MI PRECIOSA MUCHACHITA ANA ISABEL LOSA HOLGUIN 05-07-2022
Querida y adorable Ana: La niña preciosa que sonríe con coletitas
en esa foto. Para mí siempre serás aquella niña a la que hoy por fin dedico una
de mis cartas, ésta, como capítulo inolvidable
de mi vida. Sé que me lees; cosa muy de agradecer
para alguien como yo, que no tengo más ventana al mundo que el cariño de mis
lectores propagando mi obra, si ésta lo merece.
Cuando hablamos, no puede ser de forma escueta, siempre hay tema
para charlar largo y tendido o largo y escrito casi siempre, ya que nos hemos
acostumbrado –no sé si para bien o para vete a saber- a la comunicación escrita
e instantánea (como el Colacao). Una
forma de comunicación menos invasiva que una llamada telefónica que podría ser
inoportuna. En cualquier caso, lo bueno es comunicarse, siempre tirando de
vivencias y convivencias que a las dos nos reconforta recordar. Nos entendemos
tan claramente como si el tema lo hubiéramos vivido y convivido “ayer mismo”.
Te conozco desde que NO te vi nacer porque yo era muy
niña: deseosa de aprender cosas de mayores, por eso mi etiqueta era de “meticona”; “ropa tendida”, aunque en este caso tendrían razón, seguramente
hubiera estorbado más que enterarme de algo tan bonito como hubiera sido verte
llegar al mundo en vivo y en directo, cosa que estaba totalmente vetado para una
niña de apenas 10 años.
Tu madre: mi querida Paqui, había decidido parirte en casa y así fue;
lo hizo como ya por aquel entonces se hubiera denominado “antiguamente”: ayudada por alguna partera más o menos inexperta y
por mi madre, que seguramente lo único que hizo fue hervir agua y como mucho
dar la mano a la parturienta para que apretara fuerte descargando el ímpetu de
sus dolores en cada contracción.
A tus primeros golpecitos en la puerta de salida, llegaron las
ayudas y tu padre con el mío y conmigo, condujo hasta Alaejos en busca de su
madre (la recordada señá Esperanza) y
su única hermana: tu tímida tía Chus, que querían estar presentes para
recibirte con los brazos abiertos… mala elección creo yo, porque con los brazos
abiertos te hubieran dejado caer y vete a saber qué estropicios te hubieran
causado.
El viaje a Alaejos no creas que duraba los 40 minutitos que dura
ahora por la cómoda autovía, ¡no hija no! ¡Qué va! ¡Bien nos venía! Aquel coche
que corría como una bala ¿quizás era el Balilla? Eso ya no te lo aseguro,
pero tu padre tuvo uno que así se llamaba seguramente por lo lento que surcaba
las carreteras.
Bien, pues Balilla o no,
aquel coche corría como una bala: lo menos alcanzaba los 50 kilómetros por hora
(pisándole mucho su experto conductor). El viaje no se hacía en menos de hora y
media de ida y otro tanto de vuelta rodando por la entonces sinuosa, llena de
baches, árboles en las lindes y curvas; carretera nacional Valladolid-Salamanca
donde a “mitá” camino se enclava
Alaejos y en él tu tía y tu abuela.
Nuestros queridos padres (el tuyo y el mío) pese a la diferencia
de edad, fueron amigos inseparables, desde que tu padre entró de aprendiz en la
Fundición y tuvo como maestro a mi padre, aunque el tuyo se inclinó por la
mecánica de automóviles y el mío continuó siendo herrero y forjador toda su
vida… o casi.
Aquel bendito día 25 de junio hicieron
el viaje -probablemente muy nerviosos- fumando
mucho y hablando muy poco para ver si así llegaban a Alaejos más rápido.
Yo viajaba en el minúsculo compartimento
trasero, feliz y seguramente tan contenta, sin enterarme de mucho y sin alcanzar
a criticar por qué tu padre en vez de quedarse a la cabecera de la cama de su
mujer, para estar presente en el salón (o la cocina) envuelto en humo de
cigarro, y ver así a su niña en el momento del alumbramiento… o minutos
después, porque no era cosa de hombres lo desagradable y placentario. Lo placentero,
ya sabes, queda para ellos.
