jueves, 3 de julio de 2008

CRÓNICA DE LA SIEGA 2001

7-JULIO-2001
PRIMERA FIESTA DE LA SIEGA EN ALAEJOS

Llegó por fin el ansiado día de la siega. Me pareció precioso.

Me hizo revivir, tiempos demasiado pasados y sin embargo tan presentes... en nuestra memoria, la única cosa que tenemos intacta por mucho que la utilicemos a menudo.

No pude recordar el sonido de las campanas a tan temprana hora, porque nunca lo hice antaño -dormía placidamente- pero me alegró escucharlo hoy. Siempre es grato oír el sonido de nuestras potentes campanas; aunque también tendríamos que pensar en hacer LA FIESTA DE LAS CAMPANAS para volver a verlas voltear a brazo y a tiro de cuerda e invitar a todo el mundo a escuchar el verdadero sonido recio que pone los pelos de punta recordar. Ahora sólo son la sombra de su tañer.

Me gustó mucho escuchar el ruido de las ruedas del carro rodando sobre las piedras de la plaza, sentí envidia de no poder subir y sentarme al borde para mecerme con el "traquiteo", como hacía cuando iba con mi padre en el carro de mi abuela Casimira.

Era precioso; realmente bonito, ver la cara de la gente que en ambiente festivo subía madrugadora a realizar el pesado trabajo del campo.

Igual fue bonito ver los trajes que desempolvados de los "sobraus", tan orgullosos lucían mis paisanos y paisanas.
Siempre es bueno guardar y no solo en la memoria, pues de ésta, no salen las ropas, utensilios y aperos, que salen de los baúles revueltos de vez en cuando.

Ninguno de mis abuelos fue labrador, quizás por eso me quedaba más lejano ver la siega, pero sí viví en mi pueblo cuando las gentes vestían de la misma manera que vi el sábado.

Añoré ese día ver a mi padre en su "bigornia" punteando rejas. Oír el sonido del macho repicando sobre el yunque en una melodía inconfundible de fuerza, fuego y hierro al rojo moldeado con maestría y después el olor del agua que enfriaba el hierro ya dado forma. Eso si lo vi hacer mil veces. También se podría hacer un día de los oficios artesanos que siempre hubo en Alaejos.
Cantareros, zapatero remendón, herreros... y por supuesto el mondongo, quizás sería buena idea.

Pero este día, no faltaba un detalle, cada uno en su papel. Parecía que no había pasado el tiempo.

El chocolate del señor "Raimundo" -a prueba de dientes y encías- el pan con "rescaños" y el chorizo y "torresno" comido entre dedo y pan a corte de navaja.
La vieja y mugrosa bota de las tres Z Z Z, que dicen hace buen vino. (Yo no lo "cato", me dijeron que se me pondría "el tete" azul si bebía vino, y siempre he sido una "niña" muy obediente).

La manta del campo que tanto servía para tapar al burro, igual que al amo y como socorrido mantel para el “hato”.
Y la "botija", de barro de mi pueblo. Nunca bebí agua tan en su punto, ni caliente, ni helada que te pasa los dientes, como ahora la tomamos recién sacada del frigorífico; artilugio impensable en aquella época.
Los hombres tocados con boina o con sombrero de paja, resguardados del sofocante sol y con el traje de pana, (tela fresca donde las haya), camisa a rayas y chaleco con bolsillos y ojales para prender la cadena del reloj en uno y en el otro, los libritos para "liar un buen caldo" y el "mechero", que a golpe de callo, hacía girar la rueda que prendía la mecha.
En el bolsillo trasero del pantalón, el pañuelo de "yerbas" donde enjugar el sudor de la frente, tan socorrido para la inoportuna "moca" y luego para limpiar la navaja antes de guardarla higiénicamente de nuevo en el bolso derecho del pantalón lleno de piezas en la mayoría de los casos.
Llevaban la cintura bien sujeta por la faja “envolvente” con flecos colgando. La mejor para resguardar la “riñonada”; parte del cuerpo que mas sufría por el duro trabajo.
Sujetas a la faja, colgaban las lías, en el caso de los atadores.
Calzaban "albarcas", las cómodas y favorecedoras albarcas, y por calcetines, trozos de costal, "liaus" a las pantorrillas con “lías” de esparto. ¡¡No había "pique" que se resistiera, ni "amores" que se clavaran!!
Al hombro las alforjas de gruesa lona de rayas raída y con muchos remiendos, insustituible para guardar en uno de los bolsos la bota con el “rebojo” de pan y cebolla y en el otro la hoz (hocín) o la horquilla y los dediles.

Las mujeres vestían falda larga y amplio mandil, camisa blanca y manguitos para proteger los antebrazos. (Era feo tenerlos morenos).
Ellas tocadas con pañuelo bien atado y sombrero también de paja. (Tampoco era bonito el moreno en la cara, les hacía parecer campesinas y la gente quería estar blanquita).
Medias gruesas y bien oscuras, "¡lo mejor pa la calor!", y zapatillas que hubieran sido con suela de cáñamo.

No vi en ninguna, quizás porque no me fijé; bajo el mandil, la "faltriquera" de pana mugrosa para guardar aquellos céntimos que tanto nos van a hacer sudar de nuevo.

Repito, no faltaba detalle en sus atuendos ni alegría en sus corazones... ni seguramente ampollas en los pies a causa de las albarcas.

