domingo, 7 de octubre de 2012

EL FINAL DEL VERANO




Parecía que el otoño iba a instalarse definitivamente; había empezado a llenarnos de melancolía y lluvias torrenciales devastando muchos lugares de nuestra piel de toro, pero el calorcillo ha vuelto en este llamado “veranillo” con nombre de santo y que no es más que una pequeña escurribaja veraniega.
Con el sol luciendo espléndidamente y sin el agobio calorífico veraniego; ahora que tengo suficiente rato, llega el momento de hacer recuento y recuerdo del ya “lejano” verano, extrayendo todo lo bueno que vivimos y tirando lo malo –si lo hubiere- a la basura del olvido para siempre.
En mi caso he de decir que ha sido un bonito verano; lleno de cosas buenas y muy positivas para mi alma y mi espíritu; cosas que poco a poco compartiré con vosotros mis queridos y fieles lectores a la par que amigos o seguidores.
En breve publicaré las crónicas de  las excursiones que realicé con el Club Cicloturista alaejano; crónicas que como sabéis nunca faltan a su cita aunque sea con retraso. Este año visitamos Coca en el mes de mayo y Candás y Luanco el ultimo día de junio y primero de julio.
Recordaré –con fotos- la magnífica semana que pasé en un hotel “risó” de Fuerteventura, la escapada a un balneario, y ¡cómo no! Las fiestas de la Casita de las que sólo queda el recuerdo y poder hacer balance de ellas. Aquí lo tenéis.

El tiempo acompañó en casi todos los actos importantes, y en general las noches fueron cálidas y agradables que permitieron disfrutar al máximo –quien quiso- de esta Casita que, como digo, ya pertenece al recuerdo.
El día 11 las calles parecían tristes, el bullicio de los días precedentes había dado paso al silencio. Atrás quedaron el ruido de charangas, verbenas, disco movidas, encierros y las inconfundibles Dianas y Carretillas.

Empecemos como debe de ser: por el principio, en este caso por el magnífico pregón pronunciado por Alfredo Otero; pregón que -como imaginé- no sólo no me defraudó, sino que consiguió emocionar desde la primera frase a muchos de los asistentes sobre todo a aquellos  que nos hizo recordar pasadas y añoradas Casitas que no volverán, pero que con su forma de explicar sus propios recuerdos, atrajo como imán a los nuestros.
Tras el pregón y la cena –cada uno donde fuera- en la plaza hubo un espectáculo de danza ya conocido y muy apreciado por mis convecinos y que el mal tiempo deslució mucho más de lo deseado. Esa fue la peor noche en cuanto a climatología festera se refiere.

Cuando por fin amaneció el día 7 –díalavispera- el aire de Alaejos se envolvió con el añorado sonido de nuestra Diana; si bien no tan concurrida como hace unos años, sí tan deseada por muchos, y por otros tantos que nos conformamos con verla desde la ventana aguantando plácidamente el “feas, feas son”.
Al término de la dicha Diana, se toma gratuitamente chocolate; al menos eso pone en el programa, porque salvo a la paella, no suelo yo asistir a los actos de tragantón multitudinario, para ver cómo la gente pierde un poco las formas, como si en sus casas no tuvieran mucho más de lo que se les ofrece “gratis”.

Tampoco fui al encierro “ecológico”, que según mis amigos estuvo muy entretenido.
La paella -como viene siendo habitual- la disfrutamos en la piscina, que ese día se llena de pandas y corros de gente. Te das cuenta que no parece que hubiera pasado un año, siempre somos los mismos, alegres y divertidos comilones.

Tras la siesta el desfile de peñas; cada año se esmeran más en diseñar disfraces y hasta coreografías que pasear por las calles del pueblo. Lástima que no habían estas cosas cuando yo era joven, aunque a la que pertenecí de jovencita, fue de las primeras en tener camiseta de peña. La misma que guardo nostálgicamente y cada año parece haber encogido un poco más. Me pregunto cómo es posible que este cuerpo serrano estuviera holgado bajo esa camisetuca que apenas le valdría ahora a mi nieta.