A nadie se le ocurrió que de haber surgido alguna complicación en el
trance de la parturienta primeriza, mejor hubiera sido que estuviera el marido,
con su coche preparado -por lento que fuera- (el coche), para llevarle a parir
a la Residencia, aunque en verdad, tan cerquita estaba ese hospital de vuestra
casa, que andando hubieran llegado antes, parturienta, parteras, padre, Esperanza,
Chus, Antonio… y la niña meticona.
Yo creo que en verdad las “expertas”
comadronas pensaron que el parto tardaría mucho más, al ser primeriza la señá Paqui, y que entre contracción y
contracción, iba a dar tiempo a que el padre de la criatura llegara con su
carga de alaejanas en el momento justo. No fue así. No contaban con que la que
venía al mundo eras tú: fuerte, inquieta, con ganas de asomarte al mundo
decidiendo desde tan temprana edad, cómo y cuándo; demostrando que a cojones no te ganaba, ni quien
presume de levar colgando semejante atributo.
Así cuando los viajantes arribamos a Pucela, te habías plantado en
el mundo, sanita y con la fuerza vital que ya demostrabas iba a acompañarte
para poder salir adelante de tantas y tantas vicisitudes como el destino tenía
escrito para ti.
Apenas tenías una hora de vida cuando llegamos y por fin pudimos
verte. No te voy a engañar: no me pareciste preciosa; aun estabas con la cabeza
un poco deformada por los empellones que diste para abrirte a la vida el paso a
cabezazos… Que así lo dispuso la sabia naturaleza.
Tu primera travesura nos hizo reír durante un buen rato. Eras tan
pequeña que no tuviste conciencia de estar cometiendo semejante “travesura”. Recuerdo la cara de tu madre
como si ahora mismo hubiera ocurrido el hecho que paso a relatar: Apenas tenías
dos meses de vida. Estábamos en Alaejos y salimos a pasear juntos (como era
habitual). Ibas tranquila y relajada en tu modernísimo cochecito “Jané” azul marino (de capota) de grandes
ruedas y capazo poco profundo, a una altura considerable del suelo. Te diré que
hasta entonces los cochecitos para bebé eran de ruedas más pequeñas y capazos hondos
y más cerca del suelo, para comodidad y prevención de posibles caídas cuando el
bebé crecía un poco y tendía a incorporarse para ver el mundo.
Tu cochecito era precioso y como dije muy moderno. Mi padre decía “de niña rica”, pero también decía: “como se caiga la chica desde ahí arriba se
esmostola”.
Bien, pues tras el prolegómeno, la anécdota: Paseábamos por Alaejos
luciendo a la niña regordeta con sus piernitas al aire, tan bonita ella. La
gente nos paraba cada pocos pasos para verte y saludar dando en algunos casos
la enhorabuena a los orgullosos papás, o simplemente viendo cómo habías crecido
desde la última vez que se asomaron a tu cochecito.
Acertó a cruzarse en nuestro camino Miriám, “la señorita”.
Denominada así, pues aunque era gallo ya con espolones, nunca le apearon el
trato de “señorita”, los que como (en el caso de tu padre y el mío) habían sido
obreros del padre (o hermano) de ella en la fundición y por ese “relumbrón” ésta señora, casada, era respetada más
que otras seguramente con más mérito de “señora”
(o “señorita”) por sus logros en la
vida, que no fueran regar el jardín de la preciosa casa de su madre y por ser cercana
con los subordinados de la fábrica de hierros y siempre educada … que educados
somos todos sin recibir reverencias. A Miriam siempre le guardé cariño y
respeto a partes iguales, porque ella siempre me trató de idéntica manera.
Bien, “la señorita” nos
paró para conocer a la niña de Chemari, se acercó al cochecito mirándote con embeleso
y comentando lo guapa que eras y lo rica que estabas (tenía razón). Al acercarse
mucho a tu carita, (miope ella) para
admirarte mejor, tuviste a bien soltar un pedo
mucho más grande que el tamaño de tu cuerpecito. Tu orgullosa y en ese momento azarada
madre, no sabía cómo disculpar a su
niña, y con un “¡¡pero Ana!!” a modo de reprimenda, con la cara
más colorada que un pimiento morrón, Estoy segura que de haber sido otra
persona más plebeya, hubiera sido
menos el pudor de tu madre, que no sabía dónde meterse. Al poco nos despedimos de
la “aireada” mujer tan cortésmente
como la recibimos en plena calle (o la Plaza).
