viernes, 27 de junio de 2008

CURSO “DISEÑO WEB Y MULTIMEDIA” -4 DE OCTUBRE 2006- 6 DE FEBRERO-2007


Original de Enero-2007


Desde que hace años me adentré tímidamente en el mundo de la navegación de Internet, tuve la intención de alguna vez crear mi propia página Web en la que daría a conocer mis inquietudes e ilusiones y compartiría con quienes lo deseasen la experiencia de la vida que haya podido adquirir a lo largo de mis inminentes 50 años.

Consciente de mis enormes limitaciones en el campo del diseño y con la convicción de crear un Web medianamente “visitable”, busqué dónde aprender.
Rellené varias solicitudes en los diferentes lugares que ofrecían cursos de diseño Web y en los dos primeros obtuve un NO como respuesta a la –seguramente nefasta-prueba de acceso.

En la tercera ocasión tuve suerte, quedé en la reserva. Finalmente, dos días después de comenzado el curso, obtuve la deseada respuesta afirmativa y el 4 de Octubre de 2006 fue mi primer día de clase.

Estaba tan ilusionada como nerviosa y tan temerosa como decidida a que no se me notara.

A las 4 de la tarde, me presenté al profesor y como lo primero que le dije era lo mucho que me gusta esto de darle a la tecla, quizás pensó que mis conocimientos eran mucho más amplios de lo que en realidad son.

¡Pobre! no sabía lo que se le venía encima. Y eso que también le expliqué que me cuesta aprender, pero que con constancia lo lograría.

De pronto me encontré en una clase llena de ordenadores y alumnos muchísimo más jóvenes que yo –a poco- y preguntándome ¿¿Qué hago yo aquí??

Los primeros días Alfredo continuaba impartiendo clases de aburrida teoría en las que a veces me costaba mantener los ojos abiertos; sin duda por mi falta de costumbre de estar tanto rato escuchando algo que me sonaba a perfecto chino.

Hasta entonces había “navegado” sola y prácticamente a la deriva. Mis escasos conocimientos no eran ni mucho menos suficientes para estar a la altura del resto de la clase o simplemente para estar a la altura del listón que siempre marco en mi vida.

Me seguía sintiendo como un “bicho raro”. En mi entorno de amigos, lo soy por “entender mucho de ordenadores”… ya se sabe que en el país de los ciegos el tuerto es el rey.
Aquí soy el bicho raro por no saber absolutamente nada.
Menos mal que siempre he tenido los pies sobre al tierra y soy muy consciente de lo que es “saber” o inquietud y tesón por aprender y de esto segundo me sobra.

Reconozco que en al primera práctica estuve a punto de tirar la toalla consciente del espantoso ridículo que iba a hacer al presentar un trabajo horroroso, digno casi de un bebé, que tengas unos poquitos conocimientos informáticos.
David; mi casi compañero de escritorio, siempre me ayudó con la mejor de sus sonrisas. No sabe hasta que punto fue importante esa ayuda para mi precaria “autoestima”.
También ha sido muy importante Ana, porque apoyándonos la una en la otra hemos ido sacando adelante las prácticas, y por supuesto el resto de compañeros –incluido naturalmente el profe- que me han acogido como a una más.

En aquella primera práctica; enrosqué esa “toalla” en lo más profundo de mi pundonor y no la lancé porque no me lo habría perdonado jamás. Me había costado mucho conseguir plaza en aquel curso y no la iba a desperdiciar.

Se que nunca podré acercarme ni en sueños a la imaginación y el maravilloso trabajo de creación y diseño que algunos de mis compañeros realizan. Me conformo con aprender a manejar ligeramente los programas y poder crear una página Web digna y a la que apetezca visitar asiduamente.

Lo de trabajar profesionalmente en ello nunca fue mi meta.
Mis compañeros merecen ese premio a su inteligencia. La recompensa a mi esfuerzo estimo que ya la logré.

viernes, 20 de junio de 2008

MI ESCUELA


A LAS ESCUELAS DE ALAEJOS-
EN LA CELEBRACIÓN DEL 75 ANIVERSARIO DE SU INAUGURACIÓN

Por Marisa Pérez Muñoz (Ex alumna)


Dedicado con especial cariño a todos los alumnos y profesores que durante estos 75 años, alguna vez formaron parte de mi escuela.

Mucho se ha hablado estos meses, de mil historias añejas;
De recuerdos acuñados vividos en esta escuela
Que celebra en niños nuevos, lo que otros niños vivieran
Pues al pasar de los años lo que fue hermoso regresa.

Voy a dirigirme a ti; nuevo alumno de mi escuela
Para decirte orgullosa, que también fui parte de ella.
Aunque pasó mucho tiempo recordé siempre esa época
Que fue pilar de un futuro forjado por mis maestras.

Para ser buenas personas y gozar la vida plena
Has de guardar cual tesoro lo que aprendiste en la escuela
Aquello que te enseñaron los maestros y maestras
Que dedicaron sus vidas para formas bien las nuestras.

Antes que tú en estas aulas, por muchas generaciones
Aprovechamos lecciones otros niños de Alaejos
Y en el patio que ahora juegas disfrutaron el recreo
Cuando tenían tus años, tus padres y tus abuelos.

Quizás no había columpios, toboganes; ¡Qué más da!
Jugábamos con canicas, alfileres o al pillar
Y aquí encontramos amigos difíciles de olvidar
Porque en esta escuela niños ¡¡Qué bonito fue estudiar!!

Si estas paredes hablaran, ¡tendrían tanto que contar!

sábado, 7 de junio de 2008

EXCURSIÓN TORCIDA A LAS TUERCES


13-Abril-2008
Bien sabido es, que nunca llueve a gusto de todos. El pasado domingo 13 de abril llovió a gusto de ninguno de los que llenamos el autobús que partía puntual de Alaejos en busca de las tordesillanas y vallisoletanos, que lo tomamos igual de puntualmente en la Feria de Muestras.

A nuestros organizadores, siempre pendientes de hacer las cosas lo mejor que pueden, se les olvidó contratar buen tiempo ¡y así nos fue!

Hemos sufrido uno de los inviernos más secos que se recuerdan; dicen que a causa del cambio climático, al que ahora culpan de demasiadas cosas, porque toda la vida de dios he oído decir que el tiempo estaba loco; eso sí, ahora está más que demente. La mayoría de los pantanos están bajo mínimos y el agua tan necesaria siempre para casi todo en la vida, escasea alarmantemente. Aun así, no nos alegró que las nubes hicieran coincidir la descarga con nuestra esperada primera excursión 2008.

Habíamos emprendido el viaje, alegres y confiados en que “el hombre del tiempo” volviera a equivocarse en la predicción y esta vez no fue así; acertó de pleno.

La primera parada la hicimos en Alar del Rey, más concretamente, en el restaurante “La Cueva”. Al bajar del autocar ya pudimos comprobar que la temperatura era sensiblemente inferior a la que habíamos dejado atrás.

Pocos kilómetros más adelante, en Valoria de Aguilar, Gerardo “sutilmente” nos instó a abandonar el autobús para proceder al cambio de la ropa “de calle” por los maillots que iban a utilizar en la etapa ciclista de esta excursión.

Siete fueron las bicis, siete los ciclistas a los que ni siquiera aplaudimos la salida como suele ser habitual, porque el aire frío nos gritaba que regresáramos al calentito vehículo. Por ese mismo aire frío y porque acabábamos de tomar el café no bajamos neveras –como también suele ser habitual en el comienzo de etapa.

Muy poco después, en “Villaescusa de las Torres” el autocar detuvo su marcha para que los senderistas iniciaran su recorrido.

La revista del club 2008 advertía de la dificultad alta del sendero, circunstancia que, unida al cielo encapotado, viento intenso y alternativa sugerente de recorrer el románico palentino, nos dejó a los menos osados clavaditos al asiento. Aun así no fueron pocos los senderistas que esta vez tuvieron mucho que contar de su precioso recorrido.

Es evidente que los menos atrevidos, además de no hacer el beneficioso ejercicio que supone pedalear o caminar a campo abierto, también nos perdemos las imágenes de los paisajes y el perfume campestre que ofrece nuestra variadísima geografía española.

Afortunadamente, -y aunque no es lo mismo- gracias a nuestros amigos podremos disfrutar de las múltiples fotografías que siempre nos traen de regalo.

No habíamos recorrido el primer kilómetro desde que nos separamos cuando comenzó a chispear, con el consiguiente disgusto de los que habíamos quedado en el autocar, pensando en cómo podrían guarecerse si la lluvia se hacía tan intensa como prometían las oscuras nubes.

Al llegar a San Andrés del Arroyo, tampoco desneveramos los bajos del autocar. Pienso que, de alguna manera, lo desapacible del tiempo nos había quitado el apetito. Esperamos diez minutos hasta que a las 12 nos permitieron la visita al Monasterio de San Andrés, perfectamente descrito en la página 46 de la revista del club 2008.

Fuimos recibidos por “Sor chubasquero”, una amable monja que explicaba los datos técnicos del precioso claustro y sus aledaños.

Ciertamente era tan hermoso como frío el lugar. Me consta que la mayoría deseábamos que la monja lo hubiera explicado con menos detalles “superfluos”, con tal de salir antes de aquella preciosa nevera.

Nuevamente en el autocar, recorrimos algunos pueblecitos en los que no nos apeamos, porque desde las amplias ventanillas del vehículo podíamos disfrutar de las obras románicas salpicadas en ellos.

Sobre las dos de la tarde llegamos a un pequeño pueblo llamado Villallano, que nos recibió con tímido sol y donde ya habían llegado los ciclistas y senderistas.

Los senderistas sí llegaron hasta Las Tuerces pero, en cambio, los ciclistas tomaron una subida equivocada y fueron a parar a un altozano que nada tenía que ver con el paraje que buscaban. La dificultad del terreno y la ausencia de pista les hizo bajar de la bici en más de una ocasión para hacer tramos a pie entre piedras y matorrales. Incluso se sintieron perdidos y desorientados, según contaron. Para colmo de infortunios Gerardo se cayó en una bajada y se golpeó en las costillas.

Tras desandar parte del camino, llegaron hasta un pueblecito prácticamente deshabitado y custodiado por un castillo en ruinas. Preguntaron a un vecino dónde estaban y éste, pensando que le tomaban el pelo, se fue sin responder. Un cartel explicativo próximo a un centro de turismo rural les facilitó las pistas necesarias para saber que el pueblecito se llamaba Gama.

Sorprendidos, entre risas e ironías y una vez orientados, tomaron la carretera que después de 4 km les condujo hasta el punto de encuentro con el resto de excursionistas en Villallano.

Unos se quedaron a comer en el único restaurante que había y otros se adentraron en el pueblo para buscar algún sitio adecuado al aire libre donde poder dar cuenta de la comida que llevaban. Como no había nada mínimamente aceptable y amenazaba lluvia, la mayor parte del grupo regresó al autocar. El conductor se iba a ir a comer a Aguilar y entonces optaron por aprovechar el viaje. Les resultó difícil encontrar un sitio cubierto donde les dejaran abrir las neveras y fiambreras. Finalmente comieron en el restaurante del camping, a unos km de Aguilar.

Mientras tanto, en Villallano, mis amigos y yo, temiendo que pudiera llover, buscamos un lugar donde comer sin mojarnos. En este pueblo sólo había un bar: “Restaurante Ticiano” y como llevábamos las neveras preguntamos si podríamos comer allí: cosa habitual y permitida con agrado en algunos otros lugares con climatología tan adversa como la que estábamos viviendo en la presente.

La inquieta muchacha que atendía las mesas nos dijo que sí, que podríamos hacerlo. Le pedimos la bebida y nos ofreció la carta de vinos. Los precios no eran precisamente asequibles: iba a costarnos el vino tanto como toda la comida que llevábamos (incluido el choricito, salchichón y “torresnos” alaejano-caseros que no tienen precio). Aun así, no nos importaba pagar lo que fuera con tal de comer tranquilos en el único lugar medianamente lógico que había en aquel pueblito palentino de no más de 50 habitantes.

Cuando comenzamos a poner sobre la mesa las viandas, la inquietud de la chica se convirtió en desagradable gesto diciendo que le parecía una falta de educación que, siendo “ella” restaurante, fuéramos a comer allí.

