sábado, 10 de mayo de 2014

YO TAMBIÉN SOY EMIGRANTE



YO TAMBIÉN SOY EMIGRANTE   10-05-2014

Hoy me siento nostálgica, quizás porque es Diez de Mayo, y aunque hace un día espléndido, no había planeado ir a festejar el “día grande” de mi pueblo. Eso o que con el paso de los años cada vez añoro más algunas cosas y hoy tocó recordar la vida que un día dejé atrás.

Queda muy lejano aquel 24 de Enero de 1966. Estaba a punto de cumplir nueve años. Mis padres buscando el provenir de sus dos hijos, decidieron que el pueblo se nos quedaba pequeño. Mi padre buscó y encontró trabajo en Valladolid; vendieron su casita de la C/ Tejedores, metieron los cuatro mueblucos en un camión y cargados de sueños y temores, comenzó nuestra nueva vida en la capital.

Durante los preparativos recuerdo perfectamente los nervios de mis padres. Nunca les habíamos visto discutir tanto como lo hicieron aquellos días. Habían tomado libremente la decisión, pero era demasiado duro dejar atrás a mis abuelos, el pueblo… su vida. Mi hermano y yo no teníamos ni idea hasta qué punto iba a cambiar la nuestra. La sensación era que nos íbamos para no volver. No teníamos coche y el de línea era un cacharro viejo que tardaba una eternidad en recorrer los apenas 60 Km que nos separarían de Alaejos.

Mis amigas envidiaban mi suerte. Ellas también hubieran querido salir del pueblo. Yo estaba inconscientemente feliz. No tenía capacidad de saber que atrás quedaban el pueblo, sus calles, su aroma, sus gentes, costumbres, palabras, el acento y hasta el ¡¡Co!! Todo lo que envolvió hasta entonces mis nueve años menos una semana de vida.


Por fin llegó el día. Mi padre vino a Valladolid con el camión de la mudanza, mientras mi hermano, mi madre y yo cogíamos “el cochelinia” que conducido por el señor Avelino salía desde la Plaza Mayor, justo debajo del balcón de San Pedro.
Hasta entonces solamente había venido a la capital en pocas ocasiones y para mí habían sido emocionantes visitas.
Aquella mañana del 24 de Enero no podía sentirme del todo feliz, porque ver cómo mi madre y mi abuela Felisa hacían el camino llorando, me tenía triste, y sólo imaginar la escena, ahora me da mucha ternura.

Mi abuela subió al coche para ayudar con los bultos. Los vecinos nos despedían con cara de pena al verlas a ellas. Recuerdo que alguien dijo mirando a mi abuela “¡¡Pobre mujer!!”. De pronto ya en el coche dije: “Felicidades mama” (no mamá) a lo que mi madre contestó: “Mira, ni me acordaba”, mi querida abuela Felisa dijo: “¡uy hija, no me había dau cuenta que es tu cumpleaños”! Mientras se abrazaban y arreciaban sus lágrimas.
¡Qué penita ver a mi abuela en la plaza llorando mientras el coche arrancaba y mi madre decía adiós moviendo su mano sin para de llorar! Ni en sueños imaginábamos que el progreso y los años nos devolverían a nuestro querido pueblo en un abrir y cerrar de ojos, aunque para eso faltaban muchos, muchísimos años que pasaron en un suspiro.

Aquel lento coche de línea, recorrió el trayecto con parada en Tordesillas para que nuestro conductor bajara a tomar un café con carajillo mientras “el cobrador” descargaba y cargaba bultos que traía y otros que debía llevar.

Ya en Valladolid, tenía su parada en la Plaza del Poniente, y allí estábamos como tres palominos aturdidos. Recuerdo el olor de la ciudad y el ruido de motores, de “muchos” vehículos. Aquellos motocarros renqueantes, carriles estrechos de doble sentido, motos ruidosas, autobuses, y coches tan lujosos e inalcanzables entonces, como ridículos ahora.