Tras el multitudinario desfile, la primera de las también tradicionales cenas en la peña y luego la actuación de “Bordón 4” añejo grupo que hizo las delicias de sus, sin duda, añejos seguidores.
Una muchacha simpática que se sentaba a mi lado, dijo con desparpajo: “Cuando mis hijos sean grandes actuará en esta plaza Bisbal y yo les diré ¿No os acordáis? Es el de “Ave María” ¡¡menudos brincos pegaba!! Sin duda tuvo gracia y mucha razón.

Una vez acabado el espectáculo, comenzó la verbena y con ella (entre canción y canción) la “vistosa colección de Carretillas”; fuegos artificiales que por un corto espacio llenan la plaza de color y olor a pólvora. Siempre decimos lo mismo porque es la sensación que tenemos: “Son los mismos del año pasau”.
Desde pequeñita una de las cosas que más me gustaban eran las carretillas. De más mayor, tomaron especial significado porque entorno a ellas era la “quedada” y el reencuentro con todos los amigos que sólo veíamos en fiestas y también entorno a ellas echamos de menos a los que nunca más íbamos a volver a ver.
El sonido del primer “PUM” de la Diana y el petardeo de las Carretillas me devuelven esos abrazos de amigos y familiares insustituibles que en forma de estrellas brillan cada noche para quienes les añoramos y queremos.

El primer encierro, la romería en la ermita, la comida familiar, la siesta, el concurso de cortes, “toro del Caño”… “refrescos” y cenas en la peña, encierro a caballo, mas verbenas, vaquillas y por el fin la retirada de banderas peñistas del balcón del ayuntamiento, y junto a la ultima charanga, la explosión de la traca que anunció el se acabó.

Una vuelve a recordar aquella canción de “El Dúo Dinámico”, aquel “final del verano”, al ver las lágrimas de jovencitas que han vivido su primera Casita con el corazón ilusionado por haber conocido al muchachito de sus sueños y que el último estruendo de la traca fue el comienzo de la separación. Para ellas,  esa separación será eterna sin verse, porque incluso con los adelantos tecnológicos de ahora, un año es demasiado tiempo y quizás ya nada vuelva a ser lo mismo.

Cada uno vive y recuerda a su modo las fiestas de La Casita; es evidente que cada edad tiene un encanto para vivirlas; lo importante es disfrutarlas al modo que a cada uno le place.
Como desde hace años a mi cuerpo no le satisface la danza ni el trote, busco acomodo en el mejor palco para no perder detalle de cuanto me rodea; aunque ese palco sea el ultimo banco de la plaza porque ahí el ruido de la verbena no ensordece, ni llegan las morceñas de las Carretillas; pero si pueden verse y oírse, e incluso oler la pólvora que estalla en coloridas y efímeras bombillas.
Tengo “mi sitio” para ver los encierros y mi lugar para no perderme detalle de los espectáculos taurinos.
Atrás quedaron hasta dentro de un año los buenos ratos en la peña… momentos repetidos e irrepetibles… ¡¡La Casita!! Afortunadamente ya queda menos de un año para volver a vivirla.

2 comentarios:

María A. Marín dijo...

¡Bordón 4!
Ya hacía tiempo que no se me venían a la memoria.
Me gusta tu relato.
Cuando he llegado a Chipiona me he acordado de lo relativamente cerca que hemos estado...pero chica no se me ocurrió ni llamarte ni llamar a los amigos de Palencia, en fin, que la próxima vez, voy a veros y a conocer a Lucía.

Bueno, un beso guapísima.
¡Ah! Y espero que tengas un buen otoño. Aquí nos ha recibido una calor...

Marisa Pérez Muñoz dijo...

Se me quedó este comentario sin moderar y lo veo ahora.

Pues si, habéis estado relativamente cerca; habrá que ponerle remedio la próxima vez.
De momento no tengo previsto viaje pero ya tengo ganitas de volver a Cádiz.
El veranito por aquí ha durado hasta ayer. Hoy ya amaneció mas fresquito y nublado ¡¡Cosas del tiempo!!

Un abrazo

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