sábado, 7 de junio de 2008

UNA MAÑANA DE PELUQUERÍA

(Original de 9 de DICIEMBRE-2005)

Esta mañana tras varios meses necesitando acudir con urgencia a una peluquería y de no hacerlo por pereza, y porque me gusta que me peine Alejandro y al pueblo ahora no vamos huyendo de los fríos, por fin decidí ir a la misma que el lunes pasado acudió Irene.

Animada precisamente por el corte juvenil que le hicieron a mi niña y lo guapa que le quedaron –sin ser demasiado mérito de la peluquera porque mi chiquita es muy rebonita- , me encaminé a la tal peluquería por primera vez.

De no haber sido por la referencia de las varias veces que han “arreglado” a Irene, nada más entrar habría salido pitando.

Dos hábiles peluqueras se afanaban en peinar a sendas señoras, mientras otras tantas aguardaban con gesto cansino a que los tintes o permanentes que tenían aplicados hicieran su labor.
Ninguna de las clientes cumplirá los 75 años porque hace tiempo que dieron ese salto y las “hábiles peluqueras”, lucían cualquier cosa menos un cabello bien cuidado.
Una de ellas parecía haber dormido con la cabeza dentro del horno y la otra daba la sensación de haberse batido el pelo.
Ese aspecto no es el más aconsejable para dar sensación de estar frente a unas profesionales del cabello. Lo de la mayoría de edad de la clientela, no importaba, todo el mundo tiene derecho a intentar ponerse lo más guapo que pueda.

Tomé asiento aún dudando si quedarme o poner una tonta disculpa y largarme de allí; telefonear para pedir cita a la “glamurosa” peluquería que alguna vez visité, o largarme al pueblo para que me peinara Jandri aun a riesgo de perecer congelada en el intento.

Finalmente opté por quedarme.
Las señoras hacían lo habitual… hablar de todo y nada en concreto, mientras yo hacía lo que siempre… observar curiosamente, sacar mis propias conclusiones y de vez en cuando participar en las conversaciones para no parecer antipática.

Creo que eso de “observar curiosamente”, lo hacemos todos, aunque a la mayoría no se les ocurre escribir un relato del hecho con pequeños toques de ácida ironía. Simplemente lo comentan con mayor o menor grado de critiqueo, cosa que no me gusta hacer, mucho menos si ocurren a mí alrededor y se ven implicadas personas conocidas. Jamás escribiría algo que pudiera herir. Omitiría nombres si estimo que puede invadir la privacidad de las personas que quiero y me quieren.

Me reconozco crítica, jamás criticona.

Entró una señora a la que las demás conocían porque la saludaron efusivamente llamándola por su nombre.
Una de las “entintadas” preguntó a la recién llegada:
- Oye, ¿se ha muerto el hijo del señor Braulio?
- Si -contestó-. Hace unos meses.
- ¡¡Vaya!! ¡¡pobre hombre!! Es que siempre le veía yo paseando y hace mucho que no le veo y he dicho; este chico se ha tenido que morir. Pues era joven… tendría unos 75 o así.

Que a nadie le extrañe que a una persona que roza la “ochentena” le parezca joven un “chico” de 75 años, ya que la perspectiva de juventud se alarga al mismo ritmo de nuestra propia edad.
Siempre recuerdo que cuando yo tenía 21 años, murió un amigo de mis padres con 35 y la viuda lloraba diciendo; ¡era un niño!
Yo con mis veintiuno, pensaba; ¡no tan niño!
Al cumplir los 35, lo comprendí perfectamente.
Cuando mi madre se convirtió en abuela al nacer mi primera hija, tenía 47 años y me parecía “mayor”, una buena edad de “abuelearse”. Hoy tengo 48 y no me veo de abuela… aunque me encantaría serlo.

Bien, siguiendo con mí relato, le toca el turno ahora a la señora que con la cabeza llena de rulos pequeños que enroscaban su cabello con olor penetrante a líquido moldeador, hablaba de lo buen estudiante que había sido su hijo. Parece ser que el “vástago” tenía dos carreras.
- Mi hijo es mu “esteligente”.
No lo dudo señora… ¡y sordo!, porque de oírle hablar a usted debería corregir cariñosamente sus poco bien dichas palabras.