Caminando llegamos a la Plaza del Salvador, donde íbamos a vivir compartiendo una buhardilla con mis tíos Pedro y Mª Jesús (recién embarazada de Charito) y mi prima Feli, tres años menor que yo.
Recuerdo al llegar a aquella minúscula casa que una de las dos habitaciones era abuhardillada, vi al fondo una muñeca de Feli, corrí a por ella y me di el gran coscorrón  en la frente, cuando el techo se hizo más bajo que yo y no había sabido calcularlo.
El “aseo”, un cuartucho dentro de la cocina, con una taza medio escondida al que los mayores tenían que entrar ya con los pantalones medio bajados porque dentro era imposible. Una pequeña cocina y otra habitación con buena altura alimentadas todas de luz y poca ventilación con claraboyas en el techo,  excepto el “aseo”, que no tenía ni luz eléctrica. En esa “mansión” vivimos las dos familias varios meses. Compartiendo hasta el aliento.
Los tres niños jugábamos en las escaleras bien advertidos de no hacer ruido para no molestar al resto de vecinos ricachones que vivían en sus lujosas casas justo debajo de la nuestra.
Además de nuestras madres, nos tenía “a raya” la portera, la “señá” Petra, una antipática vieja que nos robó algún que otro juguete, a la que sólo le faltaba tener en el culo la mano de Maricarmen para ser doña Rogelia; y su marido, el señor Carlos, un hombre poco apreciado por su adusta mujer, agachapado y serio al que le faltaba media nariz carcomida por un cáncer  y que nunca se tapaba la horrible herida, que desprendía un hedor insoportable.
Cuando hacía buen tiempo  el testigo mudo de nuestros juegos era el césped que había entre la iglesia del Salvador y el colegio de Las Esclavas, un pequeño jardincito tranquilo y apetecible donde pasamos horas jugando. Si el calor era fuerte, jugábamos en el “Pasaje de Gutiérrez”  un precioso rincón de esta ciudad casi pegadito a nuestro entorno y tan hermoso como poco transitado en aquel entonces.

Una de las cosas que aprendí rápido, fue a “andar por Valladolid”,  y lo primero el camino hacia el colegio, ya que desde el primer día  tuve que responsabilizarme no ya de mí, que a mis nueve incipientes años, llevaba a mi prima Feli de seis, por todo el centro de la ciudad, desde la plaza del Salvador hasta la calle San Ignacio donde estaba nuestro colegio “Cardenal Cisneros” frente a la iglesia de San Miguel.
No había tanto tráfico como ahora, pero tampoco había calles peatonales y el peligro no sería pequeño ¿O sí?

Enseguida aprendí, que en Valladolid sería “la de pueblo” y en Alaejos “la forastera”, con lo cual desde entonces adopto la identidad que mejor me convenga en cada momento.
Por entonces, como vivíamos tan céntricos, nos convertimos en  la “parada y fonda” de todo alaejano que venía de compras o “de médicos”. Raro era el día que no nos venía algún “forastero” con el que había que compartir puchero.
Cuando mis padres pudieron comprar su pisito en la Calle Moradas en el moderno barrio de la Rondilla, lo que nos quedaba cerca era la “Residencia Sanitaria Onésimo Redondo”, entonces nos metimos entre pecho y espalda todos los ingresados del pueblo. También era raro el día que no se nos apuntaba alguno que venía de visita al enfermo o de cuidador, y que en nuestra casa encontraba casa luz y lumbre, que casi siempre pagaban con un “dios te ampare” o un olvido en cuanto no te necesito.
Mi madre siempre fue de hacer favores y sabido es que “un favor que se cobra no es favor”…

Al dejar Alaejos perdí sin darme cuenta infancia, fiestas, acento, costumbres,  que con el tiempo desaparecieron de mi memoria y adquirí otras que adopté como propias, y ya no sabría diferenciar las unas de las otras.
Alaejos ahora es mi relajo, volver a encontrarme con mi terruño querido. Allí tengo y quiero a los que siempre tuve, y a los que me pareció que tenía y me traicionaron, nunca volveré a NO tenerlos.

Soy y siempre seré de Alaejos, y mis raíces en el corazón así lo dicen, aunque Valladolid es mi ciudad de paso, en la que paso desde hace 48 años la mayor parte de mi vida y donde eché raíces formando mi propia familia y pariendo a mis tres adorables “retoñas”.

Mi pueblo es la fisonomía que reconozco al pasar las cumbres y divisar la ermita, las torres, los silos y el depósito del agua. Me embriaga el olor de mi querido Alaejos,  me entusiasma pisar sus calles atestadas de recuerdos… Volver a ver a la gente que quiero y me quiere, y como diría mi buen amigo Félix Alonso: “Lo demás es lo de menos”.

4 comentarios:

María A. Marín dijo...

Pues eso, lo de más es lo de menos...
Qué bien narras todo Marisa, me encanta cómo escribes y describes lo que cuentas. Te admiro mucho.
¡Qué momentos tan duros! Aunque solamente fueran unos kilómetros. Imagino los que tuvieron que ir más lejos.

En fin. Has hecho que mi corazón se ponga a latir con mucha fuerza esta tarde.

Besos amiga.

Marisa Pérez Muñoz dijo...

No sabes cuanto me alegro que sientas así y además me lo cuentes. Es una forma maravillosa de darme alas para continuar escribiendo.

Abrazos guapa. Ya sabes que el cariño y admiración son mutuos.

Anónimo dijo...

Me ha gustado mucho tu relato, explicas algo que es dificil decir con palabras. Yo cuando voy a Alaejos por el verano con solo percibir el olor del campo ya soy feliz y no lo cambio por nada.

Marisa Pérez Muñoz dijo...

Muchas gracias por tu comentario!!

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