martes, 14 de enero de 2014

VACACIONES EN RIVIERA MAYA DEL 8 AL 16 DE DICIEMBRE DE 2013



Para ver las fotos ampliadas pincha en cualquiera de ellas y te saldrá la galería completa. 
 22-12-2013

Como sabéis muchos de mis amigos, conocidos, familia y lectores: Hace muy pocos días regresamos mi pequeña y yo de la Riviera Maya y a los que me habéis pedido la crónica aquí la tenéis.
Comienzo a manuscribirla a las 02.30 horas de la madrugada del 22 de diciembre del extinto 2013, cuando con sueño apagué el ordenador y de sopetón me llegó la inspiración que me hizo escribir rememorando tan bonitos días.
Una semana llena de aventuras, venturas y gota fría (aunque llamar “gota fría” estando a más de 28 grados centígrados, es casi como un insulto).

Como siempre empezaré por el principio: Una de esas “recompensas” de las que hablaba en una de mis últimas crónicas, ha sido poder realizar este viaje al México lindo y querido que vio nacer a la que sin duda es mi mejor amiga: mi cuata Pili.
Ella me mostró su tierra y algunas de sus expresiones y costumbres culinarias, por eso, durante estos días he extrañado tanto su  presencia, porque sé las enormes ganas que tiene de volver a visitar los rincones en los que transcurrió su infancia y adolescencia.

A través de la modernura “movilística” denominada “Whatsapp”, he mantenido a Pili y a mis hijas al corriente de nuestras “batallitas”, que no han sido ni muchas ni pocas, pero sí las nuestras.
Los días previos a la salida, he estado muy ilusionada, nerviosa, y hasta preocupada porque no sabía si mi osamenta me permitiría disfrutar tanto como pretendía y sobretodo, seguir el ritmo que Irene y yo marcáramos sin tener que pedir permiso a un pie para mover el otro.
El viaje en AVE hasta Madrid: rápido y cómodo. Movernos de estación a aeropuerto: rápido y tranquilo. Facturación y espera a embarcar: con tanta ilusión como ganas.

A poco más de las tres de la tarde por fin nuestro avión comenzó a moverse. Viajamos en el piso superior del enorme Boeing 747 de la compañía “Pullmantur Air”.
He de decir que las más de nueve horas que dura la travesía no son moco de pavo, sobre todo porque no hay sitio para moverse  sin molestar a la persona que viaja en el tercer asiento de la fila y te aguantas en más de una ocasión  las ganas de salir a “estirar las piernas” tal y como recomiendan a “La clase turista”.

Intentamos dormir un poco pero es tarea casi imposible para nosotras. Sudokus, pasatiempos, Ebook, papel y boli… todo vale para ocupar esas horas en que nada más puedes hacer. 

Por fin, ya anocheciendo y habiéndole ganado siete horas a las veinticuatro, aterrizamos por fin en el aeropuerto de Cancún a las 17.30 (00.30, hora española).

Habíamos salido de Valladolid con una preciosa y escarchada estampa navideña y menos tres gados… Nos recibían veintiocho húmedos  grados… el cuerpo o se aclimata o revienta y yo no estaba dispuesta a lo segundo.

Mientras esperábamos la maleta en la interminable cinta, no hacía más que repetirme incrédula como una niña en noche de Reyes: “¡¡Maisi, estás en México!!… ¡¡Has venido al Caribe!!

Más de una larga hora tardó en salir nuestra maleta (y ni mucho menos  fue la última). En la puerta nos esperaba el autocar que en una hora y cuarenta minutos nos llevaría al Hotel: “Gran Palladium”; un complejo hotelero más grande que todo Alaejos (sin sus dos maravillosas torres, pero con otros muchos encantos).
La joven guía que nos recibió y acompañó durante el viaje hacia el hotel, no tardó en rogarnos que antes de bajar, si lo estimábamos oportuno, podríamos dejar en un cestillo preparado a tal efecto, una propina para el “maleterito” y para el conductor (omitió que la dejáramos también para ella. Ni en esa ni en otras tantas ocasiones “estimamos oportuno” echar mano a la cartera, porque “estimamos”, que el precio que cuesta el viaje, o las excursiones, es lo suficientemente elevado como para además dejar propina a todo el que respirara a nuestro lado, de haberlo hecho, no habría criado hierba el caminito de la mano al bolso. No somos “roñosas” simplemente no lo “estimamos” y aquí lo expongo… otros quizás lo omiten, porque no vi dejar en los cestillos, o en la propia mano, tantas dádivas como propuestas oí.

