miércoles, 17 de octubre de 2018

BIENVENIDO AL MUNDO GONZALO


BIENVENIDO AL MUNDO GONZALO  17-10-2018

Bienvenido al mundo querido Gonzalo. Aunque estabas cómodamente instalado, tenías prisa por llegar y unos días antes de lo previsto, hiciste lo mismo que tu papá en su momento: no esperar más y presentarte en el mundo para evitar a tu mami los larguísimos días del final de la espera.
Naces con la enorme suerte de ser un niño muy deseado y esperado con amor. Con mucho amor.
Verás, te voy a presentar a la mejor familia del mundo, que ya es la tuya desde el momento de tu concepción.
Mamá es la preciosa Laura, ahora ya puedes verla, antes escuchabas su voz dentro de su confortable tripita. Te ha llevado los nueve meses necesarios, soportando un embarazo en ocasiones muy complicado, pero nunca le fallaron las fuerzas para que a ti no te faltara la vida.
Papá, es Javier, ese chico morenote,  alto como un castillo, con tímida sonrisa de adolescente, que estaba todo el tiempo al lado de mamá para darle fuerza y todo el ánimo que ella necesitaba en los momentos duros en que sólo ansiaban ver tu cara.
Juntos te han cuidado, te hablaban y apapachaban para que te sintieras tranquilo y sólo te ocuparas de nacer sano.
El diablillo guapísimo que también cuidaba de mamá y te hablaba para que conocieras su voz, es Saúl, tu hermano mayor.
No sabes la suerte que será tener un hermano como él que ha ayudado a preparar todo para ti. Aprendiendo muchas cosas para poder enseñártelas. Los cuatro ahora formáis la mejor y más feliz familia del mundo.
Si, ya sé, has escuchado otras voces y tienes curiosidad por verles y saber quién es cada uno de ellos. Verás, te contaré: Las cuatro personas que con nervios apenas contenidos y sonrisa de tontitos que has visto al salir en brazos de papá, son tus abuelos. Los que regarán de ilusiones el mundo al hablar de lo guapísimo que eres y te malcriarán, porque esa es su función.
Especialmente quiero felicitar a tu yaya Pili porque es mi cuata y sé muy bien cuánto te quiere. Como siempre digo, tuvo un gran maestro para aprender a ser la mejor yaya del mundo.
Sí Gonzalo, nuestro querido Yayo Félix, la estrella que más brilla al igual que tu tío Jose que duerme a su lado. Dos grandes personas de las  que pronto oirás hablar. Tu yaya te enseñará a amarlos. Todos seguimos queriendo y no olvidamos al yayo. No tendrás una foto en su regazo, pero tendrás la luz de su estrella.
Hoy no he podido dejar de pensar: ¡¡Si el yayo pudiera verte Gonzalo!! ¡¡Ver un hijo de su querido nieto Javi!!
Algún día sabrás que tu mami supo amar a papá como él necesitaba para ser el hombre maravilloso que hoy es.
También escuchabas las risas y los juegos que en ocasiones te hicieron despertar de la siesta. Se trata de tus primos Héctor y Alex; otros dos diablillos que junto a tu hermano Saúl, están deseando verte y sobretodo, poder jugar contigo, corretear los cuatro por la casa de los yayos sabiendo que sois el centro de atención y de ilusiones de  toda la familia entre la que me incluyo porque así es. Soy tu tía abuela Marisa.
También has podido ver, y si no lo harás en breve, a esos tíos que van a malcriarte casi tanto como tus abuelos.

Para ser tu primer día, creo que ya tienes una buena información. Todo lo demás lo irás descubriendo por ti mismo ¡¡Así es la vida!!
Ahora ya sabes lo que te toca: tienes que dormir mucho por las noches para que tus padres puedan descansar, porque con tantas emociones, andan atrasadillos de sueño.
Come bien, así crecerás mucho y pronto podrás jugar con Saúl, Héctor y Alex, pero sobretodo, crece sanito y tan feliz como todos deseamos que seas. Lo de ser guapo, ya lo has logrado ¡¡Eres guapísimo!!

