miércoles, 8 de agosto de 2018

AQUEL ÚLTIMO VIAJE EN FAMILIA


AQUEL ÚLTIMO VIAJE EN FAMILIA   30-07-2018

Aquel último viaje que hicimos juntos los cuatro “Pérez Muñoz”, antes de que mi hermano y yo comenzáramos a trabajar y nuestros días de vacaciones dejaran de coincidir… En realidad, tampoco es que hasta aquel, hubiéramos hecho muchos viajes, ni juntos ni separados.
Mi padre no tenía coche, y como mucho, nuestros “viajes en familia” se limitaban a viajar en tren y pasar magníficos y añorados domingos en Viana, en “La finca de mis tíos”… Ese será otro emotivo capítulo aparte.

El viaje al que me refiero, es uno de los recuerdos imborrables por la forma y desde luego por el “con quién y cómo”, aunque muchos detalles que quisiera recordar, ya se fueron para siempre.
Surgió como casi todo lo bueno: sin pensar. Un día cualquiera (quizás puente), de un mes cualquiera, que bien pudo ser de un Junio no cualquiera porque fue el de 1970.
Mis jóvenes padres (casi cuarenteños) y sus aún más jóvenes amigos (treinta y piqueños), Daniel y Tere, decidieron  que sería buena idea ir a pasar el día al Lago de Sanabria con los niños (sólo había un niño y tres niñas, pero no había la idiotez del distingo de géneros casi obligatorio que tenemos actualmente para hablar o escribir).

Daniel tenía un flamante  Seat 1500 en el que podían viajar cómodamente 5 personas adultas.
El día elegido, de buena mañana vinieron a buscarnos y los padres cargaron el maletero con las bolsas de “las meriendas” y las toallas de baño, que para pasar un día, no nos hacía falta más. Las madres se acomodaron junto a la bulliciosa muchachada en los asientos traseros.  
Así el 1500 nos acogió como pudo a Antonio, Paz, Toñin (14 años bien holgados) Maisi (yo, 13 años no precisamente escuálidos) Belén (de 3 añitos a punto de cumplir), Mariángeles (4 añitos y medio), Tere, (intuyendo estar embarazada de Yoli) y Daniel, nuestro conductor y mecánico de automóviles. Casi 9 personas, las meriendas, la herramienta por si alguna avería imprevista y nuestras ilusiones. Sólo nos faltó la jaula del loro y el gato, que no llevamos porque se daba la casualidad que ninguna de las dos familias teníamos loro ni gato.
Tampoco llevamos cámara de fotos porque fue tan improvisado, que no teníamos carrete que llevarnos a la cámara.
Los dos cabezas de familia viajaban en los asientos delanteros, y como dije,  las madres con las cuatro criaturas y media detrás. No había cinturones, ni sillitas homologadas para menores, ni falta que nos hacían.
Lógicamente no recuerdo a qué hora pusimos nuestros culos a remojo en el Lago de Sanabria, pero puedo intuir que el baño fue divertidísimo y que las tortillas de patata metidas en un pan redondo a modo de fiambrera, y poca vianda más, nos supieron a gloria.

Tan felices debíamos estar, que a los mayores les dio pena regresar a casa y dijeron: “Ya que estamos aquí, podíamos ir a Asturias”… Ni cortos, ni perezosos, ni ropa de repuesto, ni pijama, ni saber a cuantos kilómetros estábamos del destino; volvimos a abordar el 1500 y emprendimos viaje a Asturias, rodando por estrechas y curvosas carreteras que hacían difícil el adelantar o el correr a más velocidad de la que corre ahora un coche parado. Ni soñar con las autovías que actualmente ennegrecen los paisajes, ni túneles que horadan las montañas astures acortando kilómetros.
Imagino que haríamos alguna parada para poner gasolina, o a regar campo y cuneta.
Los ojazos de Daniel fijos en la carretera y mi padre, al pasar por los pueblos haciendo sonar el claxon para saludar a los habitantes que tomaban el fresco a las puertas de sus casas. (Esto no lo recuerdo, pero mi padre lo hacía siempre y no iba a ser excepción durante aquel feliz viaje. Saludaba agitando la mano con aspavientos y sonreía como si  fuera un viejo conocido del humano que seguramente se quedaba un rato pensando ¿Quién será? ¡Tenía que conocerme porque me saludó con familiaridad!
En Asturias hay varios pueblos cuyos nombres son “Pola” de algo. Las dos madres viajeras llevaban su cachondeíto al leer Pola de Tal o Pola de Cual… ¡Qué contentas estarán las asturianas con tanta Pola! –decían.
Explicaré que por aquel entonces, era común denominar coloquialmente así al aparato reproductor externo masculino. Por cierto hace muchísimo que no se utiliza ese término. Ahora para referirse a ese miembro viril, se emplean muchas otras vulgaridades.