El viaje duró una hora y cuarenta y cinco ni largos ni cortos minutos. Las ganas de llegar ya eran muchas y ver la portada del hotel con su árbol de Navidad justo antes de cruzar el control de entrada casi nos quitó el cansan cio de golpe… he dicho “casi”.
Ya en el hotel, nos dejaron en una de las recepciones (Lobby) con las que cuenta el complejo.

 Los encargados de custodiar nuestros equipajes y los conductores de los vehículos internos eran señores vestidos como los exploradores de las películas, con salacot incluido.
Mientras esperábamos turno frente al mostrador de recepción  una camarera (mesera) nos ofreció un riquísimo y fresco cóctel de bienvenida. Tuvimos suerte en ser de las primeras en atendernos y asignarnos la habitación a la que fuimos llevadas en unos carricoches que por la larga distancia entre habitaciones y resto de servicios, eran casi imprescindibles para moverse cómodamente por el entorno.
Nos gustó la habitación 4136: espaciosa, limpia, cómoda y con un mini bar repleto de bebidas no alcohólicas, café e infusiones totalmente gratis (y que nos repondrían una vez al día). Me hizo gracia que uno de los refrescos era “Mirinda”, que en España hace siglos desapareció y que yo tomaba de pequeña.
Apenas cerramos la puerta nos dimos cuenta que teníamos una inoportuna gotera. Avisado en recepción no tardó en llegar el señor de mantenimiento que al no poder repararla fácilmente, nos asignaron otra nueva habitación que sería nuestra “casa” durante la semana que teníamos por delante; calco de la primera, pero sin gotera.
Reconozco que fuimos muy osadas en nuestra primera “aventura”, ya que entre unas cosas y otras, se habían hecho las 11 de la cerrada noche y con las escasas viandas que sirven en el avión y tantas horas de viaje estábamos hambrientas y muy muy cansadas. Aun así y sin conocer las instalaciones, nos aventuramos a buscar el Snack, ya que todos los demás restaurantes habían cerrado. 

Estábamos tan agotadas, que ni cuerpo tuvimos para pensar si nos daba miedo explorar las profundidades de nuestro magnífico y precioso hotel o si íbamos a regresar a la habitación “comidas por los mosquitos” (o algo peor).
   La tostada cayó del lado de la mantequilla y la puñetera “Ley de Murphy”, nos hizo tomar el camino largo. La iluminación era muy escasa (esas fotos imaginarlas casi sin luz).

Nos encontrábamos en zona de vegetación protegida y para no alterar el ecosistema de fauna y flora, las luces eran tan tenues como lamparillas.

Sin saber cómo llegar, fijándonos en los carteles indicativos, muy poco entendibles para recién llegadas, escuchando los ruidos de la noche entre la espesa vegetación, cruzamos ligeras largos puentecitos de madera (algunos con techado de madera y una especie de caña muy compacta)  mirando bajo nuestros pies correr aguas con vete a saber qué bichos, sin saber si aquellos caminos nos llevarían donde pretendíamos o simplemente eran paseos y estábamos dando vueltas en círculos o alejándonos del destino deseado.

No sé el tiempo que estuvimos “expuestas a los mil peligros” del oscuro entorno, aunque afortunadamente, cuando nos pareció que ya era mucho caminar sin ver humanos,  por fin y como a los Reyes Magos, nos guió la estrella y llegamos al mentado Snack, donde nos recibieron varios amables “meseros” y media docena de Mapaches, que como gatitos merodeaban por las mesas “rapiñando” lo que los comensales dejaban sobre sus platos al marcharse.

Por cierto, los Mapaches también son denominados Racconns o Racuna y también Zorra Manglera o gato Manglatero… en cualquier caso no molestaban más ni menos que un gato o minino español.