Bienvenido al mundo querido Gonzalo.

Enhorabuena familia ¡¡Ya tenéis un precioso miembro más!!

domingo, 19 de agosto de 2018

QUERIDA TERE


 19-08-2018

Querida Tere: El destino se ha equivocado de nuevo creyendo que poniendo otra piedra en tu camino vas a rendirte ¡Bien le venía! No sabe lo fuerte, lo valiente y luchadora que eres Sebi.
Ya demostraste una vez que si la vida te declara la guerra, tú vas a ganar todas las batallas por duras que sean.
También demostraste que no hay quien pueda borrar tu sonrisa, apagar tu risa, ni mermar tu férrea voluntad para seguir llenando el pueblo con tu voz cantarina, ni de plagar las noches de verano en la placita con esos chascarrillos que hacen que a tu lado no exista la tristeza.

Doy las gracias a la vida que un día puso en mi camino a Pablo y Jose, como los dos grandes amigos que han demostrado ser. Gracias a esa bonita y gran amistad con tus hijos, pude conocerte de forma bien distinta a como te conocía desde siempre. Dejaste de ser “una chica de mi pueblo; la mujer de Teodoro el de la trompeta”, para ser una gran persona que tener en mi vida.
Supe que eres generosa, dicharachera, amable, gran mujer, excelente persona, agradecida, siempre dispuesta a hacer favores sin pedir nada a cambio…
Jamás volviste la cara al cruzarte conmigo haciéndote la desentendida… Al contrario, si no te veo, llamas mi atención para saludarme y si el tiempo no lo impide, charlar un ratillo.

Con esta carta, te envío fuerza, mucho cariño, ánimo y energía positiva para seguir superando todo lo que esté por venir.
No te canses de luchar, así el destino se cansará de ponerte trabas.

Un abrazo muy fuerte…

Tu amiga:

Marisa Pérez

miércoles, 8 de agosto de 2018

AQUEL ÚLTIMO VIAJE EN FAMILIA


AQUEL ÚLTIMO VIAJE EN FAMILIA   30-07-2018

Aquel último viaje que hicimos juntos los cuatro “Pérez Muñoz”, antes de que mi hermano y yo comenzáramos a trabajar y nuestros días de vacaciones dejaran de coincidir… En realidad, tampoco es que hasta aquel, hubiéramos hecho muchos viajes, ni juntos ni separados.
Mi padre no tenía coche, y como mucho, nuestros “viajes en familia” se limitaban a viajar en tren y pasar magníficos y añorados domingos en Viana, en “La finca de mis tíos”… Ese será otro emotivo capítulo aparte.

El viaje al que me refiero, es uno de los recuerdos imborrables por la forma y desde luego por el “con quién y cómo”, aunque muchos detalles que quisiera recordar, ya se fueron para siempre.
Surgió como casi todo lo bueno: sin pensar. Un día cualquiera (quizás puente), de un mes cualquiera, que bien pudo ser de un Junio no cualquiera porque fue el de 1970.
Mis jóvenes padres (casi cuarenteños) y sus aún más jóvenes amigos (treinta y piqueños), Daniel y Tere, decidieron  que sería buena idea ir a pasar el día al Lago de Sanabria con los niños (sólo había un niño y tres niñas, pero no había la idiotez del distingo de géneros casi obligatorio que tenemos actualmente para hablar o escribir).

