martes, 25 de agosto de 2009

CHIRINATOS AL COSTAL... UNO A UNO Y PAR A PAR

21-agosto-2009

Como bien decía esta mañana mi amiga Charo: “Ya tenemos edad de recordar”.
Yo quizás voy más allá: “Tenemos edad de añorar”, pues aunque “no todo tiempo pasado fue mejor”, al llegar (o pasar) la cincuentena, cada recuerdo, cada momento vivido en infancia y juventud, lo guardamos intentando que no se nos vayan jamás.

No es pretender que vuelvan los días antañones, pero recuperarlos y compartirlos con quienes fueron nuestros compañeros de juegos y de los primeros despertares acnéicos, es muy gratificante; tanto como lo ha sido atrapar recuerdos durante el aperitivo en una cómoda terraza de la plaza de mi pueblo junto a Charo, Mª José, Carlos y Toño.

Durante el verano Alaejos se llena de gente y las calles de coches. Deja de ser el pueblo tranquilo para convertirse en una “mini” cuidad, con todos los inconvenientes del tráfico –a pequeña escala-, porque aunque parezca increíble, aun para distancias tan cortas, los forasteros van en coche a cualquier parte; a mi me gusta menos caminar que pillarme los dedos con una puerta, pero aseguro que en el pueblo el coche se queda aparcado desde que llegamos hasta que nos vamos. Sólo lo utilizamos cuando es estrictamente necesario.
Para quienes no vivimos en él todo el año, el pueblo es para pasearlo y disfrutarlo.
Este verano la crisis lo ha llenado aun más de lo que viene siendo habitual, pero no tanto como para hacerlo incómodo.

Ayer, al llegar al pueblo con mi hermano y pasar por la derruida casa de los abuelos comentamos que entre aquel montón de escombros en que se ha convertido, habían quedado para siempre demasiadas vivencias y recuerdos.
De haber podido, habríamos conservado “nuestra” casa, pero no ha sido posible y tras demasiados años deshabitada, ha terminado por caerse.

Siempre que estamos juntos, solemos “sacar a colación” recuerdos de cuando éramos solteros y vivíamos bajo el mismo techo de la casa de nuestros padres.

Desde hace muchos años no coincidía a solas con Toño en Alaejos, y teniendo en cuenta que nuestra infancia la pasamos enterita en este precioso pueblo donde tuvimos la suerte de nacer, no es extraño que volver a estar aquí nos haga sentir intensamente esa añoranza a la que me refería al principio.

Después de la cena, me acompañó a la calle y al sentir el perfume del fresquito de la noche le dije: “Mira, huele a chirinatos”.

Charlamos sobre ello un momento y nos despedimos; después, ya sola, me dirigía a mi casa disfrutando de la noche. Durante el día el calor había sido muy intenso y a esas horas la temperatura era maravillosa.

Una vez más, “El olor de los recuerdos” me invadía por completo.

Olor a tierra mojada que llegaba desde las cercanas huertas recién regadas, y el bullicio de las calles por las que parecía no haber pasado el tiempo.
Hacía años que no veía tanta gente “al fresco” a la puerta de las casas como antaño, sentadas en sus cómodas sillas bajas o en el mismo suelo calentorro de haber aguantado el implacable sol durante todo el día.
Las voces al conversar de los vecinos y la algarabía de algunos niños jugueteando tranquilos, me devolvieron a la calle Tejedores, y a la puerta de la casa de mis abuelos 45 años atrás, cuando tantas noches “al fresco” pasé de pequeña.

Cada verano cuando nos juntábamos los primos “Muñoz”, el abuelo nos llevaba a “cazar Chirinatos”, nombre inventado por él, de un inexistente “animalito” que supuestamente habitaba en la huerta de enfrente de la fundición –la de la “Patacorta”- dicho animalito sólo salía de noche, pero había que actuar con sumo cuidado o perderíamos nuestras “presas”.

Los nietos un poco más mayores, ya conocíamos el secreto, pero alimentábamos la imaginación de los más pequeños.
“Esta noche salimos a cazar Chirinatos”; frase suficiente para pasar la tarde ideando cómo sería la “expedición” y el lugar que ocuparíamos en la fila, “india” porque había que colocarse por edad y altura de menor a mayor.

El abuelo iba delante con un farol encendido y a su lado se colocaba el nieto más pequeño –y el más inocente- con un costal o saco de esparto.
Tenía que colocar los brazos bien estirados haciendo que la boca del saco permaneciera abierta para que los Chirinatos pudieran caer en la trampa.
Había que caminar agazapados y despacio, sin hacer ningún ruido –cosa imposible porque los yerbajos resecos crujían bajo nuestros pies- el abuelo decía en voz baja y ceremoniosa: “Chirinatos al costal”, y los nietos contestábamos también sin alzar la voz: “Uno a uno y par y par”.
Entonces el pequeño portador del saco, tenía que apretar fuertemente sus manitas para impedir que los Chirinatos se escaparan, salíamos corriendo de la huerta y bajo la bombilla del exterior de la casa, comprobábamos que los Chirinatos habían desaparecido, echando la culpa al pequeño que con gran disgusto comprobaba, que no quedaba ni un solo Chirinato.
Naturalmente en su afán de hacer las cosas bien, el pobre niño, insistía en repetir la hazaña, confiando en que esa vez, lograría atraparlos y mantenerlos en el saco, culpando a los otros de haber hecho ruido o no haber sabido cumplir bien con su cometido.
Nuevamente toda la parafernalia y otra vez: “Chirinatos al costal” “Uno a uno y par a par” con idéntico resultado, hasta que cansados de la frustrada caza, decidíamos suspender la expedición hasta la noche siguiente… o el año siguiente o nunca jamás, porque los Chirinatos tenían idéntico final que los reyes magos o el ratoncito Pérez.

Continuará…

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