Pues bien, en el Snack tomamos lo que nos pareció y ya mejor orientadas, caminamos por sendas más habitadas hasta la habitación 4235 de la Villa de Kantenah, sin necesidad de tomar uno de aquellos carricoches, porque nuestra “Villa” distaba apenas tres minutos caminando desde el Lobby.

Tras una noche descansando absolutamente todo lo cansado, nos levantamos radiantes y empapadas en el sudor tropical que nos acompañó en mayor o menor chorro todos y cada uno de nuestros días caribeños.


    El sol que amaneció tan radiante como nosotras, no tardó en ocultarse tras gruesas nubes, que no sabemos de donde salieron, pero que descargaron en unos minutos, una impresionante torrentera de agua. Afortunadamente pronto vimos “escampar”. Ya nos habían advertido que así sería en aquella zona: llueve de golpe y rápido sale el sol. Luego la experiencia nos dijo que también allí, cuando llueve, el sol  puede no salir tan enseguida.


Ya sin lluvia y aprendido de la noche anterior el camino corto, fuimos a desayunar a “Tikal” uno de los bonitos restaurantes  bufets, donde fuimos exquisitamente atendidas. Después paseamos para familiarizarnos con buena parte de toda la belleza que nos rodeaba, comenzando por los rosados Flamencos, sorteamos las Iguanas que impávidas y de todos los tamaños nos salían al paso por césped y caminos de adoquín o asfalto que acomodaban el paseo entre la espesa y variada vegetación que rodeaba el lugar.


Vimos multitud de mariposas a cual más bonitas y grandes, varios cocodrilos en un pequeño estanque, peces rosados que glotones abrían y cerraban su bocota apiñados en las aguas que rodeaban los restaurantes “Tikal” y “La Hacienda”… pájaros multicolores o negros como el azabache robando comida sobrante de los platos que dejaban los clientes en el bar terraza “El Gran Azul” junto a  una de las  piscinas…

Paseamos por las diferentes tiendas de que dispone el Resort (aquello parece un centro comercial). Todo para nosotras era novedoso y verdaderamente bonito. Incluso en los indicadores de los aseos se notaba que estábamos allí.

Irene por la mañana también aprovechó para contratar las excursiones que llevábamos pensado o recomendado realizar y después nos acercamos por primera vez a la playa que distaba unos pocos metros de las piscinas y aún más cerca del Snack que alivió nuestro apetito apenas unas horas antes.

Las aguas del Caribe no sólo son preciosas y románticas a la vista; de arena blanca y finísima, con temperatura mucho más que agradable… son además todo un lujo que seguía sin creer que fuera para mí ¡¡pero lo era!!

Cuando regresamos a la habitación nos habían dejado una cesta de frutas. Habíamos aprovechado el día  al completo en el hotel descansando del viaje tratando de aclimatar el cuerpo a la diferencia horaria: Playa, piscina, paseos, maravillosa puesta de sol  y espectáculo nocturno incluído… 

Así y tras una segunda noche reparadora, madrugamos sin esfuerzo, desayunamos y cargadas de ilusiones (estas –al igual que el sudor- nunca nos las llegamos a quitar de encima), abordamos el autocar que nos condujo a Xcaret, un parque natural con mucho para ver; en el que disfrutamos lo más que pudimos y donde íbamos a cumplir más de un sueño.

Tras visitar varias instalaciones, y contemplar maravillas, a la hora pactada, Irene por fin disfrutaba de un baño con delfines, experiencia que la resultó tan maravillosa vivirla, como a mi verla y fotografiarla (o peliculizarla).

Como digo en una de mis frases: “Sólo quien se siente como yo, sabe cómo me siento” y verdaderamente no es fácil plasmar en letras las emociones que mis hijas y yo compartimos en aquel momento. Y digo bien: “Mis hijas”, porque aunque sólo Irene y yo estábamos presentes en Xcaret, gracias a la avanzadísima tecnología, y a que pillé wifi, iba transmitiéndoles emocionada a Laura y Cecilia lo que veía. Las cuatro nos sentíamos tan a centímetros de distancia, que casi creí tocarlas a las 3 y no solamente a Irene en aquel gran abrazo que nos dimos cuando terminó su baño con delfines.