Daniel tenía un flamante  Seat 1500 en el que podían viajar cómodamente 5 personas adultas.
El día elegido, de buena mañana vinieron a buscarnos y los padres cargaron el maletero con las bolsas de “las meriendas” y las toallas de baño, que para pasar un día, no nos hacía falta más. Las madres se acomodaron junto a la bulliciosa muchachada en los asientos traseros.  
Así el 1500 nos acogió como pudo a Antonio, Paz, Toñin (14 años bien holgados) Maisi (yo, 13 años no precisamente escuálidos) Belén (de 3 añitos a punto de cumplir), Mariángeles (4 añitos y medio), Tere, (intuyendo estar embarazada de Yoli) y Daniel, nuestro conductor y mecánico de automóviles. Casi 9 personas, las meriendas, la herramienta por si alguna avería imprevista y nuestras ilusiones. Sólo nos faltó la jaula del loro y el gato, que no llevamos porque se daba la casualidad que ninguna de las dos familias teníamos loro ni gato.
Tampoco llevamos cámara de fotos porque fue tan improvisado, que no teníamos carrete que llevarnos a la cámara.
Los dos cabezas de familia viajaban en los asientos delanteros, y como dije,  las madres con las cuatro criaturas y media detrás. No había cinturones, ni sillitas homologadas para menores, ni falta que nos hacían.
Lógicamente no recuerdo a qué hora pusimos nuestros culos a remojo en el Lago de Sanabria, pero puedo intuir que el baño fue divertidísimo y que las tortillas de patata metidas en un pan redondo a modo de fiambrera, y poca vianda más, nos supieron a gloria.

Tan felices debíamos estar, que a los mayores les dio pena regresar a casa y dijeron: “Ya que estamos aquí, podíamos ir a Asturias”… Ni cortos, ni perezosos, ni ropa de repuesto, ni pijama, ni saber a cuantos kilómetros estábamos del destino; volvimos a abordar el 1500 y emprendimos viaje a Asturias, rodando por estrechas y curvosas carreteras que hacían difícil el adelantar o el correr a más velocidad de la que corre ahora un coche parado. Ni soñar con las autovías que actualmente ennegrecen los paisajes, ni túneles que horadan las montañas astures acortando kilómetros.
Imagino que haríamos alguna parada para poner gasolina, o a regar campo y cuneta.
Los ojazos de Daniel fijos en la carretera y mi padre, al pasar por los pueblos haciendo sonar el claxon para saludar a los habitantes que tomaban el fresco a las puertas de sus casas. (Esto no lo recuerdo, pero mi padre lo hacía siempre y no iba a ser excepción durante aquel feliz viaje. Saludaba agitando la mano con aspavientos y sonreía como si  fuera un viejo conocido del humano que seguramente se quedaba un rato pensando ¿Quién será? ¡Tenía que conocerme porque me saludó con familiaridad!
En Asturias hay varios pueblos cuyos nombres son “Pola” de algo. Las dos madres viajeras llevaban su cachondeíto al leer Pola de Tal o Pola de Cual… ¡Qué contentas estarán las asturianas con tanta Pola! –decían.
Explicaré que por aquel entonces, era común denominar coloquialmente así al aparato reproductor externo masculino. Por cierto hace muchísimo que no se utiliza ese término. Ahora para referirse a ese miembro viril, se emplean muchas otras vulgaridades.

Ya llevábamos mucho rato de viaje y aun no se veían indicadores en los que pusiera “a Asturias, tantos kilómetros”. Daniel paró el coche y mi padre bajó a preguntar a un “paisanín”: “Oiga jefe, ¿queda mucho pa Asturias amigo? A lo que el hombre contestó: “¡¡Lleva usté un buen rato en Asturias!!”.
Así de puestos en viajes y geografía viajábamos en aquella ocasión. Creíamos que Asturias, era una ciudad…
No recuerdo a qué hora llegaríamos a Gijón. Pero si recuerdo que Daniel y mi padre buscaron enseguida una pensión económica donde pasar la noche las dos familias.
Pronto encontraron en una, las dos humildes habitaciones que necesitábamos…Limpias (supongo) porque en una sucia las matriarcas nunca hubieran metido a su prole.
El aseo (no baño) era común para todas las habitaciones y estaba al otro lado del largo y oscuro pasillo. Por turnos fuimos utilizándolo entre la algarabía infantil que suponía la novedad,  los “shhhh, no molestéis que hay gente durmiendo” y el miedo a tener ganas de ir a desaguar durante la noche a tan lejano retrete.
Supongo que cenamos las sobras de aquellas añoradas tortillas con sabor a campo… y nos fuimos a descansar tan ricamente… sin pijama ni ropa de recambio… pero absolutamente felices.
Mi padre era el hombre más orgulloso del mundo en aquel momento porque sus hijos estaban viviendo la experiencia de dormir en una pensión… ¡¡Cómo iba a dar yo, que mis hijos tan jóvenes, podían disfrutar de este lujo!! ¡¡Dormir en una pensión!!
Hay que entender que mi padre desde muy pequeñito iba con su padre a comprar y vender vino por los pueblos y dormían en… ¡¡Vale!! Eso también merece otro capítulo aparte.