Ya llevábamos mucho rato de viaje y aun no se veían indicadores en los que pusiera “a Asturias, tantos kilómetros”. Daniel paró el coche y mi padre bajó a preguntar a un “paisanín”: “Oiga jefe, ¿queda mucho pa Asturias amigo? A lo que el hombre contestó: “¡¡Lleva usté un buen rato en Asturias!!”.
Así de puestos en viajes y geografía viajábamos en aquella ocasión. Creíamos que Asturias, era una ciudad…
No recuerdo a qué hora llegaríamos a Gijón. Pero si recuerdo que Daniel y mi padre buscaron enseguida una pensión económica donde pasar la noche las dos familias.
Pronto encontraron en una, las dos humildes habitaciones que necesitábamos…Limpias (supongo) porque en una sucia las matriarcas nunca hubieran metido a su prole.
El aseo (no baño) era común para todas las habitaciones y estaba al otro lado del largo y oscuro pasillo. Por turnos fuimos utilizándolo entre la algarabía infantil que suponía la novedad,  los “shhhh, no molestéis que hay gente durmiendo” y el miedo a tener ganas de ir a desaguar durante la noche a tan lejano retrete.
Supongo que cenamos las sobras de aquellas añoradas tortillas con sabor a campo… y nos fuimos a descansar tan ricamente… sin pijama ni ropa de recambio… pero absolutamente felices.
Mi padre era el hombre más orgulloso del mundo en aquel momento porque sus hijos estaban viviendo la experiencia de dormir en una pensión… ¡¡Cómo iba a dar yo, que mis hijos tan jóvenes, podían disfrutar de este lujo!! ¡¡Dormir en una pensión!!
Hay que entender que mi padre desde muy pequeñito iba con su padre a comprar y vender vino por los pueblos y dormían en… ¡¡Vale!! Eso también merece otro capítulo aparte.

A la mañana siguiente, desayunamos en un bar cercano a la pensión, y con los bañadores secos del agua del Lago de Sanabria, nos bañamos en el mar que mi padre y hermano veían por primera vez en su vida.
Las matriarcas se encargaron de comprar pan y algún embutido para comer en la playa o quizás en cualquier recodo del camino, porque no tardamos en emprender el largo viaje de regreso a casa.

Lástima no tener fotos de ese viaje que con tantísimo cariño recordamos los ocho y medio que lo hicimos.
Cuando poco después Tere confirmó que su retraso no era por tardona, si no que realmente estaba embarazada, decidió que su hija Yoli tendría los padrinos más chulos del universo: Mis padres.

No siempre el cariño entre humanos es por lazos de sangre. En ocasiones, esos lazos son aun más fuertes; lazos de “Amigos de toda la vida, para toda la vida”.
De aquel flamante 1500 no queda más que el recuerdo y de aquellas dos familias ya se nos han ido cuatro pilares.
De los cuatro padres, Tere es la mami que aun podemos abrazar al vernos y de los pequeños, perdimos a Mariángeles demasiado pronto.
Ahora en la más brillante estrella están Antonio, Paz, Daniel y la preciosa Mariángeles cuyos ojos siguen brillando y sonriendo para iluminar el camino de quienes aquí jamás les olvidaremos.
Besos al Cielo para ellos cuatro. Abrazos y mucho cariño para Tere, Belén, Yoli, Toño, yo misma… y a nuestros preciosos descendientes.

viernes, 13 de julio de 2018

VIAJE A EURODISNEY


VIAJE A EURODISNEY  del 6 al 11 de Julio 2018

Disney, un mundo de fantasía creado para niños y que alimenta los sueños de quienes nunca dejamos de serlo.