Mire, “persona Restaurante Ticiano”. No sé si es usted señora o señorita y por eso no me dirijo a usted en esos términos; pero sí lo hago con la ilusión de que desde mi Blog o en la propia revista del club 2009 pueda usted leer esta crónica. Espero contribuir a su buen juicio la próxima vez que se encuentre en parecida situación.

No se puede ofender tachando de “mal educados” a quienes pedimos autorización y pensábamos consumir bebidas y cafés, sobre todo cuando ese permiso nos fue concedido sin objeciones por usted misma “doña Restaurante Ticiano”.

Si después de hacerlo su jefe le pegó la bronca, no es nuestra culpa. Hubiera sido infinitamente mejor decirlo así: “lo siento, pero el jefe no me permite tomar decisiones por mi cuenta” o “Por favor, no ocupen demasiado tiempo las mesas porque hoy estamos completos”. Cualquier cosa menos lo que hizo la “mujer joven Restaurante Ticiano”, a la que recomiendo que la próxima vez sea más consecuente con lo que permite y sobre todo, que no llame a nadie mal educado si no entendió algo de la frase: “ya sabemos que ustedes ponen comidas, pero ¿pidiendo las bebidas nos permitiría tomar la nuestra aquí?”.

Naturalmente nosotros, contrariados pero con exquisita educación, dejamos libres aquellas mesas que se nos ofrecieron y después se nos negaron con semejante descaro y mala educación por la empleada de “Restaurante Ticiano”. Lugar al que, obviamente, nunca volveré ni le recomendaré a nadie.

Preguntamos a una amable señora si había algún bar o restaurante más en el pueblo o si vendían pan cerca de allí. Nada, ni lo uno ni lo otro.

En el recodo de una calle vimos un banco de madera que nos pareció buen sitio. Colocamos los manteles en el suelo, que a falta de hierba bueno es asfalto, y los llenamos de rica comida intacta hasta aquel momento.

Acertó a pasar por allí la amable señora. Como la conocíamos de poco antes habíamos entablado casi amistad con ella y la invitamos a tomar algo con nosotros. Negó divertida y amablemente y se alejó de allí deseándonos suerte para que no lloviera durante nuestra comida.

Apenas comenzamos a saciar el hambre que acuñamos durante la mañana cuando la lluvia, haciendo caso omiso al deseo de la buena mujer, nos honró con su presencia: ¡no había mejor momento!

Recogimos como los “top manta” y miramos donde guarecernos del aguacero. Nada, no había donde; sólo una especie de sotechado bajo una vivienda, con el suelo lleno de puchas y más corriente que una central eléctrica, que invitaba a cualquier cosa menos a quedarse allí comiendo, por eso no nos quedó más remedio que aventurarnos y seguir buscando donde resguardarnos.

De pronto encontramos una bonita casa cuya puerta trasera estaba abierta. Eli, nuestra “gaditalaejana”, además de un encanto es muy decidida. Se acercó a aquella puerta y llamó para pedir “posada” durante el chaparrón. Casualmente la dueña de aquella casa era nuestra nueva “amiga” que encontró solución rápidamente. Dejó lo que quiera que estuviera haciendo, corrió bajo la lluvia hasta la casa del alcalde para pedirle una llave y no dudó en acompañarnos a “la escuelita”, un buen local con mesas, sillas, aseos, agua, luz y sobre todo ¡techo!

Enseguida llegó el alcalde, tan amable como su convecina, para ofrecernos lo que fuera necesario.

Desde aquí nuestro agradecimiento a Francisco Javier y Encarnita, dos buenas personas que sin conocernos de nada, confiaron en los doce ruidosos, hambrientos y mojados excursionistas que acabábamos de llegar a su pueblo: Villallano.

Terminamos de comer, buscamos una escoba y limpiamos las migas que pudiéramos haber caído. Queríamos agradecer el gesto de Javier y Encarnita dejando el local tan perfecto como lo encontramos.

Durante la sobremesa salimos a la puerta para disfrutar del solecito que se había dignado lucir, pero las tercas nubes, negras como nuestra suerte, lo taparon por completo y comenzó a granizar y a llover con fuerza hasta las cuatro de la tarde, en que nos rescató el autocar para llevarnos a Revilla de Pomar. Allí teníamos programado visitar la cueva de los Franceses.

No teníamos más remedio que esperar para entrar en la cueva a la que sólo podían acceder como máximo 25 personas en cada turno. En el páramo donde está la citada cueva hacía un viento fortísimo, que nos impedía disfrutar del bonito entorno fuera del vehículo.

También teníamos previsto para aprovechar la espera, ir caminando hasta el cercano “Mirador de Valcabado”; y de no haber sido porque nos acercó el autocar, nos habríamos perdido la magnífica vista del hermosísimo paisaje del que disfrutamos muy poco tiempo, porque nos tiraba el viento y amenazaba con caer el diluvio universal.

Ese paisaje se asemejaba a la maqueta de un gran Belén navideño, al que sólo le faltaban los pastores, animalitos, los reyes, el misterio y el cagón. Todo lo demás lo tenía: montañas, nubes de algodón, agua, casitas, arbolitos; incluso los molinos de viento, aunque estos eran los modernos armatostes que aprovechan la energía eólica.

En pocos segundos comenzó a granizar fuertemente seguido de una intensa nevada que, en menos de diez minutos, había cuajado, para sorpresa del primer “turno de cueva”, que había bajado luciendo levemente el sol y al salir se encontró con una bonita postal navideña.

Ellos tuvieron menos suerte puesto que, mientras que nosotros bajábamos a la cueva, el autocar hizo idéntico recorrido al mirador, pero lo encontraron cubierto de una espesa niebla que les tapaba completamente la vista que acabábamos de contemplar.

A las seis y veinte de la tarde terminaron nuestros veinte minutos de visita a la cueva. Lucía tímidamente el sol y la nieve estaba prácticamente derretida… ¡¡caprichos del clima!!

De nuevo en el autocar, Gerardo nos deseó feliz y merecida siesta para el camino de regreso que duró poco más de dos horas.

Valladolid también nos recibió con fuerte lluvia que afortunadamente había cesado en el momento de recoger las mochilas.

Esta vez no gozamos de buen tiempo pero, como siempre, sí de gratísima compañía. La misma de la que esperamos disfrutar durante otras muchas excursiones, con mejor temperatura y sin aguaceros que nos desmotiven e impidan realizar todo el programa, como desafortunadamente ocurrió este día.
Si quieres leer la crónica en verso, pincha aquí

COMIDA NAVIDEÑA CON MIS EX-COMPAÑERAS DE TRABAJO

(Original de -16-12-2007)

Porque nunca fue culpable aquel que molestóse en buscar el acomodo; pues que con buena intención buscó aquello que creyó, idóneo y más apropiado; no matar al mensajero, pues juro que no “ensajero” al contar lo que ocurriera, en la reunión anual de mujeres ex “Zaideras”, que felices acudimos con nuestras mejores galas, de comer bastantes ganas, y ganas más, aun de estar; animadas y contentas… y felices, sentamos las posaderas en cómodos butacones, relamiéndonos de gusto, sin intuir el disgusto, que llegara con la cuenta.

Llenamos de algarabía el local, que con gran lujo, nos recibió bien montado y prestas fuimos servidas “al pun”, de habernos sentado.
Dos camareras servían y también un camarero. Ligeros sobre la mesa van colocando animosos, platos de jamón “raseros”. No uno para cada una, pues eran para “picar” y un plato era demasiado para cada comensal.

En cantidad parecida llegó a la mesa sonriendo, un platito de morcilla y luego uno de pimientos que en nada se parecían a variados entremeses de embutidos contratados… yo, no quise comer mucho, para no llenar el buche, rápido, de un estacazo.

Pero sin más, nos sirvieron humeantes y asaditos, tres platitos de lechazo y dos trébedes de leña con cuatro o cinco chuletas, que también fueron servidas calientes… y secas sobre la mesa.
Cinco cuenquitos de barro con una simple ensalada, repartiendo para quince, dos tomates; y una lechuga estirada, que por no traer más trastos, la sirvieron aliñada.

Me entretuve en hacer fotos para el recuerdo bonito y cuando pude sentarme, -todavía no me lo explico- habían limpiado la mesa y el postre estaba servido; sin cubiertos; que los habían recogido.

Un gran plato con variados, pasteles y pastelillos; unas poquitas cerezas; tarta de hojaldre exquisito… para degustar a una, de una en una era el surtido… tan escaso estaba el plato, que tuvimos que decirlo y nos trajeron un trozo, de tarta mal repartido.

También nos fueron servidas cinco botellas de vino, cuatro de agua; 15 raciones de pan, un café templau con leche… y entonces pensé ¿ya está?

Nos pusieron de regalo quince vasos con chupito y rosquillitas en cestos, que dijeron mis amigas; ¡Llevémoslas para luego!

No había comido mucho y en verdad me daba igual, pero no pensé lo mismo cuando tuve que pagar.

Cuarenta y cinco del ala; por barba, no pienses mal. Casi setecientos euros se endosaba aquel local, elegante, iluminado, ostentoso, y el lujo ya se que lo he de pagar, pero comida poquita y juro que esto es verdad, que si divido entre quince, lo invertido en estas viandas, más de 10 salieron gratis y nosotras; catorce… muy disgustadas.

Parecían tener prisa de vernos salir del sitio, no alargamos sobremesa, ni robamos los servicios, pues ni mucho, ni variado, ni exquisito. Ni el lechazo bien asado lo degustado en tal precio, mas, por ser bien educadas, chitón, en esos momentos, que juramos no volver al “Figón de Recoletos”.

No es queja pa quien buscó, el lugar que creyó bueno, por eso le doy las gracias… y una mierda para el dueño.

CONTESTACIÓN A LA CONTESTACIÓN

(Respuesta al comentario adjunto)

No me gusta que me cuelgues, fama de lengua afilada, pues más soy apasionada, vehemente y con dos dedos de frente, a la hora de gastarme los caudales, pues que nunca he acuñado dinerales, siempre supe de alternar; tengo a gusto y educado el paladar y “paladar” mi opinión, cuando buena; es vehemente, y si mala mereciera, mi descaro y mi delirio y en el caso del domingo aunque no oses admitirio, por más que esfuerzo pusiere en suavizar el agravio, todas disgusto acuñamos y ninguna protestamos por respeto a tu cuñado.
Pienso que quedó clarito cuando critiqué sincera, que ni fue gran cantidad, ni la comida era buena, ni variados los manjares, ni el lechazo de primera y en comparando en pasados, años de mismas reuniones, comimos con dos cojones, en locales luminosos, bien servido, bien surtido y al final de lo acordado, para ganar clientela, en otro establecimiento donde el acto aconteciera, nos quisieron obsequiar de champán varias botellas, aunque la cuantía final, jamás fue tan usurera.
En el maldito Figón, no era ibérico el jamón; aunque quizás la morcilla si llevaba en su interior, pepitas de oro escondidas. Lo único cierto y no miento, aunque la rima ya esperes; ¡estaba bueno el pimiento! Muy escaso, ciertamente y las chuletas calientes serviditas sobre brasas, secas, pequeñas y escasas, como escaso era el lechazo para quince hambrientas bocas y aunque nos tachen de locas, muchas raciones faltaron y si timo es fea palabra, pues amiga: ¡nos timaron!
En el precio contratado incluyeron los manteles; y lavarlos. Los platos; también limpiarlos, el sueldo de quien sirvió, con más premura que aprieto, que éramos quince comiendo y raciones vive dios, faltaron en el recuento, pero no faltó ninguna en pagar lo que pidieron, que hasta los postres escasos al pedir reclamación sirvieron trozos de tarta, sobrados de otra ocasión.
No pensé que en la receta iba incluida del dueño, de su casa la hipoteca, la piscina, sus amantes; pues de haber sabido antes, que servirían tan poquito, para no quedar canina, al salir de mi cocina, habría llevau bocadillo.
Y si tienen por costumbre cobrar lo que me has contado, por culo les vayan dando que de mi no se reirán, ya buscaré otro acomodo, pa comer de mejor modo, limpio, abundante y de buena calidad, y si van los concejales, el alcalde y hasta en pleno la guardia municipal, que no suban los impuestos, que no nos hagan llorar, para pagar los caprichos del avaro “ladronzuelo” que es dueño de aquel local, que ayer regalé una mierda y hoy le mando muchas más.