Después y aun emocionadas y nerviosas, comimos ricos platos típicos mexicanos en uno de los múltiples restaurantes que tiene el parque, en este caso “La Laguna” conocido como el internacional; frente a una cascada, junto a la zona donde paseaban panteras, tigres y jaguares.

Amables meseros se ocupan en atender a los clientes, siempre con amplia sonrisa y siempre solícitos a cuanto pudiéramos necesitar, mientras música tan típica como la comida sonaba en directo. 

La tarde continúo visitando las múltiples cosas para ver  y disfrutar, entre ellas, el peculiar cementerio Maya tan curioso como emotivo. Actualmente en uso y disfrute de vivos y muertos, tumbas de formas impensables en nuestra cultura (una cama con su catre, otra  completamente cubierta con chapas de botellín de cerveza, aludiendo a lo bebedor que fue en vida el actual ocupante)  y con epitafios tan sentidos como ingeniosos: “… por fin te has ido, ni se te ocurra volver”; “Se fue como vivió, sin decir ni pio”; o “por fin cerraste la boca...” “Llegó vivo a su muerte. Descanse en paz”; “Aquí continúa descansando “fulanita”” y la tal fulanita está representada a modo de panteón tumbadaza en una hamaca. Muchos y variados epitafios mortuorios tan respetuosos como cualquier “Tus hijos no te olvidan”.

Ya había anochecido, (eran las 6 de la tarde) cuando vimos un espectáculo de pelota Maya con coloridos trajes mostrando en coreografía la vida de sus antepasados.

Una vez terminó el juego de pelota, todo el aforo fuimos conducidos  a otro auditorio que nos aguardaba en forma de gruta con multitud de asientos, donde iban a ofrecernos un espectáculo de bailes regionales mexicanos, preciosos y para mi tan emocionante como la experiencia vivida en el teatro Falla gaditano, gracias a mi amiga Mariluz un día y a la Chirigota del Yuyu otro.

Las voces, instrumentos, música y bailes resonaban tan bonito en mi corazón, que si me paro a pensar, aun puedo escuchar esas preciosas canciones envueltas en vistosísimos trajes típicos mexicanos. Maravilloso es quizás la expresión que describe mejor lo que sentí. 

Regresamos al hotel felices del día vivido. Una relajante ducha, seguida de rica cena, un par de daiquiris para hidratarnos y a las doce a descansar porque al día siguiente volvíamos a madrugar para ir a Cobá.
En esta ocasión el sol salió en la amanecida para que dejáramos paraguas y chubasqueros en el hotel y se escondió en cuanto abordamos el minibús.  Luego benévolo no quiso hacer acto de presencia (se ve que tenía cosas mejores que hacer) y México nos regaló un día lluvioso que agradecimos porque la lluvia nos refrescaba del calorazo selvático.

Como dije, afortunadamente dejamos los chubasqueros en la habitación, porque de habernos guarecido bajo impermeables, habríamos perecido cocinadas en nuestro propio jugo.

La lluvia en algún momento era torrencial, pero tuvimos suerte y no salimos a nado porque cuando más caía, estábamos refugiadas bajo un sotechado escuchando las explicaciones del lugar que un simpático Maya nos ofrecía en perfecto español.

Ya en la pirámide del mentado Cobá, el agua dio tregua y mi niña pudo subir a ella mientras yo fotografiaba su hazaña y sentía en el alma no acompañarla en tan valeroso trance sintiendo además una necesidad fisiológica tan fuerte como inoportuna, ya que los aseos estaban a más de dos kilómetros selva a través. No tuve más remedio que para no ser vista adentrarme entre la espesa vegetación y buscar la parte de atrás de un árbol  donde aliviar mi pena. No temí a tarántulas, cienpieses, serpientes y demás fauna venenosa, mi temor era otro mucho más humano. No tenía tiempo de pensar en miedos ni recatos. Afortunadamente y sin contratiempos, allí quedó huella, aquí contada, como anécdota de mi incursión selvática aunque los habitantes alimaña que se alimentaron con mi angustia, siguen tomando anti ácidos aquejados de fuertes dolores por el picante al que no están acostumbrados a tener como dieta.