Una promesa muy, pero que muy añeja, un deseo agazapado por no poder cumplirlo y de pronto, una vez más, se vuelven las tornas y en vez de ser yo quien invite, soy la invitada con todo lujo de sorpresas ocultas para que no me enterara de nada hasta llegado el momento preciso.
Mi hija Irene, preparó cada detalle; estudió minuciosamente el recorrido a realizar para ejercer de anfitriona de forma tan precisa, que se convirtió para mí en experta guía.

Sabía que visitar Eurodisney iba a ser tan bonito como cansado (más o menos), para alguien que como yo, el deporte no lo hago ni en sueños. Mis sueños son otros muy diferentes y tan respetables como los que cada quien quiera tener.
También sabía que el parque iba a gustarme mucho, lo que no sabía era que podía estar tantísimas horas caminando bajo un sol de justicia, cuatro días seguidos, sin dolores de huesos, pies  ni músculos, sin apenas descansar (que tiempo tendría para el relax y el descanso en otro viaje). Cuatro días intensísimos donde no nos perdimos ni un solo instante de diversión, ni desperdiciamos una sola migaja de ilusión. Habíamos esperado demasiado para cumplir ese sueño, y no nos lo iba a estropear el hipotético cansancio.
La felicidad completa no existe, y en esta ocasión, para serlo del todo, sólo nos faltó la presencia física de Laura, Cecilia, Lucía y la pequeña Irene, a las que echamos muchísimo de menos. (Los chicos –salvo David por ir con sus niñas- no son “Disneyeros”, por eso allí no les echamos de menos). Sólo nos alivió pensar, que si la aventura al fin se nos estaba cumpliendo a Irene y a mí, nada nos impedirá volver con  las otras cuatro reinas de mi vida.

El viaje hasta Madrid primero y hasta París después, transcurrió tranquilo. Aterrizamos con el chupinazo del primer encierro de San Fermín. Fuimos cómodamente instaladas en uno de los hoteles Disney y sin perder ni un segundo, a las diez de la mañana abordamos el autobús que en cinco minutos nos dejaba en el mundo fantástico.
Envuelto en música, cada edificio, cada jardín, cada fuente, cada estatua, cada rincón y cada escenario, es precioso. Cuidado hasta el mínimo en detalles y atenciones por el personal del parque.
Inevitables lágrimas de emoción al ver que de verdad estábamos allí, que era real, y que mereció la pena la espera.
El gentío era enorme ya desde tan temprana hora. Parecía que un tsunami humano iba a inundar las pulcras calles. Ahí donde mirabas había ríos de gente con cara de felicidad. Mayores convertidos en niños y niños convertidos en protagonistas de su propia historia fantástica.
Mil diferentes lenguas parlantes. Humanos procedentes de todos los rincones del mundo. Un surtido enorme de tallas, formas, modelos, colores… Algunos disfrazados de forma tan extravagante (friki) como indescriptible y respetable.
Los niños, en ocasiones daban envidia, otras inspiraban ternura y otras muchas veces lástima al ver cómo (criaturicas del Señor) exhaustos, que por su edad actual sólo recordarán por foto y porque se lo cuenten que estuvieron allí, que un día estuvieron en el maravilloso mundo Disney cumpliendo con la ilusión de los padres y abuelos, que soportaron lloros y mocos sin que el nieto pudiera disfrutar de tan magno momento ni de todo lo que veían por puro cansancio. Otros en cambio, metidos en su papel, disfrazados de cuento se sentían cuento y siempre recordarán la magia que vivieron junto a quienes más les quieren, y que seguramente se han dejado tres o cuatro riñones reales para viajar al mundo de fantasía.
Había que hacer cola para cada atracción, algunas demasiado largas, pero todo a visitar merecía la pena.
Era curioso ver las filas de carritos de bebés, de sillitas de niños aparcados con todos sus avíos sin vigilancia ninguna mientras disfrutaban sus dueños de las atracciones a las que lógicamente, no se puede acceder con ellos.
Múltiples y grandiosos restaurantes (también de cuento o de película), con comidas tan variadas como la temática a la que estaban dedicados.   Menús muy ricos… (O no, depende del gusto, a nosotras nos encantaba todo).
Multitud de tiendas preciosas por dentro y por fuera, donde dejarse otro par o tres riñones para regresar llenos de regalos para quienes en esta ocasión se quedaban en casa. Pocas sombras para guarecerse del calorón y pocos bancos donde descansar o ver los precioso espectáculos de calle donde actuaban muchas de las princesas con sus princeses, y muchos “dibujos animados” que cobraban vida gracias a los humanos que se recuecen con los perfectos disfraces de piel o pelo, ropa nada veraniega, pero que bailaban como si en verdad no les molestara en absoluto vestir así. Su papel era dar vida al personaje, y se dejaban la piel que hiciera falta en el intento. Todo con tal de que chicos y grandes disfrutáramos viéndolos o soportando largas colas también esperando a que nos firmaran un autógrafo y se fotografiaran simpáticamente con cada visitante que quería hacerlo.

