jueves, 16 de abril de 2015

DUELOS DOLIENTES Y CABEZADA



Cuando alguna persona a la quiero o aprecio pierde un familiar o amigo insustituible, me gusta estar a su lado. Si no puedo hacerlo físicamente, lo hago por cualquier otro medio a mi alcance. Muchas veces mi abrazo llega en forma de carta o frase publicada o privada. Otras a través del teléfono y si me es posible en persona.
Si la visita he de hacerla al tanatorio, intento que mi presencia sea breve. Me quedo el tiempo preciso al lado del doliente; el tiempo preciso para él más que para mí, y –si es caso- espero en otro lugar discreto la llegada de otros familiares a los que también quiero presentar mis respetos.
Lógicamente esas despedidas definitivas son las horas más duras en la vida de un humano. Por experiencia sé que necesitas sentirte arropado, querido o apreciado. Te confortan los abrazos, las palabras de aliento que recibes. Hablar en positivo de la persona que acaba de partir… Pero también necesitas espacio. Llorar si es tu desahogo o pensar con un poco de silencio, entrando si lo precisas a solas en tu mundo en algunos de los intensos momentos en que te toca sobrevivir.

Son muchas las personas que quieren darte un abrazo, y a todas y cada una le agradeces su ánimo, su presencia y sobretodo su silencio.
Lo que menos quieres en esos momentos horribles es presidir una recepción multitudinaria, y por cortesía, educación, respeto y “tradición”, lo haces poniendo la única sonrisa que te queda y las últimas fuerzas que te sobran tras ver marchar para siempre a alguien muy querido.

En mi caso, -y hablo siempre en mi caso porque no soy la voz de nadie más que la mía- agradecí todas y cada una de las muestras de afecto y cariño que recibí cuando más lo necesité, así como agradezco y agradeceré siempre a Tere, que se quedó con nosotros durante toda la última noche que pasé junto a mi padre. 
Para todos mis amigos recalco afecto y cariño, que en nada tiene que ver con la cola interminable de personas que se acercaron en la iglesia a “dar la cabezada” por cumplir.

En ocasiones los tanatorios se convierten en casi discotecas a las que sólo les falta el cubata en la mano y música, porque el gentío que habla a voz en grito abunda en demasía.
Se supone que han ido al duelo a presentar respeto al finado a través de sus personas más allegadas, y no piensan en absoluto en el agobio que los últimos pueden sentir con tal ruido de voces y conversaciones cruzadas que quizás gustan en una peña, cuando los ánimos no son el dolor profundo que hay en un tanatorio.

Demasiadas de esas personas convierten el velatorio en un acto social y pasan horas y horas departiendo alegremente, matando su propio tiempo con el del resto de asistentes, olvidando que fueron a presentar respeto, no a pasar el día.
A otros incluso se les ven las tijeras de sastre que utilizan para cortar trajes muy a medida a todo el que asiste al recinto.
Un velatorio puede que sea de alguna forma un acto social, pero no es una verbena.

Para despedir finalmente al cadáver, hay que pasar sí o sí por uno de los últimos tragos amargos antes del último y peor que es depositarlo en el cementerio. Me refiero al funeral o despedida en la iglesia. Ahí es donde la “cabezada” cobra absoluto protagonismo.
La iglesia se llena de gente y a la puerta espera mucha más. Otros van llegando a última hora y ni oyen misa, ni falta que les hace.
Una vez terminada la ceremonia, van pasando por delante de los dolientes a dar el pésame. Afortunadamente se quitó hace años la costumbre de al pasar, besar o abrazar a los exhaustos familiares con el impersonal “Te acompaño el sentimiento”. Más de una hora recibiendo besos en los dos carrillos se me antoja más tortura que respeto.
Aunque el beso se quitó, sigue existiendo la cabezada, y bien está que pasen a darla quienes no pudieron acercarse al velatorio las veinticuatro horas previas, aunque lo horrible es la costumbre de que pasen TODOS los asistentes, esperantes  y llegantes; todos, aunque hayan pasado horas con la tijera de sastre en el tanatorio.

En fin, sé que no conseguiré que estas añejas costumbres se quiten tal como se quitó el velo para ir a misa o el luto riguroso en la vestimenta cuando se nos va un ser querido. Sé que quienes me llamaron “loca” por pensar así, volverán a llamármelo, aunque también sé que en un rinconcito del corazón de un doliente, cuando en carne propia sufra un duelo y aguante cientos de cabezadas, pensará: ¡¡“Qué razón tiene Maisi”!!
Ojala también lo pensaran quienes van por cumplir y no por respeto, cariño, en silencio y con educación.


4 comentarios:

María A. Marín dijo...

Como siempre tienes razón. Una vez en el tanatorio "velando" al padre de mi amiga de la infancia, estaba la cosa tan animada que nadie tenía prisa por irse. Las carcajadas se oían desde la entrada...
En fin, amiga, una hipocresía más.

Besos

Marisa Pérez Muñoz dijo...

Nunca soportaré esta gente que quizás con buena intención, es decir con la buena intención de "cumplir", no piensa en lo mal que lo pasan los otros.

Un abrazo guapa!!!

Viviendo de risa dijo...

Muy buena entrada Marisa!

Tradiciones difíciles de cambiar.

Por eso en mis últimas voluntades he dicho que no quiero velatorio. Hale, todos para casa a descansar, que ya no necesito nada.

Marisa Pérez Muñoz dijo...

A mi me gustaría poder hacer esa reunión de y con todos mis amigos y familiares, pero estando viva y bien de salud. Que me digan si me quieren o qué hice mal, justo cuando aún tenga tiempo para rectificar y que en vez de abrazos con lágrimas por mi partida, sean risas y felicidad por seguir juntos.

Gracias por estar en mi vida Rosama!!!

Un abrazo

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