas a ser golpeadas por la niña brincona, los niños corricones y el balón volante.

Ninguno de los presentes nos atrevimos ni a reprender a las criaturitas, ni a morirnos de vergüenza porque en el siglo 21 existan en nuestra ciudad personas como aquellas que no sólo habían abandonado diez niños en una sala de espera de un hospital, donde lo menos que había eran ganas de escuchar algo distinto a nuestro nombre llamándonos a ser visitados y así terminar de una vez la tediosa espera; aun quedaba mucho tiempo para ello.

Mientras; los niños seguían impunemente gritando y lanzando la pelota por encima de las personas que habíamos acudido con nuestras dolencias a un hospital; no a un centro de recreo para divertirnos con las “monerías” infantiles de aquellos inocentes.

El más pequeño de todos, un niñito de escasos 2 añitos, aburrido, terminó tumbándose en el suelo “boca arriba”. Otro lo agarró por los pies y lo arrastró por la sala –cualquier cosa menos pulcra- hasta que ambos se cansaron de hacerlo.

Otra pregunta; de haber sido un solo niño “payo” el que molestara ¿todo el mundo lo habría consentido? o quizás hubieran puesto el grito en el cielo clamando silencio y tranquilidad para sus malestares.

Nadie movió un dedo, ni pacientes, ni impacientes, ni celadores… ni siquiera el menesteroso conde de Montecristo cuando con tanto griterío fue arrancado de los brazos de Morfeo… ¡¡con lo descansado que quedó Morfeo al soltarlo!!

El mendigo simplemente se levantó del asiento y arrastrando su vida y meciendo sus presuntos y más que probables piojos; se acercó a unos de los aseos a evacuar lo bebido.
Al salir tuvo la suerte de encontrar una colilla de cigarrillo a medio fumar. Naturalmente lo encendió y sin más se sentó a fumarlo tranquilamente.

Sólo pensar que el humo que expelía con grandes bocanadas salía de sus pulmones para llegar a los de mi hija y míos, hizo que nos alejáramos de allí con más premura que si de un cataclismo se tratase.
Lo que no consiguieron los chiquillos tan inocentes como sucios, lo consiguió aquel ser tan sucio como… nauseabundo.

“Acomodadas” –es un decir- en los asientos del fondo, podíamos divisar completamente la sala plagada de personas que entraban y salían sin mirar siquiera a la chiquillería cada vez más inquieta y ruidosa.

De pronto, comenzaron a reír sin duelo.
Unan pobre mujer acababa de salir con su cura recién hecha. Cojeaba visiblemente y llevaba la nariz “entablillada” con un aparatoso vendaje.

La pobre mujer, más preocupada por sus dolores que por su cómica apariencia, recorrió lentamente la sala de espera, camino de la calle, ayudada por otra señora que la acompañaba. Tuvo suerte de conseguirlo sin haber recibido un balonazo que le habría hecho menos gracia que a los niñitos su aspecto.

Pasada más de una hora en aquel antro –milagrosamente- escuchamos el nombre de mi doliente hija y su dedo índice de la mano derecha.

Fuimos atendidas con cortesía y gracias a la observación que hice, de que no deberíamos haber estado allí, porque las urgencias están para otra cosa y lo nuestro podría haberlo “valorado” el incompet… el médico de cabecera; también fuimos atendidas con rapidez.

Salimos dejando atrás a todas aquellas personas que por razones diversas, acudieron a urgencias sin sospechar que serían protagonistas de esta crítica.

Últimamente estoy frecuentando en paseos vespertinos las obras del que será el nuevo y modernísimo hospital vallisoletano y dada mi propensión a hacerme preguntas tengo varias de difícil contestación:

¿Las medidas de civismo serán las mismas en las nuevas instalaciones que las actualmente insufribles?
¿Serán diferentes las instalaciones para personas realmente enfermas, que para los que se comportan sin ningún respeto hacia sus “semejantes”?
¿Podremos disfrutar tranquilamente de los servicios que pagamos con nuestros impuestos?
¿Seguiremos pagando impuestos para ser atendidos con menos premura y deferencia que los que nunca pagan… aunque puedan pagar?
¿Durarán al menos algunas horas nuevas, las novedosas instalaciones?
¿Hasta cuando vamos a consentir este racismo que ejercen algunos sobre los que no somos como ellos?
¿Rescatarán médicos en paro –o recién horneaditos- para que seamos atendidos con dignidad y rapidez quienes acudimos por obligación a urgencias?
¿Pondrán en el nuevo hospital salas de recreo para acompañantes excesivos?
¿Tendremos que seguir aguantando semejantes desmanes?
¿Tendremos que seguir aguantando que “además” nos llamen racistas?
¿Tendremos que seguir aguantando?
¿Seguirá dormitando el conde de Montecristo en las nuevas salas de urgencias?

URGENCIAS EN EL CLÍNICO

(Original de 6-2-2006)

Acudir al servicio de urgencias de un hospital no es la experiencia más agradable que se puede experimentar, aunque vayas de paciente acompañante y no de impaciente paciente.