Algunos -entre los que me cuento- no lucimos tan distinguido atuendo, ¡una pena!.
Hubiera sido precioso todo el mundo bien ataviado, pero no todos tenemos un "sobrau" repleto de "antiguallas".
Lo que bien pudimos hacer y algunos (quizás demasiados), no respetaron, -entre los que no me incluyo- fue lo de subir con vehículos a motor hasta la misma tierra. Rompían un poco los esquemas. No digo yo que no hubieran subido algunos con personas que por su edad querían disfrutar de la siega, y por esa misma edad, no podían subir andando. Pero algo más alejados, sí podrían haberse quedado. Un poco de caminar, no le hace mal a nadie.

Por supuesto, de la época no eran las docenas de cámaras de video con las que llenamos la sementera, pero de no ser por ellas, este invierno, tedioso y aburrido no podrían decir muchos... ¿Te acuerdas que bien lo pasamos en la siega? ¡¡Pon la cinta anda!! Y con ella pasar un buen rato.

También me hubiera gustado, que la gente de "paisano", en vez de estar en medio de la labor, hubiera respetado el terreno, quedándose también en las lindes para ver como los "segadores", trabajaban, aunque desde luego, a la hora del almuerzo en el "hato", disfrutarlo todos juntos, que para eso todos habíamos madrugado igual y habíamos subido andando del mismo modo que los vestidos como ya cité.

Me emocionó también, ver cargar el carro con la mies en haces clavados a los “estacones” con el "ramo" en lo alto y el regreso cantando tras la jornada.

"El alegresón", se lo había oído cantar muchas veces a mi tío Bernardo Muñoz. Lo extrañé, sentí de veras no verle allí, lo habría disfrutado mucho.

El cocido, ¡¡que cocido!! ¡¡Que olor despedía ese cocido!! Probé del plato de sopa de pan que estaba tomando mi prima y recordé los que tantas veces comí cocinado por mi abuela Felisa.
Yo había elegido el de fideos, estaba buenísimo, pero...no estaban los fideos tostados y tantas veces quemados en demasía por mi pobre abuela que con tanto quehacer, se olvidaba que estaban los fideos tostándose a la lumbre.
Luego el plato de garbanzos con berza. ¡¡Tan cocheros!! Me hizo ilusión después de muchos años sin ver uno, me tocó un garbanzo "bonito", así llamábamos mi hermano y yo a los garbanzos negros. Siempre nos peleábamos por ver a quien le tocaba.

Aquí, voy a hacer otro inciso, para decir, que lo único a lo que se le puede poner "pega”, fue a la espera de la cola varias veces para ir a por los distintos platos. ¿Puedo hacer una sugerencia? pero que nadie se moleste; todo estaba perfecto.

Yo hubiera dicho que cada uno subiera con su bandejita, y un par o tres de tazones (de los del todo a cien, mismamente), para que nos sirvieran toda la comida a un tiempo, sin necesidad de guardar la interminable cola varias veces.

También quiero hacer otro inciso, para decir ¡¡ole y ole!! Por las señoras que "se quemaron el hocico", preparando la comida para tantísima gente. Todo estaba verdaderamente en su punto.

Después de comer, algunos decidieron echarse una reparadora y merecida siesta. Daba gusto ver a los segadores tapados con sus mantas zurcidas en el mejor de los casos y agujereadas de polilla y uso en otros, tumbados sobre la fresca hierba.

Después del descanso, la trilla.
Recuerdo que siempre me quedé con ganas de subir al trillo y dar vueltas, esa era la mejor atracción de feria que conocíamos, aunque... al igual que el vino, me estaba prohibido subir al trillo, era muy peligroso... Para mi "mandilete" y yo debía regresar a casa, tan "inmaculada", como había salido. Si llevaba alguna mancha, me esperaba una buena "panadera", así que por lo "niña obediente" que ya dije soy; esta vez tampoco fui a la era a "montarme" en el trillo.
Sin embargo vi con que maestría era “conducido” incluso por algunas mujeres. Así como pude ver lo bien conservada que estaba la máquina “aventadora”, gracias a ello pudimos comprobar la “facilidad” en el trabajo que se conseguía con la “moderna” maquinaría de entonces.

Al llegar a la plaza, me busqué entre las niñas jugando al "tarol" o saltando a la "soga". Tampoco encontré a las "carameleras" sentadas al lado de sus carritos de madera repletos de ricas golosinas que miraba con "ansia" y pocas veces podía comprar alguna.
Tampoco encontré, por más que buscaba, el carrito de los helados del señor Nino tapando el “mantecao” y el chocolate con los cucuruchos de latón abollado en forma de copete de helado.
De pronto volví a la realidad, todo parecía igual que antes, era como si el tiempo no hubiera pasado, pero... realmente no era así.

Como fin de fiesta, por la noche estuvieron preciosas las actuaciones del grupo de baile en la plaza.
En "aquella época", lo que se llevaba era ir a "los títeres" cada uno con su sillita, para luego bajar juntos a casa comentando "lo bien que había estado la función", entre bostezos de aburrimiento y sueño.

Gracias, a quien tuvo el acierto de preparar tan bonita fiesta. Me da igual su ideología, quien con ilusión hace las cosas para que el pueblo las disfrute, merece el perdón por los posibles pequeños fallos que hubieran podido surgir. Nadie es perfecto, aunque a este día se le pueda calificar de serlo.

Mi enhorabuena a quien lo preparó y mi "pésame" a quien no supo celebrarlo, quizás rabioso por no haber sido suya la idea.

Gracias por regalarnos este día, que por unas horas nos hizo retroceder en el tiempo.
(Foto-montaje perteneciente a "la siega 2004". Desconozco autor, pero mil gracias por ella)

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