Ni que decir tiene que en cuanto la “señorita” estuvo lejos de nuestro
punto de mira, las carcajadas fueron de postín (sobre todo de tu padre y el mío,
guasones por naturaleza) y los comentarios seguramente para haberlos podido
enmarcar. La niña, nuestra preciosa niña pedorra
tirando en la cara respetable de la cortés mujer, un cuesco de considerable tamaño sin pudor alguno… ¡¡Así se hace!!
Como ves, una travesura que ni supiste que hacías, y un pedo inolvidable, que en este escrito
será eterno (mientras dure la tinta en el papel, o alguien lea por casualidad
esta carta publicada en mi Blog).
Enseguida te convertiste en un torbellino revoltoso y risueño que
reías a grandes carcajadas por todo y para todo.
Rondabas los 9 meses cuando ya caminabas sola y corrías por el
larguísimo pasillo de “Lope de Rueda”
como una gamito pequeño.
Un día te caíste desde el brazo del sofá (porque no parabas
quieta) y te rompías el bracito. Tuvieron que ponerte una minúscula escayola
que creo recordar, te rompiste antes de tiempo y tuvieron que rectificarla.
Afortunadamente no tuviste secuelas… ni creo que haya fotos, aunque te recuerdo
con tu bracito escayolado y con una chaquetita
de punto azul marino, y riendo, siempre riendo.
Mi princesa, no eras una niña “mala”.
Eras una niña inquieta, movida, torbellino, juguetona… ser “mala” es otra cosa muy diferente a lo
que tú eras. Aprendiste muy pronto a hablar y a conquistar el mundo que te
rodeamos.
Cómo no voy a recordar aquí a esa niña que mirando la tele sólo se
calmaba durante los anuncios. Quieta como estatua veías los anuncios, aunque para
mantenerte quieta el resto del tiempo, había que tocarte el pelo: peinarte con
los dedos, ponerte los imaginarios “bulos”
que junto a las imaginarias pizas nos
ibas dando uno a una, así horas y horas.
Nos cansábamos antes de peinarte, que tú, sentada entre rodilla y
rodilla en una sillita de madera pintada de gris que me hizo mi padre cuando
era pequeña y revoltosa como tú, y que tenía mi inicial tallada. ¡¡Dónde iría a
parar aquella sillita!!
Tampoco omitiré que me enfadaba mucho contigo cuando no me daba la
gana “peinarte” (ni a los mayores
tampoco) y no me dejabas ver la película o el programa de turno. Los mayores a
lo suyo, como que desconectaban de tus revuelos y mis quejas, pasaban la velada
felices charlando de sus cosas, pero yo, inocente criaturita, que también era
una niña “mucho mayor que tú” (tenía
10 u 11 años y tú 2 o 3), pretendía ver nuestro nuevo aparato en blanco y negro
(Werner)

La sesión de ver la tele con calma era agotadora y yo… como no me
dejabas ver tranquila lo que “echaran”
(entonces la tele no emitía… “echaban”
cosas). Bien, pues como no me dejabas ver lo que “echaban”, no te dejaba ver
los anuncios: te sacaba al pasillo. No me valía de nada, no aprendías que si me
dejabas ver mi programa, tú verías los anuncios. No aprendí que si te tranquilizaba, si te
entretenía, me dejabas ver lo que yo quería… Aprendí que yo era la “mala” porque no dejaba tranquila a la
pobre niñita inocente. Ya ves, las dos éramos “malas” y yo además envidiosa y celosa porque eras la pequeña y me
habías arrebatado el serlo yo… ¡¡jamás tuve envidia de mi niña!! Nunca fue
envidia lo que sentí por ti, por más que ese cartel de envidiosa pesara tanto,
que hasta en algún momento llegué a creer que lo era, aunque de sobra sé y supe
que soy muchas cosas; envidiosa ni mijita.
¡¡Puto mundo injusto!! Nos colgaron carteles eternos por ser
diferentes al resto de ese mundo que nos juzgaba sin juzgarse.
Ni te tenía esa maldad que me achacaban, ni tú la que te
atribuían; éramos simplemente dos niñas que nunca hemos dejado de querernos,
por más que nos veamos de ciento en viento.