A la mañana siguiente, desayunamos en un bar cercano a la pensión, y con los bañadores secos del agua del Lago de Sanabria, nos bañamos en el mar que mi padre y hermano veían por primera vez en su vida.
Las matriarcas se encargaron de comprar pan y algún embutido para comer en la playa o quizás en cualquier recodo del camino, porque no tardamos en emprender el largo viaje de regreso a casa.

Lástima no tener fotos de ese viaje que con tantísimo cariño recordamos los ocho y medio que lo hicimos.
Cuando poco después Tere confirmó que su retraso no era por tardona, si no que realmente estaba embarazada, decidió que su hija Yoli tendría los padrinos más chulos del universo: Mis padres.

No siempre el cariño entre humanos es por lazos de sangre. En ocasiones, esos lazos son aun más fuertes; lazos de “Amigos de toda la vida, para toda la vida”.
De aquel flamante 1500 no queda más que el recuerdo y de aquellas dos familias ya se nos han ido cuatro pilares.
De los cuatro padres, Tere es la mami que aun podemos abrazar al vernos y de los pequeños, perdimos a Mariángeles demasiado pronto.
Ahora en la más brillante estrella están Antonio, Paz, Daniel y la preciosa Mariángeles cuyos ojos siguen brillando y sonriendo para iluminar el camino de quienes aquí jamás les olvidaremos.
Besos al Cielo para ellos cuatro. Abrazos y mucho cariño para Tere, Belén, Yoli, Toño, yo misma… y a nuestros preciosos descendientes.

viernes, 13 de julio de 2018

VIAJE A EURODISNEY


VIAJE A EURODISNEY  del 6 al 11 de Julio 2018

Disney, un mundo de fantasía creado para niños y que alimenta los sueños de quienes nunca dejamos de serlo.

Una promesa muy, pero que muy añeja, un deseo agazapado por no poder cumplirlo y de pronto, una vez más, se vuelven las tornas y en vez de ser yo quien invite, soy la invitada con todo lujo de sorpresas ocultas para que no me enterara de nada hasta llegado el momento preciso.
Mi hija Irene, preparó cada detalle; estudió minuciosamente el recorrido a realizar para ejercer de anfitriona de forma tan precisa, que se convirtió para mí en experta guía.

Sabía que visitar Eurodisney iba a ser tan bonito como cansado (más o menos), para alguien que como yo, el deporte no lo hago ni en sueños. Mis sueños son otros muy diferentes y tan respetables como los que cada quien quiera tener.
También sabía que el parque iba a gustarme mucho, lo que no sabía era que podía estar tantísimas horas caminando bajo un sol de justicia, cuatro días seguidos, sin dolores de huesos, pies  ni músculos, sin apenas descansar (que tiempo tendría para el relax y el descanso en otro viaje). Cuatro días intensísimos donde no nos perdimos ni un solo instante de diversión, ni desperdiciamos una sola migaja de ilusión. Habíamos esperado demasiado para cumplir ese sueño, y no nos lo iba a estropear el hipotético cansancio.
La felicidad completa no existe, y en esta ocasión, para serlo del todo, sólo nos faltó la presencia física de Laura, Cecilia, Lucía y la pequeña Irene, a las que echamos muchísimo de menos. (Los chicos –salvo David por ir con sus niñas- no son “Disneyeros”, por eso allí no les echamos de menos). Sólo nos alivió pensar, que si la aventura al fin se nos estaba cumpliendo a Irene y a mí, nada nos impedirá volver con  las otras cuatro reinas de mi vida.