LA PANTOJA MORBO O ADMIRACIÓN

( Original de 12-MAYO-2007)

Por la exagerada difusión en todas las cadenas de televisión, supongo que a nadie ha dejado indiferente el concierto que Isabel Pantoja ha ofrecido el sábado 12 de Mayo en la plaza mayor de Valladolid.
Me pregunto si ese concierto hubiera tenido el mismo éxito y coste de no haberse dado la circunstancia de la reciente detención de la cantante acusada de tener imán en las manos a las que se le han pegado –presuntamente- los desmanes de su actual pareja. Aunque ella no sabía nada de tales “desmanes”. Se ve que –presuntamente- firmaba documentos a su nombre y nadaba en la abundancia porque el dinero en su casa aparece por arte de magia… o algo así. ¡Pobre! En este caso sólo podría acusársele de ingenua ¿no? y eso no es delito, ni la ingenuidad ni el enamoramiento, porque delito, podría ser haberse enamorado –presuntamente- de un señor de porte tan apuesto y gentil que no suda nunca y seguramente tampoco ronca.
Bromas aparte; siempre he defendido que los famosos lo son en los trabajos que les hayan llevado a serlo, pero una vez despojados de sus aderezos, lo que queda es un ser humano con vida privada, defectos y virtudes que sólo le atañen a él.
En este caso, cuando la Pantoja se quita la bata de cola; la conducta de la señora Isabel parece que no es tan intachable.
Esto no debe influir en el deseo de sus admiradores de verla actuar sobre un escenario. Lo que ya no me parece correcto es que su caché haya ascendido notablemente debido precisamente a esa circunstancia y que ese caché, -presuntamente- salga en buena parte de los impuestos que pagamos la gente honrada de Valladolid –en este caso-.
También en este caso, -presuntamente- además del caché, han salido de mis impuestos los sueldos extra de los policías “extras” que velaron por la seguridad de la cantante… y de los asistentes.
¿Alguien ha calculado que esa misma policía la necesitamos a diario? ¿Desde cuando el morbo merece más medidas de seguridad que cualquier otro evento ciudadano? o incluso de la seguridad diaria en las ciudades.
No nos engañemos. De no haber sido por su reciente ingreso en prisión para declarar por presunto apropiamiento de los muchos dineros ajenos, la cantante Isabel Pantoja –presuntamente- no habría cobrado tanto, ni su actuación hubiera levantado “tantas pasiones”.
No quiero decir que no tenga admiradores, pero estoy segura que la mayoría de las personas que se acercaron a la plaza mayor durante el día y muchas de las que se quedaron a ver el concierto, lo hicieron más por curiosidad y por salir en algunos de los muchos medios que en cantidad desmedida, se encontraban en mi ciudad, que por admiración a la artista.
Sentí vergüenza ajena al ver a todas esas personas; en su mayoría mujeres, como poseídas de algún espíritu tonto que les hacía parecer idiotas en la pantalla jaleando sin sentido. Dando su opinión sin saber realmente lo que decían, pendientes tan sólo de haber logrado su minuto de gloria.
Pantoja supo aprovechar la circunstancia, ofreciendo una de sus mejores actuaciones; y no me refiero solamente a sus canciones.
Con el mismo desparpajo que decía: “dientes, dientes, que es lo que más les jode”, Isabel Pantoja hace ahora gala de sus dotes de actriz y llora para provocar –presuntamente-lástima y llenos en los conciertos, acallando las voces de sus detractores.
Me gustaría saber si esos mismos que le gritaban tan vehementemente ¡Te queremos! ¡Te queremos! Lo habrían hecho con el mismo ímpetu de no haber estado presente la tele, y si se lo seguirían diciendo si fueran ellos los damnificados por los presuntos desmanes.
Supongo que a la tonadillera le fue fácil decir entre lágrimas ¡Gracias! Y ¡Viva Valladolid! A quienes le vitorearon. ¿Le será igual de sencillo pedir perdón y gritar ¡Viva Marbella!, si finalmente se prueba su culpabilidad?
Esto que ha visto la Pantoja en Valladolid, no ha sido tanto admiración por su arte como curiosidad y morbo por ver si la lapidaban a tomatazos y huevos o ganas de salir en la tele. Aunque no creo que sea tan ingenua como para no adivinarlo.
Aún así he de agradecer la cordura y educación de mis paisanos para que no se produjera el tiro al blanco que algunos vaticinaban que se efectuaría contra la cantante.
Al menos, ya que Valladolid nunca sale en la tele por nada cultural o agradable, y algunos pucelanos demostraron ser idiotas, también Valladolid demostró que puede ser educada y diferenciar entre ver a su ídolo cantando y no castigar a la persona que cuando baja del escenario es “persona” con sus defectos, sus virtudes y sus ambiciones desmedidas que presuntamente le hace meter la mano donde no debe con tal de vivir en la abundante riqueza sin demasiado esfuerzo.
La señora Isabel Pantoja Martín sabrá lo que hace y por qué lo hace y pagará lo que presuntamente tenga que pagar en cuerpo, alma y desvergüenza, que Isabel Pantoja mientras siga en libertad, seguirá subiendo a un escenario y será aplaudida por su forma de actuar o trabajar, aunque seguramente con mucha más moderación y sosiego.
No estoy en desacuerdo con que se den conciertos gratuitos a un precio razonable acosta de mis impuestos, sólo espero que esos impuestos también sirvan para cosas más duraderas y efectivas para mi ciudad y quien desee ver a sus ídolos por morbo, que pague la entrada.

INAUGURACIÓN DE UN NUEVO "MERCADONA"

(Original 8 Noviembre de 2006 )
Mercadona es una cadena de supermercados que desde hace algunos años ha comenzado a regar Valladolid de tiendas que ofertan precios bajos y excelente calidad en los productos y el trato al cliente. Así, cada vez que abre un nuevo establecimiento, invita a sus convecinos a conocer las instalaciones y los productos ofreciendo un aperitivo…gratis.

Hoy he asistido a una de esas inauguraciones y no he podido por menos de avergonzarme de pertenecer a la raza humana.
La nueva tienda exhibía sus estantes repletos de mercancía perfectamente ordenada y los pasillos repletos de personas perfectamente atropellándose para ser los primeros en acercarse a algunas de las mesas donde se ofrecían las degustaciones de café, pastas, embutidos y refrescos varios.
Dichas personas; que en su inmensa mayoría peinaban muchas canas; teñidas y acicaladas para la ocasión, se agolpaban dando codazos al diestro y siniestro que se cruzara en su camino.
A “puñaus” cogían, sobre todo el jamón y el lomo, que después con descaro y mal logrado disimulo introducían en sus bolsos o engullían sin hacer trabajar en demasía a sus prótesis dentales.

Los trabajadores de Mercadona con los brazos lo más alto que podían para no manchar a ningún visitante con las bandejas de comida, (y para que la dicha comida pudiera llegar a destino) a duras penas se abrían paso entre la maraña de “tragansales” y no daban abasto para reponer las mesas.
Algunos, con la boca llena, pedían que las bajaran para poder coger “una pastita” y cuando amablemente les contestaban que lo cogiera de la mesa, se quejaban diciendo que en las mesas no había nada. ¡¡Naturalmente, con cuatro como ella, de las mesas pronto no quedaron ni los manteles!! Literalmente fue así, en poco más de treinta minutos habían arrasado con las amplias previsiones que tenían para una recepción de dos horas.
Otra señora caníbal, que seguramente presumirá de “civilizada”, tenía tanta ansia, que incluso llegó a morder en un dedo a una de las empleadas que llevaba varios platos.
La ansiosa glotona, no pudo esperar a coger con sus deditos un pedazo de jamón, acercó su boca al plato y mordió la mano de la muchacha que alucinaba sin poder “agradecer” el detalle como la mujer merecía.
Aunque parezca increíble, así sucedió; doy fe.
Ni los supervivientes de “la tragedia en los Andes” actuaron así después de permanecer diez semanas perdidos en la cordillera sin alimentos.

Otros al ver que los aperitivos se habían acabado, pretendían abrir las cajas de pastas y pasteles que reposaban incrédulas en las estanterías para ser vendidas al día siguiente.

En pocos minutos el suelo del establecimiento quedó convertido en un barrizal de migas y envolturas de bollo y pedazos de pan que los empleados no podían limpiar ocupados en sonreír intentando informar sobre los productos de sus respectivas secciones y retirar los vasos de plástico que los invitados dejaban encima de cualquier estantería en vez de depositarlos en los cubos que al lado de cada mesa habían dispuesto.

Me pareció increíble el espectáculo que ofrecían aquellas ¿personas?, a punto de finalizar el año 2006.
Naturalmente entre tantísimas personas; había varias que se dedicaban a observar la nueva tienda, comparando precios y supongo que tan incrédulos como yo al ver tamaños “desmanes” en nuestros “congéneres”.
Le deseo mucha suerte a este nuevo establecimiento de Mercadona, que para eso era aquella… “fiesta”.

"CUATRO CORAZONES CON FRENO Y MARCHA ATRÁS" ALAEJOS


(Original de 18-MAYO-2006)


Es posible que mi opinión no cuente como crítica, pero quiero darla por cariño y reconocimiento a las personas que se subieron a un escenario con el sólo objetivo de colaborar en la cultura de su pueblo y la satisfacción personal de hacerlo lo mejor que saben… y es mucho.Tras meses de preparación e ilusiones ayer fue el ensayo general de la obra “Cuatro corazones con freno y marcha atrás” que hoy; 18 de mayo de 2006 por fin representaron para sus convecinos.Al ver la obra, olvidé que con algunos de ellos me unen lazos de sangre, con otros de profunda amistad o simplemente les conozco “de toda la vida”. Sobre el escenario vi actores y actrices enfundados en sus personajes y cargados de ilusión por representar lo que con esfuerzo habían ensayado.No es una obra fácil. Son tres actos cargados de humor y complicados diálogos salpicados de palabras y expresiones típicamente alaejanas que enriquecían aun más los textos que escribiera Enrique Jardiel Poncela en 1936.Se movían por el escenario con tanta maestría que parecía que lo hubieran hecho más por profesión durante años que por afición desde hace muy poco tiempo.Entre todos los actores y actrices habían ambientado con esmero el escenario con los distintos decorados que requería cada escena para representar los diferentes actos con que cuenta la obra. Cada uno buscó y arregló los trajes que lucieron a lo largo de la representación con el mismo cuidado e ilusión con que preparan todas y cada una de las actuaciones en que colaboran para engrandecer el futuro y presente del pueblo en el que viven; por eso lo hicieron tan bien. Puedo decir que me sorprendí muy gratamente, pues aunque ya les había visto actuar en alguna pequeña representación, no imaginé que una obra de tal magnitud pudieran llevarla a cabo tan magistralmente.Ellos, me consta, no buscan laureles ni trofeos, tan sólo eso; que se les reconozca el esfuerzo con un aplauso o un simple “gracias” que no siempre llega. Más bien al contrario, todo son piedras en el zapato que les impide en muchos casos seguir caminando en su buen hacer, en su bien sentir y en sus deseos de continuar colaborando y esforzándose sin recompensa.Una de esas grandes piedras fue sin duda tener que ensayar en el teatro con temperaturas bajo cero y sin una calefacción que llevarse a los huesos.Hay que tener mucha fuerza de voluntad para reunirse a las 8 de la tarde del crudo invierno, después del duro trabajo diario; continuar trabajando para aprender los guiones, armados de gorros y bufandas intentando que las palabras pudieran brotar medianamente inteligibles.Finalmente tras tantos sacrificios, había llegado el día del estreno. Poco a poco la sala del teatro se fue llenando de público hasta cubrir por completo el aforo.Jesús, el profesor, al hacer la presentación de la obra, dio las gracias a cuantas personas habían colaborado con el grupo. A la asociación de mujeres de alaejos que han confeccionado las cortinas que Dámaso instaló para hacer de imprescindible telón para sucesivos –y precedentes- eventos. Amén de otras muchas tareas que ha desempeñado sin queja el bueno de Dámaso.También agradeció al público su asistencia, puesto que sin público -dijo- no existiría el teatro.Cierto que el público es importante, pero también es lo más fácil.Acudir -en este caso- al teatro, acomodarnos y disfrutar del trabajo de todos ellos es bonito, pero nunca podrá ser tan gratificante aplaudir como recibir el aplauso en reconocimiento a su trabajo.En este caso el público asistió atento y respetuoso, aplaudiendo incluso hasta en dos ocasiones en mitad de las actuaciones; sin esperar a los entreactos para hacerlo. Así de exitosa fue la representación.Los actores supieron solventar con maestría los pequeños lapsus que fruto de la tensión pudieron tener. Fueron creciéndose en sus actuaciones hasta representar un espectáculo digno de los mejores comediantes.Ánimo amigos. No cejéis en el empeño de hacer las cosas por y para este pueblo. Somos muchos los que agradecemos vuestro esfuerzo y tesón.

