jueves, 13 de diciembre de 2007

EL MISTERIO DEL BELÉN QUE PONÍA CON MI ABUELO



Marisa-Diciembre-2007

La Navidad es la época del año en que se visten de luces las calles, se adornan con guirnaldas y ornamentos “tradicionales” las casas y todo el mundo se echa a las tiendas a degollar en dos días la paga extra y el esfuerzo de todo el año en seguir una dieta.

Atrás han quedado las Navidades de mi infancia donde no había ni ricos ni pobres; había lo que había y con ello nos conformábamos.

Los niños esperábamos las Pascuas ansiosos; ayudábamos al abuelo a adornar la casa con el Belén; único adorno tradicional porque nadie colocaba abetos repletos de bolas, ni espumillón y mucho menos un Papá Noel importado de otras tierras en detrimento de nuestras propias costumbres.
No teníamos la televisión que americanizara nuestras tradiciones…ni falta que nos hacía.

Además por unos días la monotonía del “cocido diario”, se cambiaba por exquisitos manjares… cardo, escarola con granada, bacalao al ajo arriero y el pollo de corral criado en casa de la abuela para la ocasión.
Postres espléndidos; higos secos, nueces, avellanas, almendrucos, peladillas y turrones variadísimos; el duro y el blando.

Los reyes magos venían cargados de… unos pocos caramelos y un cabás de cartón para la escuela. En algunos casos ni eso.
De poco había servido soñar con un balón, una muñeca de “pelo natural” y su “coche de capota” para pasearla que durante días vimos en la única juguetería del pueblo.

Aquellos caramelos eran suficientes para hacernos felices. Teníamos toda la calle para corretear y nuestra única ambición era jugar con lo más bonito que poseíamos; la imaginación. Algo de lo que ahora carecen la mayoría de los niños, demasiado atiborrados de juegos electrónicos y juguetes que no dejan lugar a imaginar por ser más reales que la propia realidad.
Los padres “piden” para los niños, seguramente lo que ellos no tuvieron de pequeños sin tener en cuenta ni las necesidades, ni las preferencias de los realmente protagonistas; los niños.

Antes, las familias se reunían en Nochebuena en torno a la mesa y al amor de la lumbre compartiendo lo poco que tenían.
Las mujeres se ayudaban a cocinar en las lumbres de paja compartiendo trabajo, experiencias y dolores lumbares por la postura.

Ahora se reúnen –cuando lo hacen- con la hipocresía que da la rivalidad de ser quien más tenga, para que los demás puedan envidiarlo.
En la mayoría de las casas, es una sola mujer la que compra durante días los carísimos alimentos que después guisa en cómoda cocina. Miles de platos distintos para que los demás – que llegaron tarde, con las manos en los bolsillos y seguramente con una copa de más- engullan sin piedad y sin tener una frase de reconocimiento a todo ese trabajo. Más bien al contrario, se pasan la cena protestando por el jaleo que han de soportar porque los niños inquietos no paran de revolotear alrededor de la mesa y no les dejan cenar a gusto.

Los comercios bombardean durante meses el bolsillo de los incautos consumidores que inmersos en la dinámica del gasto sin control, olvidan lo que realmente debería significar la Navidad.

La tradición navideña se ha convertido en gastar, gastar y gastar para estragarse de comida y endeudarse –en muchos casos- para el resto del año.
Si por ley se prohibiera el despilfarro navideño como se prohibió fumar en lugares públicos, se acabaría la Navidad.

Sin olvidarnos del chantaje emocional y el toque a la conciencia de los privilegiados que ¡tanto tenemos!; emitiendo imágenes de los pobres y desfavorecidos –que parece que sólo existieran en estas fechas- conminando a apadrinar niños a los que; si es que les llega algo de lo recaudado, será una mínima parte y en cambio, llegará a los bolsillos de los avispados “ricos” que pagan esas costosas campañas haciéndolos a ellos aun más ricos y quedando más pobres a los que nacieron siéndolo.
Me pregunto si esos mismos anuncios llegarán a las “sacristías” y si de ese lugar saldrá una sola “pela” para estos lugares que llaman tercer mundo… como si el mundo compitiera por un lugar en el podio de la pobreza o la riqueza.

La esencia de la Navidad ya no existe. Sólo queda el consumismo desmedido y un ficticio deseo de felicidad al convecino que nadie siente en realidad.
La Navidad es tan nociva como la nicotina que ennegrece los pulmones. La Navidad ennegrece el alma.

Mi mejor “Nochebuena” es aquella en la que puedo dormir con la conciencia tranquila después de un día sin haber hecho mal a nadie. Y esto, afortunadamente, sucede todas las noches.
“Nochebuena” es esa noche en que puedo respirar feliz porque logré que un amigo sonriera gracias a mis palabras de aliento.
“Nochebuena” es la que disfruto después de saber que alguien no me ha juzgado mal sin conocerme y puedo ver la sonrisa en las personas que amo.
De esas “Nochebuenas” puedo disfrutar la mayoría de los días, sin esperar a que los grandes almacenes me recuerden que obligatoriamente debo ser feliz.

Por eso no acostumbro a desear feliz Navidad; aunque adorno mi casa con el tradicional Belén, cuyas figuras del misterio, heredé de mi abuelo Ruperto.

Yo os deseo felices todos los días del año; todos los años del resto de vuestras vidas y que antes de morir, se cumpla mi deseo; compartir un día de fiesta con todos vosotros.

Os quiero amigos.

Marisa

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