El viaje hasta Madrid primero y hasta París después, transcurrió tranquilo. Aterrizamos con el chupinazo del primer encierro de San Fermín. Fuimos cómodamente instaladas en uno de los hoteles Disney y sin perder ni un segundo, a las diez de la mañana abordamos el autobús que en cinco minutos nos dejaba en el mundo fantástico.
Envuelto en música, cada edificio, cada jardín, cada fuente, cada estatua, cada rincón y cada escenario, es precioso. Cuidado hasta el mínimo en detalles y atenciones por el personal del parque.
Inevitables lágrimas de emoción al ver que de verdad estábamos allí, que era real, y que mereció la pena la espera.
El gentío era enorme ya desde tan temprana hora. Parecía que un tsunami humano iba a inundar las pulcras calles. Ahí donde mirabas había ríos de gente con cara de felicidad. Mayores convertidos en niños y niños convertidos en protagonistas de su propia historia fantástica.
Mil diferentes lenguas parlantes. Humanos procedentes de todos los rincones del mundo. Un surtido enorme de tallas, formas, modelos, colores… Algunos disfrazados de forma tan extravagante (friki) como indescriptible y respetable.
Los niños, en ocasiones daban envidia, otras inspiraban ternura y otras muchas veces lástima al ver cómo (criaturicas del Señor) exhaustos, que por su edad actual sólo recordarán por foto y porque se lo cuenten que estuvieron allí, que un día estuvieron en el maravilloso mundo Disney cumpliendo con la ilusión de los padres y abuelos, que soportaron lloros y mocos sin que el nieto pudiera disfrutar de tan magno momento ni de todo lo que veían por puro cansancio. Otros en cambio, metidos en su papel, disfrazados de cuento se sentían cuento y siempre recordarán la magia que vivieron junto a quienes más les quieren, y que seguramente se han dejado tres o cuatro riñones reales para viajar al mundo de fantasía.
Había que hacer cola para cada atracción, algunas demasiado largas, pero todo a visitar merecía la pena.
Era curioso ver las filas de carritos de bebés, de sillitas de niños aparcados con todos sus avíos sin vigilancia ninguna mientras disfrutaban sus dueños de las atracciones a las que lógicamente, no se puede acceder con ellos.
Múltiples y grandiosos restaurantes (también de cuento o de película), con comidas tan variadas como la temática a la que estaban dedicados.   Menús muy ricos… (O no, depende del gusto, a nosotras nos encantaba todo).
Multitud de tiendas preciosas por dentro y por fuera, donde dejarse otro par o tres riñones para regresar llenos de regalos para quienes en esta ocasión se quedaban en casa. Pocas sombras para guarecerse del calorón y pocos bancos donde descansar o ver los precioso espectáculos de calle donde actuaban muchas de las princesas con sus princeses, y muchos “dibujos animados” que cobraban vida gracias a los humanos que se recuecen con los perfectos disfraces de piel o pelo, ropa nada veraniega, pero que bailaban como si en verdad no les molestara en absoluto vestir así. Su papel era dar vida al personaje, y se dejaban la piel que hiciera falta en el intento. Todo con tal de que chicos y grandes disfrutáramos viéndolos o soportando largas colas también esperando a que nos firmaran un autógrafo y se fotografiaran simpáticamente con cada visitante que quería hacerlo.

Había que hacer cola, hasta para hacer cola… Pero no veías a nadie molesto por las esperas, ni veías a nadie tratar de colarse, ni una voz más alta que otra porque todos estábamos a lo mismo y en lo mismo. No he visto nunca tanto civismo entre tanta y tan variada humanidad.

Si durante el día veías llegar esas mareas humanas que dije, al llegar la tarde, miles nos concentrábamos en la avenida por donde transcurría el desfile de las carrozas infantiles. Enormes y muy coloridos carromatos musicales en movimiento que portaban o eran escoltados bailando a pie por multitud de personajes que si el propio Walt Disney viera, se descongelaba de la emoción al ver en lo que se ha convertido su ingeniosa fantasía.

Tras el desfile veías a tanta gente saliendo del parque, que pensabas que no quedaría aire suficiente para continuar allí respirando, o que pocos se quedarían al espectáculo de la noche.