Al llegar a la sala de espera y verla atestada de personas, te dan ganas de salir huyendo, pero aún dudando que podrán ayudarte en tu dolencia, te acercas a la ventanilla y das tus datos al personal de turno que con actitud cansina, sin mirarte a la cara te piden que esperes a ser llamado.
Es entonces al ocupar uno de esos asientos, cuando te llevas el primer susto.
Son bajos, incómodos, desconchados por el excesivo uso y tan inestables por diseño, que al acercar la nalga el asiento parece retirarse a mala idea haciendo casi perder el equilibrio a quien osa ocuparlo.

No teníamos otra alternativa más que pacientemente esperar turno observando cómo el resto de personas que habían acudido a las urgencias del hospital clínico universitario de Valladolid, hacían igual que nosotros, es decir; nos miraban de soslayo serios y cariacontecidos mientras esperábamos ansiosos escuchar el nombre del enfermo para cruzar la pesada puerta de vaivén que da acceso al interminable pasillo de innumerables salas, olor mareante, exento de pulcra limpieza y abarrotado de personas, pareciendo más la estación de autobuses en hora punta que un centro hospitalario.

Mientras buscábamos cual laberinto, la puerta de la consulta a la que habíamos sido remitidas, nos cruzamos con una multitud de camillas ocupadas por dolientes personas, acompañantes afligidos, enfermeras aburridas, doctores… doctores, celadores enfadados y porquería, mucha porquería.

Por fin llegamos a la sala donde una doctora hinchada por su embarazo a punto de culminar, nos observaba con desgana sentada tras la mesa cuyo tablero mostraba manchas de sangre reseca de un anterior paciente.
Sin moverse de su asiento y sin tocar la muñeca dolorida de mi hija dictaminó la solución; enyesar.
Pedimos educadamente explicaciones a la resolución, dando muestras sinceras de lástima por la enorme cantidad de trabajo que tenía.
Debimos caerle bien y amablemente –ahora si- nos definió su prescripción de inmovilizar completamente la muñeca para una mejor y más rápida curación.
Tras ofrecernos disculpas por la saturación de pacientes, pidió que esperáramos de nuevo fuera.
Nos despedimos de ella y regresamos a la abarrotada sala de espera de la que habíamos salido deseando no volver.

Mientras esperábamos, sin poderlo evitar observamos levemente -más por entretener la espera que por interés- a las personas que con gestos de dolor y desgana ocupaban la estancia.

Una señora mayor con pinta de acabar de salir de la cama sin tiempo –ni ganas- de peinarse el cucubillo de la coronilla… un niño entre los brazos protectores de su madre con ojos vidriosos de fiebre y llanto y mocos secos de llanto y fiebre…una muchacha escuchando música a través de unos minúsculos auriculares… un pobre señor bastante mayor doblado de malestar y años apoyaba la barbilla sobre su pecho, sentado en una silla de ruedas con gesto que claramente reflejaba dolor, cansancio y pesar por tener que seguir respirando fuera de su hábitat…
En definitiva varias personas con similares características de dolor y malestar salpicadas entre los asientos y excesivo bullicio en los del fondo que acapararon totalmente nuestra atención y comentarios, obviando al resto de los “esperantes”.

Toda la sala brillaba… por la ausencia en su limpieza, pero esa zona estaba tan sucia como el pelo y las uñas del patriarca que ocupaba uno de aquellos “asientos del fondo”.

Bajo la hilera de “reposaculos”; montones de botellas de agua vacías, papeles y desperdicios varios evidenciaban la larga estancia de aquellas personas en dicho vertedero, también llamado sala de espera.

En lugar de estar en casita haciendo deberes, había varios niños de la misma raza gitana que el mentado patriarca. Correteaban por la sala molestando a cuantos se encontraban realmente enfermos y provocando enfermedad a los acompañantes.

No paraban de llegar familiares tan desaliñados e insensibles al dolor ajeno como los que les habían precedido.
Entró una gitana gorda, greñuda, con abrigo de piel bien conjuntado con las zapatillas de “andar por casa” que calzaba y con grandes voces preguntó a sus congéneres si ya había novedades, a lo que otra gitana que hacía descansar sus orondos brazos sobre un par de considerables y lacias tetas, contestó con acento “jay”: naaada hiiiija, sigue en dilataciooón.

Fácil fue suponer que toda aquella maraña estaba en espera de otro miembro más para la extensa familia.

Los chiquillos aburridos de corretear por la sala, comenzaron a jugar con las máquinas expendedoras de agua, refrescos y chucherías varias.
Apretaban con fuerza los botones, como si al hacerlo pudieran acelerar los dolores de la parturienta para poder salir cuanto antes a hacer picias a otro sitio.

Naturalmente ninguna de las personas mayores que les acompañaban hicieron el menor gesto de; “niño deja de tocar la maquina que vas a romperla y tendrán que pagarla estos señores a los que estáis molestando toda la tarde porque nosotros ni educados ni contribuyentes; somos únicamente gitaaanos”.

Cuando se cansaron de aporrear los botones de la máquina, comenzaron otro jueguecito no menos molesto y dañino.