OTRA VEZ ESPERANDO EN LA SALA DE URGENCIAS

(Original de 21-3-2006)

No suelen ser habituales mis visitas a las urgencias de los hospitales, pero sólo pasaron un mes y 16 días desde la última, cuando un leve incidente me llevó de nuevo al hospital clínico y a su inhóspita sala de espera.

No es mi costumbre rezar rogando imposibles; mucho menos iba a hacerlo para pedir a un hipotético “concededor” que la dicha sala estuviera poco menos que desierta y esperándonos a mi pequeña y a mí con los bancos abiertos. ¡Nada más lejos de la cruda realidad!

Tras bajar del autobús -no sin antes comentar lo descaradamente que nos miraba la aburrida pasajera que no teniendo otra cosa mejor que hacer se dedicó a escudriñar nuestra presencia- subimos la empinada a la par que incómoda rampa de acceso al hospital que pronto dejará de existir como tal.

Al llegar arriba, vimos como de una lujosa, nueva y gran furgoneta se apeaba una familia de no menos de 20 miembros gritones y con prisa por ser los primeros en ser atendidos.
Maldijimos nuestra suerte y continuamos camino.
Como no terminaban de bajar todos, nos dio tiempo de llegar a la ventanilla de admisión poco antes que ellos.

Mientras nos tomaban los datos, la numerosa y ruidosa familia hizo acto de presencia en la abarrotadísima sala, de forma tan devastadora como lo hubiera hecho la marabunta.
Todo eran risas, griterío, alboroto…

Tras cumplir el tramite de la recepción de datos, y al girarme buscando asiento, me encontré a un palmo de la nariz con la incipiente coronilla y pelo sin brillo de un ex personaje que acompañando a su muy preñada pareja también acababa de llegar.

Dudamos si sentarnos o esperar de pie, pero viendo aquella maraña humana, sospechamos que el tiempo de espera sería más del que podríamos aguantar erguidas.

Nos sentamos en uno de los destartalados asientos y a nuestra espalda lo hizo la ruidosa y abundantísima familia.

No es quejarse de vicio ni de más; simplemente es recapacitar sobre si era necesaria la presencia en aquella sala cuajada de enfermos, de veinte personas; diez niños de entre 5 y 2 años y diez “abultos” de edades tan variadas como sin importancia para este caso.

¿Qué hacían en un lugar plagado de virus con gorro diez criaturitas inocentes a la par que molestos?

Una de las “abultas” llevaba un bebé en brazos. Imaginé que ese sería el enfermito; quizás el pobre infante estaba aquejado de “un moco” y no encontraron mejor lugar para quitárselo que aquel donde estábamos.

Entre las muchas personas que, como decía; abarrotaban la sala, se encontraba una pareja a poco de entrar en la tercera edad y de aspecto absolutamente corriente, degustando un bocadillo y una botella de agua que intercambiaban entre si con sumo cuidado, de que las migas cayeran al suelo para no manchar sus ropas.

No me explico como alguien “normal” puede comer tranquilamente con apetito en aquel lugar, máxime viendo la persona que dormitaba en el asiento contiguo.
El aspecto del mendigo era igual al del conde de Montecristo cuando escapó de la prisión.

Frente a nosotras se aposentó el ex personaje que no paraba de mirarnos, quizás esperando un saludo que nunca llegaría.

Los diez niños no paraban en sus asientos, entraban y salían, corrían y gritaban como si estuvieran divirtiéndose en un parque de atracciones.

De pronto, sin saber cómo ni por donde, los mayores se volatilizaron y allí quedaron los engendritos –hijos engendrados por ellos- ¡sin animo de ofender! que los niños no tiene culpa de no haber visto una pastilla de jabón ni un peine en sus cortas y “desfavorecidas” vidas.
No eran horas de visita; las puertas de acceso al resto de los servicios hospitalarios se encontraban cerradas. Sólo podían haber salido a la calle ¡que no!, o entrado a las salas de urgencias pero… ¿todos? A los demás solamente nos dejan pasar –como mucho- un acompañante por enfermo – ¡lógico! En muchos casos no hace falta más.

Aunque en este caso volví a preguntarme -y no me contesté- como es posible que teniendo semejante furgoneta, no puedan comprar una pastilla de jabón.
Lo suyo no es pobreza; es marranería o quizás intención de dar más lástima para poder vivir del cuento utilizando impunemente para su mendicidad a cándidas criaturas.

Si nos ceñimos al refrán: “el buey suelto bien se lame”, no os quiero ni contar lo agusto que estaban los diez “cabestritos” –por lo de buey suelto- a sus anchas y largas sin nadie que vigilara sus cada vez más abundantes travesuras.
Cierto es que tampoco les estaban poniendo freno antes de desaparecer, pero así, solitos… ¡tan llenitos de mugre! Al mirarlos ¡inocentes! parecía talmente estar viendo uno de esos anuncios que suelen poner durante la navidad para que se nos atragante la “boyantez” de nuestras vidas. Esos anuncios plagados de niños tercermundistas con los que nos chantajean cada cinco minutos para que apadrinemos. ¡Ellos, pobres! llenitos de moscas alrededor de los mocos y el pelo estropajoso. ¡Esos niños! que cada año son los mismos, como si en el mundo no hubiera otros pobres a los que plasmar.
Los que finalmente recibirán esos dineros, no se molestan ni en cuidar la puesta en escena para hacer más creíble su… “buena voluntad”.

Los que estaban en aquella sala mugrientos, aburridos y aburriendo, eran perfectos para uno de esos “chantajeanuncios”.

Debajo de la mugre, tenían unas caras preciosas. Uno de no más de 3 añitos, era un calco en miniatura de Bisbal; vivaracho, movidito, harapiento igual que los otros nueve, pero a diferencia de ellos; los ojillos de “Bisbalito”, miraban constantemente la punta de su nariz sin poder evitarlo. Yo me hice nuevamente otra pregunta ¿podrá ver bien lo que le rodea? ¡Quizás es el que más suerte tiene de todos ellos y sólo ve esa pequeña parcela de su cara!

Por si fueran pocos los diez “tercermundismitos”, apareció en escena un balón con el que jugaban a lanzárselo unos a otros o a darle otro a uno tales golpes en la cabeza, que con sólo verlos me produjo migraña.

El pequeño Bisbal, era una preciosidad, aunque no quita que una de las veces se le escapó la pelota y para buscarla gateó por el suelo a mi izquierda y me asusté creyendo que era un caniche saliendo debajo de mí asiento.

Otra niñita también preciosa bajo sus harapos, comenzó a brincar de pie en el asiento tras el que yo me encontraba haciendo que el mío se moviera a punto de descoyuntarse.
Lo siento, no me considero racista, soy realista y me limito a relatar todo lo que viví tal y como sucedió, aderezado, eso si, con la fina ironía que caracteriza mis críticas.

Por no hacer un feo, continuamos en el mismo asiento expuestas a ser golpeadas por la niña brincona, los niños corricones y el balón volante.

Ninguno de los presentes nos atrevimos ni a reprender a las criaturitas, ni a morirnos de vergüenza porque en el siglo 21 existan en nuestra ciudad personas como aquellas que no sólo habían abandonado diez niños en una sala de espera de un hospital, donde lo menos que había eran ganas de escuchar algo distinto a nuestro nombre llamándonos a ser visitados y así terminar de una vez la tediosa espera; aun quedaba mucho tiempo para ello.

Mientras; los niños seguían impunemente gritando y lanzando la pelota por encima de las personas que habíamos acudido con nuestras dolencias a un hospital; no a un centro de recreo para divertirnos con las “monerías” infantiles de aquellos inocentes.

El más pequeño de todos, un niñito de escasos 2 añitos, aburrido, terminó tumbándose en el suelo “boca arriba”. Otro lo agarró por los pies y lo arrastró por la sala –cualquier cosa menos pulcra- hasta que ambos se cansaron de hacerlo.

Otra pregunta; de haber sido un solo niño “payo” el que molestara ¿todo el mundo lo habría consentido? o quizás hubieran puesto el grito en el cielo clamando silencio y tranquilidad para sus malestares.

Nadie movió un dedo, ni pacientes, ni impacientes, ni celadores… ni siquiera el menesteroso conde de Montecristo cuando con tanto griterío fue arrancado de los brazos de Morfeo… ¡¡con lo descansado que quedó Morfeo al soltarlo!!

El mendigo simplemente se levantó del asiento y arrastrando su vida y meciendo sus presuntos y más que probables piojos; se acercó a unos de los aseos a evacuar lo bebido.
Al salir tuvo la suerte de encontrar una colilla de cigarrillo a medio fumar. Naturalmente lo encendió y sin más se sentó a fumarlo tranquilamente.

Sólo pensar que el humo que expelía con grandes bocanadas salía de sus pulmones para llegar a los de mi hija y míos, hizo que nos alejáramos de allí con más premura que si de un cataclismo se tratase.
Lo que no consiguieron los chiquillos tan inocentes como sucios, lo consiguió aquel ser tan sucio como… nauseabundo.

“Acomodadas” –es un decir- en los asientos del fondo, podíamos divisar completamente la sala plagada de personas que entraban y salían sin mirar siquiera a la chiquillería cada vez más inquieta y ruidosa.

De pronto, comenzaron a reír sin duelo.
Unan pobre mujer acababa de salir con su cura recién hecha. Cojeaba visiblemente y llevaba la nariz “entablillada” con un aparatoso vendaje.

La pobre mujer, más preocupada por sus dolores que por su cómica apariencia, recorrió lentamente la sala de espera, camino de la calle, ayudada por otra señora que la acompañaba. Tuvo suerte de conseguirlo sin haber recibido un balonazo que le habría hecho menos gracia que a los niñitos su aspecto.

Pasada más de una hora en aquel antro –milagrosamente- escuchamos el nombre de mi doliente hija y su dedo índice de la mano derecha.

Fuimos atendidas con cortesía y gracias a la observación que hice, de que no deberíamos haber estado allí, porque las urgencias están para otra cosa y lo nuestro podría haberlo “valorado” el incompet… el médico de cabecera; también fuimos atendidas con rapidez.

Salimos dejando atrás a todas aquellas personas que por razones diversas, acudieron a urgencias sin sospechar que serían protagonistas de esta crítica.

Últimamente estoy frecuentando en paseos vespertinos las obras del que será el nuevo y modernísimo hospital vallisoletano y dada mi propensión a hacerme preguntas tengo varias de difícil contestación:

¿Las medidas de civismo serán las mismas en las nuevas instalaciones que las actualmente insufribles?
¿Serán diferentes las instalaciones para personas realmente enfermas, que para los que se comportan sin ningún respeto hacia sus “semejantes”?
¿Podremos disfrutar tranquilamente de los servicios que pagamos con nuestros impuestos?
¿Seguiremos pagando impuestos para ser atendidos con menos premura y deferencia que los que nunca pagan… aunque puedan pagar?
¿Durarán al menos algunas horas nuevas, las novedosas instalaciones?
¿Hasta cuando vamos a consentir este racismo que ejercen algunos sobre los que no somos como ellos?
¿Rescatarán médicos en paro –o recién horneaditos- para que seamos atendidos con dignidad y rapidez quienes acudimos por obligación a urgencias?
¿Pondrán en el nuevo hospital salas de recreo para acompañantes excesivos?
¿Tendremos que seguir aguantando semejantes desmanes?
¿Tendremos que seguir aguantando que “además” nos llamen racistas?
¿Tendremos que seguir aguantando?
¿Seguirá dormitando el conde de Montecristo en las nuevas salas de urgencias?

URGENCIAS EN EL CLÍNICO

(Original de 6-2-2006)

Acudir al servicio de urgencias de un hospital no es la experiencia más agradable que se puede experimentar, aunque vayas de paciente acompañante y no de impaciente paciente.