 Cuando nuestros compañeros de excursión junto a mi niña, descendieron la pirámide, continuamos el recorrido sin lluvia, pero con tanto calor, que tenía que quitarme las gafas porque de la humedad que desprendía mi cara, se  empañaban y “no veía ni a jurar” (que diría mi padre).
Comimos en compañía de los otros excursionistas y luego nos condujeron a visitar un poblado Maya. 

Aquello es verlo para creerlo: La modestísima escuela, la forma de vivir en cabañas como lo hicieron sus ancestros allá por la época en que Dios seguía pensando cómo terminar la creación justo antes de decidir que el domingo le tocaba descansar.

Supongo que estas personas tan amables, de pobreza tan extrema, dulce sonrisa y triste mirada deben ser felices viviendo así en pleno siglo XXI, criando a sus hijos de aquella forma que no soy capaz de juzgar… ni de entender seguramente, viviendo no a muchos kilómetros de la civilización y con perfecta comunicación de carreteras.

Salí de allí con el alma encogida y el deseo de que sus chozas formaran parte de un decorado y al caer la noche volverían a hogares confortables, aunque me temo que su forma de vida era tan real como la tristeza de su mirada.

Luego tuvimos una hora de viaje lluvioso y somnoliento pero sin querer cerrar los ojos para no perder detalle del paisaje que seguramente no volveré a ver nunca más.
Aquel día era la festividad de la Virgen de Guadalupe y al parecer de todas las iglesias de los pueblitos habían salido con imágenes que llevaban en romería para dirigirse vete a saber dónde y cómo llegarían. En el camino adelantamos a multitud de coches, camionetas o vehículos que casi necesitaban bastón para rodar. Vehículos en su mayoría muy humildes, adornados con mucho amor y seguramente tradición y esfuerzo, portando cada uno de ellos la imagen de su Virgencita, sujeta en algunos casos por guirnaldas arruinadas por la lluvia y en otros por el devoto que tendido cuan largo era sobre el capó del vehículo, aguantando la torrentera de agua sobre su espalda, sujetando  la imagen con sus propias manos sin importarle que en cualquier vaivén, pudiera dar con sus huesos en el asfalto. Cualquier cosa menos dejar caer al suelo su venerada Virgencita de Guadalupe.

Por más que lo intento y busco la manera de transmitiros lo que veía, creo que es indescriptible la forma de romería de aquellos hombres y mujeres que recorrían kilómetros empapados  por la lluvia y los salpicotazos del resto de vehículos, que más veloces, les adelantaban  a su paso.

 Ya en las últimas horas con luz de día, como a las cuatro de la tarde, visitamos un Cenote: lugar precioso donde iban a hacernos una ceremonia Maya, que la lluvia arruinó porque al parecer el camino estaba muy embarrado y peligroso… solamente pudimos ver el precioso sitio al tiempo que nos calábamos de nuevo hasta la parte del hueso que protege “Densia de Danone”. El baño en el Cenote y la ceremonia Maya ¡¡otra vez será!!

Llegamos al hotel con tiempo de intentar secarnos y descansar un poco antes de bajar a cenar y tomar esos ricos daiquiris, cortitos de alcohol,  tan fresquitos a los que me aficioné durante estas inolvidables vacaciones.

Amaneció el jueves; la semana volaba sin remedio. Pasamos el día entre la playa, piscinas y el “Lobby” del hotel para guarecernos de los chaparrones tan intensos como intermitentes. Irene fue feliz “nadando bajo la lluvia”. Yo hacía tiempo había desistido de procurar que mi pelo no fuera una escarola. Me daba exactamente igual tenerlo tan rizado como recién salida de la ducha. Desde que aterrizamos en Cancún, la humedad ambiental así me lo puso,  así lo dejé estar y así aparezco en todas las fotos del viaje.

Después de cenar esperamos en la recepción del Colonial unos pocos minutos la llegada del autocar que nos llevaría bajo el diluvio universal a “Playa del Carmen” para ver un grandioso espectáculo en la discoteca “Coco Bongo”.  

Éramos las únicas hispanas, el resto de viajeros hablaban inglés. La guía que nos acompañó durante el trayecto nos informó que nos registrarían antes de entrar a la tal discoteca porque no se podían llevar medicamentos, alcohol, drogas, ni armas… Así a bocajarro nos soltó las reglas del local.