Salieron al exterior y se sentaron en las sillas de ruedas colocadas en hilera para ser utilizadas en caso de urgencia o necesidad y como si de una atracción de feria se tratase, rodaron por el recinto a su antojo hasta que nuevamente se cansaron del juguete y corretearon por entre las ambulancias que se encontraban allí estacionadas.

En una de sus alocadas carreras estuvieron a punto de atropellar la camilla en la que sacaban a un anciano con la cara blanca como la nieve y atado a una botella de suero.

Imaginé por un instante si aquel chico gordo -aspirante a vendedor de bragas en un mercadillo ambulante- hubiera golpeado al pobre señor.
Por leve que hubiera sido el golpe, no creo que le aliviara pensar que un niño –aunque sea gitano- no es responsable de sus actos.

Los lebreles seguían entrando y saliendo impunemente de la sala, sin que ningún celador –o cualquier otro personal hospitalario- les llamara la atención. Supongo que deben estar acostumbrados a tales desmanes y “pasan” de decir nada, sabedores que les harán caso “insumiso”.

Una de las chiquillas corriconas entró para hacerse cargo de la pequeña que aun no caminaba sola y tenía “hartitos” a quienes la atendían.

La niña mayor –candidata a mujer ignorada por su marido- sentó a la pequeña en su cadera y comenzó a menearse al son de alguna cancioncilla que tuviera bullendo bajo el enmaraño de cabello.
Mirándola pude bien imaginar el futuro de aquellas dos aprendices de “dame aaaargo paaaayo”.
Pronto se cansó del meneo la pequeña, que lloriqueando aburrida y aburriendo a los “payos enfelmos” alargaba sus bracitos implorando ser tomada en brazos por su presunto padre.

El varón la tomo en brazos y comenzó a hacer con ella “el avioncito”. Una de las veces a punto estuvo de golpear la cabecita de la pequeña con la columna que acababa de emplear como escondite al “cucu tras”, en otro infructuoso intento de aliviar la inútil espera de aquella pobre criatura.

Pronto se cansó el supuesto padre de la improvisada aviación, dejó a la niña en otros brazos y salió a fumar un cigarrillo.
¡¡Mira, que educado!! –pensé- cumple las nuevas leyes anti-tabaco.
Pero sólo fue eso, un leve pensamiento. Enseguida tuve que dejar de mirar a la calle por el asco que me dio ver llorar los cristales y no por lluvia ni vaho.
Lástima que los cristales no eran una llama o un camello que le hubieran devuelto el tiro a su puñetera cara.
Además de incordiar haciendo gorrinadas.

Mientras ese hacía de las suyas, otro trataba de distraer a la gitanilla lanzándola al aire como un poseído.
Una de las veces me asusté porque a punto estuvo de dejarla caer. Se hubiera estampanado contra el suelo, parando de golpe el hastío de la pequeña.
No hubo suerte en el intento; no logró calmar el aburrimiento de la infortunada niñita, a la que por fin dejaron en el suelo gateando feliz entre la porquería, rebozando el chupete que a veces colgaba de su cuello y otras rechupeteaba como posesa.
Al menos así no había riesgo de accidente… ni de cualquier contagio, porque bien sabido es que desde muy pequeños a los “jichus” no les entran ni las balas.

Tras más de una hora de espera, finalmente fuimos muy amablemente atendidas y pudimos dejar aquella inhóspita sala, a los dolientes y a los jodientes con sensación de impotencia.

Seguiremos soportando su racismo, sus guarradas, prepotencia y nula educación en cualquier lugar donde coincidamos con los “calós”, sabedores que nadie va a decirles nada y quejándose eso si; de sufrir discriminación por nuestra parte.

Nadie pondrá jamás cordura en esta raza para que aprendan a convivir como personas.
Si en vez de esperar en masa a que la parturienta diera su do de pecho, hubieran estado en sus chamicitos haciendo deberes unos, durmiendo otros, fumando algunos y no molestando todos, no habría habido lugar para esta crítica que nadie podrá tachar de racista… o mejor si… racistas los gitanos que no son capaces de convivir como personas entre las personas sanas o enfermas y con dolor de cuerpo o de alma.

UNA MAÑANA DE PELUQUERÍA

(Original de 9 de DICIEMBRE-2005)

Esta mañana tras varios meses necesitando acudir con urgencia a una peluquería y de no hacerlo por pereza, y porque me gusta que me peine Alejandro y al pueblo ahora no vamos huyendo de los fríos, por fin decidí ir a la misma que el lunes pasado acudió Irene.

Animada precisamente por el corte juvenil que le hicieron a mi niña y lo guapa que le quedaron –sin ser demasiado mérito de la peluquera porque mi chiquita es muy rebonita- , me encaminé a la tal peluquería por primera vez.

De no haber sido por la referencia de las varias veces que han “arreglado” a Irene, nada más entrar habría salido pitando.