Cierto que te encantaba jugar con mis cosas: con los pocos
juguetes infantiles que me quedaban ya
entonces, pero conservaba (y conservo) mi primera muñeca de pelo “natural”.
Cuidé a mi muñeca Mari con
esmero, como un tesoro, y cuando tú tendrías unos tres añitos, no tenía más
remedio que dejarte jugar con ella, aunque tú como niña, no ponías el mismo
esmero que yo al jugar con ella: alborotabas su pelo, la espatarrabas viva… y yo
sufría como si mi muñeca fuera de carne y hueso y sintiera dolor en los meneos.
Pocas veces te la dejaba si yo estaba presente, aunque seguramente
mi madre sí te la dejaría en mi ausencia.
Pocos meses más que tú, tenía mi prima Charo. Os encantaba jugar
juntas, aunque a Charo, cuando no estabas, si podía dejarle con confianza jugar
con “Mari” porque ella para no
dañarla, siempre hacía como que la muñeca estaba malita o dormida, así no
necesitaba siquiera tenerla en brazos para jugar.
Eso no te convierte en “mala”,
simplemente eras traviesa y sobre todo inexperta
en el cuidado extremo de juguetes añejos. Eras movida, adorable, inteligente…
tal como sigues siendo ahora, que nada se te pone por delante para buscar y
encontrar la felicidad sin trabas.
También tenía una muñeca “Negrita”
a la que también quería mucho y conservo junto a “Mari” cogiendo polvo en una estantería de mi casa.
Jugabas mucho con mi negrita y con otra que vete a saber dónde fue
a parar y tan sólo conservo su nombre “Chupetín”;
su recuerdo y una foto sacada de Internet de otra muñequita igual o parecida a la mía.
Continuaré recordando en esta carta lo que tantas veces recordamos
de viva voz: mi padre que era un “niñón”,
juguetón que te quería tanto como tú a él porque te criaste muchas horas en
nuestra casa, jugaba contigo, te entretenía e incluso por ti aprendió
peluquería pa ponerte los bulos… o te
ponía más nerviosa aún para tocarnos los coj…
las narices sobre todo a mí que era la más renegona.
Por las tardes cuando llegaba de trabajar y se aseaba, le gustaba
cenar pronto. A mí me encantaba fisgar en su bolsa de la comida. Siempre “le sobraba sin querer”, un poco de
aquella comida que me sabía a gloria, sobre todo cuando llevaba tortilla de
patata que traía impregnado un sabor a campo delicioso que nunca como aquella
la he vuelto a comer y tanto añoro.
A ti lo que te gustaba era sentarte a cenar con nosotros, siempre
al lado de Antonio… “Yo quiero una totiya
de pasesa” (tortilla francesa) y te la preparaba la Paz tan divinamente.
Muchas veces, había llegado tu padre de trabajar y siempre subía a
buscaros. Paz hacía alguna “totiya” más y ya se quedaban a cenar
también. Claramente éramos una familia.
Mi padre te enseñó un villancico y tú que todo lo aprendías al
vuelo, no dudaste en cantarlo en la guardería… sí, fuiste de las niñas
privilegiadas que tenías guardería (seguramente para que dejaras tranquilita a
mi Paqui limpiar la casa, cocinar y hacer horas y horas de punto charloteando
con Paz) ¡¡Qué grandes e inseparables amigas y confidentes!!
Entendí a tu madre cuando años más tarde, llevé a mi niña Irene a
la guardería porque era tan preciosa como tú… aunque mi niña no se calmaba ni
con “bulos”.
Me sentí tan culpable de “quitarme
del medio” a mi adorada niña, como seguramente se sintió tu madre. Irene
además, para acabar de rematar mi mala conciencia, durante la primera semana de
ir tan feliz a la guarde, se pilló la varicela. Cada uno de sus granitos me
picaba más a mí que a ella ¡¡qué mala madre me sentí!! ¡¡Qué contenta estaba mi
niña yendo “al cole” como sus tatas
mayores!!