Las conversaciones seguían por encima del ruido de los secadores.

Asomó la cara por entre los cristales un hombre mayor, bajito, gordo, feo, bisojo y cojeando visiblemente. Sonrió enseñando un par de dientes y mucha encía como saludo a la mujer que tenía la cabeza envuelta en papel de aluminio para que “le subiera el tinte” y siguió su camino.
Pese a lo grotesco del envoltorio y el surco que el paso del montón de años había dejado en su rostro, se podía adivinar que dicha señora había sido muy guapa en su “mocedad”.

- Mira, tu marido Andrea -dijo la peluquera de cabeza horneada-. Que cariñoso es ¿verdad? Da gusto veros siempre juntitos.
- Mira, 58 años juntos llevamos, más los seis de novios y no vamos a ningún “lau” el uno sin el otro –comentó la anciana sin disimular su orgullo.
- Así da gusto hija -dijo la señora que en aquellos momentos recibía las atenciones “peluqueriles”-. Pocos se ven así, tantos años “casaus”, ahora no aguantan nada, enseguida se descasan.
- Es verdad –comentó la madre del “esteligente”-. La culpa es de que ellas trabajan fuera de casa, ¡como no las hace falta el dinero del marido!… por eso hay tantas separaciones y tantos “devorcios”.
- ¡Maja!, no se cuántas van ya muertas este año –dijo Andrea.
- No digo yo que haya que matarlas, pero mira, si las pegan por algo será.

El comentario de la “bigudituda” madre del de dos carreras, me molestó mucho más por haber sido hecho por una mujer, y aunque la perdoné por su edad, no por ello dejé de rebatirlo enérgica y educadamente.

- Ninguna mujer merece que su marido le pegue, haga lo que haga. Hay otras medidas que tomar, porque por esa regla de tres, seguramente ellos serían en multitud de ocasiones más merecedores de recibir una buena paliza –dije disimulando mi indignación por el estúpido argumento-. En cualquier caso, ninguna mujer merece que su marido le pegue, ni por supuesto ningún marido merece que le pegue su mujer… casi nunca.
El “casi nunca”, fue recibido con una sonrisa por parte de todas y algún asentimiento pícaro.
- Lo que hay que tener es mucho “cuidau” con las personas que metemos en casa –dijo Andrea-. Yo por compadecerme de una pobre mujer que necesitaba dinero, la di trabajo en casa y luego la pillaron mis hijos en la cama con mi marido y mira… le perdoné. ¡Como el que tenía los dineros era él! pues no tuve más remedio que aguantarme, pero mira, ella ya tiene lo suyo; está internada en el “Benito Menni” –una clínica para enfermos mentales- y yo… sigo con mi marido.

La buena Andrea hizo un gesto inequívoco de “que se chinche”.

Todas hicimos comentarios al respecto, jocosos, eso si, por la naturalidad con que la anciana relataba su “infortunio”. ¡¡Quien iba a pensar que Andrea; pocos minutos antes tan orgullosa de los años que llevaba felizmente al lado de su marido, era una de tantas esposas resignadas al cuerno… como bien mandaba la sección femenina!!

La pobre mujer terminó diciendo que no quería que sirviera de comentarios, que había pasado hace muchos años y no era cosa que ahora fuera a “salir de allí”.
Tranquila señora, ya ve que su secreto conmigo… está completamente a salvo.
Nadie sabrá que a usted le ocurrió lo que aquí relato, por educación, por cortesía, y porque nunca en mi vida la había visto y vete a saber si alguna vez volveré a verla.

Al poco abrió la puerta una señora y mirando a otra que en esos momentos era “enrulada”, preguntó cuanto tiempo le quedaba para acercarse a buscarla.
Una vez aclarara su duda, salió del local.

- ¡Que coja está tu hija Margarita! ¿la han “operau” o algo? –preguntó la “cuerniañeja”.
- Grítala; es sorda –dijo otra mujer.
Casi por señas hicieron la pregunta a la escasa de oído y ésta señalándose los pechos hizo gestos inequívocos de que a su hija le había mastectomizado.
- ¡Anda hija!; hace veinte años que operaron del pecho a tu hija, pero no creo que sea por eso la cojera –dijo la peluquera de pelo batido.