Dos hábiles peluqueras se afanaban en peinar a sendas señoras, mientras otras tantas aguardaban con gesto cansino a que los tintes o permanentes que tenían aplicados hicieran su labor.
Ninguna de las clientes cumplirá los 75 años porque hace tiempo que dieron ese salto y las “hábiles peluqueras”, lucían cualquier cosa menos un cabello bien cuidado.
Una de ellas parecía haber dormido con la cabeza dentro del horno y la otra daba la sensación de haberse batido el pelo.
Ese aspecto no es el más aconsejable para dar sensación de estar frente a unas profesionales del cabello. Lo de la mayoría de edad de la clientela, no importaba, todo el mundo tiene derecho a intentar ponerse lo más guapo que pueda.

Tomé asiento aún dudando si quedarme o poner una tonta disculpa y largarme de allí; telefonear para pedir cita a la “glamurosa” peluquería que alguna vez visité, o largarme al pueblo para que me peinara Jandri aun a riesgo de perecer congelada en el intento.

Finalmente opté por quedarme.
Las señoras hacían lo habitual… hablar de todo y nada en concreto, mientras yo hacía lo que siempre… observar curiosamente, sacar mis propias conclusiones y de vez en cuando participar en las conversaciones para no parecer antipática.

Creo que eso de “observar curiosamente”, lo hacemos todos, aunque a la mayoría no se les ocurre escribir un relato del hecho con pequeños toques de ácida ironía. Simplemente lo comentan con mayor o menor grado de critiqueo, cosa que no me gusta hacer, mucho menos si ocurren a mí alrededor y se ven implicadas personas conocidas. Jamás escribiría algo que pudiera herir. Omitiría nombres si estimo que puede invadir la privacidad de las personas que quiero y me quieren.

Me reconozco crítica, jamás criticona.

Entró una señora a la que las demás conocían porque la saludaron efusivamente llamándola por su nombre.
Una de las “entintadas” preguntó a la recién llegada:
- Oye, ¿se ha muerto el hijo del señor Braulio?
- Si -contestó-. Hace unos meses.
- ¡¡Vaya!! ¡¡pobre hombre!! Es que siempre le veía yo paseando y hace mucho que no le veo y he dicho; este chico se ha tenido que morir. Pues era joven… tendría unos 75 o así.

Que a nadie le extrañe que a una persona que roza la “ochentena” le parezca joven un “chico” de 75 años, ya que la perspectiva de juventud se alarga al mismo ritmo de nuestra propia edad.
Siempre recuerdo que cuando yo tenía 21 años, murió un amigo de mis padres con 35 y la viuda lloraba diciendo; ¡era un niño!
Yo con mis veintiuno, pensaba; ¡no tan niño!
Al cumplir los 35, lo comprendí perfectamente.
Cuando mi madre se convirtió en abuela al nacer mi primera hija, tenía 47 años y me parecía “mayor”, una buena edad de “abuelearse”. Hoy tengo 48 y no me veo de abuela… aunque me encantaría serlo.

Bien, siguiendo con mí relato, le toca el turno ahora a la señora que con la cabeza llena de rulos pequeños que enroscaban su cabello con olor penetrante a líquido moldeador, hablaba de lo buen estudiante que había sido su hijo. Parece ser que el “vástago” tenía dos carreras.
- Mi hijo es mu “esteligente”.
No lo dudo señora… ¡y sordo!, porque de oírle hablar a usted debería corregir cariñosamente sus poco bien dichas palabras.

Las conversaciones seguían por encima del ruido de los secadores.

Asomó la cara por entre los cristales un hombre mayor, bajito, gordo, feo, bisojo y cojeando visiblemente. Sonrió enseñando un par de dientes y mucha encía como saludo a la mujer que tenía la cabeza envuelta en papel de aluminio para que “le subiera el tinte” y siguió su camino.
Pese a lo grotesco del envoltorio y el surco que el paso del montón de años había dejado en su rostro, se podía adivinar que dicha señora había sido muy guapa en su “mocedad”.

- Mira, tu marido Andrea -dijo la peluquera de cabeza horneada-. Que cariñoso es ¿verdad? Da gusto veros siempre juntitos.
- Mira, 58 años juntos llevamos, más los seis de novios y no vamos a ningún “lau” el uno sin el otro –comentó la anciana sin disimular su orgullo.
- Así da gusto hija -dijo la señora que en aquellos momentos recibía las atenciones “peluqueriles”-. Pocos se ven así, tantos años “casaus”, ahora no aguantan nada, enseguida se descasan.
- Es verdad –comentó la madre del “esteligente”-. La culpa es de que ellas trabajan fuera de casa, ¡como no las hace falta el dinero del marido!… por eso hay tantas separaciones y tantos “devorcios”.
- ¡Maja!, no se cuántas van ya muertas este año –dijo Andrea.
- No digo yo que haya que matarlas, pero mira, si las pegan por algo será.

El comentario de la “bigudituda” madre del de dos carreras, me molestó mucho más por haber sido hecho por una mujer, y aunque la perdoné por su edad, no por ello dejé de rebatirlo enérgica y educadamente.