Al llegar a la sala de espera y verla atestada de personas, te dan ganas de salir huyendo, pero aún dudando que podrán ayudarte en tu dolencia, te acercas a la ventanilla y das tus datos al personal de turno que con actitud cansina, sin mirarte a la cara te piden que esperes a ser llamado.
Es entonces al ocupar uno de esos asientos, cuando te llevas el primer susto.
Son bajos, incómodos, desconchados por el excesivo uso y tan inestables por diseño, que al acercar la nalga el asiento parece retirarse a mala idea haciendo casi perder el equilibrio a quien osa ocuparlo.

No teníamos otra alternativa más que pacientemente esperar turno observando cómo el resto de personas que habían acudido a las urgencias del hospital clínico universitario de Valladolid, hacían igual que nosotros, es decir; nos miraban de soslayo serios y cariacontecidos mientras esperábamos ansiosos escuchar el nombre del enfermo para cruzar la pesada puerta de vaivén que da acceso al interminable pasillo de innumerables salas, olor mareante, exento de pulcra limpieza y abarrotado de personas, pareciendo más la estación de autobuses en hora punta que un centro hospitalario.

Mientras buscábamos cual laberinto, la puerta de la consulta a la que habíamos sido remitidas, nos cruzamos con una multitud de camillas ocupadas por dolientes personas, acompañantes afligidos, enfermeras aburridas, doctores… doctores, celadores enfadados y porquería, mucha porquería.

Por fin llegamos a la sala donde una doctora hinchada por su embarazo a punto de culminar, nos observaba con desgana sentada tras la mesa cuyo tablero mostraba manchas de sangre reseca de un anterior paciente.
Sin moverse de su asiento y sin tocar la muñeca dolorida de mi hija dictaminó la solución; enyesar.
Pedimos educadamente explicaciones a la resolución, dando muestras sinceras de lástima por la enorme cantidad de trabajo que tenía.
Debimos caerle bien y amablemente –ahora si- nos definió su prescripción de inmovilizar completamente la muñeca para una mejor y más rápida curación.
Tras ofrecernos disculpas por la saturación de pacientes, pidió que esperáramos de nuevo fuera.
Nos despedimos de ella y regresamos a la abarrotada sala de espera de la que habíamos salido deseando no volver.

Mientras esperábamos, sin poderlo evitar observamos levemente -más por entretener la espera que por interés- a las personas que con gestos de dolor y desgana ocupaban la estancia.

Una señora mayor con pinta de acabar de salir de la cama sin tiempo –ni ganas- de peinarse el cucubillo de la coronilla… un niño entre los brazos protectores de su madre con ojos vidriosos de fiebre y llanto y mocos secos de llanto y fiebre…una muchacha escuchando música a través de unos minúsculos auriculares… un pobre señor bastante mayor doblado de malestar y años apoyaba la barbilla sobre su pecho, sentado en una silla de ruedas con gesto que claramente reflejaba dolor, cansancio y pesar por tener que seguir respirando fuera de su hábitat…
En definitiva varias personas con similares características de dolor y malestar salpicadas entre los asientos y excesivo bullicio en los del fondo que acapararon totalmente nuestra atención y comentarios, obviando al resto de los “esperantes”.

Toda la sala brillaba… por la ausencia en su limpieza, pero esa zona estaba tan sucia como el pelo y las uñas del patriarca que ocupaba uno de aquellos “asientos del fondo”.

Bajo la hilera de “reposaculos”; montones de botellas de agua vacías, papeles y desperdicios varios evidenciaban la larga estancia de aquellas personas en dicho vertedero, también llamado sala de espera.

En lugar de estar en casita haciendo deberes, había varios niños de la misma raza gitana que el mentado patriarca. Correteaban por la sala molestando a cuantos se encontraban realmente enfermos y provocando enfermedad a los acompañantes.

No paraban de llegar familiares tan desaliñados e insensibles al dolor ajeno como los que les habían precedido.
Entró una gitana gorda, greñuda, con abrigo de piel bien conjuntado con las zapatillas de “andar por casa” que calzaba y con grandes voces preguntó a sus congéneres si ya había novedades, a lo que otra gitana que hacía descansar sus orondos brazos sobre un par de considerables y lacias tetas, contestó con acento “jay”: naaada hiiiija, sigue en dilataciooón.

Fácil fue suponer que toda aquella maraña estaba en espera de otro miembro más para la extensa familia.

Los chiquillos aburridos de corretear por la sala, comenzaron a jugar con las máquinas expendedoras de agua, refrescos y chucherías varias.
Apretaban con fuerza los botones, como si al hacerlo pudieran acelerar los dolores de la parturienta para poder salir cuanto antes a hacer picias a otro sitio.

Naturalmente ninguna de las personas mayores que les acompañaban hicieron el menor gesto de; “niño deja de tocar la maquina que vas a romperla y tendrán que pagarla estos señores a los que estáis molestando toda la tarde porque nosotros ni educados ni contribuyentes; somos únicamente gitaaanos”.

Cuando se cansaron de aporrear los botones de la máquina, comenzaron otro jueguecito no menos molesto y dañino.

Salieron al exterior y se sentaron en las sillas de ruedas colocadas en hilera para ser utilizadas en caso de urgencia o necesidad y como si de una atracción de feria se tratase, rodaron por el recinto a su antojo hasta que nuevamente se cansaron del juguete y corretearon por entre las ambulancias que se encontraban allí estacionadas.

En una de sus alocadas carreras estuvieron a punto de atropellar la camilla en la que sacaban a un anciano con la cara blanca como la nieve y atado a una botella de suero.

Imaginé por un instante si aquel chico gordo -aspirante a vendedor de bragas en un mercadillo ambulante- hubiera golpeado al pobre señor.
Por leve que hubiera sido el golpe, no creo que le aliviara pensar que un niño –aunque sea gitano- no es responsable de sus actos.

Los lebreles seguían entrando y saliendo impunemente de la sala, sin que ningún celador –o cualquier otro personal hospitalario- les llamara la atención. Supongo que deben estar acostumbrados a tales desmanes y “pasan” de decir nada, sabedores que les harán caso “insumiso”.

Una de las chiquillas corriconas entró para hacerse cargo de la pequeña que aun no caminaba sola y tenía “hartitos” a quienes la atendían.

La niña mayor –candidata a mujer ignorada por su marido- sentó a la pequeña en su cadera y comenzó a menearse al son de alguna cancioncilla que tuviera bullendo bajo el enmaraño de cabello.
Mirándola pude bien imaginar el futuro de aquellas dos aprendices de “dame aaaargo paaaayo”.
Pronto se cansó del meneo la pequeña, que lloriqueando aburrida y aburriendo a los “payos enfelmos” alargaba sus bracitos implorando ser tomada en brazos por su presunto padre.

El varón la tomo en brazos y comenzó a hacer con ella “el avioncito”. Una de las veces a punto estuvo de golpear la cabecita de la pequeña con la columna que acababa de emplear como escondite al “cucu tras”, en otro infructuoso intento de aliviar la inútil espera de aquella pobre criatura.

Pronto se cansó el supuesto padre de la improvisada aviación, dejó a la niña en otros brazos y salió a fumar un cigarrillo.
¡¡Mira, que educado!! –pensé- cumple las nuevas leyes anti-tabaco.
Pero sólo fue eso, un leve pensamiento. Enseguida tuve que dejar de mirar a la calle por el asco que me dio ver llorar los cristales y no por lluvia ni vaho.
Lástima que los cristales no eran una llama o un camello que le hubieran devuelto el tiro a su puñetera cara.
Además de incordiar haciendo gorrinadas.

Mientras ese hacía de las suyas, otro trataba de distraer a la gitanilla lanzándola al aire como un poseído.
Una de las veces me asusté porque a punto estuvo de dejarla caer. Se hubiera estampanado contra el suelo, parando de golpe el hastío de la pequeña.
No hubo suerte en el intento; no logró calmar el aburrimiento de la infortunada niñita, a la que por fin dejaron en el suelo gateando feliz entre la porquería, rebozando el chupete que a veces colgaba de su cuello y otras rechupeteaba como posesa.
Al menos así no había riesgo de accidente… ni de cualquier contagio, porque bien sabido es que desde muy pequeños a los “jichus” no les entran ni las balas.

Tras más de una hora de espera, finalmente fuimos muy amablemente atendidas y pudimos dejar aquella inhóspita sala, a los dolientes y a los jodientes con sensación de impotencia.

Seguiremos soportando su racismo, sus guarradas, prepotencia y nula educación en cualquier lugar donde coincidamos con los “calós”, sabedores que nadie va a decirles nada y quejándose eso si; de sufrir discriminación por nuestra parte.

Nadie pondrá jamás cordura en esta raza para que aprendan a convivir como personas.
Si en vez de esperar en masa a que la parturienta diera su do de pecho, hubieran estado en sus chamicitos haciendo deberes unos, durmiendo otros, fumando algunos y no molestando todos, no habría habido lugar para esta crítica que nadie podrá tachar de racista… o mejor si… racistas los gitanos que no son capaces de convivir como personas entre las personas sanas o enfermas y con dolor de cuerpo o de alma.

UNA MAÑANA DE PELUQUERÍA

(Original de 9 de DICIEMBRE-2005)

Esta mañana tras varios meses necesitando acudir con urgencia a una peluquería y de no hacerlo por pereza, y porque me gusta que me peine Alejandro y al pueblo ahora no vamos huyendo de los fríos, por fin decidí ir a la misma que el lunes pasado acudió Irene.

Animada precisamente por el corte juvenil que le hicieron a mi niña y lo guapa que le quedaron –sin ser demasiado mérito de la peluquera porque mi chiquita es muy rebonita- , me encaminé a la tal peluquería por primera vez.

De no haber sido por la referencia de las varias veces que han “arreglado” a Irene, nada más entrar habría salido pitando.

Dos hábiles peluqueras se afanaban en peinar a sendas señoras, mientras otras tantas aguardaban con gesto cansino a que los tintes o permanentes que tenían aplicados hicieran su labor.
Ninguna de las clientes cumplirá los 75 años porque hace tiempo que dieron ese salto y las “hábiles peluqueras”, lucían cualquier cosa menos un cabello bien cuidado.
Una de ellas parecía haber dormido con la cabeza dentro del horno y la otra daba la sensación de haberse batido el pelo.
Ese aspecto no es el más aconsejable para dar sensación de estar frente a unas profesionales del cabello. Lo de la mayoría de edad de la clientela, no importaba, todo el mundo tiene derecho a intentar ponerse lo más guapo que pueda.

Tomé asiento aún dudando si quedarme o poner una tonta disculpa y largarme de allí; telefonear para pedir cita a la “glamurosa” peluquería que alguna vez visité, o largarme al pueblo para que me peinara Jandri aun a riesgo de perecer congelada en el intento.

Finalmente opté por quedarme.
Las señoras hacían lo habitual… hablar de todo y nada en concreto, mientras yo hacía lo que siempre… observar curiosamente, sacar mis propias conclusiones y de vez en cuando participar en las conversaciones para no parecer antipática.

Creo que eso de “observar curiosamente”, lo hacemos todos, aunque a la mayoría no se les ocurre escribir un relato del hecho con pequeños toques de ácida ironía. Simplemente lo comentan con mayor o menor grado de critiqueo, cosa que no me gusta hacer, mucho menos si ocurren a mí alrededor y se ven implicadas personas conocidas. Jamás escribiría algo que pudiera herir. Omitiría nombres si estimo que puede invadir la privacidad de las personas que quiero y me quieren.

Me reconozco crítica, jamás criticona.

Entró una señora a la que las demás conocían porque la saludaron efusivamente llamándola por su nombre.
Una de las “entintadas” preguntó a la recién llegada:
- Oye, ¿se ha muerto el hijo del señor Braulio?
- Si -contestó-. Hace unos meses.
- ¡¡Vaya!! ¡¡pobre hombre!! Es que siempre le veía yo paseando y hace mucho que no le veo y he dicho; este chico se ha tenido que morir. Pues era joven… tendría unos 75 o así.

Que a nadie le extrañe que a una persona que roza la “ochentena” le parezca joven un “chico” de 75 años, ya que la perspectiva de juventud se alarga al mismo ritmo de nuestra propia edad.
Siempre recuerdo que cuando yo tenía 21 años, murió un amigo de mis padres con 35 y la viuda lloraba diciendo; ¡era un niño!
Yo con mis veintiuno, pensaba; ¡no tan niño!
Al cumplir los 35, lo comprendí perfectamente.
Cuando mi madre se convirtió en abuela al nacer mi primera hija, tenía 47 años y me parecía “mayor”, una buena edad de “abuelearse”. Hoy tengo 48 y no me veo de abuela… aunque me encantaría serlo.