A mi pregunta de si habría asientos para ver el espectáculo, me dijo que se lo pidiera como favor a uno de los “capitanes” también llamados “los hombres de negro”; que eran empleados serios, (altivos diría yo) fornidos y engominados encargados al parecer de la seguridad del local.

El autocar nos dejó en una estación de autobuses, pero al seguir lloviendo, allí mismo tomamos un minibús que enseguida nos dejó a la misma puerta de Coco Bongo.

Una vez registradas nuestras pertenencias y pasado por alto el ibuprofeno y Eutirox que llevábamos, (que podría haber sido cualquier otra sustancia que igualmente no habrían visto) pasamos al ruidoso local de tres pisos con una gran pista en medio en la que por unos minutos continuaron bailando unas muchachas empleadas también del local, que entretenían la espera hasta que a las 12 de la noche comenzara la función.
Enseguida miré si había asientos libres, pero el local estaba atestado y los asientos en los pisos superiores ocupados por “Clientes VIP”, que pagaron por su entrada el triple que nosotras por la nuestra.

Ni corta ni perezosa, pregunté a unos de aquellos “hombres de negro” si habría un lugar para sentarnos y enseguida le dio la orden a un mesero que muy amable nos acomodó en uno de los mejores lugares, justo frente a la pista y el escenario… y sin haber pagado “VIP” (aunque nuestro precio ya me parecía un dineral). Cierto que ver el espectáculo merece la pena sí o sí.

En el precio de la entrada iban incluidas las bebidas, excepto de un par de cosillas que durante todo el rato pasaban vendiendo varias chicas… barra libre de alcohol (o no). Todas  las bebidas que quisieran quienes quisieran. Lamentablemente para ellos,  a algunos no les daba tiempo a mear tanto bebido y se les salía la borrachera hasta por el pasaporte.

 A las doce de la noche comenzó el espectáculo visual, musical y acrobático con muchos efectos sorpresa, que nos mantuvo casi con la boca abierta del primer al último momento. Tres horas que pasaron en un suspiro.

Nuestro autocar regresaba a las tres y media de esa madrugada, así que con suficiente tiempo, justo con los últimos aplausos, buscamos la salida (afortunadamente no llovía).

Para no perdernos preguntamos a uno de los empleados cómo llegar a la estación. Nos indicó y dijo que tendríamos que caminar dos cuadras. Sabiendo que era cerquita y en línea recta, nos lanzamos a la calle con muchos charcos, ni tan iluminada, ni tan concurrida (apenas nos cruzamos con dos o tres personas) y viendo en alguna esquina cómo los policías vigilaban fusil en posición defensiva… (O acojonante), que no sé si daba más miedo que tranquilidad verles.

Cuando nos pareció que habíamos caminado más de la cuenta sin ver la estación, comenzamos a pensar si ese no sería el camino correcto… “dos cuadras” no podían ser tanto trayecto. En México dicen “cuadras” al recorrido entre edificios que aquí denominamos “manzanas”.

Vimos un hotel y le preguntamos al recepcionista; nos dijo que por allí había cinco estaciones de autobuses y la más cercana a cinco cuadras… Amablemente le dimos las gracias y ni más cuadras, ni graneros, ni explotaciones agrícolas.  

Habíamos perdido un tiempo precioso. Decidimos, con muy buen criterio,  partir de cero: regresar rápidamente sobre nuestros pasos, volver hasta la puerta de Coco Bongo, donde llegamos absolutamente sin resuello, porque el tiempo se nos echaba encima y si no llegábamos a tiempo al autocar, tendríamos que buscarnos la vida para volver al hotel. 

Afortunadamente seguía sin llover, y en aquel “paseo” no nos mojamos más que por la sudada que llevábamos encima.

Preguntamos de nuevo y afortunadamente esta vez sí, nos indicaron bien la calle, mucho más transitada que la que tomamos por confusión, y seguimos en línea recta los pasos en zigzag de algunos de los VIP que viajaron con nosotras, balbuceando su ininteligible extranjeridad  ¡¡Qué borrachuzos!! ¡¡Ellas que salían tan divinas del hotel y ellos tan apañaus; y regresaban como guiñapos sin poder sostenerse en los taconazos; ni apenas aguantar la gomina!!