- Ninguna mujer merece que su marido le pegue, haga lo que haga. Hay otras medidas que tomar, porque por esa regla de tres, seguramente ellos serían en multitud de ocasiones más merecedores de recibir una buena paliza –dije disimulando mi indignación por el estúpido argumento-. En cualquier caso, ninguna mujer merece que su marido le pegue, ni por supuesto ningún marido merece que le pegue su mujer… casi nunca.
El “casi nunca”, fue recibido con una sonrisa por parte de todas y algún asentimiento pícaro.
- Lo que hay que tener es mucho “cuidau” con las personas que metemos en casa –dijo Andrea-. Yo por compadecerme de una pobre mujer que necesitaba dinero, la di trabajo en casa y luego la pillaron mis hijos en la cama con mi marido y mira… le perdoné. ¡Como el que tenía los dineros era él! pues no tuve más remedio que aguantarme, pero mira, ella ya tiene lo suyo; está internada en el “Benito Menni” –una clínica para enfermos mentales- y yo… sigo con mi marido.

La buena Andrea hizo un gesto inequívoco de “que se chinche”.

Todas hicimos comentarios al respecto, jocosos, eso si, por la naturalidad con que la anciana relataba su “infortunio”. ¡¡Quien iba a pensar que Andrea; pocos minutos antes tan orgullosa de los años que llevaba felizmente al lado de su marido, era una de tantas esposas resignadas al cuerno… como bien mandaba la sección femenina!!

La pobre mujer terminó diciendo que no quería que sirviera de comentarios, que había pasado hace muchos años y no era cosa que ahora fuera a “salir de allí”.
Tranquila señora, ya ve que su secreto conmigo… está completamente a salvo.
Nadie sabrá que a usted le ocurrió lo que aquí relato, por educación, por cortesía, y porque nunca en mi vida la había visto y vete a saber si alguna vez volveré a verla.

Al poco abrió la puerta una señora y mirando a otra que en esos momentos era “enrulada”, preguntó cuanto tiempo le quedaba para acercarse a buscarla.
Una vez aclarara su duda, salió del local.

- ¡Que coja está tu hija Margarita! ¿la han “operau” o algo? –preguntó la “cuerniañeja”.
- Grítala; es sorda –dijo otra mujer.
Casi por señas hicieron la pregunta a la escasa de oído y ésta señalándose los pechos hizo gestos inequívocos de que a su hija le había mastectomizado.
- ¡Anda hija!; hace veinte años que operaron del pecho a tu hija, pero no creo que sea por eso la cojera –dijo la peluquera de pelo batido.

La pobre mujer, ni se enteró del comentario, ni de la pregunta, ni del ruido de los secadores, ni falta que hacía, ¡para lo que hay que oír a veces!

Mientras me atendían, comenzaron también con la señora que me seguía en turno. Tan entrada en años como las anteriores, pero con huellas de cansancio y surcos profundos de arrugas que delataban seguramente su vida de trabajadora.

La mujer con gesto adusto; más bien antipático, no paraba de quejarse de sueño dando grandes bostezos.
Una de las peluqueras le aplicó sobre los bigudís el líquido –como dije antes de olor penetrante a permanente- Parece que el tal producto estaba frío e hizo que la mujer arrugara aun más su gesto. Posteriormente, y dado que seguía teniendo frío –hacía calor en el local- se puso la toalla que cubría sus hombros a modo de toquilla sobre la cabeza sujetándola con sus manos a la altura de la “papada”.

Así de esta guisa tan maja, la señora de gesto huraño comenzó a cantarnos una canción del tema que se abordaba en aquel momento.

Hablábamos de religión, curas, Santos y demás monerías.
Unas opinaban que San Nicolás siempre hace los milagros que se le piden en las caminatas, para otras era la patrona de su pueblo y para otra… (veasé yo), los milagros no existen.
La mujer tapada comentaba que el cura de su pueblo se acostaba con cuanta moza pillaba a mano y como las demás cacareábamos cada una con su tema, subió el tono de voz para llamar nuestra atención y que pudiéramos escuchar bien la canción.
Sin comentarios… ¿pa qué?

Cuando casi terminaba mi tiempo de estancia en tan pintoresco lugar, hizo su entrada otra cliente habitual a la que también saludaron con muestras de gran afecto.

La señora muy entrada en carnes, llegaba con gesto de dolor reprimido y cojeando más por sus kilos que por su herida en “los cotudillos”.

Se sentó –se dejó caer con un largo suspiro- en el sillón frente al tocador y la peluquera preguntó qué iba a hacerse.

- Hija lo que me gustaría es hacerme cacas, porque llevo dos días que nada, voy al water y por mas que aprieto, nada que no me sale nada; sólo algunos pedos y ¡¡tengo unos dolores!!...

La profesional del pelo… y medicina, comenzó a darle un montón de remedios “mano de santo”, para aliviar el mal trago a su oronda clienta. Ésta seguía poniendo cara de dolor y gases reprimidos, asintiendo sumisa con la cabeza. Después se dedicó a contarnos con pelos y casi señales, las múltiples ocasiones en las que había tenido que acudir a urgencias por parecidos problemas escatológicos que no repetiré por no parecer demasiado grosera, pero la señora se despachó tan agustito en las explicaciones, que casi olía.

