martes, 22 de diciembre de 2009

SORTEO DE LA LOTERÍA DE NAVIDAD


Esta crónica pertenece a “El olor de los recuerdos”; capítulo titulado “La Navidad de mi infancia”. Lo he fraccionado para ir dejando estos recuerdos coincidiendo con la fecha que vaya llegando desde hoy hasta la noche de reyes.

Siempre que escucho la monótona cancioncilla de la lotería de Navidad, es imposible no recordar aquellas navidades maravillosas en que sin tener nada, nada nos faltaba.

Aunque no suena igual con los Euros, que con la añorada Pesetas, este año seguramente más que nunca a causa de la necesidad que está dejando la crisis, cuando bien tempranito mañana televisiones y radios comiencen a emitir el sorteo, se llenarán las casas y las calles de ilusión por saber si nos llegó por fin “el pellizquito”.
Nos toque la fortuna o no,  el sorteo de la lotería será el pistoletazo de salida a “las Navidades”.

Al vivir las presentes, no puedo evitar hilar los recuerdos de algo tan lejano como la Navidad de mi infancia en Alaejos; los mismos o parecidos recuerdos que seguramente guardan en algún lugar escondido de su memoria las personas de mi generación.

Mi hermano conserva recuerdos añejos con más claridad si cabe, que las vivencias no tan lejanas o incluso las actuales y aunque algunas veces no soy capaz de juntar sus recuerdos de antaño con los míos, me ayuda mucho a la hora de escribir algunos retazos de la infancia y juventud que compartimos.

Recuerdo los días navideños como la mejor época del año. Por un corto espacio de tiempo nos sacudíamos la monotonía de vivir en un pueblo pequeño y todo se volvía fiesta y novedad.

Es posible que la Navidad nos pareciera tan importante no sólo por la hipotética llegada de juguetes, si no también porque durante esos días el menú era más variado y abundante, eso si; siempre el mismo para no romper tradiciones.

En casa de mis padres, si bien jamás pasamos ese “hambre” con el que “llenan la boca” al evocarlo los que verdaderamente lo padecieron, lo cierto es que había escasez de variedad en el plato.

Supongo que esa falta de variedad la sufríamos la inmensa mayoría de las familias, exceptuando como siempre a “los ricos”, que dicho sea de paso, no eran tantos y si de ellos excluimos a los que simplemente aparentaban serlo, nos quedamos en que por los años 60 abundaban las familias como la mía… “humildes, pero limpias”.

Entonces –al menos en mi pueblo- en navidades no adornaban con luces las calles, ni se había inventado aun el espumillón.

De los árboles de Navidad, las bolas, campanillas y muérdago ni se sabía que existían… ni falta que hacía. Ni a muchos nos hubiera importado no saberlo nunca.

En la iglesia de Santa María montaban un gran Belén; Toño, mi hermano, era monaguillo y ayudaba a ponerlo cada año.

A los niños nos gustaba mucho visitarlo. Mirábamos con devoción y curiosidad las grandes figuras que con “todo” detalle formaban el mayor Nacimiento que nunca había visto; aunque no creo que fuera tan extenso como a mi me parecía entonces.

Cuando yo era pequeña no había tele que “americanizara” nuestras costumbres. Lo bonito –y lo único- era poner en las casas el Nacimiento.

Envuelto en sueños, juegos y fríos llegaba cada año el 22 de Diciembre.

Nos despertábamos con el sonido monótono de la cancioncilla del sorteo de la lotería de Navidad que regalaba en la pedrea ciento veinticinco mil pesetas... de las de entonces.

A través de las ondas de los escasos aparatos de radio existentes en la época, se inundaban las calles y las casas del pueblo con la ilusión de que la fortuna podría asomar a ellas.

Soy muy tradicional y reconozco que aun hoy me gusta mucho más escuchar el sorteo de la lotería en la radio, que verlo por televisión.

Era más emocionante imaginar cómo sería aquello que hacia ruido cuando los niños de San Ildefonso dejaban de cantar números y dineros, que ver los grandes bombos cargados de bolas que nunca son la nuestra, porque aun hoy sigo esperando saber qué se siente al resultar agraciado en uno de los números.
Quizás es cierto lo que muchos piensan: las personas que aparecen en la tele brindando con espumoso y dando absurdos y grandes gritos como posesos, celebrando que les tocó la lotería, no son más que meros actores y al final a nadie le toca, bueno si, a todos nos toca… tener salud.

No recuerdo si había una fecha en concreto o si mi abuelo Ruperto la elegía al azar, eso si, muy cerquita del día 24, pero me encantaba “ayudarle” a colocar el Belén en la poyata de la ventana de la sala.

Mi hermano y yo le acompañábamos a buscar “roña” (corteza de arbol), para hacer las montañas, o el musgo, piedras y la tierra que ponía como base a las figuritas.

El serrín para los senderos lo traía de la fundición. El río era un espejo y la nieve harina y pedacitos de algodón.

Excepto la nieve y el río, todo era de verdad, no como ahora; hierba y serrín sintéticos del “todo cien” que no deja olor a tierra mojada y a madera recién cortada.

El abuelo cortaba con sumo cuidado el musgo que crecía en lo alto da la tapia de “la Patacorta”. Cuando llegábamos a casa subía al “sobrau” a buscar la caja con las figuritas de barro. Todos los años las mismas y cada año me parecían nuevas, aunque eso si, iban perdiendo trocitos cada vez que se sacaban para montar el Belén.

Las ovejas apenas se sostenían sobre los alambres que alguna vez estuvieron cubiertos por el mismo barro que el resto de sus cuerpos. A la lavandera le faltaba un brazo, algún pastor había perdido la cabeza y quedaba para siempre olvidado en la caja o simplemente lo tiraban. Finalmente quedaba un precioso y gran Belén con olores a tierra húmeda y serrín fresco. El portal, que era de madera, junto con una casita de cartón hecha por el tío Pedrito y alguna que otra figura, aun siguen luciendo en casa de mi prima Feli; ella y yo fuimos las únicas herederas de lo que quedó de aquel Nacimiento.

El misterio, casi intacto, tal y como me lo dio la abuela Felisa, sigue presidiendo el Nacimiento de mi casa todas las navidades.

Aprendí desde siempre que los regalos los traían los Reyes Magos de Oriente, nada de Papá Noel o Santa Claus, que cuando los conocí, siendo ya "mocita", nunca fueron “santos de mi devoción”.

Durante muchos años me negué a instalar en mi vida esas tradiciones impuestas por otros, aunque después tuve que rendirme. Coloqué en mi casa un árbol repleto de bolas y cintas de espumillón de colores e “invité” al gordinflón de rojo a visitar mi casa, para goce y disfrute de la candidez de mis hijas, aunque nunca dejaron de venir mucho más cargados los Reyes Magos; repartidores por excelencia de fantasía e ilusión.

De mi abuelo y de mi madre tomé la costumbre de enviar felicitaciones (Crismas) a los amigos y familiares, pero esa costumbre –como otras muchas- la dejé hace unos años cansada de no obtener más que una mínima respuesta a los más de 40 que enviaba cada año.

Eso si, el Belén sigue formando parte imprescindible en la decoración de mi casa desde el 8 de Diciembre al 6 de Enero, aunque… daría lo que pudiera por volver a ver adornada aquella poyata, oler aquel musgo y… montar el Nacimiento con mis hijas, mi hermano y el abuelo Ruperto.

Continuará…

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