Pierdo el hilo del relato envuelta en tantos recuerdos… sé que recuerdas ese villancico
igual que yo aunque las consecuencias
las recuerdas tú mejor, porque las sufriste en tus tiernas carnes por la
reprimenda de tu profe cuando cantaste: “En
el Portal de Belén hay un marrano colgado, el que quiera longaniza que vaya y
tire del rabo… Ande, ande, ande la Marimorena, ande, ande, ande, que es la
Nochebuena. ¿A que lo has leído cantando?
Por aquella época, hiciste tu propia versión de otro villancico:
habías aprendido “Noche de Paz” y una mañana que despertaste como tantas otras en
la cama de tus padres, comenzaste a cantar: “Noche de Paz, y de Antonio, y de Toñín, y de Maisi”. Tu madre no
podía ni contárnoslo partida de la risa. Ya ves, incluso compositora fuiste de
chiquita.
Tampoco voy a dejar de recordar aquí, esos amaneceres puñeteros
que me dabas los domingos, único día que yo no tenía que madrugar.
Costumbre de nuestros inseparables padres era cenar casi todos los
sábados “en cá Paz”; ver la tele y
acceder al deseo de la peque de quedarse a dormir con Maisi, mientras tus padres seguramente podían practicar tranquilamente
el “sábado sabadete” o el dormir a pierna
suelta sin que les invadieras reptando hasta su cama en mitad de la noche.
No voy a descubrirte que no me hacía mucha gracia que te quedaras,
no por dormir acompañada de tus pataditas mientras dormías, porque lo peor, lo
que no podían soportar mis 14 años: esos amaneceres en los que aún las calles
no estaban puestas y despertabas con más energía que en una central nuclear. Me
llamabas bajito, como si bajito no me fuera a molestar: “¡Maisi, Maisi, despierta que ya es de día!”. No te hacía caso.
Insistías, volvías a llamarme no te hacía caso pero ya rebufando. Me metías los
dedos en los agujeros de la nariz, te daba un manotazo y te decía (con poca
alegría) que me dejaras tranquila… Me metías los dedos en los ojos. Desesperada
te daba un azotazo (o dos) y te mandaba a la cama de mis padres, donde llegabas
quejumbrosa: “Paz, que Maisi me pega y no
se despierta”… ¡Ven bonita anda! Y ahí te quedabas dando por cu… dando
conversación a Paz y Antonio hasta que por fin Paz se levantaba a ponerte el
desayuno.
Por esta tontería, no me gustaba que te quedaras a dormir… ni
celos, ni envidias, ni maldades… poca paciencia se llama, la misma poca que
seguiría teniendo a día de hoy si alguien me despertara así en mi único día semanal
de descanso. ¡¡Que yo trabajaba a esa tierna edad!!
Tranquila mi niña bonita, ya te he perdonado, espero que tú a mí
también.
Cómo no recordar aquí mi cestita de mimbre con asas de madera que
me encantaba. Muy parecida a la de la foto
encontrada en Internet. La mía tenía las lengüetas de la parte de arriba en
madera y era igual de ancha tanto en la parte de arriba como la de abajo, pero
el tejido era como el de esta foto que es lo más parecido que encontré.
No tuve nunca muchos juguetes (eran otros tiempos), pero recuerdo
esa cestita de la que no hay foto. Quizás ya era mayor para jugar con ella (12
o 13 años, no más) y mi cestita llena de vete a saber qué “tesoros”, estaba en mi armario.
Un día fui a tu casa y ahí estaba mi cestita querida. Te la había
dado mi madre sin mi permiso, pero claro, ¡¡qué falta hacía mi permio para regalar
un objeto que estaba en su casa!! Me sentó como una patada en un sitio que
ni siquiera sabía que tenía, y con ese
ímpetu que dan los cojones tempranos, agarré la cesta y me la llevé de vuelta a mi casa, sin medir las consecuencias.
Recriminé a mi madre el hecho, era mi cestita, ¿por qué te la
había dado? Su respuesta fue una fuerte reprimenda, (seguramente acompañada de
algún bofetón), una nueva acusación de tenerte envidia y la orden tajante de
volver a llevarte la cestita. Mi cestita querida, tuve que ir con las orejas
gachas, tragándome sin hambre el orgullo y sintiendo un odio brutal hacia quien me
hacía cometer semejante injusticia.
Ni qué decir tiene que Paqui pretendía que me volviera a llevar la
cestita, pero no, ¡¡cualquiera volvía a casa con la cestita!! ¡¡Yo no!! Regresé
a mi casa con la sensación amarga de injusticia, de impotencia y de rabia.
