martes, 17 de marzo de 2009

AQUELLOS MARAVILLOSOS AÑOS DE ADOLESCENTE CAPITULO TERCERO

En la foto Chus y Maribel... mi falda nunca fue tan corta.

Continuando el capitulo:

Recordaré los nombres de algunas de mis compañeras de clase o los de algunos de los profesores que “amargaron” nuestra adolescencia.

Entre las alumnas con las que compartí pupitre y “picias” –además de Choni, Chus, Angelita y Maribel, estaba una gordita loca como una cabra que se reía de todo y de todos; Mª Jesús Garcillán, que vivía –como Angelita- en el barrio “Leones de Castilla” y que traía locos a los profesores, con su –en multitud de ocasiones- dudoso sentido del humor, sobre todo a don Manuel el gruñón profesor de dibujo. ¡Pobre! ¡Cuánto nos reíamos de él!

Este pobre señor tenía las uñas largas, gruesas y resecas impregnadas de tiza. Al llegar a clase pasaba lista y si alguna de nosotras no había llegado, otra contestaba en su nombre para que no le pusiera falta. Ni se enteraba el hombre.
Nos mandaba sacar el cuaderno de dibujo; un blok “discóbolo” con margen, los lapiceros Staedtler Noris 120 del Nº 1 y del Nº 2, la escuadra, el cartabón y la botellita de tinta china “pelikan”.
Él se daba la vuelta y comenzaba a dibujar en el encerado haciendo chirriar sus uñas por la negra -o verde- pizarra con la consiguiente dentera colectiva de las pocas chicas que para entonces quedaban en el aula, porque apenas el profesor comenzaba a explicar el trabajo, las chicas iban desapareciendo de los pupitres sigilosas como gatos.
Raro era el día que quedaban, como mucho, menos de la mitad de alumnas y raro el que don Manuel –“el Manolo”- no expulsaba a otras tantas al grito de... Mª Luisa –es decir, yo-, recoja los bártulos y márchese.

Este profesor tenía especial “fila” a una alumna bajita, con la cara renegrida bastante feita y muy ignorantona con un nombre y apellidos poco comunes que dieron siempre lugar a la mofa. Era el patito feo de la clase.
"Manuela Rábano Ovejero", a la que don Manuel llamaba “Rabanillo”. La muchacha se ofendía muchísimo, pero en el instituto siguió siendo “La Rabanillo” para siempre.

Tengo entendido que “La Rabanillo” supo ganarse muy bien la vida y a muchas de nosotras nos podría dar "sopas con onda".
Ignoro qué habrá sido del bueno de don Manuel o de doña Isabel Iglesias, la oronda profesora de Ciencias; además de directora del centro. Siempre lucía un repeinado y “enlacado” cabello castaño claro. Nunca suspendí su asignatura, al contrario, siempre obtenía excelentes calificaciones.

Tampoco suspendí nunca religión impartida el primer año por don Jaime Díez, un curita joven simpático y bonachón que oficiaba la misa en la iglesia de San Pedro Regalado –creo- y el segundo por don Antonio, otro sacerdote serio, mayor, con sotana y tanta prepotencia como suele “adornar” a las personas que ejercen la “profesión” religiosa.

De Matemáticas tuvimos dos profesoras bien distintas: el primer año Mª Carmen Lequerica, una joven y menuda mujer que enseñaba muy bien su materia, aunque yo no lo aprovechara.
Nos tocó la horrenda etapa de los Conjuntos. Nunca pude entender por qué se inventaron que A + B = C. Yo me empeñaba en que de donde lo habían sacado, puesto que A + B siempre ha sido (AB, como suena).
¿Para qué me van a servir a mi los conjuntos en la vida? –Pensaba yo terca como mula- . ¿A que tienda voy a ir a comprar conjuntos? ¡¡Que me enseñen bien a sumar, restar, multiplicar y dividir y se dejen de idioteces!!
Con esas ideas, a nadie le extrañará si digo que jamás aprobé Matemáticas... no es cierto, las aprobé en Septiembre el año que repetí primero ¡¡toda una lumbreras!!

Ese año de mi repetición las matemáticas las impartía otra profesora, doña Mª Carmen Cabezas –“La Cabezas”-. Una mujer medio monja, fea y con la cara llena de verrugas; aspecto de no haberse “comido una rosca” en su vida y alta como un andamio, aunque quizás no tan alta pero la perspectiva de mi recuerdo con respecto a la altura de las personas o lugares ha variado en ocasiones.
No se quien la pondría en aquel aprieto de nombrarla profesora, porque la pobre de matemáticas sabía menos que yo... ¡¡¡y ya es decir!!!