Había que hacer cola, hasta para hacer cola… Pero no veías a nadie molesto por las esperas, ni veías a nadie tratar de colarse, ni una voz más alta que otra porque todos estábamos a lo mismo y en lo mismo. No he visto nunca tanto civismo entre tanta y tan variada humanidad.

Si durante el día veías llegar esas mareas humanas que dije, al llegar la tarde, miles nos concentrábamos en la avenida por donde transcurría el desfile de las carrozas infantiles. Enormes y muy coloridos carromatos musicales en movimiento que portaban o eran escoltados bailando a pie por multitud de personajes que si el propio Walt Disney viera, se descongelaba de la emoción al ver en lo que se ha convertido su ingeniosa fantasía.

Tras el desfile veías a tanta gente saliendo del parque, que pensabas que no quedaría aire suficiente para continuar allí respirando, o que pocos se quedarían al espectáculo de la noche.

No recuerdo nada que no nos haya gustado de todo lo que hemos visto, incluso en muchas ocasiones nos hemos emocionado hasta la lágrima por lo que veíamos sin dejar de recordar a quienes ansiosas esperaban nuestras fotos al instante… ¡¡¡¡Bendito Whatsapp!!!!

A las 11 de la noche comenzaba el  espectáculo de luces, fuegos artificiales, música y efectos especiales con explosiones  y proyección de imágenes  en el castillo de Cenicienta. Más de dos horas antes, el gentío se agolpaba frente a ese mítico castillo tan representativo del parque Eurodisney para no perder detalle.
La inmensa mayoría sentados en el suelo, como una alfombra tejida con cabezas, los visitantes repartidos entre los mejores lugares que cada uno elegía (si podía) o se conformaba con el hueco que hubiera si llegaban a última hora. Cuando al fin comenzaba,  en casi absoluto silencio (salvo expresiones de incredulidad emocionada), contemplábamos extasiados de principio a fin el grandioso espectáculo.
Tras la traca final, una traca de aplausos y vítores emocionados,  llenos de admiración al haber disfrutado de uno de los mejores y más mágicos momentos de la visita; llegaba el de dejar el parque hasta el día siguiente y entonces volvías a caminar entre ese tsunami de “almas” (como diría mi abuela) que a paso “agudito” y como si de veras fuéramos un río humano tras una tormenta y deshielo,  íbamos todos en dirección a la salida y autobuses que nos llevaban de vuelta al hotel para descansar (nosotras, tras 22 horas en pie el primer día, y haber dormido tan sólo 3 horas el anterior, con viaje a Madrid incluído), y seguir soñando con lo vivido y los que nos quedaba por vivir.
Así los cuatro días que pasaron en un suspiro (pese al agotamiento… sin dolores por parte de mi cuerpo no musculado).
Muchas anécdotas recopilamos en nuestra memoria, y nunca olvidaremos lo tan bonito vivido, ni el disgusto enorme al encontrarnos un niño de escasos tres años (aún llevaba pañal), perdido y llorando entra la multitud de gente viendo la cabalgata de la tarde.
El niño no era español y no nos entendía, él, seguramente apenas hablaba su propio idioma, pero dejó de llorar y se abrazó a mi cuello y escuchaba mis palabras tranquilizadoras.