Nunca más volví a ver mi cestita, quizás se fue al mismo limbo de las cositas
que le estorbaban mi madre, junto a la
sillita gris con mi inicial tallada.
También cabe recuerdo en esta carta, de aquellas meriendas de invierno
cada domingo en una casa: Tus padres, los míos, tus tíos Celes y Manfred y mis
tíos Chus y Pedro.
Las casas de Paqui y Celes, eran idénticas en plano, compradas en
diferentes años y a ciegas, en barrios no tan cercanos y su sorpresa cuando
recibieron las llaves, fue que eran idénticas. Si las buscan adrede, no las
encuentran tan igualitas de distribución y tamaño. Supongo que eran del mismo
arquitecto o constructor.
Cierto que las dos hermanas tenían gustos muy parecidos, de hecho
a mi boda fueron ataviadas con idéntico vestido, en diferente color y no por
casualidad, que fueron juntas a comprarlos, aunque lo del piso gemelo, sí fue casual. Al menos no me
consta que fuera “adrede”.
Entre las cuatro parejas juntaban 6 niños (faltaba Jose Mari y
Toño ¡¡ya mayor!! No solía ir a esas meriendas). Las cuatros casas eran muy
pequeñas ¿dónde nos metíamos 14 personas
en aquellas casitas? Los niños todos a la galería y los padres en la cocina,
sentados cada uno donde podía, algunos en las sillas, otros en el fogón,
supongo que alguno de pie. ¡¡Qué valor!!
En casa de mis padres y donde tía Chus los mayores se repartían
entre la cocina (casi minúsculas) y el
salón y los niños revoloteando por el pasillo y la galería que era muy peligrosa,
porque no era muy alta la barandilla y nadie pensó que a alguno de los críos se
le podía ocurrir asomarse y caer al patio de luces o a la calle desde el 4º
piso.
Yo estaba en esa edad en que no estaba madura para merendar
entre los mayores, aún era considerada “ropa tendida” y me relegaban a la
galería con toda la chiquillería, que me quedabais ya muy pequeños todos.
Me encantaban aquellas reuniones donde nunca faltaban las risas y
los chistes que contaba mi padre o los que destrozaba Manfred con su español
apenas chapurreado, pero perfectamente hablado y entendido.
No recuerdo cuantos domingos se celebró el ritual de las meriendas
domingueras, recuerdo que duraron hasta que mi madre se cansó de que en su
casa se utilizaban cocina, salón,
pasillo y galería mientras donde Paqui y Celes sólo eran cocina y galería, dejando
impoluto pasillo y salón.
Mi madre cuando todos os ibais, no sólo recogía platos y vasos;
barría, fregaba, daba cera al piso y frotaba esa cera hasta quedar el suelo sin
un solo rayón, como si hubiera pasado una cuadrilla de pulidores. Pero no era
capaz de irse a la cama con su suelo en el estado que inevitablemente quedaba
tras el paso de “la marabunta”
infantil.
Lo que no sé es cómo aguantaba el jaleazo para su pulido terrazo
negro, recuerda que tenía unos “trapos”
a la entrada y no caminaba por su pasillo: iba “patinando” con esos dos paños
afelpados en los pies. No había ni un arañazo en el pasillo por el que
transitábamos a diario cuatro convivientes y muchas visitas, que entonces se
recibían visitas habitualmente. Sobre todo de gentes que llegaban del pueblo a
las consultas médicas de especialistas en la “Residencia Sanitaria Onésimo Redondo”; muy próxima a nuestra casa
que se convertía en “fonda” gratis
para enfermos y acompañantes.
Raro era el día que comíamos sin la compañía de esas “visitas sorpresa” que llegaban sin
avisar justo a la hora de comer. Nuestra mesa camilla parecía desplegarse:
todos cabían, y si alguno quedaba ingresado, el acompañante se quedaba a dormir
“donde Pacita” los días necesarios.
Se me fue el recuerdo por otro camino. Ya ves, hablaba de rayones
en el suelo y… pero ya continúo con mi carta para ti:
Con enorme ilusión supimos la llagada de tu hermano y tras esperar
nueve meses a que naciera mi ahijado:
el día que nació me comunicaron que la madrina sería tu tía Chus. ¿A quién le
importó dejarme con cara de boba? ¡Total, no iban a quitarle el gusto a su tía
Chus!