Esta prof... mujer no se por qué, me tenía simpatía, una especie de “enchufe” inexplicable, porque yo seguía siendo incompatible con la asignatura.

Recuerdo una tarde que harta de la monjil “profesora”, escuché “atenta” su torpe explicación sin dejar de mirarla muy seria a la cara con todo el descaro que fui capaz y su consiguiente nerviosismo.
Cuando ordenó sacar los cuadernos y poner en práctica con unos ejercicios lo aprendido, yo obedecí, saqué mi cuaderno, me crucé de brazos y con idéntico descaro seguí mirando desafiante a la profesora, hasta que nerviosa pidió que me acercara a su mesa y le enseñara mi cuaderno.
Así lo hice; me levanté, tomé el cuaderno, me acerqué a la mesa de la horrorosa y con gesto despectivo tiré sobre la mesa desde lo alto el cuaderno con las hojas, tan no escritas, como la vida sexual de la “enseñante”.
- Por qué no has escrito nada –preguntó.
- Porque no he entendido nada –contesté altiva.
- ¿Cómo que no has entendido nada? vete a la mesa y haz los ejercicios.
- Los haré cuando sepa usted enseñarme a hacerlos.
Me quedé tan ancha, pero ella mandó que fuera mi madre a hablar con ella para darle la queja.

Entonces las madres no iban para ver como llevaban sus hijos el curso. Tan sólo iban si eran requeridas y solía ser para recibir información de alguna mala acción de los muchachos.
Mi madre sintió una terrible vergüenza al ser recibida en el corredor. Parece que la estoy viendo de pie frente a “La Cabezas” al lado de la garita de la “portera” o Bedel, Tina.
Mi madre escuchaba la explicación del andamio con verrugas mirando “de soslayo” hacia las escaleras que era donde me dijeron que me quedara yo hasta ser requerida por la “profesora”.
- Es que su hija me tiró el cuaderno a la cara –dijo la tipa.
- No se lo tiré a la cara, se lo tiré encima de la mesa -me defendí orgullosa.
- Es que no pones atención.
- Pongo atención, pero como usted no sabe enseñar, yo no puedo aprender, por eso no lo hago.

Naturalmente la conversación no es con palabras exactas, pero recuerdo muy bien que mis contestaciones si fueron muy parecidas a lo descrito.
CONTINUARÁ

2 comentarios:

Inma dijo...

Perdón por haber tardado tanto en leerte, pero es que le faltan horas al dia, de todas formas intentaré ponerme pronto al día en estas historias que cuentas que tanto me gustan. Seguro que te hubiera gustado que tu falda tambien fuera así de corta, ¡eran otros tiempos!. Recuerdo como se me rallaban las tripas cada vez que un profesor rozaba la uña con la pizarra,grrrrrrrrrr.
Tambien me has recordado los nervios que me entraban cada vez que algun profesor mandaba llamar a mi madre, pues si que es verdad, ahora las madres pedimos tutoria de vez en cuando pero antes no acudían a no ser llamadas.
Prometo no volver a tardar tanto en leerte y seguir disfrutando con este blog que tanto me gusta.
Un beso:
Inma

Marisa dijo...

Como siempre bienvenida.

Pues fijate que no recuerdo haber deseado una largura (o cortura) determinada para mi falda en esa época, lo que recuerdo es lo mal que lo pasaba cuando hacía aire.

Importántisimo y tabla de salvación para mi, fue el invento del pantalón y lograr que mi padre me consintiera lucir esa prenda novedosa (que esa era otra)
Era mucho modernismo... ¿¿¿Dónde se ha visto una mujer con pantalones??? ¡¡Ni que fueras un machorro!!
Cuando descubrió que su niña iba mas "recatada" con pantalón que con falda, consintió... pero "jamás" los hombros al aire.
Tenía que ponerme camisas de manga corta y vestidos de tirante con un niky debajo...¡¡¡Joé!!! ¡¡¡Qué vieja me siento!!! Parece que estoy hablando del paleolítico.

Afortunadamente hace mucho de eso, pero ocurrió, ¡¡vaya si ocurrió!!

Mil besitos wapa.

Marisa

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