Uno de los trabajadores del parque, al que por su parecido con nuestro amigo habíamos rebautizado como “Josué”, había estado cerca de nosotras mucho rato vigilando, pero en ese momento no estaba. Tardó un eterno minuto en volver a su puesto de oteo ya con el desfile comenzado,  y le dijimos que el niño estaba perdido. Trató de hablar con él en varios idiomas, pero el pequeño no quería soltarme. De pronto, una cara desencajada de mujer que sin palabras  decía la angustia que estaba viviendo, pasó frente a nosotras mirando en todas las direcciones. Irene llamó su atención y señaló al chiquitín. Al verlo, la madre lo tomó en sus brazos y lo abrazó llorando. Sin más despedida, ni palabras de agradecimiento (lógico porque su comprensible angustia sería más grande que su cortesía) desapareció abrazando a su hijo y “Josué” nos agradeció la ayuda prestada para mantener al niño tranquilo.

La última mañana, disfrutamos sin colas de las atracciones que abrían para nosotros, ocupantes de uno de los hoteles Disney, dos horas antes que para el público en general, y tras despedirnos de la fantasía con ansias de volver con mis amores, cogimos un tren y metro hasta los pies de la misma Torre Eiffel. Allí tomamos un barco para realizar un paseo por el Sena contemplando los más emblemáticos edificios parisinos.

Eran muchas las ganas de vivir Eurodisney, de empaparnos con su magia, fantasía, sueños, ilusiones, imaginación, colorido… Que el descansar, con tiempo a la vuelta lo haremos soñando en volver de nuevo, esta vez todas juntas.

Disney, un mundo aparte del mundo, en el que todo es como quieres imaginar y no como realmente es.
Sentirse de nuevo niña, en ese mundo que cuando en realidad lo fuiste, ni soñaste que podría existir y mucho menos que un día podrías formar parte de él.

lunes, 4 de junio de 2018

UNA COMIDA EN SEPÚLVEDA


UNA COMIDA EN SEPÚLVEDA  03-06-2018

A vueltas con los Santos y el Novenario, hemos estrenado el mes de Junio cumpliendo con otro bonito regalo que nos hicieron nuestros amigos en la fiesta de mi 60 cumpleaños y que por unas cosas y otras varias, no lo habíamos podido cumplir.
El regalo –según rezaba en la bonita tarjeta- consistía en una comida en Sepúlveda y el pasado viernes, desafiando a las amenazas de tormenta, decidimos no hacer caso a los “Mariano Medina” de turno. Cogimos paraguas por un “porsiacaso” y con ilusiones sesentonas, allá que nos fuimos los Josés y la Marías.

Los días de tormentas brutales que sacuden nuestra piel de toro desde las chitas hasta los cuernos, dieron una tregua y nos hizo un día fabuloso.
No conocíamos Sepúlveda y me sorprendió gratamente el “pueblo de cuento” pegadito a las Hoces del Duratón, y vigilado de cerca por los buitres que surcan su cielo.
Tras un bonito paseo realizamos una visita a “La casa del Parque Hoces del Rio Duratón”. Al salir, hambrientos como aves rapaces nos lanzamos al cordero asado… ¡¡Exquisito!! Que nos sirvieron en el Figón “Zute el Mayor”, así como el “ponche segoviano” que se endosaron nuestros amigos y mi flan, también casero. Incluso el pan de horno de leña estaba para mojar la salsa del cordero y no dejar ni una miga olvidada sobre el mantel.
Bien comidos, bien reídos y bien descansados, con el zurrón repleto de rosquillas y pastas de hojaldre de “La Peña”, emprendimos el camino de regreso por diferente ruta para poder visitar el precioso pueblo de Pedraza; ese lugar en el que varios famosos cantantes (dos muy famosos), rodaron el anuncio de clínicas dentales (o dentudas) que invitaban a no ir ni por confusión… ¿O era de nosequé de Navidad 2013 el anuncio? Sólo recuerdo esas sonrisas espantosas y esos ojos de búho sorprendido, olvidé lo anunciado, porque aquel año sólo se hablaba de esas famosas caras (o caretos) y que el pueblo era precioso.