Otra vez me quedé con la amarga sensación, la pena, la impotencia.
No tuve coj… valor de asistir a ese bautizo y otra vez fui acusada de rabiosa,
de bruta… Adoré a ese precioso niño como si mi ahijado fuera, pero no, no lo
era. No fueron mis brazos los que le llevarían a la Pila bautismal.
Ese niño adorado que me quiso tanto como yo a él. Ese niño
inteligente, tranquilo, serio, adorable y estudioso que con cuatro años se
proponía ser médico de mayor para curar a su padre. No pudo ver cumplidos sus
sueños, ni el de ser médico, ni el de tener junto a él a su padre que se iba al
cielo incierto de la gente buena a convertirse en estrella demasiado pronto.
Cuando tu padre se fue, vosotros cambiasteis de casa, yo ya estaba
casada y era madre de la mayor de mis tres hijas. Todo había cambiado y nos
veíamos muy poco, pero cuando el cariño es arraigado, no lo arranca la lejanía,
aunque con el “vete a saber por qué”
nos vemos muy poco.
Y te vi vestida de novia, preciosa, torbellino, inquieta,
adorable, enamorada y vi esa estrella llevándote al altar de su brazo y en el otro,
Paqui. Guapísima como siempre. Disfrutamos intensamente de esa boda. Nadie faltó
porque él estaba en cada uno de nosotros.
Te escribí un poema que ni me atreví a entregarte, pero si lo
incluí en mi libro de poesías “Ramillete”, publicado en diciembre
de 2006 y que ahora también tienes en tus manos.
Julio 1995
HOY VOLVERÁS
En un día tan importante no
faltará tu cariño,
Hoy te han dejado volver para
que seas el padrino.
Una partida forzosa te arrebató
de su lado,
Aunque ella sabe que tú, nunca
la has abandonado.
La dejaste muy pequeña pero ha
sabido afrontar,
Con mucha fuerza la vida, y a su
madre consolar.
Desde dónde estás ahora con
cariño la vigilas,
Te has sentido muy feliz: Ana va
a cambiar de vida.
Vas a estar muy orgulloso
llevándola hasta el altar,
Escondiendo tu mirada porque no
te vea llorar.
Como padre ilusionado vas a
entregársela a Emilio
Disfrutarás de la boda llorando
como un chiquillo.
Porque se casa tu niña, en mujer
ya convertida.
Mentira te ha parecido verla de
blanco vestida.
Luego al salir de la iglesia les
darás tu bendición,
Llevarás del brazo a Paqui que
llora con emoción.
Después todos muy felices vamos
a brindar por ti,
Porque aunque no te veamos
sabremos que estás ahí.
Volverás a tu morada y a tu
balcón en el Cielo,
Ana y Emilio felices te llevan
siempre con ellos.
Para Ana Isabel en el día de su boda
Y celebramos una gran fiesta del amor eterno, aunque la eternidad
en el amor no es lo que dos quieren, si no lo que uno determina que se termina
cuando el otro aún no se había ni planteado que eso podría suceder.
Dos hijos mi niña, madre de dos hijos grandes de alma, de corazón,
de sentimientos que son tu luz, tu guía y tu consuelo en los momentos amargos.
El destino, puso entre las líneas escritas para ti a Raúl, un
hombre que te quiere, te admira, te hace divertir y te da toda la felicidad que
mereces mi preciosa muchachita de risa alegre, de carcajada estruendosa a la
que quiero tanto como me quiere.
Seguiremos en nuestras vidas, cruzando a menudo nuestros caminos,
no en forma táctil, pero suficientemente real, e intensa.
Ojala disfrutes de mi primera novela “El Marcapáginas”. Gracias
a ella, pudimos pasar una preciosa mañana de charla, bajo los chopos y el calor
de una ola insufrible; en la que logramos ese ratito tan esperado.
Qué bonita mi niña inquieta, mi torbellino adorable. De risa en
los ojos tan intensa como intenso el cariño que emanas.
Un día llegará, que tengamos el tiempo para saciar las ganas de
charla, de confidencias… ¡¡Llegará!! ¡¡Llegará un día!!
Te quiero