sábado, 7 de junio de 2008

URGENCIAS EN EL CLÍNICO

(Original de 6-2-2006)

Acudir al servicio de urgencias de un hospital no es la experiencia más agradable que se puede experimentar, aunque vayas de paciente acompañante y no de impaciente paciente.

Al llegar a la sala de espera y verla atestada de personas, te dan ganas de salir huyendo, pero aún dudando que podrán ayudarte en tu dolencia, te acercas a la ventanilla y das tus datos al personal de turno que con actitud cansina, sin mirarte a la cara te piden que esperes a ser llamado.
Es entonces al ocupar uno de esos asientos, cuando te llevas el primer susto.
Son bajos, incómodos, desconchados por el excesivo uso y tan inestables por diseño, que al acercar la nalga el asiento parece retirarse a mala idea haciendo casi perder el equilibrio a quien osa ocuparlo.

No teníamos otra alternativa más que pacientemente esperar turno observando cómo el resto de personas que habían acudido a las urgencias del hospital clínico universitario de Valladolid, hacían igual que nosotros, es decir; nos miraban de soslayo serios y cariacontecidos mientras esperábamos ansiosos escuchar el nombre del enfermo para cruzar la pesada puerta de vaivén que da acceso al interminable pasillo de innumerables salas, olor mareante, exento de pulcra limpieza y abarrotado de personas, pareciendo más la estación de autobuses en hora punta que un centro hospitalario.

Mientras buscábamos cual laberinto, la puerta de la consulta a la que habíamos sido remitidas, nos cruzamos con una multitud de camillas ocupadas por dolientes personas, acompañantes afligidos, enfermeras aburridas, doctores… doctores, celadores enfadados y porquería, mucha porquería.

Por fin llegamos a la sala donde una doctora hinchada por su embarazo a punto de culminar, nos observaba con desgana sentada tras la mesa cuyo tablero mostraba manchas de sangre reseca de un anterior paciente.
Sin moverse de su asiento y sin tocar la muñeca dolorida de mi hija dictaminó la solución; enyesar.
Pedimos educadamente explicaciones a la resolución, dando muestras sinceras de lástima por la enorme cantidad de trabajo que tenía.
Debimos caerle bien y amablemente –ahora si- nos definió su prescripción de inmovilizar completamente la muñeca para una mejor y más rápida curación.
Tras ofrecernos disculpas por la saturación de pacientes, pidió que esperáramos de nuevo fuera.
Nos despedimos de ella y regresamos a la abarrotada sala de espera de la que habíamos salido deseando no volver.

Mientras esperábamos, sin poderlo evitar observamos levemente -más por entretener la espera que por interés- a las personas que con gestos de dolor y desgana ocupaban la estancia.

Una señora mayor con pinta de acabar de salir de la cama sin tiempo –ni ganas- de peinarse el cucubillo de la coronilla… un niño entre los brazos protectores de su madre con ojos vidriosos de fiebre y llanto y mocos secos de llanto y fiebre…una muchacha escuchando música a través de unos minúsculos auriculares… un pobre señor bastante mayor doblado de malestar y años apoyaba la barbilla sobre su pecho, sentado en una silla de ruedas con gesto que claramente reflejaba dolor, cansancio y pesar por tener que seguir respirando fuera de su hábitat…
En definitiva varias personas con similares características de dolor y malestar salpicadas entre los asientos y excesivo bullicio en los del fondo que acapararon totalmente nuestra atención y comentarios, obviando al resto de los “esperantes”.

Toda la sala brillaba… por la ausencia en su limpieza, pero esa zona estaba tan sucia como el pelo y las uñas del patriarca que ocupaba uno de aquellos “asientos del fondo”.

Bajo la hilera de “reposaculos”; montones de botellas de agua vacías, papeles y desperdicios varios evidenciaban la larga estancia de aquellas personas en dicho vertedero, también llamado sala de espera.

En lugar de estar en casita haciendo deberes, había varios niños de la misma raza gitana que el mentado patriarca. Correteaban por la sala molestando a cuantos se encontraban realmente enfermos y provocando enfermedad a los acompañantes.

No paraban de llegar familiares tan desaliñados e insensibles al dolor ajeno como los que les habían precedido.
Entró una gitana gorda, greñuda, con abrigo de piel bien conjuntado con las zapatillas de “andar por casa” que calzaba y con grandes voces preguntó a sus congéneres si ya había novedades, a lo que otra gitana que hacía descansar sus orondos brazos sobre un par de considerables y lacias tetas, contestó con acento “jay”: naaada hiiiija, sigue en dilataciooón.

Fácil fue suponer que toda aquella maraña estaba en espera de otro miembro más para la extensa familia.