La pobre mujer, ni se enteró del comentario, ni de la pregunta, ni del ruido de los secadores, ni falta que hacía, ¡para lo que hay que oír a veces!

Mientras me atendían, comenzaron también con la señora que me seguía en turno. Tan entrada en años como las anteriores, pero con huellas de cansancio y surcos profundos de arrugas que delataban seguramente su vida de trabajadora.

La mujer con gesto adusto; más bien antipático, no paraba de quejarse de sueño dando grandes bostezos.
Una de las peluqueras le aplicó sobre los bigudís el líquido –como dije antes de olor penetrante a permanente- Parece que el tal producto estaba frío e hizo que la mujer arrugara aun más su gesto. Posteriormente, y dado que seguía teniendo frío –hacía calor en el local- se puso la toalla que cubría sus hombros a modo de toquilla sobre la cabeza sujetándola con sus manos a la altura de la “papada”.

Así de esta guisa tan maja, la señora de gesto huraño comenzó a cantarnos una canción del tema que se abordaba en aquel momento.

Hablábamos de religión, curas, Santos y demás monerías.
Unas opinaban que San Nicolás siempre hace los milagros que se le piden en las caminatas, para otras era la patrona de su pueblo y para otra… (veasé yo), los milagros no existen.
La mujer tapada comentaba que el cura de su pueblo se acostaba con cuanta moza pillaba a mano y como las demás cacareábamos cada una con su tema, subió el tono de voz para llamar nuestra atención y que pudiéramos escuchar bien la canción.
Sin comentarios… ¿pa qué?

Cuando casi terminaba mi tiempo de estancia en tan pintoresco lugar, hizo su entrada otra cliente habitual a la que también saludaron con muestras de gran afecto.

La señora muy entrada en carnes, llegaba con gesto de dolor reprimido y cojeando más por sus kilos que por su herida en “los cotudillos”.

Se sentó –se dejó caer con un largo suspiro- en el sillón frente al tocador y la peluquera preguntó qué iba a hacerse.

- Hija lo que me gustaría es hacerme cacas, porque llevo dos días que nada, voy al water y por mas que aprieto, nada que no me sale nada; sólo algunos pedos y ¡¡tengo unos dolores!!...

La profesional del pelo… y medicina, comenzó a darle un montón de remedios “mano de santo”, para aliviar el mal trago a su oronda clienta. Ésta seguía poniendo cara de dolor y gases reprimidos, asintiendo sumisa con la cabeza. Después se dedicó a contarnos con pelos y casi señales, las múltiples ocasiones en las que había tenido que acudir a urgencias por parecidos problemas escatológicos que no repetiré por no parecer demasiado grosera, pero la señora se despachó tan agustito en las explicaciones, que casi olía.

A punto ya de terminar de peinarme, acertó a entrar una muchacha joven de ojos tan saltones que había que apartarse para no resultar pisoteada por ellos.

Preguntó a qué hora podrían recibirla, tomó nota y se marchó.
La peluquera que me atendía comentó:
- ¡Vaya ojos! daba miedo mirarla, parecía que se le iban a salir.
- Si, -asentí- había que apartarse para no tropezar con sus pupilas.
- Esta es de las que hay que decirla… ¡vaya caída de ojos!
- ¿Caída?.. ¡desplome diría yo! –rematé.
Reímos la maldad.
Poco antes habíamos hecho mofa de un par de nuestros propios defectos físicos, por eso pudimos hacer el comentario jocoso de los ajenos.

Salí de la peluquería con la sensación de haber estado en otro mundo, con el pelo bien peinado, cortado y teñido.

Después en vez de comentar verbalmente lo ocurrido durante la mañana, lo escribí. Una forma como otra cualquiera de comunicación… ¿o no?

No hay comentarios:

BIENVENIDOS...

... A este Blog creado para difundir noticias e historias de mi pueblo. Espero que encontréis aquí lo que andabais buscando. Si no es así y creéis que puedo ayudaros a conseguirlo, dejad la pregunta en un comentario, y a la mayor brevedad será atendido. Gracias por venir.