No recuerdo nada que no nos haya gustado de todo lo que hemos visto, incluso en muchas ocasiones nos hemos emocionado hasta la lágrima por lo que veíamos sin dejar de recordar a quienes ansiosas esperaban nuestras fotos al instante… ¡¡¡¡Bendito Whatsapp!!!!

A las 11 de la noche comenzaba el  espectáculo de luces, fuegos artificiales, música y efectos especiales con explosiones  y proyección de imágenes  en el castillo de Cenicienta. Más de dos horas antes, el gentío se agolpaba frente a ese mítico castillo tan representativo del parque Eurodisney para no perder detalle.
La inmensa mayoría sentados en el suelo, como una alfombra tejida con cabezas, los visitantes repartidos entre los mejores lugares que cada uno elegía (si podía) o se conformaba con el hueco que hubiera si llegaban a última hora. Cuando al fin comenzaba,  en casi absoluto silencio (salvo expresiones de incredulidad emocionada), contemplábamos extasiados de principio a fin el grandioso espectáculo.
Tras la traca final, una traca de aplausos y vítores emocionados,  llenos de admiración al haber disfrutado de uno de los mejores y más mágicos momentos de la visita; llegaba el de dejar el parque hasta el día siguiente y entonces volvías a caminar entre ese tsunami de “almas” (como diría mi abuela) que a paso “agudito” y como si de veras fuéramos un río humano tras una tormenta y deshielo,  íbamos todos en dirección a la salida y autobuses que nos llevaban de vuelta al hotel para descansar (nosotras, tras 22 horas en pie el primer día, y haber dormido tan sólo 3 horas el anterior, con viaje a Madrid incluído), y seguir soñando con lo vivido y los que nos quedaba por vivir.
Así los cuatro días que pasaron en un suspiro (pese al agotamiento… sin dolores por parte de mi cuerpo no musculado).
Muchas anécdotas recopilamos en nuestra memoria, y nunca olvidaremos lo tan bonito vivido, ni el disgusto enorme al encontrarnos un niño de escasos tres años (aún llevaba pañal), perdido y llorando entra la multitud de gente viendo la cabalgata de la tarde.
El niño no era español y no nos entendía, él, seguramente apenas hablaba su propio idioma, pero dejó de llorar y se abrazó a mi cuello y escuchaba mis palabras tranquilizadoras.
Uno de los trabajadores del parque, al que por su parecido con nuestro amigo habíamos rebautizado como “Josué”, había estado cerca de nosotras mucho rato vigilando, pero en ese momento no estaba. Tardó un eterno minuto en volver a su puesto de oteo ya con el desfile comenzado,  y le dijimos que el niño estaba perdido. Trató de hablar con él en varios idiomas, pero el pequeño no quería soltarme. De pronto, una cara desencajada de mujer que sin palabras  decía la angustia que estaba viviendo, pasó frente a nosotras mirando en todas las direcciones. Irene llamó su atención y señaló al chiquitín. Al verlo, la madre lo tomó en sus brazos y lo abrazó llorando. Sin más despedida, ni palabras de agradecimiento (lógico porque su comprensible angustia sería más grande que su cortesía) desapareció abrazando a su hijo y “Josué” nos agradeció la ayuda prestada para mantener al niño tranquilo.

La última mañana, disfrutamos sin colas de las atracciones que abrían para nosotros, ocupantes de uno de los hoteles Disney, dos horas antes que para el público en general, y tras despedirnos de la fantasía con ansias de volver con mis amores, cogimos un tren y metro hasta los pies de la misma Torre Eiffel. Allí tomamos un barco para realizar un paseo por el Sena contemplando los más emblemáticos edificios parisinos.

Eran muchas las ganas de vivir Eurodisney, de empaparnos con su magia, fantasía, sueños, ilusiones, imaginación, colorido… Que el descansar, con tiempo a la vuelta lo haremos soñando en volver de nuevo, esta vez todas juntas.

Disney, un mundo aparte del mundo, en el que todo es como quieres imaginar y no como realmente es.
Sentirse de nuevo niña, en ese mundo que cuando en realidad lo fuiste, ni soñaste que podría existir y mucho menos que un día podrías formar parte de él.

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