En el autocar, nos esperaban la guía y el conductor… y una “divina” que no salió del cubículo WC en todo el trayecto y no precisamente para orinar… Se atracan, pierden la consciencia y hasta la vergüenza. Llevo toda mi vida demostrando que se puede uno divertir sin tener que rellenarse el buche de alcohol. Verdaderamente no hace falta perder la dignidad para reír sana y alegremente. Sabiendo en todo momento dónde me encuentro y con quien estoy y llegando a mi casa serena y feliz (si es caso).

En esta ocasión nuestro ángel de la guarda estuvo atento a que no nos ocurriera nada malo transitando de noche por calles desconocidas y peligrosas.

Amanecimos ya en viernes, que dedicamos como el primer día a piscina, playa y disfrute de nuestro gran hotel, y tras la cena un espectáculo musical de “Los piratas del Caribe” vistoso y animado. 

El sábado idéntico, aunque jamás monótono, llenándonos el alma de las vistas, el mar calentito y transparente y de todo cuanto nos rodeaba.

Como dije al principio, el complejo hotelero es tan grande como todo mi precioso pueblo… hay infinidad de recovecos, senderos entre espesa vegetación con puentes o sin ellos, cuatro recepciones muy distantes entre sí, varias piscinas, restaurantes, tiendas, Capilla, Spa, playa…

 Íbamos de recogida camino de la ducha antes de la cena, cuando en la recepción de Kantenah encontramos la aguja en el pajar, en forma de un matrimonio de Alaejos. 


Ellos no nos habían visto y yo no recordaba el nombre de ella; para llamar su atención grité ¡¡Alaejos!!  Mireia se volvió tan alucinando como nosotras. Conversamos un rato y nos despedimos con  pena de no habernos visto antes porque hubiéramos podido compartir algunos buenos ratos. A ellos les quedaba aun otra semana por delante de vacaciones en aquel paraíso.

Con pocas ganas regresamos a la habitación porque era nuestra última noche y había que empezar a “empacar” para regresar a casita.

Una vez casi listos los equipajes, ducha y guapeo para bajar a cenar al Riviera.

Afortunadamente aquella noche el hotel la dedicaba a México y tanto  el menú, con platos típicos de la tierra, como el espectáculo: Mariachis y bailes con sonido de la tierra que hicimos nuestra por unos días tan intensos como cortitos, fueron todo un broche de oro para nuestra estancia en aquel paradisiaco lugar.

El domingo pudimos haber disfrutado de un ratito de playa y piscinas, pero nuevamente la “gota fría” arruinó nuestro deseo y nos despedimos del hotel y sus habitantes con la cortina de agua que como telón de escenario ponía fin a la preciosa semana que disfruté de la mano de mi hija Irene (porque Jose no quiere acompañarnos y él se lo pierde).

 El viaje de regreso comenzó con la salida del hotel a las 15 horas del domingo 15 de Diciembre y terminó con la llegada a Valladolid a las 16.35 del lunes 16 habiendo devuelto las siete horas que nos regalaron al llegar a México.  Total 17 horas viajando que damos por bien empleadas y que nos gustaría volver a repetir en cuanto nos repongamos de estas… Soñar siempre ha sido gratis.
Si habéis llegado hasta aquí, os recuerdo que empecé esta crónica  a las 2.30 de la madrugada y 14 folios manuscritos después y sin sueño, termino mi crónica a las 06.30 horas de la misma madrugada, quedando muy pocas horas para que comiencen a girar los bombos que un año más me dejarán sin poder descorchar una botella de espumoso… aunque me alegraré de tener salud porque de la lotería no veré un año más ni un puñetero reintegro).
Gracias por vuestra atención. Espero que os haya gustado nuestra aventura caribeña. 



 (Algunas de las fotos que acabáis de ver, las tomé prestadas de Internet, porque son de los lugares que visitamos, tienen mejor ángulo que las que nosotras mismas hicimos o simplemente no las disparamos tan chulas como circulan)
 Para verlas ampliadas pincha en cualquiera de ellas y te saldrá la galería completa. 

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