A punto ya de terminar de peinarme, acertó a entrar una muchacha joven de ojos tan saltones que había que apartarse para no resultar pisoteada por ellos.

Preguntó a qué hora podrían recibirla, tomó nota y se marchó.
La peluquera que me atendía comentó:
- ¡Vaya ojos! daba miedo mirarla, parecía que se le iban a salir.
- Si, -asentí- había que apartarse para no tropezar con sus pupilas.
- Esta es de las que hay que decirla… ¡vaya caída de ojos!
- ¿Caída?.. ¡desplome diría yo! –rematé.
Reímos la maldad.
Poco antes habíamos hecho mofa de un par de nuestros propios defectos físicos, por eso pudimos hacer el comentario jocoso de los ajenos.

Salí de la peluquería con la sensación de haber estado en otro mundo, con el pelo bien peinado, cortado y teñido.

Después en vez de comentar verbalmente lo ocurrido durante la mañana, lo escribí. Una forma como otra cualquiera de comunicación… ¿o no?

ADIOS AL VERANO

(Original de SEPTIEMBRE de 2005)

Por más que queramos estirar el tiempo como goma; el final del verano llegó irremediablemente.

Mientras escribo esto en mi patio tranquilo con temperatura maravillosa, cielo azulado y sol benévolo; procedente de la mondonguera, disfruto del inconfundible aroma a lentejas con pie y rabo desgrasado de cerdo que me inunda las fosas nasales preparando mi estómago de inquietos jugos gástricos.

A lo que iba, el verano termina y por eso tratamos de disfrutar los escasos minutos que nos van quedando.

Atrás quedaron los largos días envueltos en la caricia de calores y lunas llenas que alargan la luz diurna durante las 24 horas de tibias temperaturas.
Ahora nos esperan las otoñales veladas al amor de la lumbre o bajo cálidas mantas antes de la llegada del largo y tedioso invierno repleto de calefacciones y malos humos.

Durante años sufrí los “insufribles” calores de verano mientras quemaba mi vida cosiendo hasta altas horas bien abrigada en las piernas por montones de metros de tela de cortinas o instalando lo confeccionado durante las tórridas tardes veraniegas, soñando con la llegada de Septiembre que traía las fiestas del pueblo.

Esos días de vacación y regocijo, cambiaba mi máquina de coser por la cámara de vídeo para captar la algarabía festera de mis familiares, amigos y no tanto.
Mientras los demás se divertían o descansaban, yo pasaba las horas cargando la bolsa al hombro y la cámara al ojo, asistiendo a cada evento para que nada faltara en las cintas.
Los más jóvenes se explayaban de noche y se acostaban después de las dianas. Otros menos mancebos, se levantaban para los encierros, el aperitivo en las peñas y la comida en casita tras la cual no les quitaba la siesta ni el revoloteo de las moscas.
Después la corrida… de toros, cenas, verbenas y ya no aguantaban la vaca del alba. Cada cual tenía su horario y yo el de todos. Sólo regresaba a casa a recargar baterías y mirar las camas que no podía ocupar.

Después, al terminar las fiestas, apresurarme a editar, copiar y vender mi trabajo para que ellos disfrutaran viendo cientos de veces lo bien que lo pasaron y yo pudiera comprar los libros escolares para mis tres retoñas y luego seguir cosiendo e instalando como loca hasta el siguiente septiembre.

Nunca podía quedarme descansando algunos días, las niñas eran pequeñas y me necesitaban. Comenzaban sus colegios y mi trabajo no tenía espera.

Ahora las cosas han cambiado sensiblemente.
Ni coso tanto, ni gravo vídeos, ni compro libros, ni empieza el cole para mis hijas.

Este año ¡por fin!, pude divertirme en las fiestas, cargando tan sólo con mis huesos y mirando el espectáculo con los dos ojos abiertos; asistiendo a lo que me dio la gana con la única obligación de atrapar en mi retina y en mi espíritu ratos agradables para alimentarme de energía positiva.
Tras las fiestas, disfrutar del relajo de los días de asueto en compañía de mi marido, sabiendo que mis hijas ya no necesitan de mi presencia para continuar haciendo vida propia, al tiempo que descansan de la paternal escolta.
A todos nos viene bien estos días recargando baterías para afrontar el soporífero invierno.

Por eso valoro y disfruto estos últimos momentos de buena temperatura y tranquilidad patiuda, matando moscas cojoneras, arañas despistadas, hormigas puñeteras y escuchando el trinar de los pájaros que revolotean alrededor de la torre de Santa María, el arrullo de las palomas de un vecino y los maullidos y ladridos de perros y gatos de la vecina, tumbada en mi hamaca leyendo y contemplando la alfombra azulada del cielo o escribiendo bajo el manto de estrellas y mosquitos que revolotean alrededor de la luz alógena que ilumina el patio cuando el sol se apaga.