Los chiquillos aburridos de corretear por la sala, comenzaron a jugar con las máquinas expendedoras de agua, refrescos y chucherías varias.
Apretaban con fuerza los botones, como si al hacerlo pudieran acelerar los dolores de la parturienta para poder salir cuanto antes a hacer picias a otro sitio.

Naturalmente ninguna de las personas mayores que les acompañaban hicieron el menor gesto de; “niño deja de tocar la maquina que vas a romperla y tendrán que pagarla estos señores a los que estáis molestando toda la tarde porque nosotros ni educados ni contribuyentes; somos únicamente gitaaanos”.

Cuando se cansaron de aporrear los botones de la máquina, comenzaron otro jueguecito no menos molesto y dañino.

Salieron al exterior y se sentaron en las sillas de ruedas colocadas en hilera para ser utilizadas en caso de urgencia o necesidad y como si de una atracción de feria se tratase, rodaron por el recinto a su antojo hasta que nuevamente se cansaron del juguete y corretearon por entre las ambulancias que se encontraban allí estacionadas.

En una de sus alocadas carreras estuvieron a punto de atropellar la camilla en la que sacaban a un anciano con la cara blanca como la nieve y atado a una botella de suero.

Imaginé por un instante si aquel chico gordo -aspirante a vendedor de bragas en un mercadillo ambulante- hubiera golpeado al pobre señor.
Por leve que hubiera sido el golpe, no creo que le aliviara pensar que un niño –aunque sea gitano- no es responsable de sus actos.

Los lebreles seguían entrando y saliendo impunemente de la sala, sin que ningún celador –o cualquier otro personal hospitalario- les llamara la atención. Supongo que deben estar acostumbrados a tales desmanes y “pasan” de decir nada, sabedores que les harán caso “insumiso”.

Una de las chiquillas corriconas entró para hacerse cargo de la pequeña que aun no caminaba sola y tenía “hartitos” a quienes la atendían.

La niña mayor –candidata a mujer ignorada por su marido- sentó a la pequeña en su cadera y comenzó a menearse al son de alguna cancioncilla que tuviera bullendo bajo el enmaraño de cabello.
Mirándola pude bien imaginar el futuro de aquellas dos aprendices de “dame aaaargo paaaayo”.
Pronto se cansó del meneo la pequeña, que lloriqueando aburrida y aburriendo a los “payos enfelmos” alargaba sus bracitos implorando ser tomada en brazos por su presunto padre.

El varón la tomo en brazos y comenzó a hacer con ella “el avioncito”. Una de las veces a punto estuvo de golpear la cabecita de la pequeña con la columna que acababa de emplear como escondite al “cucu tras”, en otro infructuoso intento de aliviar la inútil espera de aquella pobre criatura.

Pronto se cansó el supuesto padre de la improvisada aviación, dejó a la niña en otros brazos y salió a fumar un cigarrillo.
¡¡Mira, que educado!! –pensé- cumple las nuevas leyes anti-tabaco.
Pero sólo fue eso, un leve pensamiento. Enseguida tuve que dejar de mirar a la calle por el asco que me dio ver llorar los cristales y no por lluvia ni vaho.
Lástima que los cristales no eran una llama o un camello que le hubieran devuelto el tiro a su puñetera cara.
Además de incordiar haciendo gorrinadas.

Mientras ese hacía de las suyas, otro trataba de distraer a la gitanilla lanzándola al aire como un poseído.
Una de las veces me asusté porque a punto estuvo de dejarla caer. Se hubiera estampanado contra el suelo, parando de golpe el hastío de la pequeña.
No hubo suerte en el intento; no logró calmar el aburrimiento de la infortunada niñita, a la que por fin dejaron en el suelo gateando feliz entre la porquería, rebozando el chupete que a veces colgaba de su cuello y otras rechupeteaba como posesa.
Al menos así no había riesgo de accidente… ni de cualquier contagio, porque bien sabido es que desde muy pequeños a los “jichus” no les entran ni las balas.

Tras más de una hora de espera, finalmente fuimos muy amablemente atendidas y pudimos dejar aquella inhóspita sala, a los dolientes y a los jodientes con sensación de impotencia.

Seguiremos soportando su racismo, sus guarradas, prepotencia y nula educación en cualquier lugar donde coincidamos con los “calós”, sabedores que nadie va a decirles nada y quejándose eso si; de sufrir discriminación por nuestra parte.

Nadie pondrá jamás cordura en esta raza para que aprendan a convivir como personas.
Si en vez de esperar en masa a que la parturienta diera su do de pecho, hubieran estado en sus chamicitos haciendo deberes unos, durmiendo otros, fumando algunos y no molestando todos, no habría habido lugar para esta crítica que nadie podrá tachar de racista… o mejor si… racistas los gitanos que no son capaces de convivir como personas entre las personas sanas o enfermas y con dolor de cuerpo o de alma.

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