En esta ocasión, en torno al castillo de Pedraza también estaban rodando un anuncio. No conocimos a los actores, pero ambientado en el Medievo, seguro que lo está.
Además de las calles del bonito pueblo, visitamos la “cárcel de la Villa”, edificio Medieval que acojona sólo imaginar los horrores que vieron aquellas paredes.
Reemprendimos de nuevo la marcha con el corazón por un momento encogido, y comentando todos, que así deberían ser las cárceles actuales para que los culpables de horribles delitos pagaran esas culpas en vez de pagarles los contribuyentes los hoteles de 5 estrellas en los que “cumplen condena”.

Poco después hicimos una última parada en Cantalejo.

 Otro gran día vivido junto a nuestros amigos “de toda la vida”. Un día en que nos fuimos de casa con un presidente de gobierno, y regresamos con otro diferente.
Con el anterior teníamos unas preocupaciones y ahora tenemos las mismas, aunque lo principal, eso en lo que estamos todos de acuerdo, lo que realmente nos inquieta y no nos deja dormir; en lo que todos vamos a arrimar el hombro para vivir felices y prósperos, es: que ¡¡¡España gane el mundial de fútbol!!!
 

jueves, 31 de mayo de 2018

EL GUARDAESPALDAS –EL MUSICAL-


EL GUARDAESPALDAS –EL MUSICAL-  27-05-2018

El pasado 31 de enero, uno de los regalos estrella de mi cumpleaños fueron las entradas para ver el musical de “El Guardaespaldas” que actualmente se representa en el teatro Coliseum de Madrid. Como todos los Santos tienen novenario, hoy, domingo 27 de Mayo pude disfrutar de ese magnífico regalo de mis hijas acompañada de mi pequeña.
Bien tempranito para aprovechar el día, rodamos a la capital del reino en AVE, y tras un buen desayuno como Dios manda, nos lanzamos al tren (subimos al cercanías) que nos llevaba al centro.
Hacía una mañana primaveral y luminosa, de esas que tanto se están haciendo esperar este año.
Lo primero que hicimos fue acercarnos a la Plaza de Cibeles a ver los preparativos de la fuente para celebración horas más tarde de la 13ª copa de Europa que ganó ayer el Real Madrid.
Después de alguna que otra foto, continuamos paseando hasta la plaza de Las Cortes, donde hicimos la primera parada en terraza.
No había pasado mucho tiempo cuando los leones que presiden el emblemático edificio contemplaron impertérritos como una horda de gentes pasaban frente a ellos cantando proclamas a favor (o en contra, depende de cómo se mire) de lo que creen justo.
Al pasar frente a la terraza (llena de personas) donde nos encontrábamos, los manifestantes nos miraban con cara de asco, odio y hasta de rencor, a nosotros, humanos que en aquel momento hacíamos lo mismo que ellos, es decir, disfrutar de un día especial, aunque en manera diferente a la suya.
Pienso que esa forma desafiante de mirar a quienes miramos, es intentar bajo presión emocional, que cada vez más el resto del mundo crea lo mismo que creen ellos, y yo creo
Creo en “El ciclo de la vida”. Creo que estamos en el principio de un fin (o finalidad) de consecuencias imprevisibles, y que ojala pudiéramos preguntar  a los defendidos su propia opinión para poder obrar en consecuencia. Creo también, que pronto podremos ver en todos los cines el estreno de “Torassic Park-World”.