El tiempo de cocción ha transcurrido y me dispongo a servir un buen plato de legumbre a mi marido, apartar la carne en una fuente y colocar el resto de legumbre, zanahoria y cebolla en el vaso batidor, para hacerme un rico puré.

Al introducir la varilla compruebo que le falta muy poco para que rebose la comida, pienso que con poner un poco más de cuidado no pasará nada.

¡Já! Ya prácticamente terminado el puré, uno de sus remolinos saltó sobre mi mano izquierda que lo sujetaba.
Al sentir la quemazón inmediatamente solté el vaso dejando dentro –como otras mil veces lo hago- la batidora, que al soltarla para abrir el agua del grifo que aliviaría mi mano, se ladeó volcando el vaso, el puré y mi mala leche, vertiendo el contenido sobre la encimera y resbalando por la unión entre dos muebles; salpicando paredes, suelo, mis zapatillas y los cubiertos que descansaban limpios en su recipiente escurridor.

Tras elevar al cielo mis ojos y una oración... ¡otro Já! Ni que decir tiene que me dediqué a dejarlo todo en perfecto orden y limpieza; tal como estaba antes del desastre y tampoco tiene ni que decir, que el único lugar donde no dejó huella el riquísimo puré, fue en mi mano izquierda y que me conformé con lo poco que quedó dentro del vaso batidor; que no fue demasiado. ¡Bonita forma de adelgazar!

¿En qué estaba? ¡A sí! pues eso, que el verano va tocando a su fin.

Quizás llegará la lluvia; tan necesaria como incómoda, y que este año ha brillado... por su ausencia. Eso hace especialmente apremiante su llegada.
Total, después de meses ¿qué más da unos poquitos días más?
Espero que retarde su llegada hasta el final de mis vacaciones. ¿O es que yo no merezco igual trato que los que las disfrutaron antes?

Naturalmente lo contrario sería lo opuesto.
Bien sabido es que durante años, cuando he tenido intención de salir de compras o de comida con las amigas, la meteorología se alió con mi mala fortuna y llovió, granizó, nevó... o diluvió lo justo para estropear la tarde del nueve de Septiembre durante la celebración del concurso de cortes. ¡Único día que programé para asistir a los festejos taurinos que se celebraban en mi pueblo!
¿Tengo o no razón al mantener impávida que solamente llueve para arruinar mis escasas – por gusto- salidas de casa?

El otoño traerá la caída de las doradas hojas y la pesadez de multitud de moscas que presintiendo su final revolotean y se posan sobre nuestra piel más molestas que nunca.

¡Las moscas! Esos animales tan inútiles en las casas como abundantes al aire libre, que nacieron para incordiar y ser exterminadas a golpe de artilugio o aerosol mata capa de ozono.

¿De donde salen? Si matamos millones cada verano, ¿para qué volver a nacer en primavera sabiendo la suerte que les espera? Moscas; inútiles seres vivos que no dejáis leer o escribir en el patio sin interrupciones.

¡Que felicidad cuando estampo alguna con el matamoscas del “tocien”; ¡Tan eficaz!
Se que al matar una extermino a toda su posible descendencia; aunque aún así insistentemente siguen jodiendo a su antojo para nuestro disgusto.
¿Y las arañas? seres molestos que para alimentarse de alguna que otra mosca, llenan las casas con sus antiestéticas telas y provocan las trabajosas limpiezas generales de primavera.
¡Pues anda que las hormigas! ¿Para qué las hormigas? minúsculas y abundantes que escarban los cimientos de las casas rurales aliadas con las arañas en la provocación de limpiezas generales.

¿Alguien sabe para qué sirven? ¿Alguien conoce algún producto eficaz para exterminarlas? Por más que pienso no se me ocurre para qué Noé pondría una pareja... de cada especie en su arca y una vez puestas ¿por qué soltarlas en los aledaños de la civilización?
Si no aparecen terneras, cochinillos, lechazos o incluso pollos entre los rodapiés ¿por qué salen hormigas?

También convivimos con pulgas, mosquitos y toda clase de molestas insignificancias voladoras... De acuerdo que todo el mundo tiene derecho a la vida,¡ pero en su hábitat natural!
Mi casa es mi “hábitat”. Ellos ni son invitados ni bien recibidos... ni ayudan a pagar la hipoteca.

Los pajaritos que nos animan con sus trinos. ¡Son tan graciosos! ¡Son tan alegres! ¡tan románticos!... ¡tan molestos! Revolotean felices y despreocupados cagando sin mirar a donde cae el regalito. ¡Qué más les da!; ¡ellos no van a limpiarlo!... ni a pedir disculpas.
¡Que ricos los pájaros!... para a quien le guste que le jodan los tejados con sus nidos.

Todos los animalejos mencionados son maravillosos vistos detenidamente o aumentados quinientas veces su tamaño en los documentales de la tele, pero en “persona” no tanto la verdad.

¡En fin!; que seguiré disfrutando, apreciando y añorando este relajo.