Bien, siguiendo con mí relato, le toca el turno ahora a la señora que con la cabeza llena de rulos pequeños que enroscaban su cabello con olor penetrante a líquido moldeador, hablaba de lo buen estudiante que había sido su hijo. Parece ser que el “vástago” tenía dos carreras.
- Mi hijo es mu “esteligente”.
No lo dudo señora… ¡y sordo!, porque de oírle hablar a usted debería corregir cariñosamente sus poco bien dichas palabras.

Las conversaciones seguían por encima del ruido de los secadores.

Asomó la cara por entre los cristales un hombre mayor, bajito, gordo, feo, bisojo y cojeando visiblemente. Sonrió enseñando un par de dientes y mucha encía como saludo a la mujer que tenía la cabeza envuelta en papel de aluminio para que “le subiera el tinte” y siguió su camino.
Pese a lo grotesco del envoltorio y el surco que el paso del montón de años había dejado en su rostro, se podía adivinar que dicha señora había sido muy guapa en su “mocedad”.

- Mira, tu marido Andrea -dijo la peluquera de cabeza horneada-. Que cariñoso es ¿verdad? Da gusto veros siempre juntitos.
- Mira, 58 años juntos llevamos, más los seis de novios y no vamos a ningún “lau” el uno sin el otro –comentó la anciana sin disimular su orgullo.
- Así da gusto hija -dijo la señora que en aquellos momentos recibía las atenciones “peluqueriles”-. Pocos se ven así, tantos años “casaus”, ahora no aguantan nada, enseguida se descasan.
- Es verdad –comentó la madre del “esteligente”-. La culpa es de que ellas trabajan fuera de casa, ¡como no las hace falta el dinero del marido!… por eso hay tantas separaciones y tantos “devorcios”.
- ¡Maja!, no se cuántas van ya muertas este año –dijo Andrea.
- No digo yo que haya que matarlas, pero mira, si las pegan por algo será.

El comentario de la “bigudituda” madre del de dos carreras, me molestó mucho más por haber sido hecho por una mujer, y aunque la perdoné por su edad, no por ello dejé de rebatirlo enérgica y educadamente.

- Ninguna mujer merece que su marido le pegue, haga lo que haga. Hay otras medidas que tomar, porque por esa regla de tres, seguramente ellos serían en multitud de ocasiones más merecedores de recibir una buena paliza –dije disimulando mi indignación por el estúpido argumento-. En cualquier caso, ninguna mujer merece que su marido le pegue, ni por supuesto ningún marido merece que le pegue su mujer… casi nunca.
El “casi nunca”, fue recibido con una sonrisa por parte de todas y algún asentimiento pícaro.
- Lo que hay que tener es mucho “cuidau” con las personas que metemos en casa –dijo Andrea-. Yo por compadecerme de una pobre mujer que necesitaba dinero, la di trabajo en casa y luego la pillaron mis hijos en la cama con mi marido y mira… le perdoné. ¡Como el que tenía los dineros era él! pues no tuve más remedio que aguantarme, pero mira, ella ya tiene lo suyo; está internada en el “Benito Menni” –una clínica para enfermos mentales- y yo… sigo con mi marido.

La buena Andrea hizo un gesto inequívoco de “que se chinche”.

Todas hicimos comentarios al respecto, jocosos, eso si, por la naturalidad con que la anciana relataba su “infortunio”. ¡¡Quien iba a pensar que Andrea; pocos minutos antes tan orgullosa de los años que llevaba felizmente al lado de su marido, era una de tantas esposas resignadas al cuerno… como bien mandaba la sección femenina!!

La pobre mujer terminó diciendo que no quería que sirviera de comentarios, que había pasado hace muchos años y no era cosa que ahora fuera a “salir de allí”.
Tranquila señora, ya ve que su secreto conmigo… está completamente a salvo.
Nadie sabrá que a usted le ocurrió lo que aquí relato, por educación, por cortesía, y porque nunca en mi vida la había visto y vete a saber si alguna vez volveré a verla.

Al poco abrió la puerta una señora y mirando a otra que en esos momentos era “enrulada”, preguntó cuanto tiempo le quedaba para acercarse a buscarla.
Una vez aclarara su duda, salió del local.

- ¡Que coja está tu hija Margarita! ¿la han “operau” o algo? –preguntó la “cuerniañeja”.
- Grítala; es sorda –dijo otra mujer.
Casi por señas hicieron la pregunta a la escasa de oído y ésta señalándose los pechos hizo gestos inequívocos de que a su hija le había mastectomizado.
- ¡Anda hija!; hace veinte años que operaron del pecho a tu hija, pero no creo que sea por eso la cojera –dijo la peluquera de pelo batido.

La pobre mujer, ni se enteró del comentario, ni de la pregunta, ni del ruido de los secadores, ni falta que hacía, ¡para lo que hay que oír a veces!

Mientras me atendían, comenzaron también con la señora que me seguía en turno. Tan entrada en años como las anteriores, pero con huellas de cansancio y surcos profundos de arrugas que delataban seguramente su vida de trabajadora.

La mujer con gesto adusto; más bien antipático, no paraba de quejarse de sueño dando grandes bostezos.
Una de las peluqueras le aplicó sobre los bigudís el líquido –como dije antes de olor penetrante a permanente- Parece que el tal producto estaba frío e hizo que la mujer arrugara aun más su gesto. Posteriormente, y dado que seguía teniendo frío –hacía calor en el local- se puso la toalla que cubría sus hombros a modo de toquilla sobre la cabeza sujetándola con sus manos a la altura de la “papada”.

Así de esta guisa tan maja, la señora de gesto huraño comenzó a cantarnos una canción del tema que se abordaba en aquel momento.

Hablábamos de religión, curas, Santos y demás monerías.
Unas opinaban que San Nicolás siempre hace los milagros que se le piden en las caminatas, para otras era la patrona de su pueblo y para otra… (veasé yo), los milagros no existen.
La mujer tapada comentaba que el cura de su pueblo se acostaba con cuanta moza pillaba a mano y como las demás cacareábamos cada una con su tema, subió el tono de voz para llamar nuestra atención y que pudiéramos escuchar bien la canción.
Sin comentarios… ¿pa qué?

Cuando casi terminaba mi tiempo de estancia en tan pintoresco lugar, hizo su entrada otra cliente habitual a la que también saludaron con muestras de gran afecto.

La señora muy entrada en carnes, llegaba con gesto de dolor reprimido y cojeando más por sus kilos que por su herida en “los cotudillos”.

Se sentó –se dejó caer con un largo suspiro- en el sillón frente al tocador y la peluquera preguntó qué iba a hacerse.

- Hija lo que me gustaría es hacerme cacas, porque llevo dos días que nada, voy al water y por mas que aprieto, nada que no me sale nada; sólo algunos pedos y ¡¡tengo unos dolores!!...

La profesional del pelo… y medicina, comenzó a darle un montón de remedios “mano de santo”, para aliviar el mal trago a su oronda clienta. Ésta seguía poniendo cara de dolor y gases reprimidos, asintiendo sumisa con la cabeza. Después se dedicó a contarnos con pelos y casi señales, las múltiples ocasiones en las que había tenido que acudir a urgencias por parecidos problemas escatológicos que no repetiré por no parecer demasiado grosera, pero la señora se despachó tan agustito en las explicaciones, que casi olía.

A punto ya de terminar de peinarme, acertó a entrar una muchacha joven de ojos tan saltones que había que apartarse para no resultar pisoteada por ellos.

Preguntó a qué hora podrían recibirla, tomó nota y se marchó.
La peluquera que me atendía comentó:
- ¡Vaya ojos! daba miedo mirarla, parecía que se le iban a salir.
- Si, -asentí- había que apartarse para no tropezar con sus pupilas.
- Esta es de las que hay que decirla… ¡vaya caída de ojos!
- ¿Caída?.. ¡desplome diría yo! –rematé.
Reímos la maldad.
Poco antes habíamos hecho mofa de un par de nuestros propios defectos físicos, por eso pudimos hacer el comentario jocoso de los ajenos.

Salí de la peluquería con la sensación de haber estado en otro mundo, con el pelo bien peinado, cortado y teñido.

Después en vez de comentar verbalmente lo ocurrido durante la mañana, lo escribí. Una forma como otra cualquiera de comunicación… ¿o no?

ADIOS AL VERANO

(Original de SEPTIEMBRE de 2005)

Por más que queramos estirar el tiempo como goma; el final del verano llegó irremediablemente.

Mientras escribo esto en mi patio tranquilo con temperatura maravillosa, cielo azulado y sol benévolo; procedente de la mondonguera, disfruto del inconfundible aroma a lentejas con pie y rabo desgrasado de cerdo que me inunda las fosas nasales preparando mi estómago de inquietos jugos gástricos.

A lo que iba, el verano termina y por eso tratamos de disfrutar los escasos minutos que nos van quedando.

Atrás quedaron los largos días envueltos en la caricia de calores y lunas llenas que alargan la luz diurna durante las 24 horas de tibias temperaturas.
Ahora nos esperan las otoñales veladas al amor de la lumbre o bajo cálidas mantas antes de la llegada del largo y tedioso invierno repleto de calefacciones y malos humos.

Durante años sufrí los “insufribles” calores de verano mientras quemaba mi vida cosiendo hasta altas horas bien abrigada en las piernas por montones de metros de tela de cortinas o instalando lo confeccionado durante las tórridas tardes veraniegas, soñando con la llegada de Septiembre que traía las fiestas del pueblo.

Esos días de vacación y regocijo, cambiaba mi máquina de coser por la cámara de vídeo para captar la algarabía festera de mis familiares, amigos y no tanto.
Mientras los demás se divertían o descansaban, yo pasaba las horas cargando la bolsa al hombro y la cámara al ojo, asistiendo a cada evento para que nada faltara en las cintas.
Los más jóvenes se explayaban de noche y se acostaban después de las dianas. Otros menos mancebos, se levantaban para los encierros, el aperitivo en las peñas y la comida en casita tras la cual no les quitaba la siesta ni el revoloteo de las moscas.
Después la corrida… de toros, cenas, verbenas y ya no aguantaban la vaca del alba. Cada cual tenía su horario y yo el de todos. Sólo regresaba a casa a recargar baterías y mirar las camas que no podía ocupar.

Después, al terminar las fiestas, apresurarme a editar, copiar y vender mi trabajo para que ellos disfrutaran viendo cientos de veces lo bien que lo pasaron y yo pudiera comprar los libros escolares para mis tres retoñas y luego seguir cosiendo e instalando como loca hasta el siguiente septiembre.

Nunca podía quedarme descansando algunos días, las niñas eran pequeñas y me necesitaban. Comenzaban sus colegios y mi trabajo no tenía espera.

Ahora las cosas han cambiado sensiblemente.
Ni coso tanto, ni gravo vídeos, ni compro libros, ni empieza el cole para mis hijas.

Este año ¡por fin!, pude divertirme en las fiestas, cargando tan sólo con mis huesos y mirando el espectáculo con los dos ojos abiertos; asistiendo a lo que me dio la gana con la única obligación de atrapar en mi retina y en mi espíritu ratos agradables para alimentarme de energía positiva.
Tras las fiestas, disfrutar del relajo de los días de asueto en compañía de mi marido, sabiendo que mis hijas ya no necesitan de mi presencia para continuar haciendo vida propia, al tiempo que descansan de la paternal escolta.
A todos nos viene bien estos días recargando baterías para afrontar el soporífero invierno.

Por eso valoro y disfruto estos últimos momentos de buena temperatura y tranquilidad patiuda, matando moscas cojoneras, arañas despistadas, hormigas puñeteras y escuchando el trinar de los pájaros que revolotean alrededor de la torre de Santa María, el arrullo de las palomas de un vecino y los maullidos y ladridos de perros y gatos de la vecina, tumbada en mi hamaca leyendo y contemplando la alfombra azulada del cielo o escribiendo bajo el manto de estrellas y mosquitos que revolotean alrededor de la luz alógena que ilumina el patio cuando el sol se apaga.

El tiempo de cocción ha transcurrido y me dispongo a servir un buen plato de legumbre a mi marido, apartar la carne en una fuente y colocar el resto de legumbre, zanahoria y cebolla en el vaso batidor, para hacerme un rico puré.

Al introducir la varilla compruebo que le falta muy poco para que rebose la comida, pienso que con poner un poco más de cuidado no pasará nada.