No sé si algún día conseguirán lo que desean (que pudiera ser lo mismo  que deseamos muchos) pero su forma de pedirlo no me invita a unirme a ellos.
Cuando la calle quedó despejada, continuamos camino hasta la Puerta del sol, y vimos lo que sí consiguieron: Que otra “horda” de empleados de limpieza a costa de “sudor y lágrimas”, se afanaran en limpiar con chorros de agua a presión la pseudo sangre con la que los reclamantes habían embadurnado el suelo de la plaza y que en riada se colaba por las alcantarillas para ir a parar al río en el que los peces beben y beben y vuelven a beber, causándoles grave dolor de tripas y escamas por efecto del colorante rojizo.

Continuamos nuestro particular paseo por las calles llenas de personas que no nos conocían (frase célebre de mi padre).

Madrid es otro mundo. Un mundo de gentes variopintas y multirraciales que se ocupan de sí mismos y sus circunstancias, sin dedicarse a mirar la forma de vestir o de pensar de quienes respiran el mismo espacio y aire. Un mundo variopinto pinto gorgorito y tiro porque me toca, del que formar parte por unas horas, es incluso agradable.
Comimos a nuestro gusto en la castiza Plaza Mayor, concretamente en elbar andalú La Torre del Oro”. Después, a la vuelta de una famosa esquina,  me hice fotos recordando que estuve en el mismo lugar y con distinta gente para poder corroborar que desde el 18 de diciembre de 2001 hasta el día de hoy, sólo cambié en el color de pelo.
A la hora prevista ocupamos nuestras fabulosas localidades en el teatro. Estábamos felices, más aun al ver lo cerca del escenario que íbamos a ver el espectáculo.
Iván Sánchez y Fela Domínguez interpretaron sus papeles de “Frank Farmer” y “Rachel Marron” rozando la perfección, al igual que Damaris Martínez en el papel de Nicki Marron, hermana de la protagonista.
El cuerpo de baile magnífico durante las coreografías, al igual que la orquesta, impecable de principio a fin.
Fela Martínez parece tocada por la varita que en su día tocara a de la propia Whitney Houston, que de poder hacerlo, le daría su absoluto beneplácito. Verdaderamente hacía pensar que sobre aquel escenario era la propia Whitney la que teníamos delante.
Quizás el final, poco ajustado al de la película, nos decepcionó un poco. En vez del tocado, que llevaba Rachel en  la película, la Rachel  del musical lucía un pelucón horroroso que afeaba la escena. Tampoco aparecía el momento en que recibía el Oscar.
El disparo llegó sin gusto, sin emoción… No fue el final apoteósico que imaginábamos para un musical de tal categoría.
Eso sí, tras el FIN,  y los fuertes aplausos, el elenco “nos regalaba”   Pa contentar” una canción pegadiza  que hizo levantar en aplausos y corear al público que salimos del teatro con una sonrisa de oreja a ceja, olvidando ese final un tanto decepcionante que acabábamos de ver.
El Guardaespaldas está luciendo cartel de “Últimas sesiones”. Sin duda aconsejo verlo porque dejando a un lado las comparativas con la película, del musical en verdad merecen la pena la música, las coreografías, el cuerpo de baile, la ambientación en los cambios de escenario, la interpretación de Iván y por encima de todas esas cosas la voz de Fela y la gran orquesta.

Salimos a las calles madrileñas llenas de aire (airón en algunos casos). Negros nubarrones hacían presagiar tormenta y quizás aguar la celebración de la 13ª a los madridistas.
Tranquilitas desrodamos lo rodado por la mañana, en cercanías de Sol a Chamartín y en AVE de Chamartín a Valladolid que nos recibía con los cielos abiertos, jarreando a cubos sin paraguas que llevarnos al pelo, y con un trueno que hizo retumbar cristales y hasta las vías de la estación del Norte.
Llegamos a casa empapadas de felicidad por el magnífico día vivido.

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