PASEANDO LA CIUDAD

(Original de JUNIO-2006)

A veces cuando no te agobian las prisas de la casi gran ciudad en que se está convirtiendo Valladolid, es grato viajar en transporte colectivo, es decir; sin tantos tecnicismos; en autobús, que aquí ni metro ni tranvía...
Otras veces aunque pretendes disfrutar del viaje y del hermoso paisaje de una ciudad siempre en obras; dicen que para mejorar, pero en ocasiones sólo consiguen hace dar más rodeos que los que daba “La Macha” aunque la pobre siempre terminaba metida en los barros, según el dicho popularísimo de Alaejos.

Este viernes sofocante del mes de Junio, busqué la frescura del aire acondicionado del interior del bus en vez de pasear “disfrutando” de los humos que expelen los montones de vehículos que ruedan por esta Pucela de mis entretelas.
Esperé en la parada unos 5 minutos y vi llegar lo que me pareció una señora mayor; luego comprobé que simplemente era una vieja.
Opino que las personas de cierta edad se dividen en varios grupos; mayores, ancianos, viejecitos y ¡viejos!

En este caso la envoltura de los huesos de aquel ser humano era rugosa y la osamenta curva. Otras curvas de haberlas tenido, desaparecieron para siempre hace presumiblemente mucho tiempo.

La tal señora llegó a la parada un buen rato después que yo.
Cuando apareció el vehículo nos acercamos a la puerta para abordarlo.
Yo que iba con mi carrito porta maletas y mi bono bus en ristre, hice lo propio ordenada y tranquilamente, cuando de pronto oigo una voz nerviosa a mis espaldas que dice:
- Por la del carrito me voy a quedar sin asiento.
- ¡Que agonías! –pronuncié para mí.
De pronto la anciana que para mi ya se había convertido en vieja, me dio un empellón que me hizo perder el equilibrio y de no haber sido por uno o dos reflejos que aun conservo, no sé lo que habría sido de mi cuerpo.
Tras estabilizar mis redondeces, dije lenta y pausadamente:
- Señora, tiene usted más de la mitad del autobús lleno de asientos vacíos.
Para poder llegar al primero de ellos, nuevamente me propinó otro empujón a la vez que ponía su sobaco –que no axila- a la altura de mi nariz.
Lo que no consiguió a empujones casi lo consigue a “sobacazos” ¡¡que olor!! parecía que la señora para ir teniendo un trabajito hecho, estaba ya empezando a descomponerse.
Por educación y mareo no dije lo que cavilaba, pero pensar es gratis e insonoro y por tanto no ofende. Me despaché a gusto.
- ¡Señora! –dije mentalmente- la del carrito es educada y de haber un solo asiento se lo habría cedido, aún después de comprobar asqueada su intransigencia, ¡so vieja chocha! En vez de apremiar a golpes, podría haberse lavado un poquito ese sobaco tocinero. La sobaquera es la parte del cuerpo de más fácil acceso para las personas de cualquier edad que no sean mancas y usted tiene dos hermosos brazos. Para que se entere, la ancianidad no está reñida con la higiene y quien no se lava, no lo hace ni joven ni viejo.

Estoy convencida que esta “persona humana” en proceso de convertirse en pasto de gusanos, es la clásica que critica la intransigencia de los jóvenes. La que pide respeto sin saber lo que esa palabra significa.
¡¡En fin!! que seguí con mi monólogo mental. Aquella “agonías” ya tenía suficiente.

Dos mujeres sentadas en la parte trasera del vehículo, hablaban con grandes voces. Era difícil no escucharlas. Criticaban a otra mujer y de haber sido cierto lo que decían, era la pécora más grande de estrellas abajo.
Una señora miraba por la ventanilla absorta en sus pensamientos mientras el hombre que se sentaba a su lado se sacaba un moco con el dedo meñique.

Tras casi vomitar del asco, me acerqué a la puerta para apearme. Mi corto trayecto había terminado junto con mis elucubraciones.

Pocos días después paseaba sin excesiva prisa junto a mi hija mayor.
Sin decir nada al respecto porque hablábamos de otra cosa, las dos nos habíamos fijado en un muchacho que se nos acercaba caminando en la misma acera pero en sentido contrario al nuestro.
Era un chico joven de unos casi 30 años, muy alto y corpulento. El final de su cuello sujetaba una cabeza de considerable tamaño, pero tampoco podría haber sido más pequeña porque tenía que soportar aquella norizota y unos labios gruesos como dos morcillas de Burgos.

De pronto el viandante, ajeno a todo, cuando casi estaba a nuestra altura, cerró instintivamente los ojos al tiempo que abría la bocota y los agujeros de su nariz tomaban un camión “TIR” de aire cada uno para soltarlo en un estruendoso estornudo que casi nos revienta el tímpano.
Las dos nos hicimos a un lado protegiéndonos automáticamente del alubión que presumíamos soltaría el pobre muchacho.

¡¡Jesús!! dijimos, mientras nos miramos sin poder contener una larguísima carcajada por la cómica situación. La risa nos duró un buen rato. No podíamos ni siquiera hablar. Recordábamos al pobre muchacho tranquilamente paseando por la acera, y la forma tan repentina como le cambió el gesto para regar gratuitamente la avenida de Segovia.

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