¡Já! Ya prácticamente terminado el puré, uno de sus remolinos saltó sobre mi mano izquierda que lo sujetaba.
Al sentir la quemazón inmediatamente solté el vaso dejando dentro –como otras mil veces lo hago- la batidora, que al soltarla para abrir el agua del grifo que aliviaría mi mano, se ladeó volcando el vaso, el puré y mi mala leche, vertiendo el contenido sobre la encimera y resbalando por la unión entre dos muebles; salpicando paredes, suelo, mis zapatillas y los cubiertos que descansaban limpios en su recipiente escurridor.

Tras elevar al cielo mis ojos y una oración... ¡otro Já! Ni que decir tiene que me dediqué a dejarlo todo en perfecto orden y limpieza; tal como estaba antes del desastre y tampoco tiene ni que decir, que el único lugar donde no dejó huella el riquísimo puré, fue en mi mano izquierda y que me conformé con lo poco que quedó dentro del vaso batidor; que no fue demasiado. ¡Bonita forma de adelgazar!

¿En qué estaba? ¡A sí! pues eso, que el verano va tocando a su fin.

Quizás llegará la lluvia; tan necesaria como incómoda, y que este año ha brillado... por su ausencia. Eso hace especialmente apremiante su llegada.
Total, después de meses ¿qué más da unos poquitos días más?
Espero que retarde su llegada hasta el final de mis vacaciones. ¿O es que yo no merezco igual trato que los que las disfrutaron antes?

Naturalmente lo contrario sería lo opuesto.
Bien sabido es que durante años, cuando he tenido intención de salir de compras o de comida con las amigas, la meteorología se alió con mi mala fortuna y llovió, granizó, nevó... o diluvió lo justo para estropear la tarde del nueve de Septiembre durante la celebración del concurso de cortes. ¡Único día que programé para asistir a los festejos taurinos que se celebraban en mi pueblo!
¿Tengo o no razón al mantener impávida que solamente llueve para arruinar mis escasas – por gusto- salidas de casa?

El otoño traerá la caída de las doradas hojas y la pesadez de multitud de moscas que presintiendo su final revolotean y se posan sobre nuestra piel más molestas que nunca.

¡Las moscas! Esos animales tan inútiles en las casas como abundantes al aire libre, que nacieron para incordiar y ser exterminadas a golpe de artilugio o aerosol mata capa de ozono.

¿De donde salen? Si matamos millones cada verano, ¿para qué volver a nacer en primavera sabiendo la suerte que les espera? Moscas; inútiles seres vivos que no dejáis leer o escribir en el patio sin interrupciones.

¡Que felicidad cuando estampo alguna con el matamoscas del “tocien”; ¡Tan eficaz!
Se que al matar una extermino a toda su posible descendencia; aunque aún así insistentemente siguen jodiendo a su antojo para nuestro disgusto.
¿Y las arañas? seres molestos que para alimentarse de alguna que otra mosca, llenan las casas con sus antiestéticas telas y provocan las trabajosas limpiezas generales de primavera.
¡Pues anda que las hormigas! ¿Para qué las hormigas? minúsculas y abundantes que escarban los cimientos de las casas rurales aliadas con las arañas en la provocación de limpiezas generales.

¿Alguien sabe para qué sirven? ¿Alguien conoce algún producto eficaz para exterminarlas? Por más que pienso no se me ocurre para qué Noé pondría una pareja... de cada especie en su arca y una vez puestas ¿por qué soltarlas en los aledaños de la civilización?
Si no aparecen terneras, cochinillos, lechazos o incluso pollos entre los rodapiés ¿por qué salen hormigas?

También convivimos con pulgas, mosquitos y toda clase de molestas insignificancias voladoras... De acuerdo que todo el mundo tiene derecho a la vida,¡ pero en su hábitat natural!
Mi casa es mi “hábitat”. Ellos ni son invitados ni bien recibidos... ni ayudan a pagar la hipoteca.

Los pajaritos que nos animan con sus trinos. ¡Son tan graciosos! ¡Son tan alegres! ¡tan románticos!... ¡tan molestos! Revolotean felices y despreocupados cagando sin mirar a donde cae el regalito. ¡Qué más les da!; ¡ellos no van a limpiarlo!... ni a pedir disculpas.
¡Que ricos los pájaros!... para a quien le guste que le jodan los tejados con sus nidos.

Todos los animalejos mencionados son maravillosos vistos detenidamente o aumentados quinientas veces su tamaño en los documentales de la tele, pero en “persona” no tanto la verdad.

¡En fin!; que seguiré disfrutando, apreciando y añorando este relajo.

PASEANDO LA CIUDAD

(Original de JUNIO-2006)

A veces cuando no te agobian las prisas de la casi gran ciudad en que se está convirtiendo Valladolid, es grato viajar en transporte colectivo, es decir; sin tantos tecnicismos; en autobús, que aquí ni metro ni tranvía...
Otras veces aunque pretendes disfrutar del viaje y del hermoso paisaje de una ciudad siempre en obras; dicen que para mejorar, pero en ocasiones sólo consiguen hace dar más rodeos que los que daba “La Macha” aunque la pobre siempre terminaba metida en los barros, según el dicho popularísimo de Alaejos.

Este viernes sofocante del mes de Junio, busqué la frescura del aire acondicionado del interior del bus en vez de pasear “disfrutando” de los humos que expelen los montones de vehículos que ruedan por esta Pucela de mis entretelas.
Esperé en la parada unos 5 minutos y vi llegar lo que me pareció una señora mayor; luego comprobé que simplemente era una vieja.
Opino que las personas de cierta edad se dividen en varios grupos; mayores, ancianos, viejecitos y ¡viejos!

En este caso la envoltura de los huesos de aquel ser humano era rugosa y la osamenta curva. Otras curvas de haberlas tenido, desaparecieron para siempre hace presumiblemente mucho tiempo.

La tal señora llegó a la parada un buen rato después que yo.
Cuando apareció el vehículo nos acercamos a la puerta para abordarlo.
Yo que iba con mi carrito porta maletas y mi bono bus en ristre, hice lo propio ordenada y tranquilamente, cuando de pronto oigo una voz nerviosa a mis espaldas que dice:
- Por la del carrito me voy a quedar sin asiento.
- ¡Que agonías! –pronuncié para mí.
De pronto la anciana que para mi ya se había convertido en vieja, me dio un empellón que me hizo perder el equilibrio y de no haber sido por uno o dos reflejos que aun conservo, no sé lo que habría sido de mi cuerpo.
Tras estabilizar mis redondeces, dije lenta y pausadamente:
- Señora, tiene usted más de la mitad del autobús lleno de asientos vacíos.
Para poder llegar al primero de ellos, nuevamente me propinó otro empujón a la vez que ponía su sobaco –que no axila- a la altura de mi nariz.
Lo que no consiguió a empujones casi lo consigue a “sobacazos” ¡¡que olor!! parecía que la señora para ir teniendo un trabajito hecho, estaba ya empezando a descomponerse.
Por educación y mareo no dije lo que cavilaba, pero pensar es gratis e insonoro y por tanto no ofende. Me despaché a gusto.
- ¡Señora! –dije mentalmente- la del carrito es educada y de haber un solo asiento se lo habría cedido, aún después de comprobar asqueada su intransigencia, ¡so vieja chocha! En vez de apremiar a golpes, podría haberse lavado un poquito ese sobaco tocinero. La sobaquera es la parte del cuerpo de más fácil acceso para las personas de cualquier edad que no sean mancas y usted tiene dos hermosos brazos. Para que se entere, la ancianidad no está reñida con la higiene y quien no se lava, no lo hace ni joven ni viejo.

Estoy convencida que esta “persona humana” en proceso de convertirse en pasto de gusanos, es la clásica que critica la intransigencia de los jóvenes. La que pide respeto sin saber lo que esa palabra significa.
¡¡En fin!! que seguí con mi monólogo mental. Aquella “agonías” ya tenía suficiente.

Dos mujeres sentadas en la parte trasera del vehículo, hablaban con grandes voces. Era difícil no escucharlas. Criticaban a otra mujer y de haber sido cierto lo que decían, era la pécora más grande de estrellas abajo.
Una señora miraba por la ventanilla absorta en sus pensamientos mientras el hombre que se sentaba a su lado se sacaba un moco con el dedo meñique.

Tras casi vomitar del asco, me acerqué a la puerta para apearme. Mi corto trayecto había terminado junto con mis elucubraciones.

Pocos días después paseaba sin excesiva prisa junto a mi hija mayor.
Sin decir nada al respecto porque hablábamos de otra cosa, las dos nos habíamos fijado en un muchacho que se nos acercaba caminando en la misma acera pero en sentido contrario al nuestro.
Era un chico joven de unos casi 30 años, muy alto y corpulento. El final de su cuello sujetaba una cabeza de considerable tamaño, pero tampoco podría haber sido más pequeña porque tenía que soportar aquella norizota y unos labios gruesos como dos morcillas de Burgos.

De pronto el viandante, ajeno a todo, cuando casi estaba a nuestra altura, cerró instintivamente los ojos al tiempo que abría la bocota y los agujeros de su nariz tomaban un camión “TIR” de aire cada uno para soltarlo en un estruendoso estornudo que casi nos revienta el tímpano.
Las dos nos hicimos a un lado protegiéndonos automáticamente del alubión que presumíamos soltaría el pobre muchacho.

¡¡Jesús!! dijimos, mientras nos miramos sin poder contener una larguísima carcajada por la cómica situación. La risa nos duró un buen rato. No podíamos ni siquiera hablar. Recordábamos al pobre muchacho tranquilamente paseando por la acera, y la forma tan repentina como le cambió el gesto para regar gratuitamente la avenida de Segovia.

TELEOPERADORES

(Original de Junio-2005 )
Quienes habitualmente utilizamos el teléfono móvil para algo más que jugar, sabemos que tras el Nº de teléfono gratuito que cada compañía ofrece a sus usuarios hay personas de carne y hueso y no sólo máquinas repitiendo mecánicamente el botón que debemos pulsar para solventar nuestras dudas o problemas pero nunca se nos habría ocurrido todo lo que esas personas tienen que escuchar cada día a través de sus auriculares.

Conocer “físicamente” a una de esas personas denominadas “teleoperadoras” –que en tiempos remotos eran “telefonistas”- ha despertado en mí una sana curiosidad por saber en qué emplean su tiempo los usuarios ociosos o simplemente “teléfono adictos” que como no tienen nadie que les aguante, pagan el pato los pobres “teleoperatas”… ¡que para eso les pagan!

No hay sueldo suficiente para aguantar depende qué cosas y no sólo me refiero a las llamadas obscenas de niñatos reprimidos que utilizan estos servicios para “desfogar” sus más bajos instintos.

Los teleoperadores no están obligados a guardar secretamente las llamadas que reciben, aunque en ocasiones los comunicantes confunden su trabajo con el de un clérigo.

Esta mañana mi… “tele paciente” entre risas e incredulidad me contaba la última llamada recibida antes de finalizar su jornada laboral.
- Buenos días mi nombre es… ¿En qué puedo ayudarle? –preguntó monótona y obligadamente.
- ¿Podría ponerme con Javier? –dijo la voz nerviosa y chillona de una mujer.

Mal empezamos. ¿Imaginan cuántos Javier puede haber trabajando en cualquiera de las compañías de teléfonos móviles?
Bien, pues nuestra paciente amiga en lugar de contestarle a su interlocutora algo parecido a… ¡No pensará que soy adivina señora!... o algo peor, hizo lo que correctamente creyó que debía hacer más por conservar su puesto de trabajo que por deseo.
Puso la monótona musiquita en escucha y contó mentalmente hasta diez para que la persona al otro lado del aparato creyera que estaba buscando al tal Javier.

Pasados unos segundos contestó;
- Lo siento señora, Javier no se encuentra en estos momentos ¿desea hacer alguna otra consulta?
- Pues si no está Javier mire a ver si está Oscar.
- ¿Puede decirme su extensión? –preguntó la trabajadora en un intento de agradar.
- No se que es la extensión.
- Es el número de identificación de la persona por quien usted pregunta. Con ese número podría pasar su llamada directamente a él.
- No, no la se.
- Un momento por favor –dijo resignada la muchacha.

Repetición exacta de la primera escena.
Hasta aquí todo “normal”, pero al escuchar la segunda negativa de la presencia del tal Oscar la impaciencia de la señora comenzó a ser más patente.
- ¿Cómo que no están ninguno de los dos? ¿Acaso estás tú sola?
- Mire lo siento señora, dígame en que otra cosa puedo ayudarle.
- Pues mira si, le dices a tu compañero Oscar que ha dejau preñada a mi hija de gemelos.
- ¿Cómo? Perdone creo que no la entiendo –dijo perpleja la joven.
- Pues es bien fácil. Te estoy diciendo que tu compañero Oscar ha dejau preñada a mi hija de gemelos y no se que hacer.
- Lo siento, si no desea hacerme otra consulta, tengo que cortar la llamada.
- ¿Cómo que vas a colgarme? ¡¡Soy de…!! (el nombre de la compañía).
- Ya, pero no estoy autorizada a solventar esa clase de incidencias.

La señora por propia iniciativa cortó la comunicación, liberando a la trabajadora del peso de tal responsabilidad.

Por mucha imaginación que se le quiera poner al asunto; la realidad supera a la ficción con creces.

HABLAR POR HABLAR

( Original Junio 2005 )
Hablar por hablar es el titulo de un programa radiofónico nocturno con el que me suelo dormir cada noche.
Me gusta escucharlo, aunque me duermo rápidamente y casi nunca logro oír entera a una sola de las personas que llaman con múltiples y variopintos problemas.

Hace unas noches, antes de entregarme en brazos de Morfeo, escuché algunas de esas llamadas.

Una señora con voz triste, comentaba que a su esposo le habían operado de vesícula y que ahora tendrían que operarle a ella de lo mismo.

- ¡Que conjuntados! –pensé-. Eso es cariño, así se demuestra el amor en el matrimonio, llevando hasta sus ultimas consecuencias el “hasta que la muerte os separe” y si la muerte tiene que ser de borrachera; embriaguémonos juntos para destrozarnos el hígado a la par y seguir unidos “hasta que la cirrosis nos separe”.

Otra mujer “hablaba por hablar”, de su viudez, para terminar explicando que tiene una urna con las cenizas de su marido dentro de un armario y que cada noche antes de quedarse dormida le habla desde la cama.

Yo me imaginaba al pobre difunto; -sarasa perdido, sin poder salir del armario- escuchando a su mujer y lo que es peor; sin poder contestarla; hecho polvo para toda la eternidad...

Otra noche de costura y no de sueño, pude atender con más atención las historias que las gentes cuentan por contar. Relatos tan fantásticos que ni ellos mismos los creerían de escucharlos en boca de otros.

El programa al que me refiero en concreto, lo emitían una noche muy cercana –sino la misma- a la de San Juan 2005.

La descripción física de las personas, no puede ser más que fruto de mi imaginación. Sobradamente comprobado es, que suelo equivocarme muy poco cuando doy rienda suelta a mi fantasía elucubrando lo que hay tras un gesto o una voz, puesto que de momento la radio no tiene imágenes.

La primera llamada que escuché fue la de una señora de abultado abdomen con voz chascada de años y que hablaba lentamente, recreando sus palabras a sabiendas de que era escuchada por muchas más personas de lo que nunca lo habían hecho... ni lo harían jamás.

Daba consejos de cómo vivir la mágica noche de San Juan.
Según ella, había que acercarse a la hoguera acompañados de un Juan –o Juana- y pedir tres deseos. Ella lo hizo y se la cumplieron.
Dos de esos deseos no recuerdo en absoluto cual serían, pero llamó mi atención el tercero.
- Pedí que desapareciera mi marido y poco después se murió.
Tras el largo silencio ocultando su risa, la locutora hizo una pregunta a la señora de pelo gris, rizado y alborotado como bruja.
- ¿Por qué querías que desapareciera tu marido?
- Es que era un “pesau”, siempre estaba en casa estorbándome sin hacer nada.
- ¿Cómo sin hacer nada? ¿No trabajaba tu marido? –preguntó la voz lenta y melosa de Mara Torres.
- No podía trabajar. ¿sabes? Es que estaba enfermo de esclerosis múltiple y ya sabía yo que iba a durar poco no creas... pero la cosa es que se me cumplió el deseo.

Tampoco recuerdo como terminaría la conversación. Se difuminó entre mis pensamientos inmersos en dar forma a esta crónica.

Tras la macabra señora; a la que de llamarme Juana jamás acompañaría ni a encender una cerilla, otra llamada un tanto estúpida, o más bien estúpida la muchacha que la realizó.

- Pues te quería contar que el otro día me hicieron la permanente. Tengo el pelo muy largo, precioso, rubio e iba a ir donde siempre me peinan, pero me fui a una que han abierto unos chinos cerca de mi casa y que es mucho más barata. Me pusieron los rulos, me dieron el líquido y después de mucho rato me quitó uno, dijo que aun faltaba, me puso más líquido por toda la cabeza y a esperar otro buen rato.
- ¿Y?
- Nada, me quitó otro y el pelo seguía liso. Me volvió a poner más líquido y me metió en el secador para que hiciera más efecto. Después de tres horas, me dijo que ya no podía esperar más, que mi pelo era muy difícil. Me quitó todos los rulos, me lavó la cabeza, me puso una crema pegajosa para sujetar el rizo, y me dijo que mejor me lo dejara secar a su aire para que el rizo tomara forma.
- ¿Y que tal te quedó? –preguntó apática la presentadora.
- Yo sentía la cabeza como que me pesaba mucho y como si el pelo me pinchara. Me fui a la cama y cuando me levanté y me miré al espejo casi me caigo de espaldas. Tenía unos mechones muy largos, como que me hubiera crecido mucho, otros trozos los tenía como eso que se usa para fregar, amarillo, muy duro...
- Estropajo –apuntó Mara.
- Eso, como el estropajo, pero de punta y muy duro. No me lo podía ni mojar porque el agua se quedaba encima y no entraba, era como si tuviera un casco. Cuando me lo tocaba se me caía a trozos.
- ¿Y que hiciste? –preguntó esta vez Mara, más por liberarse de la tonta que reía mientras contaba tamaño problema.
- Fui a la peluquería de los chinos a que me vieran y me dijeron que yo allí no había estado nunca, que lo que quería era sacarles dinero y engañarles porque no sabían bien mi idioma.
- ¿Entonces? –decía la locutora tan incrédula como apática.
- Pues nada, me fui a mi peluquería de siempre y cuando me vio entrar se llevó las manos a la cabeza y dijo; ¡¡Pero que te han hecho!!
- Imagino –apuntó Mara.
- La expliqué todo el proceso y pregunté si tenía arreglo. Me dijo que si, que rapándome y esperando a que crezca y por eso quería saber que opinaban los oyentes, que me den algún consejo.

Pues mira tonta, como oyente te diré que no tienes gracia ni para inventar historias y que por mentirosa debería ocurrirte alguna vez lo que acabas de relatar, así telefonearías al programa explicando lo que en realidad sientes.
La insistente y nerviosa risita, hizo poco –o nada- creíble el estúpido cuento que tras una noche aburrida sin pareja, porque de puro pija no hay quien te aguante y no se te ocurrió otra cosa para divertirte que inventar esa idiotez.

Mara despidió la llamada y sin más comentario saludó al siguiente comunicante; un taradito quejándose de los mirones que van a las playas nudistas.
Explicaba que él va a esas playas porque le gusta exhibirse, pero que no le gusta que le miren.

¿No se daba cuenta que lo uno no va en consonancia con lo otro?
Si te exhibes, es para que te vean, pero si no te gusta que te miren... ¿cómo podrían verte?

Este chaval; bajito y mal parecido, con más complejos que pelo –escaso prematuramente- más caliente que una barra de pan recién salida del horno, no ha visto una playa nudista ni en sueños... ¿o si? Quizás ha soñado tantas veces encontrarse en una de ellas mirando lascivamente a cuanta fémina –o fémino- se le cruzara, que al final ha creído su propio sueño... ¡Pobre!

Más tarde quien llamó fue una jovencita bien parecida que con la edad comenzaba a entrar más en carnes que en cordura, para que los oyentes la ayuden a interpretar el significado de sus sueños.

- ¿Qué sueñas? -preguntó Mara Torres con la voz lineal de siempre.
- Sueño que me acuesto con Tarzán y que me lo paso pipa. ¡Bueno! ¡antes soñaba con Tarzán!; ahora también sueño con Bisbal y ¡¡me hace unas cosas hija!!.
- Bueno, eso es normal, con Bisbal soñamos todas las mujeres españolas, creo yo –dijo con gracia.
- Yo es que me levanto por la mañana y le digo a mi marido... ¡esta noche te he puesto los cuernos con Bisbal!
- ¡Y yo con Chenoa! ¡no te jode! –parece que contesta el cornudillo.
- No, tú con Chenoa, no, pero yo con Bisbal si.
- ¡¡Pues hija que suerte ¡!
- Es que quería que alguien me diga lo que puede significar.

Mira, en vez de seguir soñando con imposibles, casi mejor que espabiles antes de que tu marido se canse de cornear al aire y busque con quien soñar despierto practicando con otra a falta de tu entusiasmo por hacer lo que dices que te gusta que te haga el cantante de moda o el saltador de árbol en árbol a golpe de liana.

Por ultimo, ya cerca de las 4 de la madrugada; hora en que termina el programa, llamó una mujer de unos 35 años, de constitución y aspecto normalísimo, contando un problema acuático.

Parece que tiene una maceta a la puerta de su casa, que cada mañana aparece regadita y no de agua del grifo precisamente.
Cansada de semejante asquerosidad, se apostó tras la mirilla y vio como un viejo vecino descargaba su arrugada manguera a punto de fenecer, en el pobre tiesto que nada podía hacer por impedirlo.

También pedía ayuda y opinión para resolver el problema.

¡¡Pues nada mujer!! como quitar el búcaro no sería aconsejable, porque al viejo se le podría ocurrir mearte la puerta, mi recomendación es que coloques en la maceta una planta carnívora que le de un buen mordisco en la pilila, verás como se le quita la costumbre al marrangón. Ese hombre es de los que piensa que por edad tiene derecho a cualquier cosa, incluso a cruzar la calle fuera del paso adecuado y tan lentamente como le de la gana. ¡¡Como es viejo!! Todo vale.


Otra noche un tanto lejana a la relatada, también escuchaba la radio en la antesala de mi sueño.

Una muchacha con voz tímida, hablaba por hablar de una infidelidad en vísperas de su boda. Pedía opinión, porque no sabía si decírselo a su novio o callar para siempre.
Cuando la muchacha concluyó su llamada entró en antena un chaval para contar algo muy parecido. Su novia le había confesado aquella misma noche -a tres días de su inminente boda- que se había acostado con su mejor amigo.
- Me ha dicho que si la dejo lo entenderá, pero yo no se que hacer –dijo el “corniveleto”.
- Vale, pues vamos a hacer una cosa –dijo Mara- que os aconsejen los oyentes a los dos.
No tardó en entrar el primero de los “aconsejantes”.
- A un amigo mío le pasó lo mismo. La novia le puso los “tochos” el día de la despedida de solteros con otro chico, que también iba a casarse poco después. La chica se lo confesó a mi amigo y mi amigo nos lo dijo a nosotros a ver que opinión le dábamos, pero decidió que seguía adelante con la boda, que la quería mucho y no la iba a dejar por eso.
- ¡Que majo tu amigo! –comentó la locutora.
- Llega el día de la boda y tal y nada; todos tan contentos en la iglesia. La novia preciosa, “tolos invitaus” allí en silencio, siguiendo la ceremonia y cuando el cura le preguntó a él si quería casarse, mi amigo respondió: ¡no! que se case con “fulano” que me puso los cuernos con él. Y ahora mis invitados y yo nos vamos al convite que está todo “pagau”.
- ¿Y que hizo la novia? –preguntó Mara a punto de carcajearse.
- Nada, allí se quedó llorando la novia… la madrina que era la madre de la novia se desmayó y la novia del que había puesto los cuernos le dio una bofetada y salió de la iglesia corriendo y diciendo que ya no se casaba con él.

Imaginando semejantes escenas, me quedé dormida antes de que entrara la siguiente llamada en antena.

BIENVENIDOS...

... A este Blog creado para difundir noticias e historias de mi pueblo. Espero que encontréis aquí lo que andabais buscando. Si no es así y creéis que puedo ayudaros a conseguirlo, dejad la pregunta en un comentario, y a la mayor brevedad será atendido. Gracias por venir.